Lisístrata · Aristophanes

Part 11

Capítulo 11 de 19 · 14 min de lectura

PISTETERO.

Ya no me asombro: tu manto demuestra muchos años de servicio. Pero, desdichado poeta, ¿qué mal viento te ha traído aquí?

EL POETA.

He compuesto versos en honor de vuestra Nefelococigia, y muchos hermosos ditirambos y partenias, en el estilo de Simónides.

PISTETERO.

¿Y cuándo los has compuesto?

EL POETA.

Hace mucho tiempo, mucho tiempo, que yo canto a esta ciudad.

PISTETERO.

¡Pero si en este instante celebro la fiesta de su fundación, y acabo de ponerla un nombre como a los niños de diez días!

EL POETA.

¡Qué importa! La voz de las Musas vuela como los más rápidos corceles. ¡Oh tú, padre mío, fundador del Etna, tú cuyo nombre recuerda los divinos templos, otórgame propicio los bienes que para ti desearías!

PISTETERO.

No nos vamos a quitar de encima esta calamidad, si no le damos alguna cosa. Tú, que tienes ese abrigo sobre la túnica, quítatelo y dáselo a este discretísimo poeta. Toma este abrigo; pues me parece que estás tiritando.

EL POETA.

Mi Musa acepta regocijada este presente. Escucha tú estos versos pindáricos...

PISTETERO.

¿No se marchará nunca este importuno?

EL POETA.

Sin vestido de lino Vaga Estratón en el confín helado Del errabundo escita: Burdo manto le han dado, Pero aún túnica fina necesita.

¿Comprendes lo que quiero decir?

PISTETERO.

Vaya si comprendo: quieres que te regale una túnica. Quítatela: es preciso obsequiar a los poetas. Tómala, márchate.

EL POETA.

Me voy, y al irme compongo estos versos en honor de vuestra ciudad:

Numen de áureo trono, Celebra esta ciudad Que tirita a los soplos De un céfiro glacial. Yo su campiña fértil, Vengo de visitar, Alfombrada de nieve. ¡Tralalá, tralalá!

(Vase.)

PISTETERO.

Sí, pero te escapas de estos helados campos con una buena túnica. Jamás hubiera creído, Júpiter soberano, que ese maldito poeta pudiera adquirir tan pronto noticias de esta ciudad. (Al sacerdote.) Coge la vasija y da vuelta al altar.

EL SACERDOTE.

¡Silencio!

UN ADIVINO.

No inmoles el chivo.

PISTETERO.

¿Quién eres tú?

EL ADIVINO.

¿Quién soy? un adivino.

PISTETERO.

¡Vete en hora mala!

EL ADIVINO.

Amigo mío, no desprecies las cosas divinas: hay una profecía de Bacis que se refiere claramente a Nefelococigia.

PISTETERO.

¿Por qué no me hablaste de ese oráculo antes de fundar la ciudad?

EL ADIVINO.

Un dios me lo impedía.

PISTETERO.

No hay inconveniente en que oigamos el vaticinio.

EL ADIVINO.

«Cuando los lobos y las encanecidas cornejas habitaren juntos en el espacio que separa a Corinto de Sicione...»

PISTETERO.

¿Pero qué tenemos que ver con los Corintios?

EL ADIVINO.

Bacis, al expresarse de ese modo, se refería al aire. «Sacrificad primeramente a Pandora un blanco vellocino; y después regalad al profeta que interprete mis oráculos un buen vestido y zapatos nuevos...»

PISTETERO.

¿Están también los zapatos?

EL ADIVINO.

Toma y lee. «Y dadle además una copa y un buen trozo de las entrañas de la víctima.»

PISTETERO.

¿También hay que darle un trozo de las entrañas?

EL ADIVINO.

Toma y lee. «Joven divino, si obedecieres mis mandatos, serás un águila en las nubes: si no le das nada, ni tórtola, ni águila, ni pito real.»

PISTETERO.

¿También está eso?

EL ADIVINO.

Toma y lee.

PISTETERO.

Pero tu oráculo en nada se parece a otro que escribí yo mismo bajo la inspiración de Apolo. «Cuando, sin que nadie le llame, venga un charlatán a molestarte mientras estás ofreciendo un sacrificio, y pida una porción de las entrañas, deberás molerle las costillas a palos.»

