Lisístrata · Aristophanes
Part 15
Capítulo 15 de 19 · 14 min de lectura
CINESIAS.
Por los dioses te lo pido, llama a Mirrina.
LISÍSTRATA.
¡Me gusta! ¿Que llame a Mirrina? Y tú, ¿quién eres?
CINESIAS
Su marido Cinesias Peónides.
LISÍSTRATA.
Salud, carísimo; tu nombre no nos es desconocido, porque a tu mujer nunca se le cae de la boca; si coge un huevo o una manzana, dice siempre: «Esto para mi Cinesias.»
CINESIAS.
¡Oh soberanos dioses!
LISÍSTRATA.
Así es, por Venus. Siempre que se habla de hombres, tu mujer suele decir: «Todo es nada en comparación de mi Cinesias.»
CINESIAS.
Vamos, llámala.
LISÍSTRATA.
¿Me darás algo por el servicio?
CINESIAS.
Ya lo creo; y en seguida, si quieres: mira, te daré lo que tengo.
LISÍSTRATA.
Pues bajo a llamarla.
CINESIAS.
Anda lista. La vida no tiene encanto para mí desde que abandonó el hogar; entro en él con hastío; la casa me parece un desierto; todos los manjares insípidos: ¡tal es mi pena!
MIRRINA.
¡Le amo, sí, le amo! Pero él no quiere corresponderme. No me obligues a ir a verle.
CINESIAS.
¡Oh dulcísima Mirrinita! ¿Por qué haces eso? Baja, baja.
MIRRINA.
No lo creas.
CINESIAS.
¿Cómo, Mirrina, no bajarás llamándote yo?
MIRRINA.
Me llamas sin necesidad.
CINESIAS.
¿Sin necesidad, y estoy pereciendo?
MIRRINA.
Me voy.
CINESIAS.
No, por piedad: oye siquiera al niño. Vamos, hijo mío, ¿no llamas a tu mamá?
EL NIÑO.
¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!
CINESIAS.
Vamos, ¿qué haces? ¿No te compadeces de esta pobre criatura que hace seis días está sin madre que le asee?
MIRRINA.
Él ya me da lástima, pero su padre es muy descuidado.
CINESIAS.
Baja, loquilla, por amor a tu hijo.
MIRRINA.
¡Ah! ¡Lo que es haberlo parido! Vamos, ya bajo: ¿qué remedio?
CINESIAS.
Me parece mucho más joven; ¡qué tierna es su mirada! Sin duda su desdén y negativas enardecen mi amor.
MIRRINA.
Dulcísimo niño, hijo de un mal padre, y encanto de tu mamá, toma, toma este beso.
CINESIAS.
¿Por qué haces eso, malvada, siguiendo el ejemplo de otras mujeres con gran pena tuya y mía?
MIRRINA.
Quietas las manos.
CINESIAS.
Todo lo que hay en casa se está perdiendo.
MIRRINA.
Poco se me importa.
CINESIAS.
¿Se te importa poco que las gallinas desgarren tus telas?
MIRRINA.
Sí, por cierto.
CINESIAS.
¡Tanto tiempo como hace que no has celebrado las fiestas de Venus! ¿No quieres venir?
MIRRINA.
No, mientras no hagáis la paz y concluyáis la guerra.
CINESIAS.
Bien; si te agrada, lo haremos.
MIRRINA.
Bien, si te agrada, volveré a casa; pero hasta entonces estoy comprometida por un juramento.
CINESIAS.
Saltem aliquantisper mecum decumbe.
MYRRHINA.
Non sane: etsi non posse negari te a me amari.
CINESIAS.
Amas? cur ergo non decumbis, Myrrhinula?
MYRRHINA.
O ridende, num præsente puerulo?
CINESIAS.
Non hercle: sed tu, o Manes, fer eum domum. Ecce puerulus jam tibi hinc amotus: tu vero non decumbes?
MYRRHINA.
Sed, o perdite, ubi id fieri potest?
