Lisístrata · Aristophanes
Part 13
Capítulo 13 de 19 · 15 min de lectura
Aparte de este defecto capital, que afea la Lisístrata, no puede menos de reconocerse que bajo el punto de vista puramente literario abundan en ella bellezas estimables.
El carácter de la protagonista está muy bien trazado y sostenido, observándose en él cierto decoro y dignidad que contrasta agradablemente con las indecencias de la comedia. La primera escena, dice Brumoy, es digna del arte más depurado, y no lo son menos todas aquellas en que se ponen en juego, con admirable verdad, todos los recursos de la coquetería y la astucia femeniles. Es de notar también el lenguaje rudo y leal de los embajadores de Esparta, y tampoco puede menos de verse con agrado el valor y puro patriotismo que revelan en Aristófanes la energía con que, desafiando las iras del populacho inconstante, se atreve a decirle sin rodeos las verdades más amargas.
La representación de la Lisístrata, según se deduce de varios de sus pasajes y afirma rotundamente uno de sus prefacios, tuvo lugar el año 412 antes de nuestra era, o por lo menos entre el vigésimo y vigesimotercero de la Guerra del Peloponeso.
PERSONAJES.
LISÍSTRATA. CALÓNICE. MIRRINA. LÁMPITO. CORO DE ANCIANOS. CORO DE MUJERES. ESTRATILIS. UN MAGISTRADO. ALGUNAS MUJERES. CINESIAS. UN MUCHACHO. UN HERALDO DE LACEDEMONIA. EMBAJADORES DE LACEDEMONIA. ALGUNOS CURIOSOS. UN ATENIENSE. ARQUEROS.
La escena en Atenas: plaza pública.
LISÍSTRATA.
LISÍSTRATA (Sola).
¡Ah!, si se las hubiese citado a una fiesta de Baco, o de Pan, o de Venus Colíade o Genetílide, la multitud de tambores no permitiría transitar por las calles. Ahora no viene ninguna, excepto esa buena vecina que sale de su casa. Salud, Calónice.
CALÓNICE.
Salud, Lisístrata. ¿Qué es lo que te aflige? Serena tu frente, hija mía; no te sienta bien ese fruncido ceño.
LISÍSTRATA.
Calónice, me hierve la sangre. Me avergüenzo de mi sexo; los hombres pretenden que somos astutas...
CALÓNICE.
Y lo somos, por Júpiter.
LISÍSTRATA.
Y cuando se las dice que acudan a este sitio, para tratar de un importante asunto, duermen en vez de venir.
CALÓNICE.
Ya vendrán, querida: las mujeres no pueden salir tan fácilmente de casa. Una está ocupada con su marido; otra despierta a su esclavo; otra acuesta a su hijo; aquella le lava o le da de comer.
LISÍSTRATA.
Más graves son estos cuidados.
CALÓNICE.
Pero sepamos para qué nos convocas. ¿Qué cosa es? ¿Es grande?
LISÍSTRATA.
Es grande.
CALÓNICE.
¿Es gruesa?
LISÍSTRATA.
Es gruesa.
CALÓNICE.
¿Pues cómo no hemos venido todas?
LISÍSTRATA.
No es lo que te figuras, pues de serlo ni una hubiera faltado. Se trata de un plan que yo he trazado y revuelto en todos sentidos durante mis insomnios.
CALÓNICE.
Precisamente habrá de ser muy sutil para darlo vuelta en todos sentidos.
LISÍSTRATA.
Tan sutil que la salvación de la Grecia entera estriba en las mujeres.
CALÓNICE.
¿En las mujeres? Liviano es su fundamento.
LISÍSTRATA.
En nosotras está, o el salvar la república, o el destruir completamente a los peloponesios...
CALÓNICE.
Que no quede ni uno para muestra; me parece muy bien.
LISÍSTRATA.
Y aniquilar a todos los beocios.
CALÓNICE.
A todos no; perdona siquiera a las anguilas.
LISÍSTRATA.
