Lisístrata · Aristophanes

Part 14

Capítulo 14 de 19 · 14 min de lectura

LISÍSTRATA.

No derribéis nada; aquí me tenéis. ¿Para qué las palancas? No es eso lo que os hace falta, sino sentido común.

EL MAGISTRADO.

¿De veras, mujer abominable? ¿Dónde está el arquero? Cógela y átale las manos a la espalda.

LISÍSTRATA.

Como llegue a tocarme nada más que con la punta de un dedo, por Diana lo juro, aunque sea un funcionario público, me las pagará.

EL MAGISTRADO.

¡Cómo! ¿Tienes miedo? Sujétala por la cintura. Ayúdale tú también, y atadla entre los dos.

MUJER PRIMERA.

¡Por Pandrosa! Si llegas a tocarla, te pateo las tripas.

EL MAGISTRADO.

¡Ah! ¡Las tripas! ¿Dónde está el otro arquero? Prendedme también a esa que habla.

MUJER SEGUNDA.

¡Por la fulgente luna, si la tocas con un dedo, pronto necesitarás una venda!

EL MAGISTRADO.

¿Qué significa esto? ¿Dónde está el arquero? Detenla. Ya os cerraré yo todas las salidas.

MUJER TERCERA.

¡Por Diana de Táuride, si te acercas a ella, te arranco todos los cabellos, aunque te deshagas en llanto!

EL MAGISTRADO.

¡Oh desdicha! mis arqueros me abandonan. ¡Cómo! ¿Nos dejaremos vencer por unas mujeres? Adelante, escitas, estrechad vuestras filas, y acometedlas.

LISÍSTRATA.

¡Por las diosas, os las vais a ver con cuatro valientes batallones de mujeres bien armadas que tengo adentro!

EL MAGISTRADO.

¡Escitas, atadles las manos!

LISÍSTRATA.

Salid, valientes compañeras; vendedoras de legumbres, puches, ajos y verduras; panaderas y taberneras, derribadlos, pegadles, desgarradlos; multiplicad vuestros insultos; haced gala de desvergüenza. Basta, retiraos; no despojéis a los vencidos.

EL MAGISTRADO.

¡Ah, qué mal lo han pasado mis arqueros!

LISÍSTRATA.

¿Pues qué se te figuraba? ¿Creías que te las ibas a haber con unas esclavas? ¿Piensas que no hay valor en las mujeres?

EL MAGISTRADO.

Sí, sí, demasiado valor; sobre todo cuando están cerca de la taberna.

CORO DE VIEJOS.

¡Magistrado, estás perdiendo el tiempo en palabras! ¿A qué entras en contestaciones con esas fieras? ¿Ignoras el baño sin lejía que acaban de darnos, estando completamente vestidos?

CORO DE MUJERES.

Es que, amigo mío, a nosotras nadie nos sienta así como así la mano: hazlo, y verás cómo te salto un ojo. A mí me gusta estarme encerrada en casa, como una doncellita, sin hacer mal a nadie, ni siquiera menear una paja; pero como alguno me irrite, soy una avispa.

CORO DE VIEJOS.

¡Oh Júpiter! ¿Qué haremos con estas fieras? ¡Esto es insoportable! (Al Magistrado.) Te es preciso averiguar con nosotros la causa de este mal, y lo que pretenden al apoderarse de la ciudadela de Cranao, de esa fortaleza inaccesible, y su venerado templo. Interrógales y no las creas; pero reúne todos los indicios. Sería vergonzosa negligencia no esclarecer tan importante asunto.

EL MAGISTRADO.

Lo primero que deseo que me digáis es la intención con que os habéis encerrado en la ciudadela.

LISÍSTRATA.

Con la de poner a salvo el tesoro y evitar la causa de la guerra.

EL MAGISTRADO.

Pues qué, ¿el dinero es la causa de la guerra?

LISÍSTRATA.

Y de todos los demás desórdenes. Pisandro y otros ambiciosos amotinan continuamente las turbas, sin más objeto que el de robar a favor de la confusión. Ahora, ya pueden hacer lo que se les antoje; porque lo que es de este dinero no han de tocar ni un óbolo.

EL MAGISTRADO.

¿Pues qué harás?

LISÍSTRATA.

¡Vaya una pregunta! Administrarlo nosotras.

EL MAGISTRADO.

¿Administrar vosotras el tesoro?