EL ADIVINO.

Tú deliras.

PISTETERO.

Toma y lee. «Y no le perdones, aunque sea un águila en las nubes, aunque sea Lampón, aunque sea el gran Diopites.»

EL ADIVINO.

¿También está eso?

PISTETERO.

Toma y lee, ¡y lárgate al infierno!

EL ADIVINO.

¡Ay, pobre de mí!

PISTETERO.

Pronto, pronto, vete a profetizar a otra parte.

METÓN.

Vengo a...

PISTETERO.

Otro importuno. ¿Qué te trae aquí? ¿Cuáles son tus proyectos? ¿Qué te propones viniendo tan encopetado con tus coturnos?

METÓN.

Quiero medir las llanuras aéreas, y dividirlas en calles.

PISTETERO.

En nombre de los dioses, ¿quién eres?

METÓN.

¿Quién soy? Metón, conocido en toda la Grecia y en la aldea de Colona.

PISTETERO.

Dime, ¿qué es eso que traes ahí?

METÓN.

Reglas para medir el aire. Pues todo el aire, en su forma general, es enteramente parecido a un horno. Por tanto, aplicando por arriba esta línea curva y ajustando el compás... ¿Comprendes?

PISTETERO.

Ni una palabra.

METÓN.

Con esta otra regla trazo una línea recta, inscribo un cuadrado en el círculo, y coloco en su centro la plaza; a ella afluyen de todas partes calles derechas, del mismo modo que del sol, aunque es circular, parten rayos rectos en todas direcciones.

PISTETERO.

¡Este hombre es un Tales... Metón!

METÓN.

¿Qué?

PISTETERO.

Ya sabes que te quiero; pues bien, voy a darte un buen consejo: márchate cuanto antes.

METÓN.

¿Pues qué peligro...?

PISTETERO.

Aquí, como en Lacedemonia, es costumbre expulsar a los extranjeros, y en la ciudad llueven garrotazos.

METÓN.

¿Hay alguna sedición?

PISTETERO.

Nada de eso.

METÓN.

¿Pues qué?

PISTETERO.

Hemos tomado por unanimidad la resolución de echar a todos los charlatanes.

METÓN.

Pues huyo.

PISTETERO.

Creo que ya es tarde: la tempestad estalla. (Le pega.)

METÓN.

¡Desdichado de mí! (Huye.)

PISTETERO.

¿No te lo decía hace tiempo? Vete con tus medidas a otra parte.

UN INSPECTOR.

¿Dónde están los próxenos?

PISTETERO.

¿Quién es este Sardanápalo?

EL INSPECTOR.

Soy un inspector designado por la suerte para vigilar en Nefelococigia.

PISTETERO.

¡Un inspector! ¿Quién te ha enviado?

EL INSPECTOR.

Un maldito decreto de Téleas.

PISTETERO.

¿Quieres recibir tu sueldo, y marcharte, sin tomarte la menor molestia?

EL INSPECTOR.

Sí, por cierto; precisamente tenía hoy necesidad de estar en Atenas para asistirá la asamblea: tengo un asunto de Farnaces.

PISTETERO.

Toma y llévate esto; este será tu sueldo. (Le pega.)

EL INSPECTOR.

¿Qué es esto?

PISTETERO.

Es la asamblea en que has de defender a Farnaces.

EL INSPECTOR.

¡Sed testigos de que me pega! ¡A mí! ¡A un inspector!

PISTETERO.

¿No te irás con tus malditas urnas judiciales? Esto es insoportable; ¡enviar inspectores a una ciudad antes de haberse ofrecido el sacrificio de consagración!

UN VENDEDOR DE DECRETOS.

«El nefelococigio que faltase a un ateniense...»

PISTETERO.

¿Qué nueva calamidad es esta, cargada de pergaminos?

EL VENDEDOR DE DECRETOS.

Soy un vendedor de decretos, y vengo a venderos leyes nuevas.

PISTETERO.

¿Cuáles?

EL VENDEDOR DE DECRETOS.

«Los habitantes de Nefelococigia tendrán las mismas leyes, pesos y medidas que los Olofixios.»

PISTETERO.

Ahora vas a conocer las de los Ototixios.

EL VENDEDOR DE DECRETOS.

Eh, ¿qué haces?

PISTETERO.

