Lisístrata · Aristophanes

Part 3

Capítulo 3 de 19 · 15 min de lectura

BDELICLEÓN.

Ardua, atrevida y superior a las fuerzas de un poeta cómico es ciertamente la empresa de desarraigar de la ciudad un vicio tan inveterado. Pero padre mío, hijo de Saturno...

FILOCLEÓN.

No me des ese nombre. Porque si sobre la marcha no me manifiestas que soy un esclavo, no habrá para ti medio de librarte de la muerte, aunque me vea privado de participar de los festines en los sacrificios.

BDELICLEÓN.

Escucha, pues, padrecito mío, y desarruga un poco tu fruncido ceño. Principia por calcular no con piedrecillas, sino con los dedos (la cuenta no es difícil), cuál es el total de los tributos que nos pagan las ciudades aliadas; a ellos agrega los impuestos personales, los céntimos, las rentas, los derechos de los puertos y mercados y el producto de los salarios y confiscaciones. En junto sumarán unos dos mil talentos. Cuenta ahora el sueldo anual de los jueces, que son seis mil, pues nunca excedieron de este número, y hallarás que asciende a ciento cincuenta talentos.

FILOCLEÓN.

De modo que nuestro sueldo no llega a la décima parte de las rentas.

BDELICLEÓN.

Justamente.

FILOCLEÓN.

¿A dónde va a parar todo lo demás?

BDELICLEÓN.

A esos que están diciendo siempre: «nunca haremos traición al pueblo ateniense; siempre combatiremos por la democracia.» Tú, padre mío, engañado por sus palabras, dejas que te dominen. Ellos en tanto arrancan a los aliados los talentos por cincuentenas, aterrándoles con estas amenazas: «O me pagáis tributo, dicen, o no dejo piedra sobre piedra en vuestra ciudad.» Y tú te contentas con roer los zancajos que les sobran. A los aliados, en tanto, viendo que la multitud ateniense vive miserablemente de su salario de juez, se les importa tanto de ti, como del voto de Comio; mas a ellos les traen a porfía orzas de conservas, vino, tapices, queso, miel, sésamo, cojines, frascos, túnicas preciosas, coronas, collares, copas, en fin cuanto contribuye a la salud y a la riqueza; y a ti, que mandas en ellos, después de tus infinitos trabajos en mar y tierra, ni siquiera te dan una cabeza de ajos para guisar tus pececillos.

FILOCLEÓN.

Efectivamente, yo mismo he tenido que enviar a casa de Eucárides a por tres ajos. Pero me consumes no probándome esa pretendida esclavitud.

BDELICLEÓN.

¿No es esclavitud, y grande, el ver a todos esos bribones y a sus aduladores ejerciendo las principales magistraturas y cobrando sueldos soberbios? ¡Tú, con tal que te den los tres óbolos ya estás tan contento! ¡Tú, que has ganado para ellos todos esos bienes, peleando por mar y tierra y sitiando ciudades! Pero lo que más me irrita es que te obliguen a asistir al tribunal de orden ajena, cuando un jovenzuelo disoluto, el hijo de Quéreas, por ejemplo, ese que anda con las piernas separadas y aire afeminado y lascivo, entra en casa y te manda que vayas a juzgar muy temprano y a la hora fijada, porque todo el que se presente después de la señal no cobrará el trióbolo. Él, en cambio, aunque llegué tarde cobra un dracma como abogado público. Después, si un acusado le da algo, hace partícipe de ello a su colega, y ambos procuran arreglar como puedan el negocio. Entonces es de ver cómo a modo de aserradores de leña, uno lo suelta y otro lo toma; y cómo tú te estás con la boca abierta y con los ojos fijos en el pagador público, sin notar sus manejos.

FILOCLEÓN.

¡Eso hacen conmigo! ¡Ah! ¿Qué dices? Me destrozas el corazón. Ya no sé ni lo que pienso ni lo que digo.

BDELICLEÓN.