LISÍSTRATA.

No comprendo tu asombro. ¿Acaso no administramos los gastos de nuestras casas?

EL MAGISTRADO.

Pero no es lo mismo.

LISÍSTRATA.

¿Por qué no es lo mismo?

EL MAGISTRADO.

Ese dinero se destina a la guerra.

LISÍSTRATA.

La guerra ya no es necesaria.

EL MAGISTRADO.

¡Cómo! ¿Y la defensa de la república?

LISÍSTRATA.

Nosotras la defenderemos.

EL MAGISTRADO.

¿Vosotras?

LISÍSTRATA.

Sí, nosotras.

EL MAGISTRADO.

Eso es indigno.

LISÍSTRATA.

Pues te defenderemos, mal que te pese.

EL MAGISTRADO.

¡Qué atrocidad!

LISÍSTRATA.

¿Te enfadas, eh? Pues, amigo mío, no hay más remedio.

EL MAGISTRADO.

Pero es inicuo, por Ceres.

LISÍSTRATA.

Pues se te defenderá.

EL MAGISTRADO.

¿Y si no quiero?

LISÍSTRATA.

Con más motivo.

EL MAGISTRADO.

¿Pero de dónde os ha venido la idea de ocuparos de la guerra y de la paz?

LISÍSTRATA.

Os lo diremos.

EL MAGISTRADO.

Habla pronto, o si no, habrá lágrimas.

LISÍSTRATA.

Escucha; y quietecitas las manos.

EL MAGISTRADO.

No puedo; es tal mi ira, que me es difícil contenerla.

UNA MUJER.

Entonces a ti te tocará llorar.

EL MAGISTRADO.

¡Caiga sobre ti el oráculo que acabas de graznar, vejestorio! (A Lisístrata.) Habla tú.

LISÍSTRATA.

Voy. En la guerra anterior sobrellevábamos con paciencia ejemplar todo lo que hacíais los hombres, porque no nos permitíais abrir la boca. Vuestros proyectos no eran muy agradables que digamos: nosotras los conocíamos, y más de una vez os vimos en casa tomar desacertadas resoluciones en los más graves asuntos. Entonces, disimulando con una sonrisa nuestro interno dolor, os preguntábamos: «¿Qué resolución sobre la paz habéis tomado hoy en la asamblea?» «¿Qué te importa? —decía mi marido—: cállate;» y yo callaba.

UNA MUJER.

Pues yo no me hubiera callado.

EL MAGISTRADO.

Pues hubieras llorado por no callar.

LISÍSTRATA.

Yo me callaba; otra vez oyendo que habíais tomado una funestísima determinación, le pregunté: «Marido mío, ¿en qué consiste que obráis tan sin sentido?» Y él, mirándome de reojo, contestó: «Teje tu tela, si no quieres que la cabeza te duela mucho tiempo: la guerra es asunto de hombres».

EL MAGISTRADO.

Y tenía razón, por vida mía.

LISÍSTRATA.

¿Cómo que tenía razón? ¡Miserable! ¿No hemos de poder daros un buen consejo cuando vemos que adoptáis resoluciones funestas? Cansadas ya de oír a unos preguntar a gritos en las calles: «¿No hay un hombre en este país?» y a otros responder: «No, ni uno»; las mujeres hemos tomado el partido de reunirnos y salvar entre todas a la Grecia. ¿A qué habíamos de esperar más? Por consiguiente, si queréis escuchar nuestros buenos consejos, y callaros a vuestra vez, como nosotras entonces, conseguiremos arreglaros.

EL MAGISTRADO.

¡Vosotras a nosotros! Vamos, ¡esto ya no puede tolerarse!

LISÍSTRATA.

¡Calla!

EL MAGISTRADO.

¡Yo! ¡Callarme yo, porque tú me lo mandes, deslenguada! ¡Yo obedecer a quien lleva un velo en la cabeza! ¡Antes morir!

LISÍSTRATA.

Si no tienes más inconveniente que ese, toma mi velo, rodéatelo a la cabeza, y calla. Toma también este canastillo; ponte un ceñidor, y dedícate a hilar lana, mascullando habas: la guerra será asunto de mujeres.

CORO DE MUJERES.

