Lisístrata · Aristophanes

Part 2

Capítulo 2 de 19 · 14 min de lectura

UN NIÑO.

Padre, padre, cuidado con ese lodazal.

CORO.

Coge esa pajita del suelo, y espabila la linterna.

EL NIÑO.

No, ya la espabilaré con el dedo.

CORO.

Niño, ¿no ves que con el dedo vas a alargar la mecha, ahora que anda tan escaso el aceite? ¡Ya se conoce que tú no lo compras!

EL NIÑO.

Por Júpiter, si continuáis amonestándonos a puñetazos, apagamos las linternas y nos vamos a casa. Entonces os quedaréis a oscuras y andaréis removiendo lodos, como si fueseis patos.

CORO.

Yo castigo a otros mayores. Pero me parece que voy pisando barro. Mucho será que a lo más dentro de cuatro días no llueva copiosamente. ¡Tanto crece el pábilo de mi lámpara! Este suele ser signo de gran lluvia. Además, los frutos tardíos están pidiendo el agua y el soplo del Bóreas. Pero ¿qué le habrá sucedido al colega que vive en esa casa, que no sale a reunirse con nosotros? A fe que antes no había que sacarle a remolque; él iba delante de nosotros cantando versos de Frínico, pues el amigo es aficionado a la música. Pienso, compañeros, que debemos pararnos aquí, y llamarle cantando; quizá la melodía de mi canción le haga salir.

¿Por qué no se presenta el viejo delante de su puerta y ni siquiera nos responde? ¿Habrá perdido los zapatos? ¿Se habrá dado algún golpe en el pie andando a oscuras y tendrá hinchado el tobillo? ¿Tendrá quizá algún bubón? Pues era el más acérrimo de nosotros y el único inexorable. Si alguno le suplicaba, le decía bajando la cabeza: «Cueces un guijarro». Puede que haya tomado a pecho el habérsenos escurrido con mentiras aquel acusado, proclamándose amigo de los atenienses y primer revelador de lo ocurrido en Samos; quizá esto le tenga con fiebre, porque el hombre es así. Vamos, amigo mío, levántate, no te dejes consumir por la ira. Hoy va a ser juzgado un hombre opulento de los que entregaron a Tracia. Ven a condenarlo.

Anda adelante, muchacho, anda adelante.

EL NIÑO.

Padre, ¿me darás lo que te pida?

CORO.

Sí, hijito mío. ¿Qué cosa buena quieres que te compre? Creo que vas a pedirme un juego de tabas.

EL NIÑO.

No, papá mío; higos, que me gustan más.

CORO.

Eso no, aunque te ahorques.

EL NIÑO.

Bien; pues no te acompaño.

CORO.

Con mi mezquino sueldo de juez tengo que comprar pan, leña y carne, ¿y aún me pides higos?

EL NIÑO.

Y bien, padre mío, si al arconte se le antoja que no haya hoy tribunal, ¿dónde compraremos la comida? ¿Puedes darme alguna nueva esperanza o solo designarme el sagrado camino de Hele?

CORO.

¡Ay! ¡Ay! No sé en verdad cómo cenaremos.

EL NIÑO.

¿Por qué me pariste, madre infeliz, si tanto había de costarme sostener mi vida?

CORO.

Saquito mío, eres un adorno inútil.

EL NIÑO.

¡Ay! gemir es nuestra suerte.

FILOCLEÓN (asomándose a la ventana).

Hace rato, amigos míos, que os oigo desde esta ventana y deseo responderos; pero no me atrevo a cantar. ¿Qué haré? Estos me tienen cerrado porque quiero ir con vosotros a las judiciales urnas para hacer alguna de las mías. ¡Oh Júpiter, truena con furia y conviérteme de repente en humo, o en Proxénides, o en el hijo de Selo, charlatán infatigable! Compadecido de mi suerte, otórgame esta gracia, Numen poderoso, o si no, redúceme a cenizas con tu ardiente rayo o arrástrame con tu impetuoso viento a una salmuera ácida e hirviente, o trasfórmame en aquella piedra sobre la cual se cuentan los votos.