Considera, pues, que tú y todos tus colegas podíais enriqueceros sin dificultad, si no os dejaseis arrastrar por esos aduladores que están siempre alardeando de amor al pueblo. Tú, que imperas sobre mil ciudades desde la Cerdeña al Ponto, solo disfrutas del miserable sueldo que te dan, y aun ese te lo pagan poco a poco, gota a gota, como aceite que se exprime de un vellón de lana; en fin, lo preciso para que no te mueras de hambre. Quieren que seas pobre, y te diré la razón: para que reconociéndoles por tus alimentadores, estés dispuesto a la menor instigación a lanzarte como un perro furioso sobre cualquiera de sus enemigos. Como quieran, nada les será más fácil que alimentar al pueblo. ¿No tenemos mil ciudades tributarias? Pues impóngase a cada una la carga de mantener veinte hombres, y veinte mil ciudadanos vivirán deliciosamente, comiendo carne de liebre, llenos de toda clase de coronas, bebiendo la leche más pura, gozando, en una palabra, de todas las ventajas a que les dan derecho nuestra patria y el triunfo de Maratón. En vez de eso, como si fuerais jornaleros recolectores de aceituna, seguís al pagador de sueldos.

FILOCLEÓN.

¡Ay, súbito hielo entorpece mi mano; no puedo sostener la espada; me siento desfallecer!

BDELICLEÓN.

Esos intrigantes cuando cobran miedo os dan la Eubea y prometen distribuir cincuenta celemines de trigo: nunca te han dado, bien lo sabes, más de cinco celemines, y esos con mil molestias, midiéndolos uno por uno, y exigiéndote previa justificación de no ser extranjero. Ahí tienes por qué te tengo encerrado siempre, deseando mantenerte yo mismo y librarte de insolentes burlas. Resuelto estoy a darte cuanto quieras, menos ese maldito salario.

CORO.

¡Cuán sabio era el que dijo: «No juzgues sin haber oído a ambas partes!» (A Bdelicleón.) Ahora me parece que tú tienes sobrada razón. Mi cólera se calma, y arrojo estos garrotes. (A Filocleón.) Cede, cede a sus consejos, colega y contemporáneo nuestro; no seas obstinado, ni hagas alarde de tenacidad inflexible. ¡Ojalá tuviera yo un pariente o amigo que así me aconsejase! Hoy, que se te aparece un dios para socorrerte y colmarte de favores, recíbelos propicio.

BDELICLEÓN.

Sí, yo le mantendré y le daré cuanto un anciano puede desear: ricos puches, blancas túnicas, un fino manto y una cortesana que le frote los riñones. Pero se calla y no dice esta boca es mía. Mala espina me da.

CORO.

Es que recobra la razón en el mismo punto que la había perdido: reconoce su culpa, y se arrepiente de haber desoído tanto tiempo tus exhortaciones. Quizá ahora, más cuerdo, se propone mudar de costumbres y obedecerte en todo.

FILOCLEÓN.

¡Ay de mí!

BDELICLEÓN.

¿Por qué esa exclamación?

FILOCLEÓN.

Déjate de promesas; lo que yo quisiera era estar allí, sentarme allí donde el heraldo grita: «El que no haya emitido todavía su voto, que se levante.» ¡Ah! ¿Por qué no me he de encontrar junto a las urnas y depositar en ellas el último mi voto? ¡Apresúrate, alma mía! Alma mía, ¿dónde estás? «Tinieblas, abridme paso.» ¡Oh! Por Hércules lo juro, mi más vehemente deseo es sentarme hoy entre los jueces y convencer de robo a Cleón.

BDELICLEÓN.

En nombre de los dioses, padre mío, cede a mis ruegos.

FILOCLEÓN.

¿Qué deseas? Pídeme cuanto quieras, menos una cosa.

BDELICLEÓN.

¿Qué cosa es esa? Di.

FILOCLEÓN.

Que no juzgue; antes de consentirlo, Plutón habrá pronunciado mi sentencia.

BDELICLEÓN.

Sea, ya que tanto te gusta administrar justicia; pero cuando menos no acudas ya al tribunal; quédate en casa y juzga a los criados.

FILOCLEÓN.

¿Sobre qué? ¡Tú deliras!

BDELICLEÓN.

Haciendo en casa lo mismo que allí: si la criada abre clandestinamente la puerta, la condenas a una simple multa; es decir, exactamente igual que en el tribunal. Todo lo demás se hará también como allí se acostumbra: cuando caliente el sol, juzgarás desde la mañana sentado al sol; y cuando nieve o llueva, sentado ante el hogar: así aunque te levantes al mediodía, ningún tesmoteta te prohibirá la entrada en el tribunal.

FILOCLEÓN.

Eso me agrada.

BDELICLEÓN.

Además, si un orador habla mucho tiempo, no tendrás que esperar rabiando de hambre a que concluya, con gran tormento tuyo y del acusado que teme tu furor.

FILOCLEÓN.

¿Pero podré lo mismo que hasta ahora conocer perfectamente el asunto, si como en el intervalo?