CINESIAS.
Ad Panos sacellum percommode.
MYRRHINA.
At quomodo in arcem casta redire potero?
CINESIAS.
Facillume, in Clepsydra si laveris.
MYRRHINA.
Scilicet, o perdite, jurata pejerabo?
CINESIAS.
In caput meum vertat. De jurejurando ne sis sollicita.
MYRRHINA.
Agedum feram lectulum nobis.
CINESIAS.
Nequaquam: sufficit nobis humi cubare.
MYRRHINA.
Ita me Apollo juvet, ut ego te, quamvis turgentem libidine, non reclinaverim humi.
CINESIAS.
Amat me valde, satis apparet, uxor.
MYRRHINA.
En, decumbe properans, et ego exuo vestes. At, perii, teges efferenda est.
CINESIAS.
Quæ, malura, teges? Haud mihi quidem.
MYRRHINA.
Ita mihi Diana propitia sit: turpe enim est super loris cubare.
CINESIAS.
Sine deosculer te.
MYRRHINA.
En.
CINESIAS.
Papæ! Revertere huc ergo quam celeriter.
MYRRHINA.
En teges. Decumbe: jam exuo vestes. Sed, perii! cervical non habes.
CINESIAS.
At nihil opus est mihi.
MYRRHINA.
At ecastor mihi.
CINESIAS.
Profecto penis hicce uti Hercules hospitio excipietur.
MYRRHINA.
Surge, subsulta.
CINESIAS.
Jam omnia habeo.
MYRRHINA.
Itane omnia?
CINESIAS.
Agedum, o aurea.
MYRRHINA.
Jam strophium solvo: tu vero memento, ne, quam dedisti de pace ineunda, fidem fallas.
CINESIAS.
Peream hercle prius.
MYRRHINA.
Sed lodicem non habes.
CINESIAS.
Nec hercle opus est: sed futuere volo.
MYRRHINA.
Ne sis sollicitus, et istud facies: cito enim redeo.
CINESIAS.
Stragulis perdet me hæc femina.
MYRRHINA.
Erigere.
CINESIAS.
At iste jamdudum erectus est.
MYRRHINA.
Vin’ ut te inungam?
CINESIAS.
Ne hoc Apollo sirit.
MYRRHINA.
Per Venerem, velis nolis, inungere.
CINESIAS.
Utinam, o supreme Jupiter, effusum fuisset istuc unguentum!
MYRRHINA.
Porrige manum, sume et inungere.
CINESIAS.
Istuc hercle unguentum minime et suave, nisi terendo bonum sit; nec concubitum olet.
MYRRHINA.
Me miseram! Rhodium unguentum extuli.
CINESIAS.
Bonum est: mitte hoc, o fatua.
MYRRHINA.
Nugaris.
CINESIAS.
Qui illum dii omnes perduint, qui primus coxit unguentum!
MYRRHINA.
Cape hoc alabastrum.
CINESIAS.
Sed aliud habeo. At tu, o perdita, decumbe, et ne fer mihi quidquam.
MYRRHINA.
Istuc agam, ita me Diana amabit. Calceos igitur exuo. Sed, o carissime, vide ut decernas aliquid de pace facienda.
CINESIAS.
Consulam. (Myrrhina aufugit.) Perdidit me et attrivit mulier tum aliis omnibus, tum quod me excoriatum relinquens abiit. Hei mihi! quid faciam? quem futuam, postquam spe excidi potiundæ pulcherrimæ? quomodo hancce educabo? Ubi Cynalopex? loca mihi mercede nutricem.
CHORUS SENUM.
In maxumis malis, o infelix, et animi angore cruciaris; et me tui miseret. Heu! heu! Quinam renes possint durare? quis animus? qui colei? quis penis intentus, nec mane permolens aliquam?
CINESIAS.
¡Oh Júpiter, qué horribles convulsiones!
CORO DE VIEJOS.
¡Cómo se te ha burlado la más execrable y pérfida de las mujeres!