CORO.

Pero ¿quién te detiene y te cierra la puerta? Di, ya sabes que hablas con amigos.

FILOCLEÓN.

Mi hijo; pero no gritéis; duerme en la parte anterior de la casa: hablad más bajo.

CORO.

Pero, tonto, ¿qué pretende impedir al hacer eso?

FILOCLEÓN.

El que juzgue y condene, amigos míos: por lo demás, trata de regalarme; pero yo no quiero.

CORO.

¿Eso se ha atrevido a decir ese tuno, ese orador a lo Cleón? . . . . . Nunca hubiera tenido tal osadía ese hombre si no estuviera comprometido en alguna conspiración. Mas ya que esto sucede, tienes que intentar alguna nueva estratagema para bajar aquí sin que te vea tu carcelero.

FILOCLEÓN.

¿Cuál puede ser? Inventadla vosotros; a todo estoy dispuesto; ¡tal deseo me abrasa de recorrer los bancos con mi concha!

CORO.

¿Hay, di, algún agujero que puedas ensanchar por dentro, para escurrirte por él cubierto de andrajos como el prudente Ulises?

FILOCLEÓN.

Todos están cerrados; no puede salir ni un mosquito. Buscad, buscad otro medio: ese es impracticable.

CORO.

¿Te acuerdas cuando en la toma de Naxos, estando de servicio, te escapaste clavando en la muralla unos asadores que habías robado?

FILOCLEÓN.

Ya me acuerdo; pero ¿y qué? Ahora no es lo mismo. Entonces era joven, y lleno de vigor y energía para robar; además, nadie me custodiaba, y podía huir seguramente. Ahora hombres armados hasta los dientes están apostados en todas las salidas: dos de ellos, colocados junto a la puerta, me observan con asadores en las manos como a un gato que ha robado carne.

CORO.

Pues inventa cuanto antes otro medio, dulce amigo: ya despierta la aurora.

FILOCLEÓN.

Lo mejor será roer mi red. Perdóneme este destrozo Dictina, diosa de las redes.

CORO.

Eso es obrar como hombre que busca su salvación. Dale duro a las mandíbulas.

FILOCLEÓN.

Ya está roído: chito, no gritéis: mucho cuidado, no nos oiga Bdelicleón.

CORO.

Nada temas, amigo mío, nada temas; si chista, le obligaré a morderse su propio corazón y a combatir por su existencia, para que entienda que no se conculcan impunemente las leyes de las venerables diosas. Ata una cuerda a la ventana, sujétate con ella, y baja henchido el espíritu del furor de Diopites.

FILOCLEÓN.

Mas, decidme; si mis guardianes notan lo que hago, y tiran de la cuerda para llevarme adentro, ¿qué es lo que haréis?

CORO.

Te defenderemos y reuniremos todas nuestras fuerzas para que no consigan su intento: eso es lo que pensamos hacer.

FILOCLEÓN.

Haré lo que decís confiado en vosotros; mas acordaos, si alguna desgracia me sucede, de levantarme con vuestras manos, y, después de regarme con vuestras lágrimas, sepultadme bajo la cancela del tribunal.

CORO.

Nada te sucederá, no temas; vamos, mi buen amigo, descuélgate sin miedo invocando los dioses de la patria.

FILOCLEÓN.

¡Oh Lico, mi señor, héroe vecino mío! Tú, como yo, te deleitas con las lágrimas perpetuas y los lamentos de los acusados; por oírlos, sin duda, has elegido ese lugar, siendo el único de los héroes que has querido vivir junto a los desgraciados: ¡ten compasión de mí y salva a este tu vecino fiel! Nunca, te lo juro, nunca mancharé tu verja de madera con ninguna inmundicia.

BDELICLEÓN.

¡Eh, tú, alerta!

SOSIAS.

¿Qué ocurre?

BDELICLEÓN.

Oigo sonar una voz en torno mío.

SOSIAS.