BDELICLEÓN.

Mejor que en ayunas. ¿No has oído decir a todo el mundo que, cuando los testigos mienten, los jueces solo pueden comprender el asunto a fuerza de rumiarlo?

FILOCLEÓN.

Me has convencido. Mas aún no me has dicho quién me pagará los honorarios.

BDELICLEÓN.

Yo.

FILOCLEÓN.

Bueno, así recibiré yo solo mi paga, y no en compañía de otro: porque hace poco ese bufón de Lisístrato me jugó la más mala pasada que puede imaginarse. Había recibido un dracma para los dos, y fuimos a la pescadería, donde lo cambio en monedas de cobre; luego, en vez de darme mi parte, me puso en la mano tres escamas; yo, creyendo que eran tres óbolos, las escondí en la boca; pero ofendido por el olor las arrojé en seguida y le cité a juicio.

BDELICLEÓN.

¿Y qué dijo?

FILOCLEÓN.

¿Qué dijo? Que yo tenía estómago de gallo. «Digieres fácilmente el dinero», repetía riéndose.

BDELICLEÓN.

¿Ves cuánto vas ganando hasta en esto?

FILOCLEÓN.

No poco, es verdad. Pero, anda, haz lo que has prometido.

BDELICLEÓN.

Espera un momento; en seguida vuelvo aquí con todo.

FILOCLEÓN.

¡Mirad cómo se cumplen los oráculos! Yo había oído que llegaría día en que cada ateniense administraría justicia en su propia casa, y construiría en el vestíbulo un pequeño tribunal, como esas estatuas de Hécate que se colocan delante de las puertas.

BDELICLEÓN.

Heme aquí: ¿qué tienes que decir? Traigo todo lo que te dije y mucho más. Este bacín puede colgarse a tu lado para cuando lo necesites.

FILOCLEÓN.

¡Feliz ocurrencia! ¡Excelente remedio para preservar a un viejo de la retención de orina!

BDELICLEÓN.

Aquí traigo además un hornillo con una escudilla llena de lentejas, por si se te ocurre comer.

FILOCLEÓN.

Muy bien, muy bien; de modo que cobraré mi salario, aunque tenga calentura, y podré comer lentejas sin moverme de aquí. Mas ¿para qué me traes ese gallo?

BDELICLEÓN.

Para que si te duermes durante la defensa de una causa, te despierte cantando encima de ti.

FILOCLEÓN.

Solo echo de menos una cosa; todo lo demás me satisface.

BDELICLEÓN.

¿Cuál?

FILOCLEÓN.

¿Si pudieras traer la estatua de Lico?

BDELICLEÓN.

Hela aquí; parece el mismo héroe.

FILOCLEÓN.

¡Oh, héroe mi señor! ¡Cuán terrible es tu aspecto! Es el retrato de Cleónimo.

SOSIAS.

Por eso, aunque es un héroe, no tiene armas.

BDELICLEÓN.

Si te sientas, someteré en seguida a tu decisión una causa.

FILOCLEÓN.

Venga al punto: hace cien años que estoy sentado.

BDELICLEÓN.

Veamos; ¿por qué causa principiaremos? ¿habrá faltado alguno de los criados? ¡Ah! Trata, que hace poco se dejó quemar el puchero...

FILOCLEÓN.

¡Eh! detente: me has puesto al borde del abismo. ¿Cómo pretendes que actúe el tribunal sin balaustrada? Precisamente es para nosotros lo más sagrado.

BDELICLEÓN.

Es verdad, por Júpiter. Corro a casa y la traigo volando. ¡Lo que es la costumbre!

JANTIAS.

¡Diantre de animal! ¿Es posible que demos de comer a semejante perro?

BDELICLEÓN.

¿Qué pasa?

JANTIAS.

Nada, que Labes, tu perro, ha entrado en la cocina, ha robado un magnífico queso de Sicilia, y se lo ha engullido.

BDELICLEÓN.

Ya tenemos la primera causa en que ha de entender mi padre. (A Jantias.) Comparece tú como acusador.

JANTIAS.

Yo no, por vida mía; otro perro dice que presentará la acusación, si se instruye el proceso.

BDELICLEÓN.

Bueno; tráete acá los dos.

JANTIAS.

Es lo que hay que hacer.

FILOCLEÓN.

¿Qué es eso?

BDELICLEÓN.

La gamella de los cerdos consagrados a Vesta.

FILOCLEÓN.

¿Osas poner sobre ella tus sacrílegas manos?