CINESIAS.
Di la más amada, la más dulcísima.
CORO DE VIEJOS.
¿Dulcísima? No, ¡cruel, muy cruel! ¡Oh Júpiter, envía una violenta ráfaga que la levante como a paja ligera, y después de hacerla girar arremolinada en los aires, la deje de repente en tierra y la clave... donde yo me sé!
UN HERALDO.
¿Dónde está el Senado ateniense? ¿Dónde están los pritáneos? Tengo que comunicarles una noticia.
EL MAGISTRADO.
¿Eres un hombre o un Príapo?
EL HERALDO.
¡Soy un heraldo, imbécil! Te lo juro por Cástor y Pólux; vengo de Esparta para hacer la paz.
EL MAGISTRADO.
¿Trayendo una lanza escondida?
EL HERALDO.
No hay tal.
EL MAGISTRADO.
¿Adónde te vuelves? ¿Por qué te estiras la túnica? ¿Te has excoriado de tanto andar?
EL HERALDO.
Este hombre es un idiota
EL MAGISTRADO.
Tu porte es indecentísimo.
EL HERALDO.
Te digo que no, y basta de bromas.
EL MAGISTRADO.
¿Qué traes ahí?
EL HERALDO.
Una escítala lacedemonia.
EL MAGISTRADO.
Pase por escítala; pero dime la verdad; mira que lo sé todo: ¿cómo andan las cosas en Lacedemonia?
EL HERALDO.
Mal; todas en el aire, lo mismo las de Lacedemonia que las de los aliados. Pelene nos es indispensable.
EL MAGISTRADO.
¿Cuál es la causa de esa deplorable situación? ¿Quizá Pan irritado...?
EL HERALDO.
No, Lámpito, según creo, fue la que principió; y en seguida, a un tiempo y unánimes, todas las espartanas se han separado de sus maridos.
EL MAGISTRADO.
¿Y qué tal lo pasáis?
EL HERALDO.
Horriblemente; andamos encorvados por las calles, como si lleváramos linternas. Las mujeres han resuelto no permitirnos la menor caricia, hasta que por unánime consentimiento hagamos la paz con toda la Grecia.
EL MAGISTRADO.
Es una conspiración tramada por las mujeres de todos los países. Ahora lo comprendo. Vete cuanto antes, y di a los lacedemonios que manden embajadores con plenos poderes para tratar de la paz. Yo voy a decir al Senado que os envíe otros; me bastará para persuadirle el hacerle ver nuestra situación.
EL HERALDO.
Voy volando: tu idea es excelente.
CORO DE VIEJOS.
No hay bestia feroz, ni incendio más indomable que la mujer. La pantera es menos desvergonzada.
CORO DE MUJERES.
Si sabes eso, ¿por qué te obstinas en hacerme la guerra, pudiendo, gran bribón, ser amigo mío?
CORO DE VIEJOS.
No, jamás dejaré de aborrecer a las mujeres.
CORO DE MUJERES.
Como quieras; mas por de pronto no puedo consentir que estés desnudo. ¡Si vieras lo ridículo que estás! Vamos, voy a ponerte esta túnica.
CORO DE VIEJOS.
En eso tenéis razón, por vida mía; me la quité en aquel arrebato de cólera.
CORO DE MUJERES.
Ahora siquiera tienes facha de hombre, y no haces reír. Si no me hubieras enojado tanto, te sacaría también un animalito que tienes en el ojo.
CORO DE VIEJOS.
Sin duda era eso lo que me mortificaba. Toma este anillo; saca el insecto y enséñamelo. Me pica en el ojo hace un buen rato.
CORO DE MUJERES.
Lo haré, aunque eres el hombre más gruñón... ¡Oh Júpiter, qué enorme mosquito! ¿Lo ves? Debe ser de Tricoriso.
CORO DE VIEJOS.
¡Ah, qué alivio te debo! Me estaba abriendo un pozo; así es que en cuanto lo has sacado, me fluyen lágrimas en abundancia.