¿No te largas con tus decretos? Pues te voy a aplicar unos bien crueles.

EL INSPECTOR (Volviendo).

Cito por injurias a Pistetero para el mes Muniquion.

PISTETERO.

¡Cómo! ¿Aún estabas ahí?

EL VENDEDOR DE DECRETOS.

«El que expulsare a un magistrado y no le recibiese como prescribe el edicto fijado en la columna...»

PISTETERO (Al inspector).

¡Oh, desdicha! ¿Ahí estabas también tú?

EL INSPECTOR.

¡Ya me las pagarás! Te he de hacer condenar a diez mil dracmas de multa.

PISTETERO.

Yo haré pedazos tus urnas.

EL INSPECTOR.

¿Te acuerdas de aquella tarde en que hiciste tus necesidades junto a la columna de edictos?

PISTETERO.

Ea, echadle mano a ese. ¡Hola! parece que no te quedas.

EL SACERDOTE.

Marchémonos de aquí cuanto antes, y sacrifiquemos dentro el macho cabrío.

(Vanse todos.)

CORO.

Ya todos los mortales ofrecerán sus votos y sacrificios a mí que todo lo inspecciono y gobierno. Porque con mi vista abarco el mundo entero y conservo los frutos en flor, destruyendo las infinitas castas de animales que, en el seno de la tierra o en las ramas de los árboles, los devoran antes de que hayan brotado del tierno cáliz. Yo mato los insectos que corrompen con su fétido contacto los perfumados huertos; y todos los reptiles y venenosos sapos mueren al golpe de mis forzudas alas.

Hoy que se pregona principalmente este edicto: «El que matase a Diágoras Meliense, recibirá un talento: el que matase a uno de los tiranos nuestros, recibirá un talento», queremos nosotros promulgar también este decreto: «El que matare a Filócrates el pajarero, recibirá un talento; cuatro el que lo traiga vivo: él es quien ata los pinzones de siete en siete y los vende por un óbolo; él es quien atormenta a los tordos inflándolos para que parezcan más gordos; él atraviesa con plumas el pico de los mirlos; él reúne palomas y las encierra obligándolas a reclamar a otras y atraerlas a sus redes. Este es nuestro edicto: mandamos además que todo el que tenga aves encerradas en su patio, las suelte inmediatamente. El que no obedeciere será apresado por las aves, y servirá cargado de cadenas para señuelo de otros hombres.»

¡Oh raza afortunada la de las aves! ni en invierno tenemos necesidad de túnicas, ni en estío nos molestan los abrasadores rayos de un sol canicular. En los valles floridos, a la sombra del tupido follaje, hallo fresco reposo, mientras la divina cigarra, enfurecida por el calor del mediodía deja oír su agudo canto: cuevas profundas, en que jugueteo con las monteses ninfas, me abrigan en invierno; y en primavera, picoteo las blancas y virginales bayas del mirto, y saqueo los huertecillos de las Gracias.

Queremos decir a los jueces una palabra sobre el premio: si nos lo adjudican, les otorgaremos toda clase de bienes; bienes más preciosos que los que recibió el mismo Paris. En primer lugar, cosa la más apetecida por todos los jueces, las lechuzas de Laurium no os abandonarán jamás; habitarán dentro de vuestras casas, anidarán en vuestros bolsillos y empollarán en ellos pequeñas moneditas. Además vuestras habitaciones parecerán templos magníficos, porque elevaremos sus techos en forma de alas de águila. Si conseguís una magistratura y queréis robar algo, armaremos vuestras manos con las garras veloces del azor. Y si vais a un banquete, os proveeremos de espaciosos buches. Pero si no nos adjudicáis el premio, ya podéis proveeros de sombrillas como las de las estatuas; que el que no la lleve nos las pagará todas juntas. Pues cuando salga ostentando su túnica blanca, todas las aves se la mancharemos con nuestras inmundicias.

PISTETERO.

Aves, el sacrificio ha sido favorable; pero me extraña que no venga de la muralla ningún mensajero para anunciamos cómo va la obra. ¡Ah! Ahí viene uno corriendo sin aliento.

MENSAJERO PRIMERO.

¿Dónde, dónde está? ¿Dónde, dónde, dónde está? ¿Dónde, dónde, dónde está? ¿Dónde está Pistetero, nuestro jefe?

