Lisístrata · Aristophanes

Part 10

Capítulo 10 de 19 · 14 min de lectura

EVÉLPIDES.

Sí, por Baco; un día que me prosterné en presencia de uno de ellos, me echó al suelo con la boca abierta y me tragué un óbolo; por lo cual volví a casa con mi saco vacío.

PISTETERO.

El cuco fue rey del Egipto y de toda la Fenicia; así es que cuando cantaba ¡cucú! todos los fenicios iban al campo a segar el trigo y la cebada.

EVÉLPIDES.

De ahí sin duda viene el proverbio: ¡Cucú! los circuncidados al campo.

PISTETERO.

Tan grande fue el poder de la gente alada, que los reyes de las ciudades griegas, Agamenón y Menelao, llevaban en el extremo de su cetro una ave que participaba de sus presentes.

EVÉLPIDES.

No sabía yo eso; así es que me admiraba cuando Príamo se presentaba en las tragedias con un pájaro que observaba fijamente a Lisícrates y los regalos con que se deja sobornar.

PISTETERO.

Pero oíd la prueba más contundente. Júpiter, que ahora reina, lleva sobre su cabeza un águila, atributo de su soberanía; su hija lleva una lechuza; y Apolo, su ministro, un azor.

EVÉLPIDES.

¡Es verdad, por la venerable Ceres! ¿Mas para qué llevan esas aves?

PISTETERO.

Para que en los sacrificios, cuando, según el rito, se ofrecen las entrañas a los dioses, ellas reciban su parte antes que Júpiter. Entonces ningún hombre juraba por los dioses, sino todos por las aves; y hoy mismo cuando Lampón engaña a alguno suele jurar por el ganso. ¡En tanta estima y veneración tenían entonces a los que ahora sois considerados como imbéciles y esclavos viles! Hoy os apedrean como a los dementes; hoy os arrojan de los templos; hoy infinitos cazadores os tienden lazos y preparan contra vosotros varetas, cepos, hilos, redes y pihuelas; hoy os venden a granel después de cogidos, y ¡oh colmo de ignominia! los compradores os tantean para ver si estáis gordos. ¡Y si se contentasen a lo menos con asaros! Pero hacen un menudo picadillo de silfio y queso, aceite y vinagre; le agregan otros condimentos dulces y crasos, y derraman sobre vosotros esta salsa hirviente como si fueseis carnes corrompidas.

CORO.

Acabas de hacernos, hombre querido, un triste, tristísimo relato. ¡Cuánto deploro la incuria de mis padres que, lejos de trasmitirme los honores heredados de sus abuelos, consintieron que fuesen abolidos! Pero sin duda algún numen propicio te envía para que me salves; a ti me entrego, pues, confiadamente con mis pobres polluelos. Dinos lo que hay que hacer; porque seríamos indignos de vivir, si por cualquier medio no reconquistáramos nuestra soberanía.

PISTETERO.

Opino primeramente que todas las aves se reúnan en una sola ciudad, y que las llanuras del aire y de este inmenso espacio se circunden de un muro de grandes ladrillos cocidos, como los de Babilonia.

LA ABUBILLA.

¡Oh Cebrión, oh Porfirión, qué terrible plaza fuerte!

PISTETERO.

Cuando hayáis construido esa muralla, reclamaréis el mando a Júpiter; si se niega y no quiere acceder, obstinado en su sinrazón, declaradle una guerra sagrada y prohibid a los dioses que atraviesen como antes vuestros dominios y que desciendan a la tierra enardecidos por su adúltero amor a las Alcmenas, Álopes y Semeles; y si se presentan, ponedles en estado de no gozarlas más. Enviad en seguida otro alado embajador a los hombres para que les haga entender que, siendo las aves dueñas del mundo, a ellas deben ofrecer primero sus sacrificios y después a los dioses, y que deberán agregar a cada divinidad el ave que le convenga; si, por ejemplo, sacrifican a Venus, ofrecerán al mismo tiempo cebada a la picaza marítima; si matan una oveja en honor de Neptuno, presentarán granos de trigo al ánade; si un buey a Hércules, tortas con miel a la gaviota; si inmolan un carnero en las aras de Júpiter rey, rey es también el reyezuelo, y por consiguiente habrá de consagrársele, antes que al mismo Júpiter, un mosquito macho.

