Meditaciones · Marcus Aurelius
LIBRO NOVENO
Capítulo 10 de 13 · 20 min de lectura
I. El que es injusto, también es impío. Porque la naturaleza del universo, habiendo hecho a todas las criaturas racionales unas para otras, con el fin de que se hagan el bien mutuamente; más o menos según las personas y las ocasiones, pero de ninguna manera se hagan daño: es evidente que quien transgrede esta voluntad suya, es culpable de impiedad hacia la más antigua y venerable de todas las deidades. Porque la naturaleza del universo es la naturaleza, la madre común de todos, y por tanto debe ser observada piadosamente por todas las cosas que existen, y aquello que ahora es, con respecto a lo que primero fue y le dio su ser, tiene relación de sangre y parentesco. También se la llama verdad y es la causa primera de todas las verdades. Por lo tanto, quien miente voluntaria y conscientemente, es impío en cuanto recibe y así comete injusticia; pero quien lo hace contra su voluntad, en tanto que discrepa de la naturaleza del universo y, al luchar contra la naturaleza del mundo, viola en lo particular el orden general del mundo. Porque no hace otra cosa que luchar y guerrear contra ella, quien, contrario a su propia naturaleza, se aplica a aquello que es contrario a la verdad. Pues la naturaleza ya le había dotado de instintos y oportunidades suficientes para alcanzarla; y al haberlas descuidado hasta ahora, ya no es capaz de discernir lo falso de lo verdadero. También es impío quien persigue los placeres como si fueran el verdadero bien y huye de los dolores como si fueran el verdadero mal. Porque tal persona, necesariamente, debe acusar muchas veces a la naturaleza común, como si distribuyera muchas cosas tanto a los malos como a los buenos, no según el mérito de cada uno: a los malos, muchas veces, placeres y las causas de los placeres; a los buenos, dolores y las ocasiones de los dolores. Además, quien teme los dolores y contratiempos en este mundo, teme algunas de aquellas cosas que, tarde o temprano, deben suceder en el mundo. Y ya hemos demostrado que eso es impío. Y quien persigue los placeres, no dudará en hacer lo injusto para alcanzar sus deseos, y eso es manifiestamente impío. Ahora bien, aquellas cosas que para la naturaleza son igualmente indiferentes (pues no habría creado tanto el dolor como el placer, si ambos no le fueran igualmente indiferentes): quienes quieran vivir conforme a la naturaleza, deben en esas cosas (siendo de la misma mente y disposición que ella) ser igualmente indiferentes. Por tanto, quien en cuestiones de placer y dolor, vida y muerte, honor y deshonra (cosas que la naturaleza, en la administración del mundo, utiliza indiferentemente), no es igualmente indiferente, es evidente que es impío. Cuando digo que la naturaleza común las utiliza indiferentemente, quiero decir que ocurren indiferentemente en el curso ordinario de las cosas, que por una consecuencia necesaria, ya sea como causa principal o accesoria, suceden en el mundo, según aquella primera y antigua deliberación de la Providencia, por la cual, desde algún principio cierto, resolvió la creación de tal mundo, concibiendo entonces en su seno, por decirlo así, ciertas semillas racionales generativas y facultades de cosas futuras, ya sean sujetos, cambios, sucesiones; tanto de tal tipo y en tal número.
II. En verdad, sería más feliz y reconfortante para un hombre partir de este mundo, habiendo vivido toda su vida libre de toda falsedad, disimulo, voluptuosidad y orgullo. Pero si esto no puede ser, aún es algún consuelo para un hombre partir alegremente, cansado y desilusionado de esas cosas, antes que desear vivir y continuar mucho tiempo en esos caminos perversos. ¿No te ha enseñado ya la experiencia a huir de la peste? Pues una peste mucho mayor es la corrupción de la mente, que cualquier cambio o alteración del aire común. Aquella es una peste de las criaturas, en cuanto son seres vivos; pero esta lo es de los hombres, en cuanto son hombres o racionales.