CORO DE MUJERES.
Aunque eres muy bribón, yo te las enjugaré, y además te daré un beso.
CORO DE VIEJOS.
No me beses.
CORO DE MUJERES.
Quieras o no.
CORO DE VIEJOS.
¡Mala peste os lleve! ¿Habrase visto qué zalameras son? Con razón se dice: «Ni con esas perversas, ni sin esas perversas.» Pero hagamos las paces, y convengamos en no causarnos en adelante ningún mal; ni nosotros a vosotras, ni vosotras a nosotros. Sancionemos nuestra amistad, uniendo nuestros cantos.
CORO DE MUJERES.
No pretendemos, ciudadanos, hablar mal de ninguno de vosotros; al contrario, os deseamos y haremos todo género de beneficios; que para males, los presentes bastan. Acuda a nosotras todo hombre o mujer que necesite dinero, y recibirá tres minas; pues adentro hay oro en abundancia, y nosotras también tenemos bolsa. Y si la paz llega a hacerse, nadie tendrá que devolver la cantidad recibida. Hemos convidado a cenar a unos caristios, personas buenas y valientes; tenemos puches y un lechoncillo, recientemente inmolado, cuya carne será tierna y sabrosa. Venid, pues, hoy a mi morada, y venid pronto, después del baño, vosotros y vuestros hijos; entrad sin preguntar por nadie; seguid todo derecho, como en vuestra casa, sin reparo alguno; porque la puerta estará... cerrada.
CORO DE VIEJOS.
Allí vienen los embajadores espartanos, pisándose las barbas; parece que traen una gamella colgada a la cintura.
¡Salud, en primer lugar, lacedemonios! Y en seguida, decidnos qué tal os encontráis.
UN LACEDEMONIO.
¿Qué necesidad hay de largos discursos? Mirad y ved.
CORO DE VIEJOS.
¡Oh! El mal toma serias proporciones y va cada vez a peor.
EL LACEDEMONIO.
Es indecible. ¿A qué hablar más? Venga cualquiera, y ajustemos la paz a cualquier precio.
CORO DE VIEJOS.
Atqui et istos conspicor indigenas, tamquam luctatores a ventre rejicientes vestes, ita ut athleticum quid hic morbus videatur.
ATHENIENSIS.
Quis indicet nobis Lysistratam, ubi sit? nam viri adsumus et nos hujuscemodi.
CHORUS SENUM.
Et alter hic morbus alteri congruit. Numquid mane tentigo vos capit?
ATHENIENSIS.
Immo hercle perimus, dum hoc experimur. Quare, nisi pacem inter nos quis ocius conciliet, fieri non poterit, quin Clisthenem futuamus.
CHORUS SENUM.
Si sapitis, vestes sumetis, ut nequis eorum, qui Hermos truncant, vos videat.
ATHENIENSIS.
Recte, ita me Jupiter amet, autumas.
LACO.
Ita me Castores, recte omnino. Agedum amiciamur.
ATHENIENSIS.
Salvete, o Lacones: turpe est, quod nobis accidit.
LACO.
O carissime, male utique nobis fuisset, si vidissent isti viri mentulas nostras erectas.
EL ATENIENSE.
Ea, lacedemonios, hablemos con franqueza. ¿A qué habéis venido?
EL LACEDEMONIO.
A tratar de la paz.
EL ATENIENSE.
Muy bien, nosotros a lo mismo. ¿Mas por qué no llamamos a Lisístrata? Es la única que puede arreglarnos.
EL LACEDEMONIO.
Bueno, y si quieres también a Lisístrato.
CORO DE VIEJOS.
Es inútil llamarla; sin duda os ha oído, y sale.
¡Salud, mujer esforzadísima! Llegó la ocasión de mostrarte valiente o tímida, buena o mala, severa o indulgente, sencilla o astuta. Los principales griegos, seducidos por tus encantos, se confían a ti, y esperan que des fin a sus agravios.