Mujeres, dejad vuestros cántaros, para que por nuestra parte ayudemos también a nuestras amigas. Yo jamás me rendiré de bailar, ni el cansancio hará flaquear mis rodillas. Quiero hacer causa común, y afrontar todos los riesgos con esas compañeras tan valientes, tan ingeniosas, tan bellas, tan atrevidas y discretas, raro conjunto de patriotismo y valor. Tú, intrépida Lisístrata, y vosotras sus aliadas, no depongáis vuestra cólera; sed siempre como un manojo de ortigas: los vientos son favorables.

LISÍSTRATA.

Si el amable Cupido y la diosa de Chipre derraman sobre nuestro seno los atractivos del amor, e inspiran a los hombres ardientes y dulcísimos deseos, espero que los griegos llegarán a llamamos las Lisímacas.

EL MAGISTRADO.

¿Y por qué?

LISÍSTRATA.

Por haber puesto término a sus locuras y paseos con armas en el mercado.

UNA MUJER.

Muy bien, por Venus de Pafos.

LISÍSTRATA.

Pues ahora se les ve recorrer armados de punta en blanco, como frenéticos coribantes, la plaza en que se venden ollas y legumbres.

EL MAGISTRADO.

Cierto, porque eso es propio de valientes.

LISÍSTRATA.

Pero es ridículo ver comprando pececillos a un hombrón en cuyo escudo se ostenta una cabeza de Gorgona.

UNA MUJER.

El otro día vi yo a todo un filarconte de largos cabellos, echar en su casco de bronce, sin apearse siquiera, las puches que una vieja acababa de venderle. Otro tracio, agitando su escudo y su dardo, como Tereo, aterraba a una vendedora de higos, y se le comía los mejores.

EL MAGISTRADO.

¿Pero cómo podréis vosotras arreglar la enmarañada madeja de la cosa pública en este país?

LISÍSTRATA.

Facilísimamente.

EL MAGISTRADO.

¿Cómo? Dímelo.

LISÍSTRATA.

Mira, cuando se nos enreda el hilo, lo cogemos así y lo sacamos del huso, tirando a un lado y a otro; pues bien, como nos dejen, desenredaremos igualmente la guerra, enviando embajadas a un lado y a otro.

EL MAGISTRADO.

Por tanto, imbéciles, pensáis arreglar los más peligrosos negocios con los husos, el hilo y la lana.

LISÍSTRATA.

Si tuvieseis un átomo de sentido común, seguiríais en política el ejemplo que os damos al trabajar la lana.

EL MAGISTRADO.

¿Cómo? Sepamos.

LISÍSTRATA.

Así como nosotras principiamos por lavar la lana para separarla de toda suciedad, vosotros debíais empezar por expulsar a palos de la ciudad a los malvados, y separar la mala hierba; luego dividir a todos esos que se coligan y apelotonan para apoderarse de los cargos públicos, y arrancarles la cabeza; después amontonar en un canasto, para el bien común, los metecos, los extranjeros, los amigos y los deudores al Estado, y cardarlos sin distinción. A las ciudades pobladas por colonos de este país debíais de considerarlas separadamente, como otros tantos pelotones colocados delante de nosotras, y en seguida sacar un hilo de cada una de ellas, traerlo hasta aquí, reunirlos todos, hacer un grande ovillo y tejer con él un manta para el pueblo.

EL MAGISTRADO.

¿No es insufrible que pretenda hilarlo y devanarlo todo quien ninguna participación tiene en la guerra?

LISÍSTRATA.

Pero, ¡maldito de Dios!, nosotras tenemos parte doble, pues primero parimos los hijos, y después los enviamos al ejército.

EL MAGISTRADO.

Calla: no recuerdes nuestros desastres.

LISÍSTRATA.

Después, en vez de gozar en la flor de nuestra juventud de los placeres del amor, estamos como viudas, gracias a la guerra; y por nosotras, pase; yo me aflijo por esas pobres doncellas que envejecen en su lecho solitario.

EL MAGISTRADO.

¿No envejecen también los hombres?

LISÍSTRATA.

¡Oh, eso es muy diferente! Un hombre, al volver de la guerra, aunque tenga los cabellos blancos, se casa pronto con una tierna doncellita. El tiempo de la mujer es muy corto, y si no lo aprovecha, ya nadie la quiere, y se pasa la vida en consultar los augurios.

EL MAGISTRADO.

Pero todo anciano que aún conserva algún vigor...

LISÍSTRATA.

¿Y tú, cuándo te piensas morir? Ya es tiempo; cómprate un ataúd; mira, te voy a amasar la torta funeraria. Toma esta corona y cíñete las sienes.