III. No debes comportarte con desprecio ante la muerte, sino como quien está satisfecho con ella, por ser una de las cosas que la naturaleza ha dispuesto. Porque lo que piensas de estos hechos: de un niño que se convierte en joven, envejecer, crecer, madurar, sacar dientes, barba o canas, engendrar, dar a luz o ser dado a luz; o cualquier otra acción que sea natural al hombre según las diversas etapas de su vida; tal es también el disolverse. Por tanto, es propio de un sabio, respecto a la muerte, no comportarse ni violentamente ni con orgullo, sino esperar pacientemente, como una de las operaciones de la naturaleza: que con el mismo ánimo con que ahora esperas que aquello que aún es un embrión en el vientre de tu esposa salga al mundo, así puedas esperar también cuando tu alma se desprenda de ese abrigo o piel exterior, en la que, como un niño en el vientre, está envuelta y encerrada. Pero deseas una receta más popular, y aunque no tan directa ni filosófica, sí muy poderosa y penetrante contra el temor a la muerte: nada puede hacerte más dispuesto a dejar la vida que considerar tanto qué son en sí mismos los objetos de los que te separarás, como qué clase de disposición ya no tendrás que soportar. Es cierto que no debes ofenderte con ellos de ninguna manera, sino cuidarlos y soportarlos con mansedumbre. Sin embargo, puedes recordar esto: que cuando suceda que partas, no será de entre hombres que sostienen las mismas opiniones que tú. Porque eso, en verdad (si así fuera), sería lo único que podría hacerte reacio a la muerte y desear permanecer aquí, si tuvieras la fortuna de vivir con hombres que hubieran alcanzado la misma creencia que tú. Pero ahora, ves qué trabajo es para ti vivir con hombres de opiniones diferentes; de modo que tienes más motivo para decir: Apresúrate, te lo ruego, oh Muerte; no sea que también yo, con el tiempo, me olvide de mí mismo.
IV. El que peca, peca contra sí mismo. El que es injusto, se daña a sí mismo, pues se hace peor de lo que era antes. No solo el que comete, sino también el que omite algo, muchas veces es injusto.
V. Si mi percepción presente del objeto es correcta, y mi acción presente es caritativa, y esta, hacia todo lo que procede de Dios, es mi disposición actual, estar satisfecho con ello, es suficiente.
VI. Eliminar la fantasía, usar la deliberación, apagar la concupiscencia, mantener la mente libre para sí misma.
VII. De todas las criaturas irracionales, solo hay un alma irracional; y de todas las que son racionales, solo hay un alma racional, dividida entre todas ellas. Así como de todas las cosas terrenales solo hay una tierra, y solo una luz por la que vemos; y solo un aire que respiramos, por muchos que respiren o vean. Ahora bien, todo lo que participa de algo común, naturalmente se siente atraído e inclinado hacia aquello de lo que es parte, siendo de la misma especie y naturaleza. Todo lo terrenal, tiende hacia la tierra común. Todo lo líquido, busca reunirse. Y todo lo aéreo, igualmente desea estar junto. De modo que, sin algún obstáculo o cierta violencia, no pueden mantenerse separados. Todo lo ígneo, no solo por razón del fuego elemental tiende hacia arriba; sino que aquí también está tan dispuesto a unirse y arder junto, que todo lo que carece de suficiente humedad para resistir, fácilmente se enciende. Por lo tanto, todo lo que participa de esa naturaleza racional común, naturalmente anhela tanto o más a los de su misma especie. Porque cuanto más sobresale en su propia naturaleza sobre las demás cosas, tanto más desea unirse y fundirse con aquello que es de su misma naturaleza. Así, en las criaturas irracionales, no pasó mucho tiempo antes de que surgieran enjambres, manadas, camadas de crías y una especie de amor y afecto mutuo. Pues aunque irracionales, tenían una especie de alma, y por eso ese deseo natural de unión era más fuerte e intenso en ellas, como en criaturas de naturaleza más excelente, que en plantas, piedras o árboles. Pero entre las criaturas racionales, surgieron comunidades, amistades, familias, reuniones públicas, e incluso en sus guerras, convenciones y treguas. Ahora bien, entre aquellas de naturaleza aún más excelente, como las estrellas y planetas, aunque por su naturaleza están muy distantes unas de otras, incluso entre ellas comenzó cierta correspondencia y unidad mutua. Tan propio es de la excelencia en alto grado buscar la unidad, que incluso en cosas tan distantes puede operar una simpatía mutua. Pero ahora observa lo que ha sucedido. Esas criaturas que son racionales, son ahora las únicas que han olvidado su afecto e inclinación natural unas hacia otras. Solo entre ellas, de todas las cosas de una misma especie, no se encuentra una disposición general a unirse. Pero aunque huyen de la naturaleza, son detenidas en su curso y aprehendidas. Hagan lo que hagan, la naturaleza prevalece. Y así lo confesarás si lo observas. Porque más fácil es hallar algo terrenal donde no hay nada terrenal, que encontrar un hombre que naturalmente pueda vivir solo.
