Cartas a Lucilio · Seneca

Carta 63: Sobre el duelo por los amigos perdidos

Capítulo 63 de 124 · 3 min de lectura

1. Me entristece saber que tu amigo Flaco ha muerto, pero no quisiera que te apenes más de lo que corresponde. Difícilmente me atrevería a exigir que no llores en absoluto; y sin embargo, sé que ese es el mejor camino. Pero ¿qué hombre estará tan bendecido con esa firmeza ideal del alma, a menos que ya haya ascendido muy por encima del alcance de la Fortuna? Incluso un hombre así sentirá la punzada de un acontecimiento como este, pero solo será una punzada. A nosotros, sin embargo, se nos puede perdonar que derramemos lágrimas, siempre que no sean en exceso y que logremos contenerlas con nuestro propio esfuerzo. Que los ojos no permanezcan secos cuando hemos perdido a un amigo, pero tampoco que se desborden. Podemos llorar, pero no debemos lamentarnos con excesos.

2. ¿Crees que la norma que te propongo es dura, cuando el más grande de los poetas griegos ha concedido el privilegio de llorar solo por un día, en aquellos versos donde nos cuenta que incluso Níobe pensó en alimentarse? ¿Quieres saber la razón de los lamentos y del llanto desmedido? Es porque buscamos en nuestras lágrimas la prueba de nuestra pérdida, y no nos entregamos al dolor, sino que simplemente lo exhibimos. Nadie guarda luto por sí mismo. ¡Qué vergüenza nuestra necedad inoportuna! Incluso en nuestro dolor hay un elemento de egoísmo.

3. "¿Qué?", dices, "¿He de olvidar a mi amigo?" Sin duda, es una memoria muy efímera la que le concedes, si ha de durar solo mientras dure tu dolor; pronto esa frente tuya se verá relajada en una sonrisa por alguna circunstancia, por casual que sea. Es para un momento no más lejano que ese para el que pospongo el alivio de todo pesar, la calma incluso del dolor más amargo. Tan pronto como dejes de observarte a ti mismo, la imagen del dolor que has contemplado se desvanecerá; por ahora, estás vigilando tu propio sufrimiento. Pero incluso mientras lo vigilas, se te escapa, y cuanto más agudo es, más pronto llega a su fin.

4. Procuremos que el recuerdo de aquellos que hemos perdido se convierta en una memoria grata para nosotros. Nadie vuelve con placer a un tema sobre el que no puede reflexionar sin dolor. Así también, es inevitable que los nombres de quienes hemos amado y perdido regresen a nosotros con una especie de punzada; pero incluso en esa punzada hay placer.

5. Porque, como solía decir mi amigo Atalo: "El recuerdo de los amigos perdidos es agradable del mismo modo que ciertas frutas tienen un sabor agradablemente ácido, o como en los vinos muy añejos es precisamente su amargor lo que nos complace. De hecho, tras cierto lapso de tiempo, todo pensamiento que causó dolor se apaga, y el placer nos llega sin mezcla alguna."

6. Si hemos de creerle a Atalo, "pensar en los amigos que están vivos y sanos es como disfrutar de una comida de pasteles y miel; el recuerdo de los amigos que han partido brinda un placer que no está exento de un matiz amargo. Pero ¿quién negará que incluso esas cosas, que son amargas y contienen un elemento de acidez, sirven para estimular el estómago?"

7. Por mi parte, no estoy de acuerdo con él. Para mí, el recuerdo de mis amigos fallecidos es dulce y reconfortante. Porque los he tenido como si algún día fuera a perderlos; los he perdido como si aún los tuviera.

Por lo tanto, Lucilio, actúa como corresponde a tu serenidad de ánimo, y deja de interpretar erróneamente los dones de la Fortuna. La Fortuna ha quitado, pero la Fortuna también ha dado. 8. Disfrutemos con avidez de nuestros amigos, porque no sabemos cuánto tiempo tendremos ese privilegio. Pensemos cuántas veces los dejaremos al emprender viajes lejanos, y cuántas veces no los veremos aun estando juntos en el mismo lugar; así comprenderemos que hemos perdido demasiado de su tiempo mientras vivían. 9. ¿Pero tolerarás a quienes son descuidados con sus amigos y luego los lloran de manera abyecta, y no aman a nadie a menos que lo hayan perdido? La razón por la que lamentan sin medida en esos momentos es que temen que se dude de si realmente han amado; demasiado tarde buscan pruebas de sus sentimientos. 10. Si tenemos otros amigos, sin duda les hacemos un mal y pensamos mal de ellos, si son tan poco importantes que no logran consolarnos por la pérdida de uno. Si, por el contrario, no tenemos otros amigos, nos hemos hecho más daño a nosotros mismos que el que la Fortuna nos ha hecho; ya que la Fortuna nos ha arrebatado un amigo, pero nosotros mismos nos hemos privado de todo amigo que no hemos sabido ganar. 11. Además, quien no ha sabido amar más que a uno, no ha tenido demasiado amor ni siquiera por ese uno. Si un hombre que ha perdido su única túnica por un robo prefiere lamentar su situación antes que buscar la manera de protegerse del frío o algo con qué cubrir sus hombros, ¿no te parecería un necio absoluto?