¿Se escurrirá el viejo por alguna parte?

BDELICLEÓN.

No, por Júpiter; se descuelga atado con una cuerda.

SOSIAS.

¿Qué haces, desdichado? No bajes.

BDELICLEÓN.

Sube corriendo a la otra ventana y pégale con este ramo, a ver si con tus golpes consigues hacerle retroceder.

FILOCLEÓN.

¿No me socorréis, Esmicitión, Tisíades, Cremón, Feredipno, y cuantos habéis de entender en los procesos de este año? ¿Cuándo me auxiliaréis si no es ahora, antes de que me arrastren allá dentro?

CORO.

Decidme: ¿por qué tardamos en remover aquella bilis que hierve furiosa contra todo el que ofende a nuestro enjambre? Enderecemos el aguijón vengador. Muchachos, pronto, arrojad vuestro manto; corred, gritad, advertid a Cleón lo que sucede. Decidle que venga y que castigue a ese hombre enemigo de la república y digno del último suplicio, pues se atreve a sostener la inconveniencia de los juicios y procesos.

BDELICLEÓN.

Amigos míos, oíd lo que ha ocurrido y no gritéis.

CORO.

Pondremos el grito en el cielo, y no abandonaremos a nuestro colega. ¿No es esto intolerable y tiránico a todas luces? ¡Oh ciudadanos! ¡Oh Teoro, despreciador de los dioses! ¡Oh aduladores que nos presidís!

JANTIAS (A Bdelicleón).

¡Diantre, tienen aguijones! ¿No los ves, señor?

BDELICLEÓN.

Son los que atravesaron a Filipo, el hijo de Gorgias.

CORO.

Y los que te atravesarán a ti. Ea, dirijámonos todos contra él; acometámosle con el aguijón desenvainado, en buen orden, llenos de ira y de furor, para que conozca al fin a qué enjambre ha irritado.

JANTIAS.

Por Júpiter, el negocio se pone serio, si hay que reñir; tiemblo cuando veo sus aguijones.

CORO.

Suelta a nuestro amigo; si no, yo te aseguro que has de envidiar a las tortugas la dureza de su concha.

FILOCLEÓN.

Ea, compañeros, rabiosas avispas, precipitaos unos con furia sobre sus nalgas; picadle otros los ojos y los dedos.

BDELICLEÓN.

¡Midas, Frigio, Masintias, acudid! ¡Sujetadle y no le soltéis por nada del mundo! Si no, ayunaréis en el cepo. Ya sé yo que casi siempre es más el ruido que las nueces.

CORO.

Si no lo sueltas, te clavaré el aguijón.

FILOCLEÓN.

Heroico Cécrope, rey nuestro, cuyo cuerpo termina en dragón, ¿consentirás que así me traten estos bárbaros, a quienes he enseñado a llevar su quénice con cuatro medidas de lágrimas?

CORO.

¡Qué temibles males afligen a la vejez! Ahora esos dos bribones sujetan a viva fuerza a su anciano señor, y no se acuerdan de las pieles y pequeñas túnicas que les compró en otro tiempo, ni de las monteras de piel de perro, ni del cuidado que tenía para que en el invierno no se les enfriasen los pies; pero en su impudente mirada no se ve el menor agradecimiento por los viejos zapatos.

FILOCLEÓN.

¿No me soltarás, bestia feroz? ¿No te acuerdas de cuando te sorprendí robando uvas y te até a un olivo y te vapuleé de lo lindo, hasta el punto de que daba envidia verte? — Pero eres un ingrato, suéltame tú; y tú también, antes de que venga mi hijo.

CORO.

Pronto y bien vais a pagar vuestro atrevimiento; así comprenderéis, bribones, que os las habéis con hombres justicieros, iracundos, de terrible mirada.

BDELICLEÓN.

Sacúdeles, sacúdeles Jantias; arroja de casa estas avispas.

JANTIAS.

Eso estoy haciendo; ahuyéntalas tú con una densa humareda.

SOSIAS.

¿No os iréis al infierno? ¡Ah! ¿No os largáis? Buen palo en ellos.

