Cartas a Lucilio · Seneca
Carta 68: Sobre la sabiduría y el retiro
Capítulo 68 de 124 · 3 min de lectura
1. Me adhiero a tu plan; retírate y escóndete en el reposo. Pero al mismo tiempo, oculta también tu retiro. Al hacerlo, puedes estar seguro de que seguirás el ejemplo de los estoicos, si no su precepto. Pero también estarás actuando conforme a su precepto; así satisfarás tanto a ti mismo como a cualquier estoico que desees. 2. Nosotros, los estoicos, no instamos a los hombres a dedicarse a la vida pública en todos los casos, ni en todo momento, ni sin ninguna condición. Además, cuando hemos asignado a nuestro sabio ese campo de la vida pública que es digno de él —en otras palabras, el universo—, entonces no está apartado de la vida pública, aunque se retire; es más, quizá solo ha abandonado un pequeño rincón de ella y ha pasado a regiones mayores y más amplias; y cuando ha sido colocado en los cielos, comprende cuán humilde era el lugar en el que se sentaba cuando ocupaba la silla curul o el tribunal. Graba esto en tu corazón: el sabio nunca está más activo en los asuntos que cuando tanto lo divino como lo humano han llegado a su conocimiento.
3. Ahora vuelvo al consejo que me propuse darte: que mantengas tu retiro en segundo plano. No hay necesidad de colgarte un cartel que diga: “Filósofo y Quietista”. Da a tu propósito otro nombre; llámalo mala salud y debilidad corporal, o simple pereza. Jactarse de nuestro retiro no es más que una vana búsqueda de reconocimiento. 4. Ciertos animales se ocultan de ser descubiertos confundiendo las huellas de sus pasos cerca de sus guaridas. Deberías hacer lo mismo. De lo contrario, siempre habrá alguien siguiendo tus pasos. Muchos hombres pasan de largo ante lo visible y buscan lo oculto y escondido; una habitación cerrada invita al ladrón. Las cosas que están a la vista parecen de poco valor; el ladrón pasa de largo lo que está expuesto. Así es el mundo, y así son todos los ignorantes: ansían irrumpir en lo oculto. Por eso es mejor no alardear del propio retiro.
5. Sin embargo, también es una forma de alarde hacer demasiado notoria la propia ocultación y el alejamiento de la vista de los hombres. Fulano se ha retirado a su refugio en Tarento; otro se ha encerrado en Nápoles; un tercero no ha cruzado el umbral de su casa en muchos años. Publicitar el propio retiro es reunir una multitud.
6. Cuando te apartas del mundo, tu tarea es conversar contigo mismo, no hacer que los hombres hablen de ti. Pero, ¿de qué deberías hablar? Haz exactamente lo que la gente suele hacer cuando habla de sus vecinos: habla mal de ti mismo cuando estés solo; así te acostumbrarás tanto a decir como a escuchar la verdad. Pero, sobre todo, reflexiona acerca de aquello que llegues a sentir que es tu mayor debilidad.
7. Cada hombre conoce mejor los defectos de su propio cuerpo. Así, uno alivia su estómago provocándose el vómito, otro lo sostiene comiendo con frecuencia, otro drena y purga su cuerpo ayunando periódicamente. Aquellos cuyos pies sufren dolores se abstienen ya sea del vino o del baño. En general, los hombres que son descuidados en otros aspectos se esfuerzan por aliviar la enfermedad que los aqueja con frecuencia. Así ocurre con nuestras almas; en ellas hay ciertas partes que, por decirlo así, están enfermas, y a esas partes debe aplicarse el remedio.
8. ¿Qué hago yo, entonces, con mi ocio? Intento curar mis propias heridas. Si te mostrara un pie hinchado, o una mano inflamada, o algunos tendones encogidos en una pierna marchita, me permitirías quedarme quieto en un lugar y aplicar ungüentos al miembro enfermo. Pero mi problema es mayor que cualquiera de estos, y no puedo mostrártelo. El absceso, o la úlcera, está profundamente en mi pecho. Te ruego, te ruego, no me elogies, no digas: “¡Qué gran hombre! Ha aprendido a despreciar todas las cosas; condenando las locuras de la vida humana, ¡ha logrado escapar!” No he condenado nada excepto a mí mismo.