LISÍSTRATA.
No es cosa difícil, mientras su situación no les arrastre a excesos nefandos. Pronto lo sabré. ¿Dónde está la Paz? Tráeme primero a los lacedemonios, cogiéndoles de la mano, sin dureza ni altivez, y sin aquella grosería con la cual les recibían nuestros esposos; al contrario, muéstrales esa afabilidad, adorno de la mujer. Si se niegan a darte la mano, cógelos por otra parte. Tráeme asimismo a los atenienses, cogiéndoles por donde quieran. — Lacedemonios, colocaos junto a mí; vosotros, atenienses, a este lado; ahora prestadme atención. No soy más que una mujer, pero tengo sentido común; la naturaleza me dotó de un criterio claro, que las lecciones de mi padre y de otros ancianos acertaron a desenvolver. Quiero principiar por echaros en rostro faltas comunes a entrambos y censurables con sobra de razón. Vosotros que en Olimpia, en las Termópilas, en Delfos (¡cuántos lugares pudiera citar si quisiera extenderme!) rociáis los mismos altares con igual agua lustral, y formáis una sola familia ante los bárbaros enemigos, arruináis ahora con desoladora guerra la Grecia y sus ciudades. Esto es lo primero que tenía que deciros.
EL ATENIENSE.
Y a mi me mata el deseo.
LISÍSTRATA.
Ahora, lacedemonios, me dirijo a vosotros en particular. ¿No os acordáis de cuando el espartano Periclides llegó suplicante al pie de nuestras aras, pálido, vestido de púrpura, pidiendo a los atenienses tropas auxiliares? Porque entonces la Mesenia os apuraba, y Neptuno estremecía vuestra tierra. Cimón partió con cuatro mil soldados, y salvó a Lacedemonia. ¡Y después de tales beneficios devastáis los campos de vuestros libertadores!
EL ATENIENSE.
Sí, Lisístrata, obraron mal.
EL LACEDEMONIO.
Obramos mal: pero es indecible la belleza de esto.
LISÍSTRATA.
¿Creéis, atenienses, que os voy a absolver de toda culpa? ¿No recordáis que también los lacedemonios, cuando vestíais la túnica de esclavos, vinieron en armas, mataron gran número de tesalios y de amigos y partidarios de Hipias, y fueron los únicos que en aquel memorable día os devolvieron la libertad y cambiaron vuestra túnica servil por el manto de ciudadanos?
EL LACEDEMONIO.
No he visto mujer más hermosa.
EL ATENIENSE.
Yo tampoco.
LISÍSTRATA.
Debiéndoos mutuamente tantos y tan preclaros beneficios, ¿por qué os hacéis la guerra, y no desistís de vuestros rencores? ¿Por qué no os reconciliáis? Decid: ¿quién os lo impide?
EL LACEDEMONIO.
Nosotros ya queremos, si se nos devuelve nuestro baluarte.
LISÍSTRATA.
¿Cuál?, amigo.
EL LACEDEMONIO.
Pilos, que reclamamos y apetecemos hace tiempo.
EL ATENIENSE.
¡Por Neptuno! Nunca lo conseguiréis.
LISÍSTRATA.
Cedédselo, amigos míos.
EL ATENIENSE.
Entonces, ¿dónde promoveremos alborotos?
LISÍSTRATA.
Exigid otra plaza en cambio.
EL ATENIENSE.
Bueno, dadnos Equinonte, el golfo Maliense que la baña, y los muros de Mégara, parecidos a dos piernas.
EL LACEDEMONIO.
No, querido mío, no todo eso.
LISÍSTRATA.
Conveníos, no disputéis por dos piernas.
EL ATENIENSE.
Yo estoy deseando desnudarme, y arar mis tierras.
EL LACEDEMONIO.
Y yo abonarlas primero.
LISÍSTRATA.
En cuanto se ajuste la paz haréis todo eso. Si la deseáis, deliberad sobre el asunto, y partid a comunicar vuestra resolución a los aliados.