VIII. El hombre, Dios, el mundo, cada uno en su especie, da algún fruto. Todas las cosas tienen su tiempo propio para fructificar. Aunque por costumbre, la palabra misma se ha vuelto casi exclusiva de la vid y similares, sin embargo es así como hemos dicho. En cuanto a la razón, ésta da tanto fruto común para el uso de otros, como peculiar que ella misma disfruta. La razón es de naturaleza difusiva, lo que es en sí misma, lo engendra en otros, y así se multiplica.
IX. O enséñales mejor si está en tu poder; o si no lo está, recuerda que para esto, para soportarlos pacientemente, te fue concedida la mansedumbre y la bondad. Los mismos dioses son buenos con tales personas; sí, y en algunas cosas (como en materia de salud, riqueza, honor) suelen incluso favorecer sus esfuerzos: tan buenos y generosos son. ¿Y acaso tú no podrías serlo también? O dime, ¿qué te lo impide?
X. No trabajes como quien está destinado a ser desdichado, ni como quien desea ser compadecido o admirado; sino que este sea tu único cuidado y deseo: proceder siempre y en todo conforme lo requiera la ley de la caridad o de la sociedad mutua.
XI. Hoy salí de todas mis tribulaciones. Más aún, he arrojado fuera todas mis tribulaciones; más bien debería ser que aquello que te afligía, fuera lo que fuera, no estaba fuera en ningún lugar del que debieras salir, sino dentro, en tus propias opiniones, de donde debe ser expulsado antes de que puedas estar verdaderamente y constantemente en paz.
XII. Todas esas cosas, en cuanto a la experiencia, son habituales y ordinarias; en cuanto a su duración, solo por un día; y en cuanto a su materia, sumamente bajas y viles. Como eran en los días de aquellos a quienes hemos sepultado, así son ahora también, y no de otra manera.
XIII. Las cosas mismas que nos afectan, permanecen fuera, sin saber nada de sí mismas ni poder decir nada a otros sobre sí mismas. ¿Qué es entonces lo que dicta juicio sobre ellas? El entendimiento.
XIV. Así como la virtud y la maldad no consisten en la pasión, sino en la acción; tampoco el verdadero bien o mal de un hombre razonable y caritativo consiste en la pasión, sino en la operación y la acción.
XV. Para la piedra que es lanzada hacia arriba, cuando cae no es daño para ella; como tampoco es beneficio cuando asciende.
XVI. Examina sus mentes y entendimientos, y observa qué clase de hombres son aquellos cuyo juicio temes, y qué es lo que ellos mismos piensan de sí mismos.
XVII. Todas las cosas que hay en el mundo están siempre en estado de cambio. Tú también estás en perpetuo cambio, sí, y bajo corrupción también, en alguna parte; y así está todo el mundo.
XVIII. No es tu pecado, sino el de otro. ¿Por qué debería preocuparte? Que se ocupe de ello aquel a quien pertenece el pecado.