A Atenas no la desearé semejante cosa; pero se me ocurre otra idea. Si se nos agregasen todas las mujeres del Peloponeso y la Beocia, quizá, aunando nuestros esfuerzos, pudiéramos salvar a Grecia.
CALÓNICE.
¿Pero acaso las mujeres pueden llevar a cabo empresa alguna ilustre y sensata? Nosotras, que nos pasamos la vida encerradas en casa, muy pintadas y adornadas, vestidas de túnicas amarillas y flotantes cimbéricas, y calzadas con elegantes peribárides.
LISÍSTRATA.
Precisamente en eso tengo yo puestas mis esperanzas de salvación; en las túnicas amarillas, en los perfumes, en el colorete, en las peribárides, en los vestidos transparentes.
CALÓNICE.
¿Cómo?
LISÍSTRATA.
De suerte que ninguno de los hombres de hoy día levantará su lanza contra los otros...
CALÓNICE.
Por las dos diosas, me teñiré de amarillo una túnica.
LISÍSTRATA.
Ni embrazará el escudo...
CALÓNICE.
Me pondré una cimbérica.
LISÍSTRATA.
Ni empuñará la espada.
CALÓNICE.
Compraré unas peribárides.
LISÍSTRATA.
¿Pero no debían ya estar aquí todas las mujeres?
CALÓNICE.
Volando debían de haber venido hace tiempo.
LISÍSTRATA.
¡Ay, amiga mía! Has de ver que llegan demasiado tarde, como verdaderas atenienses. No se distingue ninguna mujer de la costa ni de Salamina.
CALÓNICE.
Pues de esas ya sé que se han embarcado muy de madrugada.
LISÍSTRATA.
Tampoco vienen las acarnienses, que yo esperaba y confiaba que estarían aquí las primeras.
CALÓNICE.
Pues la mujer de Teógenes, sin duda pensando acudir, consultó ayer la estatua de Hécate. Mira, ya llegan algunas; y otras, y otras. ¡Toma, toma! ¿De dónde son?
LISÍSTRATA.
De Anagiro.
CALÓNICE.
Es verdad; parece que todo Anagiro se nos viene encima.
MIRRINA.
¿Quizá llegamos tarde, Lisístrata? ¿Qué dices? ¿Por qué no respondes?
LISÍSTRATA.
No he de elogiar, Mirrina, tu falta de puntualidad en tan importante asunto.
MIRRINA.
¡Si me vi y me deseé para hallar mi ceñidor a oscuras! Mas, ya que la cosa urge, aquí nos tienes, habla.
LISÍSTRATA.
No, esperemos un poco a que lleguen las mujeres beocias y peloponesias.
MIRRINA.
Tienes razón: mira, ahí viene Lámpito.
LISÍSTRATA.
Salud, Lámpito, mi querida lacedemonia. ¡Qué bella eres, dulcísima amiga! ¡Qué buen color! ¡Qué robustez! Podrías estrangular un toro.
LÁMPITO.
Ya lo creo, por los Dióscuros; como que hago gimnasia, y me doy con los talones en las nalgas.
LISÍSTRATA.
¡Oh qué turgente seno!
LÁMPITO.
Me estáis tanteando como a las víctimas.
LISÍSTRATA.
¿De dónde es esa otra joven?
LÁMPITO.
Por los Dióscuros, es de una de las principales familias de Beocia.
LISÍSTRATA.
¡Por Júpiter, mi querida beocia! Pareces un florido jardín.
CALÓNICE.
Y muy limpio: le han arrancado todo el poleo.
LISÍSTRATA.
¿Y aquella otra niña?
LÁMPITO.
Es muy buena, por mi vida; pero es de Corinto.
LISÍSTRATA.
Comprendo, será buena como todas las de allí.
LÁMPITO.
¿Pero quién ha convocado esta asamblea de mujeres?
LISÍSTRATA.
Yo misma.
LÁMPITO.
Pues dinos lo que deseas.
LISÍSTRATA.
Sí por cierto, queridísima amiga.
MIRRINA.
Sepamos, por fin, cuál es el gran negocio.
LISÍSTRATA.
Voy a decíroslo; pero antes permitidme una sola pregunta.