EVÉLPIDES.

Me agrada ese sacrificio de un mosquito. ¡Que truene ahora el gran Júpiter!

LA ABUBILLA.

¿Pero cómo nos tendrán los hombres por dioses, y no por grajos, al ver que volamos y tenemos alas?

PISTETERO.

No sabes lo que dices. Mercurio, siendo todo un dios, tiene alas y vuela, y lo mismo otras muchas divinidades: la Victoria vuela con alas de oro, el Amor tiene las suyas, y Homero compara a Iris con una tímida paloma.

LA ABUBILLA.

¿No tronará Júpiter? ¿No lanzará contra nosotros su alígero rayo?

PISTETERO.

Si los hombres en su ceguedad se obstinan en despreciaros, y en tener por dioses solo a los del Olimpo, lanzad sobre la tierra una nube de gorriones que arrebaten de los surcos las semillas: veremos si Ceres baja a distribuir trigo a los hambrientos.

EVÉLPIDES.

No lo hará, de seguro: veréis cómo alega mil pretextos.

PISTETERO.

Además, que los cuervos, para probar que sois dioses, saquen los ojos a los bueyes de labranza y a otros ganados, y que en seguida los cure Apolo, que es médico; para eso le pagan.

EVÉLPIDES.

¡Eh, no! aguarda a que haya vendido mi parejita.

PISTETERO.

Por el contrario, si los hombres os tienen a ti por un dios, a ti por la vida, a ti por Saturno, a ti por Neptuno, lloverán sobre ellos todos los bienes.

LA ABUBILLA.

Dime siquiera uno de ellos.

PISTETERO.

En primer lugar, las langostas no devorarán las flores de sus viñas, porque un solo escuadrón de lechuzas y cernícalos dará buena cuenta de ellas. Después sus higos estarán libres de mosquitos y cínifes, que serán devorados por un escuadrón de tordos.

LA ABUBILLA.

¿Cómo les daremos las riquezas, que es lo que más quieren?

PISTETERO.

Cuando consulten a las aves, indicaréis al adivino las minas más ricas y los tráficos más lucrativos; ni un marino perecerá.

LA ABUBILLA.

¿Por qué no perecerá?

PISTETERO.

Porque cuando consulte los auspicios sobre la navegación no faltará nunca un ave que le diga: «No te embarques; habrá tempestad;» o «embárcate; tendrás ganancias.» EVÉLPIDES.

Compro un navío, y me lanzo al mar; no quiero ya vivir con vosotros.

PISTETERO.

Revelaréis también a los hombres el lugar donde se ocultan los tesoros enterrados por sus padres; porque todas lo sabéis. De aquí el proverbio: «Nadie sabe dónde está mi tesoro, como no sea algún pájaro.»

EVÉLPIDES.

Vendo mi barco; compro un azadón, y ¡a desenterrar ollas de oro!

LA ABUBILLA.

¿Y cómo darles la salud que vive entre los dioses?

PISTETERO.

¿Qué mejor salud que la felicidad? Créeme, un hombre desgraciado nunca está bueno.

LA ABUBILLA.

¿Pero cómo llegarán a la vejez? Porque como esta habita en el Olimpo, habrán de morir en la infancia.

PISTETERO.

Todo lo contrario, las aves prolongaréis su vida trescientos años.

LA ABUBILLA.

¿De quién los tomaremos?

PISTETERO.

¿De quién? De vosotros mismos. ¿Ignoras que la graznadora corneja vive cinco vidas de hombre?

EVÉLPIDES.

¡Ah, cuánto más grato será su imperio que el de Júpiter!

PISTETERO.

