Meditaciones · Marcus Aurelius

LIBRO DÉCIMO

Capítulo 11 de 13 · 22 min de lectura

I. Oh, alma mía, confío en que llegará el momento en que seas buena, sencilla, íntegra, más abierta y visible que ese cuerpo que te encierra. Algún día sentirás la dicha de aquellos cuyo fin es el amor y cuyos afectos están muertos para todas las cosas mundanas. Algún día estarás plena y no necesitarás nada externo: no buscarás placer en nada, ni en seres vivos ni en cosas inanimadas que este mundo pueda ofrecer; tampoco necesitarás tiempo para prolongar tu placer, ni lugar u oportunidad, ni el favor del clima ni de los hombres. Cuando encuentres satisfacción en tu estado presente, y todo lo presente sume a tu contento; cuando te persuadas de que lo tienes todo, todo para tu bien y todo por la providencia de los dioses; y respecto a lo futuro, tengas la misma confianza de que todo irá bien, pues todo tiende a la conservación y mantenimiento, en cierto modo, de su perfecto bienestar y felicidad, de aquel que es perfección de vida, bondad y belleza; que engendra todas las cosas, las contiene en sí mismo y en sí mismo las recoge de todos los lugares donde se disuelven, para de ellas engendrar otras semejantes. Así será algún día tu disposición, que serás capaz, tanto respecto a los dioses como a los hombres, de ordenar tu conducta de modo que nunca te quejes de ellos por nada de lo que hagan, ni hagas tú nada por lo que justamente puedas ser condenado.

II. Como alguien completamente guiado por la naturaleza, cuida de observar qué es lo que tu naturaleza en general requiere. Una vez hecho esto, si no encuentras que tu naturaleza, en cuanto ser vivo y sensible, se vea perjudicada por ello, puedes proceder. Luego debes examinar qué requiere tu naturaleza como ser vivo y sensible. Y eso, sea lo que sea, puedes aceptarlo y hacerlo, si tu naturaleza como ser vivo racional no se ve perjudicada por ello. Ahora bien, todo lo que es razonable, también es sociable. Mantente fiel a estas reglas y no te preocupes por cosas vanas.

III. Todo lo que te suceda, por tu constitución natural, eres capaz o no de soportarlo. Si eres capaz, no te ofendas, sino sopórtalo según tu constitución natural, o como la naturaleza te ha capacitado. Si no eres capaz, no te ofendas. Porque pronto pondrá fin a ti y a sí mismo (sea lo que sea), y terminará contigo al mismo tiempo. Pero recuerda que todo lo que, por la fuerza de la opinión, basada en una comprensión cierta tanto del verdadero provecho como del deber, puedas considerar tolerable; eso eres capaz de soportarlo por tu constitución natural.

IV. Al que ofende, enséñale con amor y mansedumbre, y muéstrale su error. Pero si no puedes, entonces culpa a ti mismo; o más bien, ni siquiera a ti mismo, si no te han faltado la voluntad y los esfuerzos.

V. Sea lo que sea lo que te suceda, es aquello que desde siempre te fue destinado. Pues por la misma coherencia de causas por la que tu sustancia fue determinada desde la eternidad, también fue destinado y designado todo lo que habría de sucederle.