MIRRINA.
Cuantas quieras.
LISÍSTRATA.
¿No sentís que los padres de vuestros hijos se hallen lejos de vosotras en el ejército? Pues demasiado sé que todas tenéis los maridos ausentes.
CALÓNICE.
El mío, ¡pobrecillo!, hace ya cinco meses que está en Tracia vigilando a Éucrates.
LISÍSTRATA.
Siete hace que está el mío en Pilos.
LÁMPITO.
El mío, cuando vuelve alguna vez del ejército, descuelga en seguida el escudo y se marcha volando.
LISÍSTRATA.
¡No queda un amante para un remedio, y con la defección de los milesios se acabaron todos los recursos para consolar nuestra viudez! Pues bien, si yo encontrase un medio de poner fin a la guerra, ¿querríais secundarme?
MIRRINA.
Sí, por las dos diosas, aunque tuviese que dar en prenda mi vestido y beberme el dinero el mismo día.
CALÓNICE.
Pues yo, aunque me tuviese que dejar partir en dos, como un rodaballo, y dar la mitad de mí misma.
LÁMPITO.
Yo subiría a la cumbre del Taigeto, si allí hubiese de ver a la Paz.
LISÍSTRATA.
Pues bien, os lo diré: ya no hay para qué ocultaros nada. Oh mujeres, si queremos obligar a los hombres a hacer la paz, es preciso abstenernos...
MIRRINA.
¿De qué? Habla.
LISÍSTRATA.
¿Lo haréis?
MIRRINA.
Lo haremos, aunque nos cueste la vida.
LISÍSTRATA.
Es preciso abstenernos de los hombres... ¿Por qué me volvéis la espalda? ¿Adónde vais? ¡Eh, vosotras! ¿Por qué os mordéis los labios y meneáis la cabeza? ¡Cómo! ¡Se os muda el color! ¡Una lágrima corre!... ¿Qué decís? ¿lo haréis o no lo haréis?
MIRRINA.
Yo no puedo, que siga la guerra.
CALÓNICE.
Yo tampoco, que siga la guerra.
LISÍSTRATA.
¿Eso dices, mi valiente rodaballo? ¿Tú que hace un instante te dejabas partir en dos?
CALÓNICE.
Sí, todo menos eso. Mándame si quieres andar entre llamas. Pero, querida Lisístrata, semejante abstinencia... ¡Eso a nada puede compararse!
LISÍSTRATA.
¿Y tú?
MIRRINA.
También yo prefiero andar entre llamas.
LISÍSTRATA.
¡Oh sexo disoluto! ¡Y luego nos admiraremos de ser maltratadas en las tragedias! Solo servimos para el amor. Pero, querida lacedemonia, secunda mis proyectos; que como tú me ayudes, aún podremos salvarlo todo.
LÁMPITO.
Muy triste es a la verdad dormir sin compañía, pero no hay más remedio; es preciso conseguir la paz a todo trance.
LISÍSTRATA.
¡Oh amiga queridísima! ¡única mujer digna de este nombre!
CALÓNICE.
Pero si, lo que Dios no quiera, nos abstenemos completamente de lo que dices, ¿conseguiremos por eso más pronto la paz?
LISÍSTRATA.
Mucho más pronto, por las diosas. Permanezcamos en casa, bien pintadas, y sin más vestidos que una transparente túnica de Amorgos, y los hombres arderán en amorosos deseos. Si entonces resistimos a sus instancias, estoy segura de que harán en seguida la paz.
LÁMPITO.
Por eso, sin duda, cuando Menelao vio el seno desnudo de Helena, arrojó la espada.
CALÓNICE.
Pero, desdichada, ¿y si nos abandonan nuestros maridos?
LISÍSTRATA.
Entonces, como dice Ferécrates, «desollaremos un perro desollado».
CALÓNICE.
Esos simulacros nada valen; ¿y si nos cogen y nos arrastran a su alcoba?
LISÍSTRATA.
Agárrate a la puerta.
CALÓNICE.
¿Y si nos pegan?
