Los miserables · Victor Hugo
Chapter 4
Capítulo 80 de 171 · 2 min de lectura
=El niño se admira del anciano=
Entre tanto, Gavroche, en el mercado de San Juan, cuyo cuerpo de guardia había sido desarmado ya, acababa de ser incorporado á un grupo guiado por Enjolrás, Courfeyrac, Combeferre y Feuilly.
Casi todos iban armados. Bahorel y Juan Prouvaire los habían encontrado, y engrosaban el grupo.
Enjolrás llevaba una escopeta de caza de dos cañones; Combeferre un fusil de guardia nacional con el número de la legión, y en la cintura dos pistolas, que se le veían bajo su levita desabrochada; Juan Prouvaire, un antiguo mosquete de caballería, y Bahorel una carabina.
Courfeyrac blandía un estoque desenvainado.
Feuilly, con un sable desnudo en la mano, marchaba delante gritando: «¡Viva Polonia!».
Venían del muelle Morland, sin corbatas, sin sombreros, agitados, mojados por la lluvia y el relámpago en la mirada.
Gavroche se acercó á ellos tranquilamente.
—¿Adónde vamos?—preguntó.
—Ven,—le dijo Courfeyrac.
Detrás de Feuilly iba, ó por mejor decir, saltaba, Bahorel, como un pez en el agua del motín.
Llevaba su chaleco carmesí, y soltaba palabras de ésas que todo lo rompen.
Su chaleco espantó á un transeúnte, que gritó asustado:
—¡He aquí los rojos!
—¡El rojo, los rojos!—replicó Bahorel.—¡Pícaro miedo, ciudadano! Yo por mí no tiemblo ante una amapola; el gorro encarnado no me inspira temor alguno; creedme, ciudadano burgués, dejemos el miedo á lo rojo para los animales cornudos.
Descubrió una esquina en que había un papel de lo más pacífico del mundo, un permiso para comer huevos, un precepto cuaresmal dirigido por el arzobispo de París á sus «ovejas».
Bahorel, exclamó:
—¡Ovejas! Buen modo de llamarles gansos.
Y arrancó el cartel de la esquina.
Con este acto se conquistó á Gavroche; quien desde aquel instante se puso á estudiar á Bahorel.
—Bahorel,—dijo Enjolrás,—haces mal. No deberías haber roto ese cartel, porque nada tenemos que hacer de él y gastas inútilmente tu cólera; guarda tu repuesto, porque no debe hacerse nunca fuego fuera de línea, ni con el alma, ni con el fusil.
—Cada cual sigue sus inclinaciones,—respondió Bahorel;—me choca esa prosa de obispo, y quiero comer huevos sin que me lo permitan. Tú tienes tu genio frío que arde; yo me divierto. Y por otra parte, yo no me gasto, antes bien cobro bríos; si he arrancado este cartel, ¡Hercle! ha sido para hacer boca.
La palabra Hercle chocó á Gavroche, quien buscaba todas las ocasiones de instruirse, y había simpatizado ya con aquel destripa carteles; por lo cual le preguntó:
—¿Qué quiere decir Hercle?
Bahorel respondió:
—Quiere decir: sacro nombre de perro, en latín.
Estando en esto reconoció Bahorel en una ventana á un joven pálido con barba negra que los estaba mirando pasar, probablemente un amigo del A B C, y le gritó:
—¡Pronto, cartuchos! Para bellum.
—¡Bello hombre! Es verdad,—dijo Gavroche, que ya empezaba á comprender el latín.
Acompañábales un cortejo tumultuoso compuesto de estudiantes, artistas, jóvenes afiliados á la Cogurda de Aix, obreros, y hombres de porte, armados de palos y de bayonetas, algunos, como Combeferre, con pistolas sujetas en la pretina de los pantalones.
Un viejo que parecía de mucha edad, iba también en el grupo. No llevaba armas, dábase mucha prisa para no quedarse atrás, é iba al parecer pensativo.
Gavroche se fijó en él:
—¿Qués eso? (¿qué es eso?)—preguntó á Courfeyrac.
—Un viejo.
Era el señor Mabeuf.