EL ATENIENSE.
¿A qué aliados, amiga mía? Nuestra situación es insostenible. ¿Crees que a nuestros aliados no les pasará lo mismo?
EL LACEDEMONIO.
A los míos, sí.
EL ATENIENSE.
Pues no digo nada a los caristios.
LISÍSTRATA.
Perfectamente. Ahora purificaos para que las mujeres os recibamos en la ciudadela, y vaciemos en obsequio vuestro nuestras cestas. Juraos mutua fidelidad; después cada uno recobrará su esposa, y se marchará con ella.
EL ATENIENSE.
Vamos aprisa.
EL LACEDEMONIO.
Llévame adonde quieras.
EL ATENIENSE.
Sí, sí, volando.
CORO DE MUJERES.
Tapices bordados, túnicas preciosas, vestidos rozagantes, vasos de oro, todo cuanto tengo os lo ofrezco de buena voluntad para que lo lleven vuestros hijos, o vuestra hija, si llega a ser canéfora. A todos os digo que dispongáis de mis riquezas y cojáis en mi casa cuanto os agrade: de todo, por bien sellado que se encuentre, podéis apoderaros rompiendo su cerradura. Mas por mucho que miréis no veréis nada, a menos de que vuestros ojos sean más perspicaces que los míos. El que no tenga comida para sus esclavos o numerosa prole, encontrará en mi casa trigo molido y un enorme pan de un quénice. Todos los pobres pueden acudir a mí con sacos y alforjas para recibir granos. Manes, mi esclavo, se lo dará. Sin embargo, que nadie se acerque a mi puerta; cuidado con el perro.
UN CURIOSO.
Abre la puerta.
UN CRIADO.
Retírate. ¿Qué hacéis vosotros ahí? ¿Queréis que os abrase con esta lámpara? ¡Qué gente tan molesta!
EL CURIOSO.
No me retiraré.
EL CRIADO.
Bueno, ya que os empeñáis, nos aguantaremos aquí.
EL CURIOSO.
Y nosotros nos aguantaremos contigo.
EL CRIADO.
¡Ah! ¿No os vais? Vuestros cabellos lo pagarán, y después pondréis el grito en el cielo. ¿No os vais para que los lacedemonios se marchen en paz después del festín?
EL ATENIENSE.
Nunca he visto un banquete semejante. Los lacedemonios estaban encantadores; y nosotros, después de beber, discretísimos.
CORO DE VIEJOS.
Tienes razón, porque en ayunas desvariamos. Por lo cual, si los atenienses me creyesen, deberíamos de ir siempre beodos a todas las embajadas. ¿Entramos sin beber en Lacedemonia? Pues ya solo buscamos motivos de discordia: no oímos lo que se nos dice: lo que no se nos dice nos inspira sospechas; y al dar cuenta de lo ocurrido desnaturalizamos los hechos. Pero hoy estábamos de tan buen talante que, si hubiesen cantado el escolio de Telamón en vez del de Clitágora, hubiéramos aplaudido, dispuestos al perjurio.
EL CRIADO.
¿Ya vuelven otra vez? Largo de aquí, grandísimos desollados.
EL CURIOSO.
Por fin salen los convidados.
EL LACEDEMONIO.
Queridísimo amigo, coge las flautas para que yo baile y cante en honor de los atenienses y de nosotros mismos.
EL ATENIENSE.
Sí, coge las flautas, por todos los dioses; nada me divertirá tanto como el verte bailar.
CORO DE LACEDEMONIOS.
Inspira, oh Mnemósine, a estos jóvenes y a mi Musa, sabedora de nuestras ilustres hazañas y de las de los atenienses, que junto a Artemisio con ímpetu de dioses se lanzaron sobre los bajeles enemigos y derrotaron a los Medas. Leónidas nos llevaba como jabalíes que han aguzado sus colmillos; copiosa espuma cubría nuestros labios, y corría por todo nuestro cuerpo. Porque los persas eran numerosos como las arenas del mar. ¡Cazadora Diana, señora de las selvas, virgen celestial, ven y patrocina nuestra alianza! ¡Que en adelante nos ligue una amistad fraternal, jamás rota por la perfidia! ¡Senos propicia, doncella cazadora!