LISÍSTRATA.
Cede, pero de mala gana; no puede haber placer si hay violencia. Además podemos atormentarlos de mil modos. No temas, pronto se cansarán; es imposible un goce no recíproco.
CALÓNICE.
Si es esa vuestra opinión, me adhiero a ella.
LÁMPITO.
Nosotras quedamos en decidir a nuestros maridos a firmar una paz leal y franca. ¿Pero quién será capaz de hacer otro tanto con el populacho ateniense, tan enamorado de la guerra?
LISÍSTRATA.
No tengas cuidado; nosotras le persuadiremos.
LÁMPITO.
No lo conseguirás, mientras estén apasionados de sus naves y se guarde en el templo de Minerva aquel inmenso tesoro.
LISÍSTRATA.
Todo eso está previsto; hoy mismo nos apoderaremos de la ciudadela. Las mujeres de más edad están encargadas de ocuparla con pretexto de ofrecer un sacrificio, mientras nosotras nos concertamos aquí.
LÁMPITO.
Todo irá bien, pues todo está perfectamente trazado.
LISÍSTRATA.
Entonces, Lámpito ¿por qué no nos comprometemos con un juramento inquebrantable?
LÁMPITO.
Pronuncia tú la fórmula, y nosotras juraremos.
LISÍSTRATA.
Tienes razón. ¿Dónde está la mujer escita? ¿A dónde miras? Poned aquí un escudo sobre la cara convexa, y traedme las víctimas.
CALÓNICE.
¿Qué juramento vamos a prestar, Lisístrata?
LISÍSTRATA.
¿Qué juramento? En Esquilo se degüella una oveja y se jura sobre un escudo; nosotras haremos lo mismo.
CALÓNICE.
Pero, Lisístrata mía, ¿cómo hemos de jurar sobre un escudo, cuando se trata de la paz?
LISÍSTRATA.
¿Pues qué juramento haremos?
CALÓNICE.
Cojamos un caballo blanco; sacrifiquémosle, y juremos sobre su cadáver.
LISÍSTRATA.
¿Y dónde vas a hallar un caballo blanco?
CALÓNICE.
¿Pues cómo juraremos?
LISÍSTRATA.
Voy a decírtelo. Coloquemos aquí una gran copa negra, inmolemos en ella un cántaro de vino de Tasos, y juremos no mezclarle ni una gota de agua.
LÁMPITO.
¡Oh qué hermoso juramento! No hay palabras para elogiarle bastante.
LISÍSTRATA.
Que me traigan una copa y un cántaro.
CALÓNICE.
Queridísimas amigas, ¡qué enorme cántaro! ¡con qué placer lo iremos vaciando!
LISÍSTRATA.
Déjalo aquí, y pon la mano sobre la víctima. ¡Oh soberana Persuasión, y tú, copa de la amistad, aceptad este sacrificio y sed propicias a las mujeres!
CALÓNICE.
¡Qué hermoso color tiene la sangre! ¡Qué bien corre!
LÁMPITO.
¡Por Cástor, qué buen olor despide!
LISÍSTRATA.
Amigas mías, dejadme jurar la primera.
CALÓNICE.
No, por Venus, que decida la suerte.
LISÍSTRATA.
Vamos, Lámpito, y vosotras extended la mano sobre la copa; después, que una sola, en nombre de todas, repita mis palabras; así prestaréis el mismo juramento y os comprometeréis a guardarlo.
Ningún amante, ningún esposo...
CALÓNICE.
Ningún amante, ningún esposo...
LISÍSTRATA.
Podrá acercárseme enardecido de amor... Repite.
CALÓNICE.
Podrá acercárseme enardecido de amor... ¡Ay! Lisístrata, me siento desfallecer.
LISÍSTRATA.
Viviré castamente en mi casa...
CALÓNICE.
Viviré castamente en mi casa...
LISÍSTRATA.
Cubierta solo de un transparente vestido azafranado, y adornada...
CALÓNICE.
Cubierta solo de un transparente vestido azafranado, y adornada...
LISÍSTRATA.