VI. O bien, con Epicuro, debemos imaginar ingenuamente que los átomos son la causa de todas las cosas, o debemos necesariamente admitir una naturaleza. Que este sea entonces tu primer fundamento: que eres parte de ese universo, que es gobernado por la naturaleza. Luego, en segundo lugar, que tienes parentesco con aquellas partes que son de la misma clase y naturaleza que tú. Pues si siempre tengo presente esto, primero, como soy una parte, nunca me disgustaré por nada que me toque en suerte de los azares comunes del mundo. Porque nada de lo que es útil para el todo puede ser verdaderamente perjudicial para lo que es parte de él. Pues este es el privilegio común de todas las naturalezas: que no contienen en sí mismas nada que les sea dañino; no puede ser que la naturaleza del universo (cuyo privilegio, por encima de otras naturalezas particulares, es que no puede ser forzada contra su voluntad por ninguna causa externa superior) engendre algo y lo albergue en su seno que tienda a su propio daño y perjuicio. Así pues, si tengo presente que soy parte de tal universo, no me disgustaré por nada que suceda. Y como tengo parentesco con aquellas partes que son de la misma clase y naturaleza que yo, así tendré cuidado de no hacer nada que perjudique a la comunidad, sino que en todas mis deliberaciones estarán siempre presentes aquellos que son de mi especie; y el bien común será aquello a lo que todas mis intenciones y resoluciones se dirijan, y lo contrario a ello procuraré evitarlo por todos los medios. Una vez fijadas y concluidas estas cosas, así como considerarías feliz a un ciudadano cuya constante preocupación y práctica fueran el bien y beneficio de sus conciudadanos, y la disposición de la ciudad hacia él fuera tal que se sintiera complacido, así también debe ser contigo, para que vivas una vida feliz.

VII. Todas las partes del mundo (quiero decir, todas las cosas que están contenidas en el mundo entero) deben, por necesidad, llegar alguna vez a la corrupción. Alteración debería decir, para hablar con verdad y propiedad; pero para ser mejor entendido, me conformo por ahora con usar esa palabra más común. Ahora bien, digo yo, si esto fuera tanto dañino para ellas como inevitable, ¿no crees que el todo mismo estaría en una situación lamentable, siendo todas sus partes sujetas a la alteración, y por su misma constitución hechas para la corrupción, al estar compuestas de cosas diferentes y contrarias? ¿Y acaso la naturaleza, por sí misma, proyectó y dispuso así la aflicción y miseria de sus partes, y por ello las hizo de tal manera, no solo para que quizá, sino para que necesariamente cayeran en el mal; o acaso no sabía lo que hacía cuando las creó? Porque cualquiera de estas dos afirmaciones es igualmente absurda. Pero dejando de lado la naturaleza en general, y razonando sobre las cosas particulares según sus propias naturalezas, ¿qué absurdo y ridículo es decir primero que todas las partes del todo, por su constitución natural, están sujetas a la alteración, y luego, cuando algo así sucede, como cuando alguien enferma y muere, lamentarse y asombrarse como si algo extraño hubiera ocurrido? Aunque esto además podría mover a no afligirse tanto cuando algo así sucede, pues todo lo que se disuelve, se disuelve en aquellos elementos de los que estaba compuesto. Porque toda disolución es o una simple dispersión de los elementos en aquellos mismos elementos de los que todo consistía, o un cambio de lo más sólido en tierra, y de lo puro y sutil o espiritual, en aire. Así que, de este modo, nada se pierde, sino que todo es retomado por esas semillas racionales generadoras del universo; y este universo, o después de cierto periodo de tiempo quedará consumido por el fuego, o por cambios continuos será renovado y así perdurará para siempre. Ahora bien, eso sólido y espiritual de lo que hablamos, no debes concebirlo como aquello mismo que era cuando naciste. ¡Pues qué! Todo lo que ahora eres, en cualquiera de sus aspectos, ya sea en materia de sustancia o de vida, ha recibido toda su afluencia hace apenas dos o tres días, en parte de los alimentos ingeridos y en parte del aire respirado, siendo así lo mismo solo en el sentido en que un río que fluye, mantenido por el constante influjo y nuevo aporte de aguas, es el mismo. Por tanto, lo que has recibido desde entonces, no lo que vino de tu madre, es lo que llega a la alteración y corrupción. Pero supón que, en cuanto a la sustancia general y la parte más sólida de ella, se mantuviera unida a ti por siempre, ¿qué es eso respecto a las cualidades y afecciones propias de ella, por las que las personas se distinguen, que ciertamente son completamente diferentes?