LISÍSTRATA.
Ea, ya que todo lo demás ha terminado tan felizmente, lacedemonios, llevaos vuestras mujeres; y vosotros, atenienses, las vuestras; que el esposo esté junto a su esposa y la esposa junto a su esposo; y en celebridad de tan feliz suceso, dancemos en honor de los dioses y evitemos las reincidencias.
CORO DE ATENIENSES.
¡Que se presente el coro! ¡Que aparezcan las Gracias! Invocad a Diana, invocad a su hermano, al benéfico Peán, director de las danzas; invocad al dios de Nisa, cuyos ojos centellean al fijarse en las Ménades; invocad a Júpiter, el de coruscante rayo, a su veneranda esposa y a todas las deidades, eternos testigos de esta paz ajustada bajo los auspicios de Venus. ¡Io! ¡Io! Peán ¡Bailad! ¡Io! ¡Io! Saltad como para celebrar una victoria. ¡Evoé! ¡Evoé! Lacedemonio, entona un nuevo canto.
CORO DE LACEDEMONIOS.
Desciende otra vez del amable Taigeto, Musa lacedemonia, y ven a celebrar conmigo al Amicleo Apolo, a Minerva Calcieca y a los fuertes Tindáridas que se ejercitan en la margen del Eurotas.
¡Oh!, ven, tiende hacia mí tu rápido vuelo, y cantemos a Esparta, amante de los sagrados coros y gallardas danzas que junto al Eurotas ejecutan sus doncellas, saltando con la agilidad de jóvenes corceles, hiriendo el suelo con ligero pie, y, a modo de tirsíferas bacantes, soltando al viento la destrenzada cabellera. La casta hija de Leda las precede radiante de hermosura. Ea, sujeta con una cinta tus flotantes cabellos y salta como ligera cierva; arranca esos aplausos que animan los coros, y celebra a Palas, la más fuerte y guerrera de las diosas.
FIN DE LISÍSTRATA.
ÍNDICE
Páginas.
Las Avispas. 1
La Paz. 105
Las Aves. 195
Lisístrata. 313
NOTAS
República ateniense, III.
V. ARISTÓFANES, Los Acarnienses, parábasis.
Apología de Sócrates.
Comédies d’Aristophane, t. I, pág. 206.
Es decir, trata de dormirse.
Parece extraño que Sosias que acaba de despertar a su camarada, trate de imitarle. Pero esta contradicción se explica perfectamente, conocido el carácter de no dárseles nada por nada, que Aristófanes suele presentar en los esclavos de sus piezas.
Nombre de los sacerdotes de Cibeles. Al celebrar los misterios de la diosa, entrechocaban sus armas, batían estrepitosamente los tambores y se herían hasta derramar sangre en medio del mayor frenesí.
Sobrenombre de Baco. De modo que hablando en plata, el sueño de Sosias es producido por el vino.
La palabra ἀσπίς, significa escudo y serpiente.
Cleónimo arrojó su escudo en una batalla.
Los convidados solían proponerse de sobremesa enigmas y cuestiones para entretenerse.
Este era el distintivo de los jueces.
Cleón.
Alusión al oficio de curtidor de Cleón.
Hay en griego un equívoco intraducibie, basado en la casi absoluta semejanza de las palabras que significan grasa y pueblo. Ya lo hicimos observar en la nota al verso 953 de Los Caballeros.
Vid. Los Acarnienses, 134-166; Los Caballeros, 608; Las Nubes, 399.
Alcibíades era algo tartajoso y no podía pronunciar bien la r, convirtiéndola en l.
Κόραξ, cuervo, al transformarse la l en r, significa en griego adulador.