A fin de inspirar a mi esposo más ardientes deseos...
CALÓNICE.
A fin de inspirar a mi esposo más ardientes deseos...
LISÍSTRATA.
Pero nunca cederé de buen grado a sus instancias...
CALÓNICE.
Pero nunca cederé de buen grado a sus instancias...
LISÍSTRATA.
Y si, contra mi voluntad, me obligase...
CALÓNICE.
Y si, contra mi voluntad, me obligase...
LISÍSTRATA.
Permaneceré inanimada en sus brazos...
CALÓNICE.
Permaneceré inanimada en sus brazos... . . . . . . . . . . . . . . . . . .
LISÍSTRATA.
¡Que pueda beber este vino, si cumplo mi juramento!...
CALÓNICE.
¡Que pueda beber este vino, si cumplo mi juramento!...
LISÍSTRATA.
¡Y si no lo cumplo, que se me llene esta copa de agua!...
CALÓNICE.
¡Y si no lo cumplo, que se me llene esta copa de agua!...
LISÍSTRATA.
¿Juráis todas?
MIRRINA.
Sí, por Júpiter.
LISÍSTRATA.
Voy, pues, a sacrificar la víctima.
(Bebe.)
CALÓNICE.
Déjame un poco, querida mía, para que consolidemos nuestra amistad.
LÁMPITO.
¿Qué gritos son esos?
LISÍSTRATA.
Lo que hace poco te decía. Son las mujeres que se apoderan de la ciudadela. Tú, Lámpito, parte a arreglar tus cosas, y déjanos a esas en rehenes. Corramos nosotras a encerrarnos en el alcázar y a defenderlo con las demás compañeras.
CALÓNICE.
¿Crees que los hombres vendrán pronto a atacarnos?
LISÍSTRATA.
Nada se me da de ellos. Ni el incendio, ni todas sus amenazas me harán abrir jamás aquellas puertas, si no aceptan la condición convenida.
CALÓNICE.
Nunca, por Venus: de otro modo sería inmerecida la opinión en que nos tienen de tercas y malvadas.
CORO DE VIEJOS.
Anda, Draces; guíanos con precaución, aunque te quebrante el hombro ese pesado haz de olivo verde. ¡Qué cosas tan inesperadas se ven cuando se vive muchos años! ¡Ay, Estrimodoro! ¿Quién hubiera imaginado nunca que había de llegar un día en que las mujeres, esa peste de nuestras casas, alimentadas por nosotros con tanto regalo, se apoderarían de la estatua de Minerva, y ocuparían mi ciudadela, y atrancarían sus puertas con barras y cerrojos? Pero corramos, corramos al alcázar, amigo Filurgo; rodeemos de un muro de faginas a las inventoras y ejecutoras de tan execrable hazaña; hagamos una sola pira, y con nuestras propias manos abrasemos a todas sin excepción, y a la esposa de Licón la primera.
¡No, por Ceres, mientras yo viva no se burlarán de nosotros! Pues ni Cleómenes, cuando en otro tiempo se apoderó de la ciudadela, pudo dejarla con honor; a pesar de sus humos lacedemonios, viose obligado a capitular y a retirarse sin armas, sin más vestidos que una pequeña túnica, lleno de andrajos, escuálido, hecho un oso sucio, como si en seis años no se hubiese lavado. ¡Oh qué sitio aquel! Nuestros soldados, colocados de diecisiete en fondo, cerraban la salida, y no se relevaban ni para dormir. ¿Y no reprimiré con mi sola presencia la audacia de esas mujeres aborrecidas por Eurípides y todos los dioses? Si tal sucede, consiento que sean derribados mis trofeos de la Tetrápolis.
Mas para llegar a la ciudadela, aún tengo que subir esa pendiente; procuremos arrastrar estos haces, sin acudir a las bestias de carga; ¡ay! las leñas me destrozan los hombros.