XIX. De una operación y de un propósito hay un final, o de una acción y de un propósito decimos comúnmente que ha llegado a su fin; también de una opinión hay una cesación absoluta, que es como la muerte de la misma. En todo esto no hay daño. Aplica esto ahora a la edad del hombre: primero, un niño; luego un joven; después un hombre joven; luego un anciano; cada cambio de una edad a otra es una especie de muerte. Y en todo esto no hay motivo de aflicción aún. Pasa ahora a esa vida primero, la que viviste bajo tu abuelo, luego bajo tu madre, luego bajo tu padre. Y así, cuando a lo largo de toda tu vida hasta ahora has encontrado y observado muchas alteraciones, muchos cambios, muchos tipos de finales y cesaciones, hazte esta pregunta: ¿qué motivo de dolor o tristeza encuentras en alguno de estos? ¿O qué has sufrido a causa de ellos? Si en ninguno de estos, tampoco en el final y consumación de toda tu vida, que no es más que una cesación y un cambio.
XX. Según lo requiera la ocasión, ya sea a tu propio entendimiento, o al del universo, o al de aquel con quien ahora tratas, acude a tu refugio con toda rapidez. Al tuyo, para que no resuelvas nada contra la justicia. Al del universo, para que recuerdes que eres parte de él. Al de él, para que consideres si está en estado de ignorancia o de conocimiento. Y entonces también debes recordar que es tu semejante.
XXI. Así como tú mismo, quienquiera que seas, fuiste hecho para la perfección y consumación, siendo miembro de ella, de una sociedad común; así cada una de tus acciones debe tender a la perfección y consumación de una vida verdaderamente sociable. Cualquier acción tuya, por tanto, que no tenga referencia al bien común, ya sea inmediata o lejanamente, es una acción exorbitante y desordenada; sí, es sediciosa, como alguien entre el pueblo que, de tal consentimiento y unidad, se separara y dividiera facciosamente.
XXII. El enojo de los niños, simples balbuceos; almas desdichadas sosteniendo cuerpos muertos, para que no caigan tan pronto: así como se dice en esa común canción fúnebre.
XXIII. Ve a la calidad de la causa de la que procede el efecto. Obsérvala por sí misma, desnuda y separada de todo lo material. Luego considera los límites máximos de tiempo que esa causa, así calificada, puede subsistir y permanecer.
XXIV. Incontables son los problemas y miserias que ya has sufrido, solo por esto: porque para toda felicidad no te bastó, o porque no consideraste suficiente felicidad que tu entendimiento operara conforme a su constitución natural.
XXV. Cuando alguien te acuse falsamente, te reproche con odio, o se comporte de cualquier modo similar contigo, dirígete de inmediato a sus mentes y entendimientos, obsérvalos y mira qué clase de personas son. Verás que no hay motivo para que te preocupe lo que tales personas piensen de ti. Sin embargo, debes amarlos todavía, porque por naturaleza son tus semejantes. Y los mismos dioses, en aquellas cosas que buscan de ellos como asuntos de gran importancia, están bien dispuestos, de todas las maneras, como por sueños y oráculos, a ayudarlos tanto como a otros.
XXVI. Arriba y abajo, de una época a otra, van las cosas ordinarias del mundo; siendo siempre las mismas. Y de cada cosa en particular, antes de que suceda, la mente del universo la considera y delibera consigo misma: y si es así, entonces sométete con humildad a la determinación de tan excelente entendimiento; o bien, de una vez por todas, resolvió sobre todas las cosas en general; y desde entonces, todo lo que ocurre, sucede por una consecuencia necesaria, y todas las cosas, de alguna manera, se mantienen indivisibles e inseparables unas de otras. En resumen, o hay un Dios, y entonces todo está bien; o si todo sucede por azar y fortuna, aún puedes usar tu propia providencia en aquellas cosas que te conciernen propiamente; y entonces también estarás bien.
XXVII. Dentro de poco la tierra nos cubrirá a todos, y luego ella misma tendrá su cambio. Y entonces el curso será, de un período de la eternidad a otro, y así una perpetua eternidad. Ahora bien, ¿puede alguien que considere en su mente los diversos giros o sucesiones de tantos cambios y alteraciones, y la rapidez de todos estos movimientos, hacer otra cosa que despreciar en su corazón y menospreciar todas las cosas mundanas? La causa del universo es como un torrente poderoso, que arrastra todo consigo.