JANTIAS.

Echa tú al fuego para hacer humo a Esquines, hijo de Selarcio. Por fin os hemos ahuyentado.

BDELICLEÓN.

No lo hubieras conseguido tan fácilmente, si hubiesen comido versos de Filocles.

CORO.

¿No está claro como la luz que la tiranía se ha introducido para los pobres, aprovechándose de nuestro descuido? Y tú, perverso y arrogante secuaz de Aminias, nos arrebatas las leyes que rigen la república, y, como dueño absoluto, ni siquiera disculpas tu usurpación con un pretexto o con una elegante arenga.

BDELICLEÓN.

¿No podríamos sin golpes ni alharacas conferenciar como buenos amigos, y hacer las paces?

CORO.

¿Conferenciar contigo, enemigo del pueblo, partidario de la monarquía, amigo de Brásidas, que llevas franjas de lana y no te cortas la barba?

BDELICLEÓN.

Ciertamente me valdría más abandonar a mi padre, que sufrir todos los días semejantes borrascas.

CORO.

Pues esto son todavía tortas y pan pintado, como dice el proverbio vulgar. Hasta ahora no tienes por qué quejarte; pero ya verás, ya verás, cuando el acusador público te eche en cara todos esos crímenes y cite y emplace a tus conjurados.

BDELICLEÓN.

¿Pero no os iréis, por todos los dioses? Mirad que si no, estoy resuelto a moleros a palos todo el día.

CORO.

No, nunca, jamás, mientras me quede un soplo de vida. Bien claro veo tus aspiraciones a la tiranía.

BDELICLEÓN.

Es fuerte cosa que sea grande o pequeño el motivo, a todo lo hemos de llamar tiranía y conspiración. Durante cincuenta años, ni una sola vez oí este dichoso nombre de tiranía; pero ahora es más común que el del pescado salado, y en el mercado no se oye ya otra cosa. Si uno compra orfos y no quiere membradas, el que vende estos peces en el puesto inmediato, grita al momento: «Ese hombre, quiere regalarse como durante la tiranía». Si otro pide puerros para sazonar las anchoas, la verdulera, mirándole de soslayo, le dice: «¿Puerros, eh? ¿Quieres restablecer la tiranía, o piensas que Atenas te ha de pagar los condimentos?»

JANTIAS.

Sin ir más lejos, yo entré ayer al mediodía en casa de una cortesana; y porque la propuse ciertos ejercicios hípicos, me preguntó furiosa si quería restablecer la tiranía de Hipias.

BDELICLEÓN.

Eso le agrada al pueblo: y a mí, porque quiero que mi padre cambie de costumbres, y, dejándose de delaciones, y pleitos y miserias, no salga de casa al amanecer y viva espléndidamente como Móricos, me acusan de conjuración y tiranía.

FILOCLEÓN.

Y se te está muy bien empleado; pues yo ni por todas las delicias del mundo dejaría este género de vida de que pretendes apartarme. A mí no me gustan las rayas ni las anguilas; un pleito pequeñito cocido en su correspondiente tartera, me agradaría más.

BDELICLEÓN.

Claro está, como que te has acostumbrado a ello; mas si puedes callar y escuchar con paciencia lo que te digo, creo que te demostraré cuán engañado estás.

FILOCLEÓN.

¿Me engaño cuando juzgo?

BDELICLEÓN.

¿No conoces que se burlan de ti esos hombres a quienes rindes culto y adoración? ¿Que no eres más que un esclavo?

FILOCLEÓN.

¡Esclavo yo! Yo, que mando a todo el mundo.

BDELICLEÓN.

No lo creas: te haces la ilusión de que mandas, y eres un esclavo; y, si no, dime, padre: ¿qué honra obtienes de disfrutar todos los tributos de la Grecia?

FILOCLEÓN.

Muchísima: apelo al testimonio de esos amigos.

BDELICLEÓN.

Acepto el arbitraje: soltadle, esclavos.

FILOCLEÓN.