PISTETERO.

Aquí estoy.

MENSAJERO PRIMERO.

Tus murallas están construidas.

PISTETERO.

Muy bien.

MENSAJERO PRIMERO.

Es una obra soberbia y hermosísima: la anchura del muro es tan grande, que si Proxénides el fanfarrón y Teógenes se encontrasen sobre él dirigiendo dos carros tirados por caballos tan grandes como el de Troya, pasarían sin dificultad.

PISTETERO.

¡Magnífico!

MENSAJERO PRIMERO.

Su largura (yo mismo la he medido) es de cien brazas.

PISTETERO.

¡Por Neptuno, qué largura! ¿Quiénes han construido tan gigantesca muralla?

MENSAJERO PRIMERO.

Las aves, y nadie más que las aves; allí no ha habido ni albañiles egipcios, ni canteros; todo lo han hecho por sí mismas con una habilidad asombrosa. De África vinieron cerca de treinta mil grullas que descargaron su lastre de piedras, las cuales, después de arregladas por el pico de los rascones, han servido para los cimientos. Diez mil cigüeñas fabricaron los ladrillos. Los chorlitos y demás aves fluviales subían al aire el agua de la tierra.

PISTETERO.

¿Quiénes traían el mortero?

MENSAJERO PRIMERO.

Las garzas, en gamellas.

PISTETERO.

¿Pero cómo pudieron echarlo en las gamellas?

MENSAJERO PRIMERO.

¡Oh, es una invención ingeniosísima! Los gansos revolvían con sus patas, a guisa de paletas, el mortero, y después lo echaban en las gamellas.

PISTETERO.

¿Qué no harán los pies?

MENSAJERO PRIMERO.

Era de ver cómo traían ladrillos los ánades. También ayudaban a la faena las golondrinas trayendo mortero en el pico y la llana en la cola, como si fuesen niños.

PISTETERO.

¿Qué necesidad habrá ya de pagar operarios? Pero dime: ¿quiénes labraron las maderas necesarias?

MENSAJERO PRIMERO.

Los pelícanos, como habilísimos carpinteros, arreglaron con sus picos las jambas de las puertas: cuando desbastaban las maderas, se oía un ruido parecido al de los arsenales. Ahora está ya todo cerrado con puertas y cerrojos y cuidadosamente guardado: las rondas recorren el recinto con sus campanillas: hay centinelas en todas partes, y antorchas en las torres. Pero yo corro a lavarme: a ti te toca terminar la obra.

CORO.

Vamos, ¿qué haces? ¿Te admiras de la prontitud con que el muro ha sido construido?

PISTETERO.

Sí por cierto; la cosa es digna de admiración; parece una fábula. Pero ahí viene uno de los centinelas de la ciudad con marcial continente.

MENSAJERO SEGUNDO.

¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

PISTETERO.

¿Qué ocurre?

MENSAJERO SEGUNDO.

Una cosa indigna. Uno de los dioses de la corte de Júpiter ha atravesado las puertas y ha penetrado en el aire burlando la vigilancia de los grajos qué dan la guardia de día.

PISTETERO.

¡Oh indigno y criminal atentado! ¿Qué dios es?

MENSAJERO SEGUNDO.

Lo ignoramos; solo sabemos que tiene alas.

PISTETERO.

¿Por qué no habéis lanzado en seguida guardias en su persecución?

MENSAJERO SEGUNDO.

Hemos enviado tres mil azores, arqueros de caballería: todas las aves de ganchudas uñas, cernícalos, gerifaltes, buitres, águilas y gavilanes vuelan en su busca, haciendo resonar el aire con el rápido batir de sus alas. El dios no debe estar lejos; si no me engaño, helo ahí.

PISTETERO.

¡Armémonos de la honda y el arco! Aquí, mis amigos; disparad todos vuestras saetas; dadme una honda.

CORO.

Declárase una guerra, una guerra nefanda entre nosotros y los dioses. Hijos del Erebo, guardad cuidadosos el aire y las nubes que le entoldan para que ningún dios las atraviese: vigilad todo el circuito. Ya se oye cerca un ruido de alas, como el de un inmortal cuando vuela.

(Iris aparece volando y es detenida.)

PISTETERO.