XXVIII. Y estos políticos declarados, los únicos verdaderos filósofos prácticos del mundo (según ellos mismos piensan), tan llenos de gravedad afectada, o tan declarados amantes de la virtud y la honestidad, ¿qué miserables son en realidad; cuán viles y despreciables en sí mismos? ¡Oh hombre! ¿Por qué tanto alboroto? Haz lo que tu naturaleza te exige ahora. Decídelo, si puedes; y no te preocupes si alguien lo sabrá o no. Sí, pero dices, no debo esperar la república de Platón. Si progresan aunque sea un poco, debo estar contento; y valorar incluso ese pequeño avance. ¿Acaso alguno de ellos abandona sus antiguas opiniones erróneas para que yo piense que progresan? Porque sin un cambio de opiniones, ¡ay!, ¿qué es toda esa ostentación sino mera miseria de mentes esclavas, que gimen en privado y aun así quieren aparentar obediencia a la razón y la verdad? Anda, cuéntame ahora de Alejandro y Filipo, y Demetrio de Falero. Si entendieron lo que la naturaleza común requiere, y pudieron gobernarse a sí mismos o no, ellos lo saben mejor que nadie. Pero si llevaron una vida y se jactaron; yo (gracias a Dios) no estoy obligado a imitarlos. El efecto de la verdadera filosofía es la sencillez y modestia sin afectación. No me persuadas de ostentación y vanagloria.
XXIX. Desde algún lugar elevado, como si miraras hacia abajo, y vieras aquí rebaños, y allá sacrificios, sin número; y todo tipo de navegación; algunos en un mar agitado y tormentoso, y otros en calma: las diferencias generales, o los distintos estados de las cosas, algunos que apenas están surgiendo; las diversas y mutuas relaciones de las cosas que existen juntas; y otras cosas que están llegando a su fin. También debes considerar en tu mente las vidas de quienes vivieron hace mucho tiempo, y las de quienes vivirán después, y la situación presente y la vida de tantas naciones de bárbaros que ahora existen en el mundo. Y cuántos hay que ni siquiera han oído tu nombre, cuántos que pronto lo olvidarán; cuántos que hasta hace poco te elogiaban, y en muy poco tiempo tal vez hablarán mal de ti. Así que ni la fama, ni el honor, ni nada más que este mundo ofrece, vale la pena. La conclusión de todo: acepta con contento todo lo que te suceda, si Dios es la causa; y todo lo que tú hagas, siendo tú mismo la causa, hazlo con justicia; lo cual será así si tanto en tu resolución como en tu acción no tienes otro fin que hacer el bien a los demás, ya que por tu constitución natural, como ser humano, estás obligado a ello.
XXX. Muchas de las cosas que te preocupan y te oprimen, está en tu poder eliminarlas, pues dependen totalmente de simples ideas y opiniones; y entonces tendrás suficiente espacio.
XXXI. Comprender el mundo entero en tu mente, y representarte todo el curso de esta época presente, y fijar tus pensamientos en el cambio repentino de cada objeto particular. Qué corto es el tiempo desde la generación de cualquier cosa hasta su disolución; pero cuán inmenso e infinito es tanto lo que fue antes de su generación, como lo que será después de ella. Todas las cosas que ves pronto perecerán, y quienes presencian su corrupción también desaparecerán pronto. El que muere a los cien años y el que muere joven, llegarán al mismo fin.
XXXII. ¿Cómo son sus mentes y entendimientos; y a qué cosas se dedican? ¿Qué aman y qué odian? Imagina para ti mismo el estado de sus almas, como si pudieras verlo abiertamente. Cuando creen que dañan gravemente a quienes hablan mal de ellos; y cuando piensan que hacen un gran favor a quienes elogian y exaltan: ¡cuán llenos están entonces de ideas y opiniones!
XXXIII. La pérdida y la corrupción, en realidad, no son otra cosa que cambio y alteración; y eso es lo que más deleita a la naturaleza del universo, por lo cual, y conforme a lo cual, todo lo que se hace, está bien hecho. Porque ese fue el estado de las cosas del mundo desde el principio, y así será siempre. ¿O preferirías decir que todas las cosas en el mundo han ido mal desde el principio durante tantas edades, y siempre irán mal? ¿Y entonces, entre tantas deidades, no se ha podido encontrar hasta ahora ningún poder divino que pudiera rectificar las cosas del mundo? ¿O está el mundo condenado para siempre a incesantes males y miserias?