MUJER PRIMERA.

Toma estas cintas.

MUJER SEGUNDA.

Ten esta otra corona.

LISÍSTRATA.

¿Qué te falta? ¿Qué deseas? Caronte te espera; tu tardanza le impide darse a la vela.

EL MAGISTRADO.

Estos ultrajes son insufribles. Voy a presentarme yo mismo a mis colegas con esta facha.

LISÍSTRATA.

¿Te quejas porque aún no te hemos expuesto? No te apures; dentro de tres días iremos de madrugada a ofrecerte la oblación de costumbre.

(Vanse Lisístrata y el Magistrado. Los dos coros quedan solos en la escena.)

CORO DE VIEJOS.

Ya no puede dormir ningún amigo de la libertad. Ea, dispongámonos para esta grande empresa. Sospecho mayores peligros, y creo percibir un olor a tiranía de Hipias; y mucho me temo que algunos lacedemonios, reunidos en casa de Clístenes, hayan sido los incitadores de estas malditas mujeres sugiriéndoles la idea de apoderarse de nuestro tesoro y del salario de que vivimos. Indigno es, por vida mía, que se entrometan a dar consejos a los ciudadanos y a hablar de cascos de bronce, y a tratar de la paz con los lacedemonios, en quienes tengo menos confianza que en un lobo hambriento. Amigos, no cabe duda, todas sus tramas tienden a restablecer la tiranía. Pero jamás me tiranizarán; yo tomaré mis precauciones, y llevando mi espada en la rama de mirto, estaré sobre las armas en la plaza pública, junto a la estatua de Aristogitón. Allí permaneceré, porque siento un vivo deseo de darle un bofetón a esa maldita vieja.

CORO DE MUJERES.

Cuando vuelvas a tu casa no te conocerá ni la madre que te parió. Pero, queridas ancianas, dejemos esto en el suelo; nosotras, oh ciudadanos, vamos a principiar un discurso muy útil a la república; y bien lo merece por haberme criado en el seno de los placeres y del esplendor. A la edad de siete años ya llevé las ofrendas misteriosas en la fiesta de Minerva; a los diez molía la cebada en honor de la diosa; luego, ceñida de flotante túnica azafranada, me consagraron a Diana en las Brauronias; y por último, ya doncella núbil, fui canéfora, y rodeé mi garganta con el collar de higos. En pago de tantas distinciones, ¿no deberé dar útiles consejos a mi patria? Aunque mujer, permitidme proponer un remedio a nuestros males; que, al fin, al darle mis hijos, también pago mi contribución al Estado. Pero vosotros, miserables viejos, ¿con qué contribuís? Después de haber consumido lo que se llamaba el tesoro de los Abuelos, reunido durante las guerras médicas, nada pagáis; y todos corremos grave riesgo de que nos arruinéis. ¿Qué podéis responder a esto? Como me incomodes mucho, te siento en la cara este coturno, y ¡cuidado que pesa!

CORO DE VIEJOS.

¿Puede haber mayor ultraje? La cosa va de mal en peor. Todo hombre que se tenga por tal, tiene obligación de oponérseles. Pero quitémonos la túnica. El hombre debe ante todo oler a hombre, y no estar envuelto en sus vestidos. Ea, todos los que en nuestros buenos tiempos nos reunimos en Lipsidrión, hombres de pies desnudos, hoy es preciso rejuvenecerse, enderezar el cuerpo, despojarnos de la vejez. Si dejamos a las mujeres el menor asidero, no cejarán ni un punto en sus esfuerzos, y las veremos construir naves, pretender dar batallas navales y atacarnos a ejemplo de Artemisa. Si les place dedicarse a la equitación, licenciaremos a nuestros caballeros. A la mujer la gusta mucho el caballo; sobre él ataca vigorosamente, y no se cae por mucho que galope: testigos las Amazonas que Micón pintó combatiendo a los hombres. Por lo cual es preciso que nos apoderemos de esta, y las metamos a todas el cuello en el cepo.

CORO DE MUJERES.