Sin embargo, es necesario subir, y soplar el fuego, no vaya a apagársenos y a faltarme al final de la jornada. ¡Fu!, ¡fu! (soplando). Justo cielo, ¡qué humo! Al salir del brasero se lanza sobre mí, y me muerde los ojos como un perro rabioso. Es fuego de Lemnos, no me cabe duda; de otro modo no atacaría tan cruelmente mis ojos legañosos. Vamos, Lagnes, corramos a la ciudadela y auxiliemos a la diosa. ¿Cuándo habrá ocasión mejor de socorrerla? ¡Fu!, ¡fu! (soplando); ¡justo cielo!, ¡qué humo!
Este fuego está vivo y arde por la gracia de los dioses. Mas ¿por qué no depositamos aquí nuestros haces? ¿No sería mejor encender en el brasero un manojo de sarmientos y lanzarlo contra las puertas, a modo de ariete? Si las mujeres no desatrancan cuando se lo mandemos, será preciso incendiar las puertas y asfixiarlas con el humo. Dejemos ya la carga. ¡Oh!, ¡oh!, ¡qué humareda! ¿No habrá por ahí algún jefe de la expedición de Samos que me ayude a descargar? ¡Ah! por fin se ven libres mis hombros. Vamos, brasero mío, atiza el fuego, y enciéndeme cuanto antes esta tea. Ayúdame, divina Victoria; castiguemos la audacia de las mujeres dueñas de la ciudadela, y erijamos un trofeo triunfal.
CORO DE MUJERES.
Amigas mías, creo distinguir humo y llamas; parece un incendio: acudamos a toda prisa. ¡Vuela, vuela, Nicódice, antes de que Cálica y Cristila perezcan asfixiadas, víctimas de las leyes más crueles y de esos malditos viejos! Pero, venerandas diosas, ¿llegaré demasiado tarde? Al amanecer ya estaba yo en la fuente, y a duras penas conseguí llenar esta vasija: ¡tanta era la confusión, el tumulto y el estrépito de los cántaros! A empellones con las criadas y viles esclavos, conseguí salir con mi agua, y ahora me apresuro a socorrer a mis amenazadas compañeras. Me han dicho que unos viejos chochos, cargados con haces de cerca de tres talentos de peso, como para calentar un baño, se dirigían hacia aquí con desusada furia, gritando, entre terribles amenazas, que es preciso tostar a las pérfidas mujeres. Pero, venerable Minerva, haz que, en vez de ser pasto de las llamas, consigan librar a la Grecia y a sus ciudadanos de los horrores de la guerra. Con este objeto ocuparon tu templo, santa patrona de refulgente casco de oro. Yo invoco tu auxilio, ¡oh Tritogenia! Si algún hombre quiere abrasarlas, ven a traer agua con nosotras.
¡Eh!, ¡eh!, deteneos. ¿Qué es eso, grandísimos canallas? Los hombres honrados y piadosos no obran de esa manera.
CORO DE VIEJOS.
¡Ah! He ahí una cosa con la cual no contábamos: un enjambre de mujeres defiende el exterior de la ciudadela.
CORO DE MUJERES.
¿Por qué nos teméis? ¿Acaso os parecemos muchas? Pues no veis ni la diezmilésima parte.
CORO DE VIEJOS.
Fedrias, ¿las permitiremos charlar de ese modo? ¿No convendrá romperles un garrote en las costillas?
CORO DE MUJERES.
Dejemos en el suelo nuestros cántaros; así no nos estorbarán, si alguno trata de sentarnos la mano.
CORO DE VIEJOS.
Si las hubiesen dado dos o tres bofetadas, como a Búpalo, no chillarían tanto.
CORO DE MUJERES.
Anda, pégame; aquí te espero; pero te aseguro que en adelante no te agarrará otra perra.
CORO DE VIEJOS.
Si no callas, este garrote se encargará de que no llegues a vieja.
CORO DE MUJERES.
A ver; toca con un solo dedo a Estratilis.
CORO DE VIEJOS.
¿Y si te derrengo a puñetazos? ¿Qué harás entonces?
CORO DE MUJERES.
Te arrancaré a mordiscos los pulmones y las entrañas.
CORO DE VIEJOS.
¡Ah! Eurípides es el más sabio de los poetas: sí, tiene razón; la mujer es el animal más desvergonzado.