¡Eh, tú! ¿A dónde vuelas? Estate quieta, inmóvil. ¡Alto! detente. ¿Quién eres? ¿De qué país? Es preciso que digas de dónde vienes.

IRIS.

Vengo de la mansión de los dioses olímpicos.

PISTETERO.

¿Cómo te llamas, navío o casco?

IRIS.

La rápida Iris.

PISTETERO.

¿La Paralos, o la Salamina?

IRIS.

¿Qué dices?

PISTETERO.

¿No habrá un gerifalte que emprenda el vuelo y se lance sobre ella?

IRIS.

¿Que se lance sobre mí? ¿Qué significan estos ultrajes?

PISTETERO.

Vas a llorar a mares.

IRIS.

Pero esto es absurdo.

PISTETERO.

¿Por qué puerta has penetrado en la ciudad, gran malvada?

IRIS.

¿Por qué puerta? No lo sé, por vida mía.

PISTETERO.

¿Oís cómo se burla de nosotros? ¿Te has presentado al capitán de los grajos? Responde. ¿Traes un pase autorizado con el sello de las cigüeñas?

IRIS.

¿Qué es esto?

PISTETERO.

¿No lo traes?

IRIS.

¿Estás en tu juicio?

PISTETERO.

¿No te ha enviado un salvoconducto algún jefe de las aves?

IRIS.

Nadie me ha enviado nada, imbécil.

PISTETERO.

¿Y te has atrevido a atravesar en silencio el aire y una ciudad extraña?

IRIS.

¿Pues por dónde hemos de pasar los dioses?

PISTETERO.

No lo sé; pero no por aquí. Lo cierto es que tú has delinquido. ¿Sabes que si te aplicase la pena merecida nos apoderaríamos de ti y moriría la bella Iris?

IRIS.

Soy inmortal.

PISTETERO.

No por eso dejarías de morir. Esto es insoportable; mandamos en todos los seres del mundo, y ahora nos vienen los dioses echándoselas de insolentes y negándose a obedecer a los más fuertes. Vamos, contesta: ¿a dónde dirigías tu vuelo?

IRIS.

¿Yo? Llevo encargo de mi padre de ordenar a los hombres que ofrezcan víctimas a los dioses del Olimpo; que inmolen bueyes y ovejas, y llenen las calles con el humo de los sacrificios.

PISTETERO.

¿Qué dices? ¿A qué dioses?

IRIS.

¿A qué dioses? a nosotros, a los dioses del cielo.

PISTETERO.

¿Pero vosotros sois dioses?

IRIS.

¿Pues qué, hay otros?

PISTETERO.

Las aves son ahora los dioses de los hombres; y a ellas, por vida mía, han de ofrecerse los sacrificios y no a Júpiter.

IRIS.

¡Ah, insensato, insensato! No provoques las graves iras de los dioses; guarda que la Justicia, armada del terrible azadón de Júpiter, no extirpe de raíz toda tu raza; teme que sus rayos vengadores te reduzcan a cenizas con todos tus palacios.

PISTETERO.

Oye, déjate de palabras campanudas, y estate quieta. Dime, ¿crees que me vas a espantar con ese lenguaje, como si fuese algún esclavo lidio o de la Frigia? ¿Sabes que si Júpiter me molesta más, enviaré águilas igníferas que incendien su morada y el palacio de Anfión? ¿Sabes que puedo mandar al cielo contra él más de seiscientos alados porfiriones cubiertos con pieles de leopardos? Y cuenta que uno solo le dio mucho que hacer. Y a ti, bella mensajera, como me incomodes, te agarro y te doy a conocer, con asombro tuyo, que, aunque viejo, pocos me ganan en las lides amorosas.

IRIS.

¡Ojalá revientes, estúpido, con tus dicharachos!

PISTETERO.

¿Te marchas o no? ¡Largo pronto! ¡Cuidado con los golpes!

IRIS.

¡Ah! Mi padre castigará tu insolencia.

PISTETERO.

¡Vaya un susto! ¡Vuela, vuela, vete a llenar con el humo y el hollín de tus rayos a otros más jóvenes que yo!

CORO.

Queda prohibido a los dioses, hijos de Júpiter, el paso por nuestra ciudad; prohíbese también a los mortales cuando les ofrezcan sacrificios el que hagan atravesar por aquí el humo de sus víctimas.

PISTETERO.