¡Por las diosas! Si me irritas, suelto las riendas a mi cólera, y te doy una tunda que te obligo a pedir socorro a tus vecinos. Amigas mías, quitémonos también nosotras los vestidos: perciban esos carcamales el olor a mujer enfurecida. Si alguno se acerca a mí, yo le aseguro que no ha de comer más ajos ni habas negras. ¡Di una sola palabra! Estoy furiosa y te trataré como el escarabajo al nido del águila. Ningún temor me dais mientras a mi lado estén Lámpito y mi querida Ismenia, noble tebana. Aunque des siete decretos, no podrás con nosotras, ¡miserable, detestado por tus vecinos y por todo el mundo! Ayer mismo, para celebrar la fiesta de Hécate, quise traer de la vecindad una muchacha buena y amable, muy querida por mis hijos, una anguila de Beocia, y se negaron a enviármela por tus malditos decretos. Y nunca cesaréis de hacerlos, hasta que alguno os coja por las piernas y os precipite cabeza abajo.

(A Lisístrata.) Directora de esta noble empresa, ¿por qué sales tan triste de tu morada?

LISÍSTRATA.

La indigna conducta de las mujeres, su inconstancia verdaderamente femenil, eso es lo que me agita y llena de angustia.

CORO DE MUJERES.

¿Qué dices, qué dices?

LISÍSTRATA.

La verdad, la verdad.

CORO DE MUJERES.

¿Qué desgracia ocurre? Díselo a tus amigas.

LISÍSTRATA.

Vergonzoso es decirlo, y difícil callarlo.

CORO DE MUJERES.

No me ocultes la desgracia que nos ocurre.

LISÍSTRATA.

Nos abrasa la lujuria, para decirlo de una vez.

CORO DE MUJERES.

¡Oh Júpiter!

LISÍSTRATA.

¿A qué invocas a Júpiter? Esta es la pura verdad. No puedo privarles más tiempo de sus maridos; pues se me escapan. La primera a quien sorprendí abría un agujero junto a la gruta de Pan; la segunda se descolgaba por medio de una polea; otra preparaba su deserción; otra, cogida a un pájaro, se disponía volar a casa de Orsíloco, y la he detenido por los cabellos; en fin, discurren todos los pretextos imaginables para volver a sus hogares. Ahí viene una. ¡Eh! tú, ¿a dónde vas tan de prisa?

MUJER PRIMERA.

Quiero ir a mi casa: tengo allí una porción de lana de Mileto, que se la está comiendo la polilla.

LISÍSTRATA.

No hay polilla que valga. ¡Atrás!

MUJER PRIMERA.

Volveré al instante, te lo juro por las diosas; volveré en cuanto la haya tendido sobre el lecho.

LISÍSTRATA.

No la tiendas, ni te muevas de aquí.

MUJER PRIMERA.

¿Y he de dejar perderse mi lana?

LISÍSTRATA.

No hay más remedio.

MUJER SEGUNDA.

¡Desdichada! ¡Desdichada! Me he dejado en casa el lino sin macear.

LISÍSTRATA.

Ya tenemos otra que quiere ir a macear su lino. Entra aquí.

MUJER SEGUNDA.

¡Te lo juro por Diana! Volveré en cuanto lo haya maceado.

LISÍSTRATA.

No lo macearás; porque si tú principias, otra querrá hacer otro tanto.

MUJER TERCERA.

Divina Lucina, retrasa mi parto hasta que llegue a un lugar profano.

LISÍSTRATA.

¿Estás loca?

MUJER TERCERA.

Voy a parir de un momento a otro.

LISÍSTRATA.

¿Pero si ayer no estabas encinta?

MUJER TERCERA.

Pues hoy lo estoy. Déjame, Lisístrata, déjame salir en busca de la comadre.

LISÍSTRATA.

¿Qué cuentos son esos? ¿Qué cosa dura tienes aquí?

MUJER TERCERA.

Un niño varón.

LISÍSTRATA.

¡Ca! si es de metal y hueca. Veámosla. ¡Oh, tiene gracia! ¿Traes el casco de la diosa, y decías que estabas encinta?

MUJER TERCERA.

Sí, por Júpiter, lo estoy.

LISÍSTRATA.

¿Pues por qué traías esto?

MUJER TERCERA.

Para si me sobrevenía el parto en la ciudadela hacer con él un nido, como las palomas.

LISÍSTRATA.

¿Qué dices? Esos son pretextos: la cosa está clara. ¿No esperarás aquí el día de tu purificación?

MUJER TERCERA.

No puedo dormir en la ciudadela desde que he visto la serpiente que la guarda.

MUJER CUARTA.