BDELICLEÓN.

No; principiando por sacrificar a Vesta, trituraré a mi adversario.

FILOCLEÓN.

Vamos, vamos, principia pronto la acusación; yo ya sé cuál castigo ha de imponerse.

BDELICLEÓN.

Deja que te traiga las tablillas y el estilo.

FILOCLEÓN.

¡Oh! ¡Me mueles y me asesinas con tus dilaciones! Lo mismo me era escribir en la arena.

BDELICLEÓN.

Ten.

FILOCLEÓN.

Cita, pues.

BDELICLEÓN.

Ya estoy.

FILOCLEÓN.

¿Quién es ese primero?

BDELICLEÓN.

¡Oh, qué memoria la mía! Esto es atroz. ¿Pues no se me han olvidado las urnas de los votos?

FILOCLEÓN.

Eh, tú, ¿a dónde vas?

BDELICLEÓN.

A por las urnas.

FILOCLEÓN.

Es inútil; me serviré de estos cacharros.

BDELICLEÓN.

Muy bien; ya tenemos todo lo necesario, excepto la clepsidra.

FILOCLEÓN.

¿No puede pasar por clepsidra este bacín?

BDELICLEÓN.

Eres ingenioso para proporcionarte los útiles precisos y acostumbrados. Pronto, traed fuego, mirtos e incienso para que principiemos por invocar a los Dioses.

CORO.

Durante vuestras libaciones uniremos nuestros votos a los vuestros, congratulándonos de que una reconciliación tan generosa haya seguido a vuestras disputas y querellas.

BDELICLEÓN.

Principiad, pues, por guardar un silencio religioso.

CORO.

¡Oh Febo! ¡Oh Apolo Pitio! Haz que el negocio que va a resolverse delante de esa puerta, sea para bien de todos nosotros, libres ya de nuestros errores. ¡Oh Peán!

BDELICLEÓN.

¡Oh Dios poderoso, Apolo Agieo que velas ante el vestíbulo de mi casa! Acepta este nuevo sacrificio que te ofrezco para que te dignes suavizar el humor áspero e intratable de mi padre. ¡Oh rey! endulza con algunas gotas de miel su avinagrado corazón; que sea en adelante clemente con los hombres; más compasivo con los reos que con los acusadores; sensible a las súplicas, y que pierda su carácter esa furia, dolorosa para el que se acerca, como las ortigas.

CORO.

Nosotros unimos a los tuyos nuestros votos en favor del nuevo magistrado. Pues te queremos, Bdelicleón, desde que nos has dado a conocer que amas al pueblo como ningún otro joven.

BDELICLEÓN.

Si hay algún juez fuera, que entre; pues en cuanto se principie la vista no se dejará entrar a nadie.

FILOCLEÓN.

¿Quién es ese acusado? ¡Qué condena le aguarda!

BDELICLEÓN (Como acusador).

Oíd el acta de acusación. La suscribe un perro cidatenense contra Labes de Exona, al que acusa de haberse comido él solo, contra toda razón y derecho, un queso de Sicilia. La pena, una argolla de higuera.

FILOCLEÓN.

O la muerte canina si se le prueba.

BDELICLEÓN.

Aquí está Labes el acusado.

FILOCLEÓN.

¡Ah, maldito! ¡Qué traza de ladrón tienes! ¿Si creerá que me va a engañar apretando los dientes?

BDELICLEÓN.

¿Dónde está el querellante, el perro cidatenense?

EL PERRO.

¡Guau! ¡Guau!

BDELICLEÓN.

Aquí está.

FILOCLEÓN.

Ese es otro Labes, bueno solo para ladrar y lamer ollas.

BDELICLEÓN (Haciendo de heraldo).

Calla y siéntate. Tú (A Jantias), sube y acusa.

FILOCLEÓN.

Vamos, en tanto voy a servirme y sorberme las lentejas.

JANTIAS (Acusador).

Ya habéis oído, oh jueces, el escrito de acusación que he presentado contra Labes: ha cometido contra mí y los marinos la más indigna felonía; se metió en un rincón oscuro, robó un enorme queso de Sicilia, y atracándose en las tinieblas...

FILOCLEÓN.

Basta, basta; el hecho está probado: el gran canalla acaba de soltar junto a mis narices un eructo que apesta a queso.

JANTIAS.

...Se negó a darme la parte que le pedía. Ahora bien; ¿podrá prestaros servicio alguno quien no da nada a vuestro perro leal?