Temo que no acabe de volver el heraldo que envié a los hombres.

UN HERALDO.

¡Oh feliz Pistetero! ¡Oh sapientísimo! ¡Oh celebérrimo! ¡Oh sapientísimo! ¡Oh hermosísimo! ¡Oh felicísimo! ¡Oh...! Vamos, apunta.

PISTETERO.

¿Qué estás diciendo?

EL HERALDO.

Todos los pueblos, admirados de tu sabiduría, te ofrecen esta corona de oro.

PISTETERO.

La acepto; pero ¿por qué los pueblos me decretan tan señalado honor?

EL HERALDO.

Tú no sabes, ilustre fundador de una ciudad aérea, la inmensa estimación en que te tienen los mortales, y la afición extraordinaria que se ha desarrollado por este país. Antes de que echases los cimientos de esta célebre ciudad, todos los hombres atacados de la lacomanía se dejaban crecer el cabello, ayunaban, iban sucios, vivían socráticamente, y llevaban bastones espartanos; ahora ha cambiado la moda y les domina la manía por las aves, complaciéndose en imitar su modo de vivir. En cuanto apunta el alba saltan todos a la vez del lecho y vuelan, como nosotros, a su pasto habitual; después se dirigen a los carteles y se atracan de decretos. Su manía por las aves es tan grande que muchos llevan nombres de volátiles: un tabernero cojo, se llama perdiz; Menipo, golondrina; Opuncio, cuervo tuerto; Filocles, alondra; Teógenes, ganso-zorro; Licurgo, ibis; Querefonte, murciélago; Siracosio, urraca; y Midias se llama codorniz, porque, en efecto, tiene toda la traza de una codorniz muerta de un porrazo en la cabeza. La pasión por las aves hace que se canten versos, donde es de rigor hablar de golondrinas, de penélopes, de gansos, de palomas, o por lo menos algo de plumaje. Así anda la cosa. ¡Ah!, te advierto que pronto vendrán aquí más de diez mil personas pidiéndote alas y garras ganchudas; por tanto, ya puedes hacer provisión de plumas para los nuevos huéspedes.

PISTETERO.

Entonces no hay tiempo que perder. Anda, llena de alas todos los cestos y cestillos, y dile a Manes que me los traiga aquí. Yo me encargo de recibir a los que vengan.

CORO.

Esta ciudad va a ser pronto muy populosa.

PISTETERO.

Si la fortuna nos favorece.

CORO.

El amor a nuestra ciudad se propaga.

PISTETERO (Al esclavo).

Trae eso pronto.

CORO.

¿Qué falta en ella de cuanto puede hacer grata su mansión? Aquí se encuentran la Sabiduría, el Amor, las Gracias inmortales, y el plácido semblante de la querida Paz.

PISTETERO.

¡Qué calma, justo cielo! Trae eso pronto.

CORO.

Sí, traed pronto un cesto lleno de alas; y tú hazle moverse a palos, como lo hago yo: es más pesado que un asno.

PISTETERO.

Sí, Manes es un perezoso.

CORO.

Tú, pon en orden esas alas, las musicales, las proféticas, las marítimas. Procura después que cada uno se lleve las que le convengan.

PISTETERO (A Manes).

¡Ah, lo juro por los cernícalos! Esta no te la perdono, si continúas tan perezoso y tardón.

UN PARRICIDA.

¡Quién fuera el águila de altísimo vuelo, para cernerse sobre las ondas cerúleas del estéril mar!

PISTETERO.

Veo que el mensajero dijo la verdad; ahí viene no sé quién cantando a las águilas.

EL PARRICIDA.

¡Oh, nada hay tan delicioso como volar! Yo adoro las leyes de los pájaros; la afición a las aves me vuelve loco; yo vuelo, yo quiero vivir con vosotros, soy apasionado por vuestras leyes.

PISTETERO.

¿Por cuáles?, pues las aves tienen muchas clases.

EL PARRICIDA.

Por todas; más principalmente por esa en virtud de la cual es lícito a un pájaro morder a su padre y retorcerle el pescuezo.

PISTETERO.

Es verdad, nosotros tenemos por muy valiente al que, pollito aún, pega a su padre.

EL PARRICIDA.

Por eso he emigrado a esta región; deseo estrangular a mi padre para heredar todos sus bienes.

PISTETERO.