Yo, infeliz de mí, me muero de fatiga: el grito incesante de las lechuzas no me deja conciliar el sueño.

LISÍSTRATA.

¡Desdichadas! Basta de fingidos terrores. Quizá echáis de menos a vuestros maridos. ¿Creéis que ellos no os desean también? Yo sé que pasan noches crueles. Pero, amigas mías, resistíos sin flaquear, y tened aún un poco de paciencia: un oráculo nos pronostica el triunfo, si no nos dividimos. Oídlo.

CORO DE MUJERES.

Sí, dinos el oráculo.

LISÍSTRATA.

Callad, pues. «Cuando las golondrinas, huyendo de las abubillas, se reúnan en un lugar, y se abstengan de los machos, entonces concluirán los males, y Júpiter tonante pondrá lo de abajo arriba...»

CORO DE MUJERES

¿Nosotras estaremos encima?

LISÍSTRATA.

«Pero si las divide la discordia, y las golondrinas huyen del sagrado templo, no habrá otra ave más lasciva.»

CORO DE MUJERES.

El oráculo está claro. ¡Oh dioses! no hay que desalentarse. Entremos. Vergonzoso sería, compañeras, el faltar al oráculo.

CORO DE VIEJOS.

Quiero contaros una fábula que oí siendo niño. Es así: Había un joven llamado Melanión, que por odio al matrimonio se fue a un desierto; vivía en las montañas; cazaba liebres, hacía lazos, y tenía un perro, y jamás volvió a su casa, ¡tanto aborrecía a las mujeres!; y nosotros también, que no somos menos discretos que Melanión.

UN VIEJO.

Vieja mía, quiero darte un beso...

UNA MUJER.

Llorarás, sin comer ajos.

EL VIEJO.

Y atizarte un puntapié.

LA MUJER.

Tu espesa barba es buen asidero.

EL VIEJO.

Mirónides era negro y velludo y el terror de todos sus enemigos, lo mismo que Formión.

CORO DE MUJERES.

También yo quiero contarte una fábula en respuesta a la de Melanión. Había un tal Timón, hombre intratable, inaccesible como si estuviese erizado de espinas, un verdadero hijo de las Furias. El tal Timón, lleno de odio, huyó de vosotros colmándoos de maldiciones. ¡Tanto aborrecía a los hombres! Sin embargo, era apasionadísimo por las mujeres.

UNA MUJER.

¿Quieres que te sacuda un bofetón?

UN VIEJO.

No, no te tengo miedo.

LA MUJER.

Pues te daré un puntapié.

EL VIEJO.

Se te verá lo que no debe verse.

LA MUJER.

No se verá nada sucio; aunque soy vieja, la luz de la lámpara me sirve de depilatorio.

LISÍSTRATA.

¡Eh! ¡Eh! Mujeres, acudid aprisa.

MUJER PRIMERA.

¿Qué ocurre? Di, ¿por qué esos gritos?

LISÍSTRATA.

Un hombre, un hombre se acerca enfurecido por la cólera de Venus. ¡Diosa reina de Chipre, Citera y Pafos, no te desvíes del principiado camino!

MUJER PRIMERA.

¿Dónde está? ¿Quién es?

LISÍSTRATA.

Junto al templo de Ceres.

MUJER PRIMERA.

En efecto, es un hombre. ¿Pero quién podrá ser?

LISÍSTRATA.

Mirad. ¿Le conocéis alguna de vosotras?

MIRRINA.

Yo le conozco: es mi marido Cinesias.

LISÍSTRATA (A Mirrina).

Procura mortificarle y enardecerle la sangre fingiéndole amor y desdén, y concediéndole todo cuanto pida, menos lo que la copa te prohíbe.

MIRRINA.

Pierde cuidado: eso corre de mi cuenta.

LISÍSTRATA.

Me quedo para ayudarte a engañarle y mortificarle. Vosotras, retiraos.

CINESIAS.

¡Ay desdichado, qué horrible tormento! Se me figura que estoy sobre la rueda.

LISÍSTRATA.

¿Quién está ahí, más acá de los centinelas?

CINESIAS.

Yo.

LISÍSTRATA.

¿Un hombre?

CINESIAS.

Sí, un hombre.

LISÍSTRATA.

¡Pronto, fuera de ahí!

CINESIAS.

¿Quién eres tú para despacharme?

LISÍSTRATA.

El centinela de día.