¿Quién lo duda? En primer lugar, no tendremos que consagrarles templos de piedra cerrados con puertas de oro, porque habitarán entre el follaje de las encinas: un olivo será el templo de las aves más veneradas; además, para ofrecerles sacrificios no habrá que hacer un viaje a Delfos o Amón, sino que parándonos delante de los madroños y acebuches, les presentaremos un puñado de trigo o de cebada, suplicándoles, con las manos extendidas, que nos concedan parte de sus bienes, y los conseguiremos sin más dispendios que un poquillo de grano.

CORO.

¡Oh anciano, que después de haberme sido tan odioso me eres ahora tan querido, nunca por mi voluntad me apartaré de tus consejos! Animado por tus palabras he prometido y jurado que si tú, fiel a tus santas promesas, te unes a mí, sin dolo alguno, para atacar a los dioses, estos no conservarán mucho tiempo el cetro que me pertenece. Todo lo que dependa de la fuerza, queda a nuestro cargo; y al tuyo lo que exija habilidad y consejo.

LA ABUBILLA.

¡Por Júpiter! no es tiempo de dormirse y dar largas a la manera de Nicias, sino de obrar con energía y rapidez. Entrad en mi nido de pajas y ramaje, y decidnos vuestros nombres.

PISTETERO.

Es fácil: me llamo Pistetero.

LA ABUBILLA.

¿Y ese?

PISTETERO.

Evélpides, de la aldea de Cría.

LA ABUBILLA.

Salud a entrambos.

PISTETERO.

Aceptamos el augurio.

LA ABUBILLA.

Entrad, pues.

PISTETERO.

Vamos, dirígenos tú.

LA ABUBILLA.

Venid.

PISTETERO.

¡Ah cielos! Ven, vuelve acá. ¿Cómo este y yo, que no tenemos alas, os hemos de seguir cuando voléis?

LA ABUBILLA.

Muy fácilmente.

PISTETERO.

Piénsalo bien: mira que Esopo dice en sus fábulas que a la zorra le causó grave perjuicio su alianza con el águila.

LA ABUBILLA.

Nada temas; hay una raíz, que en cuanto la comáis os saldrán alas.

PISTETERO.

Entremos con esa condición. Ea, Jantias, y tú, Manodoro, coged nuestro equipaje.

CORO.

¡Hola! ¡Eh, Abubilla! A ti te llamo.

LA ABUBILLA.

¿Qué me quieres?

CORO.

Llévate a esos y dales bien de comer; pero déjanos a la melodiosa Procne, cuyos cantos son dignos de las musas: hazla salir para que nos divirtamos con ella.

PISTETERO.

Sí, cede a sus deseos: hazla salir de entre las floridas cañas. Por los dioses te pido que la llames para que contemplemos también nosotros al ruiseñor.

LA ABUBILLA.

Puesto que lo deseáis, fuerza es obedeceros: sal, Procne, y muéstrate a nuestros huéspedes.

(Sale Procne.)

PISTETERO.

¡Oh venerado Júpiter! ¡Qué hermosa avecilla! ¡Qué tierna! ¡Qué brillante!

EVÉLPIDES.

¿Sabes que la estrecharía con gusto entre mis brazos?

PISTETERO.

¡Cuánto oro trae sobre sí! Parece una doncella.

EVÉLPIDES.

Tentado estoy de darle un beso.

PISTETERO.

Pero, desdichado, ¿no ves que tiene por pico dos asadores?

EVÉLPIDES.

¿Qué importa? ¿Hay más que quitarle la cascarilla que le cubre la cabeza como si fuese un huevo, y besarla después?

LA ABUBILLA.

Vamos.

PISTETERO.

Guíanos en hora buena.

CORO.