CORO DE MUJERES.
Cojamos nuestros cántaros, Rodipa.
CORO DE VIEJOS.
¿Para qué traes esa agua, mujer aborrecida de los dioses?
CORO DE MUJERES.
¿Y tú ese fuego, cadáver ambulante? ¿Es para quemarte a ti mismo?
CORO DE VIEJOS.
Para encender una hoguera y quemar a tus amigas.
CORO DE MUJERES.
Pues yo para apagar tu hoguera.
CORO DE VIEJOS.
¿Tú apagarás mi fuego?
CORO DE MUJERES.
Pronto lo verás.
CORO DE VIEJOS.
No sé cómo no la tuesto a fuego lento con esta lámpara.
CORO DE MUJERES.
Si estás sucio, te daré un baño.
CORO DE VIEJOS.
¿Tú a mí un baño, puerca?
CORO DE MUJERES.
Sí, un baño nupcial.
CORO DE VIEJOS.
¿Oís sus desvergüenzas?
CORO DE MUJERES.
Porque soy libre.
CORO DE VIEJOS.
Ya reprimiré tus gritos.
CORO DE MUJERES.
Yo haré que no juzgues más en el Heliástico.
CORO DE VIEJOS.
Quémale el pelo.
CORO DE MUJERES.
Agua, cumple tu deber. (Arrojan el contenido de sus cántaros sobre los viejos.)
CORO DE VIEJOS.
¡Ay desdichado!
CORO DE MUJERES.
¿Estaba caliente?
CORO DE VIEJOS.
¡Sí, caliente! Acaba, ¿qué haces?
CORO DE MUJERES.
Te riego para que reverdezcas.
CORO DE VIEJOS.
Ya estoy seco y tiritando.
CORO DE MUJERES.
Caliéntate, puesto que tienes fuego.
UN MAGISTRADO.
¿Las mujeres no han manifestado ya suficientemente su licencia con tanto estruendo de tambores, con tantas bacanales, y con sus interminables lamentaciones sobre los terrados en las Adonias? El otro día las oí yo desde la asamblea. Demóstrato, ese orador que Júpiter confunda, proponía una expedición a Sicilia; y su mujer danzando gritaba; «¡Ay, ay, Adonis!» Demóstrato proponía después que se hiciera una leva en Zacinto, y su mujer, ya beoda, gritaba en el terrado: «¡Lamentad a Adonis!» Y el maldito Colociges, aborrecido por los dioses, se desgañitaba para hacerse oír. Ved a dónde llega su desorden.
CORO DE VIEJOS.
¿Pues qué dirías si hubieses oído sus insolencias? Después de mil injurias, han arrojado sobre nosotros el agua de sus cántaros; y nos vemos en la precisión de retorcer nuestros vestidos, como si nos hubiésemos orinado.
EL MAGISTRADO.
¡Bien hecho, por Neptuno! Nosotros mismos favorecemos la perversidad de las mujeres, y les damos lecciones de disolución, cuyo fruto son conspiraciones como la presente. Un marido va a una tienda y dice el artífice: «Platero, bailando ayer a la tarde se le salió a mi mujer de su sitio el broche de aquel collar que le hiciste; yo tengo que embarcarme hoy para Salamina; si tienes tiempo, haz todos los posibles por ir al anochecer a mi casa y encajarle el broche.» Otro se dirige a un zapatero joven y vigoroso, y le dice: «una de las correas le lastima a mi mujer el dedo pequeño, que es muy delicado; vete al mediodía, y procura estirársela»; y así andan las cosas tales, que yo, provisor, al necesitar dinero para pagar a los remeros ajustados, me encuentro con que las mujeres me cierran las puertas. ¿Pero qué gano estándome así? Pronto, traedme unas palancas, y yo castigaré su atrevimiento. ¿A qué te quedas con la boca abierta, bribón? Y tú, ¿qué miras? Sin duda tratas de ver alguna taberna. Pronto, derribad esas puertas con las palancas. Yo también pongo manos en la obra.