Dadme una espada. Si tus argumentos me vencen, me atravesaré con ella.

BDELICLEÓN.

Y si no, ¿te conformas con la sentencia de esos árbitros?

FILOCLEÓN.

No beberé jamás vino en honor del buen genio.

CORO.

Ahora, adalid nuestro, es preciso que encuentres nuevas razones, a fin de...

BDELICLEÓN.

Traedme aquí cuanto antes unas tablillas; pero tú ¿qué opinión piensas sustentar cuando le incitas así?

CORO.

...no hablar como pudiera hacerlo ese joven. Ya ves la inmensa importancia del certamen, y que lo perderemos si (lo que Dios no quiera) este sale vencedor.

BDELICLEÓN.

Iré apuntando todo cuanto diga, para que nada se me olvide.

FILOCLEÓN.

¿Qué me decís si este sale vencedor?

CORO.

La turba de los viejos no servirá para nada. En todas las calles se burlarán de nosotros llamándonos talóforos y mondaduras de pleitos. Tú, que vas a defender nuestra soberanía, despliega, pues, atrevidamente todos los recursos de tu lengua.

FILOCLEÓN.

Empezaré por probar desde las primeras palabras que nuestro poder no es menor que el de los reyes más poderosos. Pues, ¿quién más afortunado, quién más feliz que un juez? ¿Hay vida más deliciosa que la suya? ¿Existe algún animal más temible, sobre todo si es viejo? Para cuando salto del lecho, ya me están esperando unos hombrones de cuatro codos que me escoltan hasta el tribunal: apenas me presento, una mano delicada, que fue esquilmadora del erario, estrecha blandamente la mía: los acusados abrazan suplicantes mis rodillas, y me dicen con lastimera voz: «Ten compasión de mí, padre mío; yo te lo pido por las hurtos que hayas podido cometer en el ejercicio de alguna magistratura o en el aprovisionamiento del ejército.» Pues bien, este a quien me refiero no sabría siquiera si yo existía si no le hubiera absuelto la primera vez.

BDELICLEÓN.

Tomo nota de lo que dices sobre los suplicantes.

FILOCLEÓN.

Entro después, abrumado de súplicas, y calmada mi cólera suelo hacer en el tribunal todo lo contrario de lo que había prometido; pero escucho a una muchedumbre de acusados que en todos los tonos piden la absolución. ¡Oh! ¡Cuántas palabras de miel pueden oír allí los jueces! Unos lamentan su pobreza, y añaden males fingidos a los verdaderos hasta lograr que sus desgracias igualen a las nuestras: otros nos recitan fábulas: estos nos refieren alguna gracia de Esopo: aquellos dicen un chiste para hacerme reír y desarmar mi ira. Cuando tales recursos no nos vencen, se presentan de pronto trayendo sus hijos e hijas de la mano: yo presto atención: ellos, desgreñado el cabello, prorrumpen en berridos; el padre, temblando, me suplica como a un Dios que le absuelva siquiera por ellos. «Si te es grata la voz de los corderos, dice, compadécete de la de mi hijo.» «Si te gusta más la de las puerquecillas, procura conmoverte con la de mi hija.» Entonces disminuimos un poco nuestro furor. ¿No es esto, decidme, un gran poder que nos permite despreciar las riquezas?

BDELICLEÓN.

Nota segunda: el desprecio de las riquezas. Dime ahora cuáles son esas ventajas por las cuales te crees señor de la Grecia.

FILOCLEÓN.

También cuando se examina la edad de los niños tenemos el privilegio de verlos desnudos. Si Eagro es citado a juicio, no consigue salir absuelto basta después de habernos recitado el más hermoso trozo de la Níobe. Si gana un flautista el pleito, en pago de la sentencia se pone delante de la boca la correa, y nos toca al salir del tribunal una marcha primorosa. Cuando muere un padre disponiendo con quién ha de casarse su hija y única heredera, nosotros hacemos caso omiso del testamento y de la conchita que con tanta gravedad cubre su sello, y entregamos la hija a quien ha sabido ganarnos con sus súplicas. Y todo esto sin la menor responsabilidad. Cítame otro cargo que tenga este privilegio.