Amable avecilla, el más querido de mis alados compañeros, mi señor, que presides nuestros cantos; al fin viniste a mi presencia; viniste para dejar oír tu suavísimo gorjeo. Tú, que en la flauta armoniosa tañes primaverales melodías, preludia nuestros anapestos. Ciegos humanos, semejantes a la hoja ligera, impotentes criaturas hechas de barro deleznable, míseros mortales que, privados de alas, pasáis vuestra vida fugaz como vanas sombras o ensueños mentirosos, escuchad a las aves, seres inmortales y eternos, aéreos, exentos de la vejez, y ocupados siempre en pensamientos perdurables; nosotros os daremos a conocer los fenómenos celestes, la naturaleza de las aves, y el verdadero origen de los dioses, de los ríos, del Erebo y del Caos; con tal enseñanza podréis causar envidia al mismo Pródico. En el principio solo existían el Caos y la Noche, el negro Erebo y el profundo Tártaro; la Tierra, el Aire y el Cielo no habían nacido todavía; al fin, la Noche de negras alas puso en el seno infinito del Erebo un huevo sin germen, del cual, tras el proceso de largos siglos, nació el apetecido Amor con alas de oro resplandeciente, y rápido como el torbellino. El Amor, uniéndose en los abismos del Tártaro al Caos alado y tenebroso, engendró nuestra raza, la primera que nació a la luz. La de los inmortales no existía antes de que el Amor mezclase los gérmenes de todas las cosas; pero, al confundirlos, brotaron de tan sublime unión el Cielo, la Tierra, el Océano, y la raza eterna de las deidades bienaventuradas. He aquí cómo nosotros somos muchísimo más antiguos que los dioses. Nosotros somos hijos del Amor; mil pruebas lo confirman; volamos como él, y favorecemos a los amantes. ¡Cuántos lindos muchachos, habiendo jurado ser insensibles, se rindieron a sus amantes al declinar su edad florida, vencidos por el regalo de una codorniz, de un porfirión, de un ánade o de un gallo! Nos deben los mortales sus mayores bienes. En primer lugar, anunciamos las estaciones; la primavera, el invierno y el otoño: la grulla al emigrar a Libia advierte al labrador que siembre; al piloto que cuelgue el timón y se entregue al descanso; a Orestes que se mande tejer un manto, para que el frío no le incite a robárselo a los transeúntes. El milano anuncia, al aparecer, otra estación y el momento oportuno de trasquilar los primaverales vellones; y la golondrina dice que ya es preciso abandonar el manto y vestirse una túnica ligera. Las aves reemplazamos para vosotros a Amón, a Delfos, a Dodona y a Apolo. Para todo negocio comercial, o compra de víveres, o matrimonios nos consultáis previamente y dais el nombre de auspicios a todo cuanto sirve para revelaros el porvenir: una palabra es un auspicio; un estornudo es un auspicio; un encuentro es un auspicio; una voz es un auspicio; el nombre de un esclavo es un auspicio; un asno es un auspicio. ¿No está claro que somos para vosotros el fatídico Apolo? Si nos reconocéis por dioses, hallaréis en nosotros las Musas proféticas, los vientos suaves, las estaciones, el invierno, el estío, un calor moderado; no iremos como Júpiter a posarnos orgullosos sobre las nubes, sino que, viviendo a vuestro lado, dispensaremos a vosotros y a vuestros hijos, y a los hijos de vuestros hijos, riquezas y salud, felicidad, larga vida, paz, juventud, risas, danzas, banquetes, delicias increíbles; en fin, tal abundancia de bienes, que llegaréis a saciaros. ¡Tan ricos seréis todos!

Musa silvestre de variados tonos, tio tio tio tio tio tio tio tix, yo canto contigo en las selvas y en la cumbre de los montes, tio tio tio tio tix, posado entre el follaje de un fresno copudo, tio tio tio tio tix, exhalo de mi delicada garganta himnos sagrados, tio tio tio tix que se unen en las montañas a los augustos coros en honor de Pan y la madre de los dioses, to to to to to to to to to tix. En ellos, a modo de abeja, liba Frínico el néctar de sus inmortales versos y de sus dulcísimas canciones, tio tio tio tio tix.