XXXIV. ¡Qué viles y putrefactas son todas las cosas comunes! Agua, polvo, y de la mezcla de estos, huesos, y toda esa materia repugnante de la que se componen nuestros cuerpos: tan propensos a infectarse y corromperse. Y de nuevo, esas otras cosas tan apreciadas y admiradas, como las piedras de mármol, ¿qué son sino como los núcleos de la tierra? el oro y la plata, ¿qué son sino como los desechos más burdos de la tierra? Tu atuendo más regio, en cuanto a materia, no es más que el pelo de una simple oveja, y en cuanto a color, la sangre de un molusco; de esta naturaleza son todas las demás cosas. Tu vida misma es algo similar también; una simple exhalación de sangre: y también está dispuesta a transformarse en cualquier otra cosa común.
XXXV. ¿No tendrá fin esta queja, este murmullo, este lamento y disimulo? ¿Qué es entonces lo que te preocupa? ¿Te sucede algo nuevo? ¿Por qué te asombras tanto? ¿De la causa, o de la materia? Mira, cada una por sí misma, ¿es realmente de tanto peso e importancia? Y aparte de esto, no hay nada más. Pero tu deber hacia los dioses también, ya es tiempo de que lo cumplas con mayor bondad y sencillez.
XXXVI. Es lo mismo ver estas cosas durante cien años seguidos que durante solo tres años.
XXXVII. Si él ha pecado, el daño es suyo, no mío. Pero tal vez no lo ha hecho.
XXXVIII. O bien todas las cosas suceden a cada uno por la providencia de la razón, como parte de un solo cuerpo general; y entonces es contrario a la razón que una parte se queje de algo que sucede para el bien del todo; o si, según Epicuro, los átomos son la causa de todas las cosas y la vida no es más que una confusión accidental de cosas, y la muerte no es más que una simple dispersión, y así con todo lo demás: ¿por qué te preocupas?
XXXIX. ¿Le dices a esa parte racional: Estás muerta; la corrupción se ha apoderado de ti? ¿Acaso también expulsa excrementos? ¿Pasta o se alimenta como los bueyes o las ovejas, para que también deba ser mortal, igual que el cuerpo?
XL. O los dioses no pueden hacer nada por nosotros en absoluto, o pueden calmar y apaciguar todas las distracciones y perturbaciones de tu mente. Si no pueden hacer nada, ¿por qué rezas? Si pueden, ¿por qué no prefieres rezar para que te concedan no temer ni desear ninguna de esas cosas mundanas que causan esas distracciones y perturbaciones? ¿Por qué no pedir más bien que ni su ausencia ni su presencia te causen dolor o descontento, en vez de pedir obtenerlas o evitarlas? Porque, sin duda, si los dioses pueden ayudarnos en algo, también pueden hacerlo en esto. Pero tal vez digas: “En esas cosas los dioses me han dado libertad, y está en mi poder hacer lo que quiera.” Pero si puedes usar esa libertad para dar verdadera libertad a tu mente, en vez de, con bajeza y servilismo, aferrarte a cosas que ni obtener ni evitar está en tu poder, ¿no sería mejor? Y en cuanto a los dioses, ¿quién te ha dicho que no pueden ayudarnos incluso en aquellas cosas que han puesto en nuestro propio poder? Si es así o no, pronto lo percibirás si te pruebas a ti mismo y rezas. Uno reza para lograr su deseo de yacer con tal o cual persona; tú reza para no desear yacer con ella. Otro reza para librarse de alguien; tú reza para soportarlo con paciencia, de modo que no necesites desear librarte de él. Otro, para no perder a su hijo. Tú reza para no temer perderlo. Que toda tu oración tenga este fin y propósito, y observa cuál será el resultado.