FILOCLEÓN.

¿No ha dado nada?

JANTIAS.

¡Nada a mí, a su compañero!

FILOCLEÓN.

Se conoce que el mozo tiene los cascos tan calientes como estas lentejas.

BDELICLEÓN.

Por favor, padre mío; no sentencies antes de haber escuchado a los dos.

FILOCLEÓN.

Pero, querido, si la cosa está clara; si está clamando justicia.

JANTIAS.

No le absolváis: es el perro más egoísta y voraz; recorre en un instante todo el molde de un queso, y se engulle la costra que le recubre.

FILOCLEÓN.

Ni siquiera me ha dejado con que cerrar las grietas de mi urna.

JANTIAS.

Castigadle; una sola casa no puede mantener dos ladrones; yo no quiero ladrar con el estómago vacío; castigadle, pues, o dejaré de ladrar.

FILOCLEÓN.

¡Oh! ¡Oh! ¡Cuántas maldades! El mozo es ladrón de veras. ¿No te parece lo mismo, gallo mío? ¡Ah! sí, se adhiere a mi opinión. ¡Eh, tesmoteta! ¿Dónde estás? Dame el bacín.

BDELICLEÓN.

Cógelo tú, que yo estoy llamando los testigos. Testigos de Labes, compareced: son un plato, una mano de mortero, un cuchillo, unas parrillas, una olla y otros utensilios medio quemados. ¿Acabas de hacer aguas? ¿O no vas a sentarte nunca?

FILOCLEÓN.

Aún no; pero creo que ese pasará hoy a mayores.

BDELICLEÓN (A Filocleón).

¿Serás siempre duro o intratable con los reos? ¿Cebarás siempre en ellos tu furor? (Al acusado.) Sube y defiéndete. ¿Por qué te callas? Habla.

FILOCLEÓN.

Parece que no tiene nada que alegar.

BDELICLEÓN.

Sí que tiene, pero se me figura que le pasa lo que a Tucídides en otra ocasión, cuando la sorpresa le cerró la boca. Retírate: yo me encargo de tu defensa. Ya comprenderéis, oh jueces, lo comprometido que es defender a un perro acusado de crimen tan atroz. Hablaré no obstante. En primer lugar, es valiente y ahuyenta los lobos.

FILOCLEÓN.

Pero es ladrón y conspirador.

BDELICLEÓN.

No, por Júpiter; es el mejor de los perros, capaz de guardar el rebaño más numeroso.

FILOCLEÓN.

¿Qué importa si se come el queso?

BDELICLEÓN.

Pero en cambio te defiende, te guarda la puerta, y tiene otras inmejorables cualidades. Si cometió algún hurto, hay que perdonárselo. ¿No ves que es un ignorantón que ni aun tocar la lira sabe?

FILOCLEÓN.

¡Ojalá tampoco supiera escribir! Así no hubiera redactado su defensa.

BDELICLEÓN.

Oye, honrado juez, a mis testigos. Acércate, buen cuchillo, y declara en voz alta. Tú eras entonces pagador. Responde claro. ¿No partiste las porciones que debían ser distribuidas a los soldados? — Dice que sí las partió.

FILOCLEÓN.

Pues miente el bellaco.

BDELICLEÓN.

¡Oh compasivo juez, ten piedad de su infortunio! El infeliz Labes siempre come espinas y cabezas de pescados; no para un momento en un sitio: ese otro solo sirve para guardar la casa, y ya sabe lo que se hace; así reclama una parte de todo lo que traen, y al que no se la da, le clava el diente.

FILOCLEÓN.

¡Ah, estoy enfermo! ¡Se me figura que blandeo! ¡Oh desgracia! ¡Yo enternecido!

BDELICLEÓN.

Yo te lo ruego, padre mío, compadeceos de él, no le condenéis. ¿Dónde están sus hijos? Acercaos, infelices. Aullad, suplicad, llorad sin consuelo.

FILOCLEÓN.

Baja, baja, baja, baja.

BDELICLEÓN.

Bajaré, aunque esa palabra «baja» ha engañado a muchos. No obstante, bajaré.

FILOCLEÓN.

¡Vete al infierno! ¿Por qué habré comido esas lentejas? ¿Pues no he llorado? Creo que esto no me hubiera sucedido si no me hubiera atracado de esas malditas lentejas.

BDELICLEÓN.

¿Será, pues, absuelto?

FILOCLEÓN.

No he dicho tal cosa.

BDELICLEÓN.