Espectadores, si alguno de vosotros quiere pasar dulcemente su existencia viviendo con las aves, que acuda a nosotros. Todo lo que en la tierra es torpe y se halla prohibido por las leyes, goza entre la gente alígera de no pequeño honor. Entre los hombres, por ejemplo, es un crimen odioso el pegar a su padre; entre las aves nada más bello que acometerle gritando: si riñes, coge tu espolón. El siervo prófugo, marcado con infamante estigma, pasa aquí por pintado francolín: un bárbaro, un frigio, tal como Espíntaro, será entre nosotros el frigilo, de la familia de Filemón: un esclavo de Caria, Execéstides, por ejemplo, podría proveerse entre las aves de abuelos y parientes. ¿Qué más? ¿Quiere el hijo de Pisias abrir las puertas a los infames? Pues trasfórmese en perdiz, digno hijo de su padre, que por acá no es deshonroso escaparse como la perdiz.

Así los cisnes, tio tio tio tio tio tio tio tix, uniendo sus voces y batiendo las alas, cantan a Apolo tio tio tio tix; deteniéndose en las orillas del Hebro, tio tio tio tix, sus acentos atraviesan las etéreas nubes; escúchanlos las fieras arrobadas y el mar serenando sus olas, to to to to to to to to to tix; todo el Olimpo resuena: los dioses inmortales, las Musas y las Gracias repiten gozosos aquella melodía, tio tio tio tix. Nada hay mejor, nada hay más agradable que tener alas. Si uno de vosotros las tuviese, podría, cuando asistiendo impaciente y mal humorado a una interminable tragedia se siente desfallecer de hambre, volar a su casa, comer, y regresar satisfecho su apetito. Si Patróclides se viera acosado en el teatro por una apremiante necesidad, no tendría que ensuciar su manto, pues volaría a otra parte, y después de desahogarse, tornaría a su asiento recobradas las fuerzas. Aún más: si alguno de vosotros, no importa quién, abrasado por adúltera llama, distinguía al marido de su amante en las gradas de los senadores, podría extendiendo sus alas trasladarse a la amorosa cita, y satisfecha su pasión volver a su puesto. ¿Comprendéis ahora las inmensas ventajas de ser alado? Por eso Diítrefes, aunque solo tiene alas de mimbre, ha sido nombrado filarco primero; después hiparco; y de hombre de nada, se ha convertido en gran personaje, y hoy es ya el gallito de su tribu.

PISTETERO.

Ya está hecho. ¡Por Júpiter! No he visto nunca cosa más ridícula.

EVÉLPIDES.

¿De qué te ríes?

PISTETERO.

De tus alas. ¿Sabes lo que pareces con ellas? Un ganso pintado de brocha gorda.

EVÉLPIDES.

Y tú un mirlo con la cabeza desplumada.

PISTETERO.

Nosotros lo hemos querido; y como Esquilo dice: «No son plumas de otro, sino nuestras».

LA ABUBILLA.

¡Ea! ¿Qué debemos hacer?

PISTETERO.

Lo primero dar a la ciudad un nombre ilustre y pomposo; después ofrecer un sacrificio a los dioses.

EVÉLPIDES.

Opino lo mismo.

LA ABUBILLA.

Pues veamos el nombre que ha de ponérsele.

PISTETERO.

¿Queréis que le demos uno magnífico tomado de Lacedemonia? ¿Queréis que la llamemos Esparta?

EVÉLPIDES.

¡Por Hércules! ¿Esparta mi ciudad? Cuando ni siquiera consiento que sea de esparto mi lecho, aunque solo tenga una estera de junco.

PISTETERO.

¿Pues qué nombre le daremos?

EVÉLPIDES.

Uno magnífico, tomado de las nubes y de estas elevadas regiones.

PISTETERO.

¿Qué te parece Nefelococigia?

LA ABUBILLA.

¡Oh! ¡Oh! Ese sí que es bello y grandioso.

EVÉLPIDES.

¿No es en Nefelococigia donde están todas las grandes riquezas de Teógenes y Esquines?

PISTETERO.

No, donde están es en el llano de Flegra, en el que los dioses aniquilaron la arrogancia de los gigantes.

EVÉLPIDES.

Será una ciudad hermosísima. ¿Pero cuál será su divinidad protectora? ¿Para quién tejeremos el peplo?

PISTETERO.

¿Por qué no escogemos a Minerva Poliada?

EVÉLPIDES.