XLI. “En mi enfermedad” (dice Epicuro de sí mismo): “mis discursos no trataban sobre la naturaleza de mi dolencia, ni ese era el tema de mi conversación con quienes venían a visitarme; sino que toda mi atención y tiempo los dedicaba a la consideración y contemplación de aquello que era de especial peso e importancia, y entre otras cosas, a cómo mi mente, participando en cierta medida, por una simpatía natural e inevitable, de la indisposición presente de mi cuerpo, podía, sin embargo, mantenerse libre de turbación y en posesión de su propia felicidad. Tampoco dejé el cuidado de mi cuerpo enteramente a los médicos, para que hicieran conmigo lo que quisieran, como si esperara algo grande de ellos, o como si pensara que era de tanta importancia recuperar la salud por sus medios: pues mi estado presente, me parecía muy bien y me daba buen contento.” Por tanto, ya sea en la enfermedad (si llegas a enfermar) o en cualquier otra clase de extremidad, procura también tú que tu mente se afecte como él relata de sí mismo: no apartarte de tu filosofía por nada que te suceda, ni escuchar los discursos de gente necia y meros naturalistas.
XLII. Es común a todos los oficios y profesiones atender y ocuparse únicamente de aquello en lo que están trabajando en ese momento, y del instrumento con el que trabajan.
XLIII. Cuando en algún momento te ofendas por la desvergüenza de alguien, hazte enseguida esta pregunta: “¿Qué? ¿Es posible acaso que no haya hombres desvergonzados en el mundo? Ciertamente no es posible.” No desees, entonces, lo que es imposible. Pues este, quienquiera que sea, es uno de esos desvergonzados de los que el mundo no puede prescindir. Lo mismo respecto a los sutiles y astutos, a los pérfidos, y a cualquiera que ofenda: siempre debes estar listo para razonar así contigo mismo. Porque mientras razones en general que esa clase de personas necesariamente existe en el mundo, estarás mejor dispuesto a mostrar mansedumbre hacia cada caso particular. También te será muy útil, en cada ocasión así, considerar enseguida qué virtud propia ha dado la naturaleza al hombre contra ese vicio, o para enfrentar una disposición viciosa de ese tipo. Por ejemplo, contra el desagradecido, ha dado la bondad y la mansedumbre como antídoto, y contra otro vicioso en otro sentido, alguna otra facultad peculiar. Y en general, ¿no está en tu poder instruir mejor al que yerra? Porque quien peca, se aparta de su fin propuesto y ciertamente está engañado. Y además, ¿en qué te perjudica su pecado? Pues no encontrarás que ninguno de aquellos contra quienes te irritas haya hecho realmente algo por lo que tu mente (el único verdadero sujeto de daño y mal) pueda empeorar. ¿Y qué motivo de dolor o asombro hay en que el ignorante haga lo propio de un ignorante? ¿No deberías más bien culparte a ti mismo, que, teniendo buenas razones para pensar que tal cosa era muy probable que ocurriera con tal persona, no solo no lo previniste, sino que además te asombras de que haya sucedido? Pero especialmente, cuando critiques a un desagradecido o a un falso, debes reflexionar sobre ti mismo. Porque, sin duda, tú mismo eres muy culpable si, de alguien con tal disposición, esperabas que te fuera fiel; o si, al hacer un favor a alguien, no pusiste ahí el límite de tus pensamientos, como quien ha alcanzado su fin, ni pensaste que en la acción misma habías recibido la recompensa completa del bien que hiciste. ¿Qué más querrías? A un hombre le has hecho un bien: ¿no te basta eso? Lo que tu naturaleza requería, eso has hecho. ¿Debes ser recompensado por ello? Como si el ojo, por ver, o los pies, por andar, debieran exigir recompensa. Pues así como estos, destinados por naturaleza a tal uso, no pueden reclamar más que el poder funcionar según su constitución natural, así el hombre, nacido para hacer el bien a otros, siempre que hace un bien real a alguien, ayudándolo a salir del error, o aunque sea en cosas intermedias, como riqueza, vida, posición y similares, ayuda a satisfacer sus deseos, hace aquello para lo que fue creado y, por tanto, no puede exigir más.