Vamos, padrecito mío, sé más humano. Coge tu voto; da un paso atrás; échalo en la segunda urna, cerrando un poco los ojos. Absuélvelo, padre mío.

FILOCLEÓN.

No: tampoco yo sé tocar la lira.

BDELICLEÓN.

Ven, te llevaré yo mismo.

FILOCLEÓN.

¿Es esta la primera urna?

BDELICLEÓN.

Esa.

FILOCLEÓN.

Pues aquí echo mi voto.

BDELICLEÓN.

Cayó en el lazo, y lo absolvió sin saberlo.

FILOCLEÓN.

Veamos; vuelve la urna. ¿Cuál es el resultado?

BDELICLEÓN.

Míralo. Labes, has sido absuelto. Padre, padre, ¿qué te pasa? ¡Agua, agua! vamos, recóbrate.

FILOCLEÓN.

Dime, ¿de veras ha sido absuelto?

BDELICLEÓN.

Sí.

FILOCLEÓN.

¡Ah, soy perdido!

BDELICLEÓN.

Valor, padre mío, no te aflijas.

FILOCLEÓN.

¿Cómo podré resistir la pena de haber absuelto a un criminal? ¿Qué va a ser de mí? ¡Oh santos dioses, perdonadme; lo hice a pesar mío; esa, ya lo sabéis, no es mi costumbre!

BDELICLEÓN.

No lo tomes tan a pecho, padre mío; yo te daré una vida regalada; te llevaré a cenas y convites; vendrás conmigo a todas las fiestas, y pasarás dulcemente el resto de tu existencia: ya no se burlará de ti Hipérbolo. Pero entremos.

FILOCLEÓN.

Haz lo que gustes.

CORO.

Id alegres a donde queráis. Escuchad, en tanto, innumerables espectadores, nuestros prudentes consejos, y procurad que no caigan en saco roto: esa falta es propia de un auditorio ignorante; vosotros no la podéis cometer.

Ahora, si amáis la verdad desnuda y el lenguaje sin artificios, prestadme atención, oh pueblo. El poeta quiere haceros algunos cargos. Está quejoso de vosotros, que antes le acogisteis tan bien, cuando imitando unas veces al espíritu profético oculto en el vientre de Euricles, hizo que otros poetas os presentasen muchas comedias suyas, y afrontando otras cara a cara el peligro dirigió por su mano sin ajeno auxilio los vuelos de su Musa. Colmado por vosotros de gloria y honores, como ningún otro vate, no creyó, sin embargo, haber llegado a la cúspide de la perfección, ni se enorgulleció por ello, ni recorrió las palestras para corromper a la juventud deslumbrada por sus triunfos. Noblemente resuelto a que las Musas que le inspiran no desciendan jamás al oficio de viles alcahuetas, ha desoído las reclamaciones del amante, quejoso de ver ridiculizado el objeto de su torpe pasión. Ya en el extremo de su carrera dramática no luchó con hombres, sino que manejando intrépido la clava de Hércules, hubo de atacar a los mayores monstruos. Principió por acometer audazmente a aquella horrenda fiera, de dientes espantosos, ojos terribles, flameantes como los de Cinna, rodeado de mil infames aduladores que a porfía le lamen la cabeza; de voz estruendosa como la de destructor remolino; de olor a foca y de partes secretas, que por lo inmundas recuerdan las de los camellos y las lamias. A la vista de semejante monstruo el miedo no le arrancó regalos para apaciguarle; al contrario, sintió aumentarse su valor para defenderos. Así, el año último dirigió de nuevo sus ataques contra esos vampiros que, pálidos, abrasados por incesante fiebre, estrangulaban en las tinieblas a vuestros padres y abuelos, y acostados en el lecho de los ciudadanos pacíficos enemigos de cuestiones, amontonaban sobre ellos procesos, citaciones y testigos, hasta el punto de que muchos acudieron aterrados al Polemarca. Esto no obstante, el año pasado abandonasteis al denodado defensor que puso todo su ahínco en purgar de tales males a la patria, y le abandonasteis precisamente cuando sembraba pensamientos de encantadora novedad, cuyo crecimiento impedisteis por no haberlos comprendido bien; el autor, sin embargo, jura a menudo entre estas libaciones a Baco, que jamás oísteis versos cómicos mejores que los suyos. Vergonzoso es que no entendieseis de seguida su intención profunda; pero al poeta le consuela el no haber desmerecido en la opinión de los doctos, aunque se haya estrellado su esperanza por vencer en audacia a sus rivales.