¿Podrá estar bien arreglada una ciudad en que una mujer vaya completamente armada y Clístenes se dedique a hilar?

PISTETERO.

¿Quién guardará el muro pelárgico?

LA ABUBILLA.

Uno de los nuestros oriundo de Persia, que se proclama el más valiente de todos, un pollo de Marte.

EVÉLPIDES.

¡Oh pollo señor! ¡Es un dios a propósito para vivir sobre las piedras!

PISTETERO.

Ea, vete al aire, a ayudar a los albañiles que construyen la muralla; llévales morrillos; desnúdate y haz mortero; sube la gamella; cáete de la escala; pon centinelas; guarda el fuego bajo la ceniza; ronda con tu campanilla, y duérmete; envía luego dos heraldos, uno arriba a los dioses, otro abajo a los hombres, y después vuelve a mi lado.

EVÉLPIDES.

Tú quédate aquí, y revienta.

PISTETERO.

Anda, amigo mío, a donde te envío; nada de cuanto te he dicho puede hacerse sin ti. Yo voy a ofrecer un sacrificio a los nuevos dioses, y a llamar al sacerdote para que presida la procesión. ¡Eh, tú, esclavo! trae el canastillo y la sagrada vasija.

CORO.

Yo uno a las tuyas mis fuerzas y mi voluntad, y te exhorto a dirigir a los dioses súplicas espléndidas y solemnes, y a inmolar una víctima en acción de gracias. Entonemos en honor del dios canciones píticas acompañadas por la flauta de Queris.

PISTETERO (Al flautista).

Deja de soplar, Hércules. ¿Qué es eso? Por Júpiter, muchos prodigios he visto, pero nunca a un cuervo con bozal. Sacerdote, cumple tu deber, y sacrifica a los nuevos dioses.

EL SACERDOTE.

Lo haré. ¿Dónde está el que tiene el canastillo? Rogad a la Vesta de las aves, al milano protector del hogar, y a todos los pájaros, olímpicos y olímpicas, dioses y diosas...

PISTETERO.

¡Salve, gavilán protector de Sunio, rey pelásgico!

EL SACERDOTE.

Al cisne Pítico y Delio, a Latona madre de las codornices, a Diana jilguero...

PISTETERO.

En adelante no habrá Diana Colenis, sino Diana jilguero.

EL SACERDOTE.

A Baco pinzón, a Cibeles avestruz, augusta madre de los dioses y los hombres...

PISTETERO.

¡Oh poderosa Cibeles avestruz, madre de Cleócrito!

EL SACERDOTE.

Que den salud y felicidad a los nefelococigios y a sus aliados de Quíos.

PISTETERO.

Me gusta ver en todas partes a los de Quíos.

EL SACERDOTE.

A los héroes, a las aves, a los hijos de los héroes, al porfirión, al pelícano, al pelecino, al fléxide, al tetraón, al pavo real, al elea, a la cerceta, al elasa, a la garza, al mergo, al becafigo, al pavo...

PISTETERO.

Acaba, hombre infernal; acaba tus invocaciones. Desdichado, ¿a qué víctimas llamas a los buitres y a las águilas de mar? ¿No ves que un milano basta para devorar estas viandas? ¡Lárgate de aquí con tus ínfulas! Ya ofreceré yo solo el sacrificio.

EL SACERDOTE.

Es preciso que para la aspersión entone un nuevo himno sacro y piadoso, e invoque a los dioses, a uno siquiera, si es que tenéis bastantes provisiones, pues vuestras decantadas víctimas veo que se reducen a barbas y cuernos.

PISTETERO.

Oremos al sacrificar a los dioses alados.

UN POETA.

Celebra, oh Musa, en tus himnos y canciones a la feliz Nefelococigia.

PISTETERO.

¿Qué significa esto? Di, ¿quién eres?

EL POETA.

Yo soy un cantor melifluo, un celoso servidor de las musas, como dice Homero.

PISTETERO.

Si eres esclavo, ¿cómo llevas largo el cabello?

EL POETA.

No es eso; todos los poetas somos celosos servidores de las Musas, al decir de Homero.