BDELICLEÓN.

Te felicito por ese privilegio, que hasta ahora es el único; pero eso de anular el testamento de la única heredera, me parece injusto.

FILOCLEÓN.

Además, cuando el Senado y el pueblo no saben qué decidir sobre algún grave asunto, dan un decreto para que los acusados comparezcan ante los jueces. Entonces Evatlo, y el ilustre Cleónimo, grande adulador y arrojador de escudos, juran no abandonarnos nunca y combatir por la muchedumbre. Y dime, ¿ante el pueblo ha podido nunca orador alguno hacer prevalecer su opinión si no ha dicho antes que los jueces deben retirarse en cuanto hayan sentenciado un solo pleito? El mismo Cleón, que todo lo avasalla con sus alaridos, no se atreve a mordemos; al contrario, vela por nosotros, nos acaricia y nos espanta las moscas. ¿Has hecho tú eso ni una vez siquiera por tu padre? Pues, hijo mío, Teoro, el mismo Teoro, aunque no vale menos que el ilustre Eufemio, coge una esponja del barreño y nos limpia los zapatos. Considera, pues, de qué bienes quieres excluirme y despojarme: mira si esto es servidumbre y esclavitud, como decías.

BDELICLEÓN.

Desahógate a gusto; día llegará en que conozcas que esa tu decantada autoridad se parece a un trasero, siempre sucio por más que se le lave.

FILOCLEÓN.

Pero se me olvidaba lo más delicioso: cuando entro en casa con el salario, todos corren a abrazarme atraídos por el olorcillo del dinero: enseguida mi hija me lava, me perfuma los pies y se inclina sobre mí para besarme; me llama «papá querido» y me pesca con la lengua el trióbolo que llevo en la boca. Después mi mujercita, toda mimos y halagos, me presenta una torta riquísima, se sienta a mi lado y me dice cariñosa: «Come esto, prueba esto otro.» Lo cual me deleita infinito, y me libra de miraros a la cara a ti o al mayordomo, para ver cuando os dignaréis servirme la comida, gruñendo y maldiciéndome. Mas para cuando mi mujer no me trae pronto la torta, tengo este quita-pesares, muralla en que se estrellan todos los dardos. Por si no me das de beber, he traído este soberbio porrón con dos asas a modo de orejas de asno. ¡Cómo rebuzna cuando inclinándome hacia atrás apuro su contenido! Sus terribles cloqueos ahogan el ruido de tus odres. Mi poder es por lo menos igual al del padre de los dioses; pues hablan de mí como del propio Júpiter. Cuando nos alborotamos suelen decir todos los transeúntes: «Jove soberano, cómo truena el tribunal.» Y cuando lanzo el rayo de mi indignación, ¡oh!, entonces es de ver cómo me halagan todos, y cómo el terror descompone el vientre a los más ricos y soberbios. Tú mismo me temes más que ningún otro; sí, tú, por Ceres. Yo, en cambio, que me muera si te tengo miedo.

CORO.

Nunca habíamos oído discutir con tanta precisión y habilidad.

FILOCLEÓN.

No; es que esperaba vendimiar una viña abandonada; pues ya conoce bien mi superioridad en la materia.

CORO.

¡Qué bien lo ha dicho todo! ¡De nada se ha olvidado! Al oírle me sentía crecer. Ya pensaba estar administrando justicia en las Islas Afortunadas. ¡Tal es el encanto de su elocuencia!

FILOCLEÓN.

¡Cómo se entusiasma! ¡Ya no cabe en el pellejo! Infeliz, dentro de poco todo se le van a antojar garrotes.

CORO.

Si quieres salir vencedor, preciso es que emplees todos tus ardides. Difícil es templar mi cólera, sobre todo hablando en contra mía. Por tanto, si nada bueno tienes que decir, ya puedes buscar una muela buena y recién cortada para quebrantar nuestra ira.