VIII. Ahora que has adoptado estos nombres para ti: bueno, modesto, veraz; de ἔμφρων, σύμφρων, ὑπέρφρων; cuida de no hacer nunca nada contrario a ellos, no sea que seas llamado así impropiamente y pierdas tu derecho a esos apelativos. O si lo haces, vuelve a ellos de nuevo con toda la rapidez posible. Y recuerda que la palabra ἔμφρων te indica una consideración atenta e inteligente de cada objeto que se te presente, sin distracción. Y la palabra σύμφρων, una aceptación pronta y contenta de todo lo que, por disposición de la naturaleza común, te suceda. Y la palabra ὑπέρφρων, una disposición de tu mente que se extiende más allá, trascendente, que supera todos los dolores y placeres corporales, el honor y el crédito, la muerte y todo lo que sea de la misma naturaleza, considerándolos asuntos de absoluta indiferencia, y en modo alguno dignos de ser valorados por un hombre sabio. Si observas esto inviolablemente, y no eres ambicioso de que otros te llamen así, tú mismo te convertirás en un hombre nuevo y comenzarás una nueva vida. Porque continuar como has sido hasta ahora, soportando esas distracciones y desórdenes que necesariamente acompañan una vida como la que has llevado, es propio de alguien muy necio y demasiado apegado a su vida. A quien se podría comparar con uno de esos desdichados medio devorados, enfrentados en el anfiteatro a las fieras; que, cubiertos de heridas y sangre, piden como gran favor ser reservados para el día siguiente, para ser expuestos de nuevo en el mismo estado a las mismas garras y dientes. Aléjate, pues, embárcate; y de los problemas y distracciones de tu vida anterior trasládalo todo a estos pocos nombres; y si puedes permanecer en ellos, o ser constante en su práctica y posesión, permanece allí tan feliz y gozoso como quien ha sido trasladado a un lugar de dicha y felicidad como el que Hesíodo y Platón llaman las Islas de los Bienaventurados, y otros los Campos Elíseos. Y siempre que te encuentres en peligro de recaer, y que no puedas dominar y superar las dificultades y tentaciones que se te presenten en tu situación actual: retírate a cualquier rincón privado donde puedas estar mejor. O si eso no basta, abandona incluso tu vida antes. Pero que no sea por pasión, sino de manera voluntaria y modesta: siendo esta la única acción digna de elogio de toda tu vida, que así te hayas marchado, o que este haya sido el principal trabajo y ocupación de tu vida, que pudieras partir así. Para recordar mejor esos nombres de los que hemos hablado, encontrarás de gran ayuda recordar a los dioses tan a menudo como puedas: y que lo que ellos requieren de nosotros, los que somos por naturaleza seres racionales, no es que con bellas palabras y muestras externas de piedad y devoción los adulamos, sino que nos volvamos semejantes a ellos: y que, como todas las demás criaturas naturales, la higuera, el perro, la abeja, hacen y se aplican a aquello que por su constitución natural les es propio; así también el hombre debe hacer aquello que por su naturaleza, como hombre, le corresponde.

IX. Juguetes y necedades en casa, guerras fuera: a veces terror, a veces letargo o pereza estúpida: esta es tu esclavitud diaria. Poco a poco, si no prestas mejor atención, esos dogmas sagrados serán borrados de tu mente. ¿Cuántas cosas hay que, cuando las has considerado solo como naturalista, según su naturaleza, dejas pasar sin mayor provecho? Cuando deberías, en todas las cosas, unir acción y contemplación, de modo que puedas atender a todas las ocasiones presentes para cumplir todo debida y cuidadosamente, y aun así dedicarte a la parte contemplativa, para que no se pierda nada del deleite y placer que el conocimiento contemplativo de cada cosa según su verdadera naturaleza proporciona por sí mismo. O bien, que el verdadero conocimiento contemplativo de cada cosa según su propia naturaleza, pueda por sí solo (ya que la acción está sujeta a muchos obstáculos e impedimentos) brindarte suficiente placer y felicidad. No es aparente, en verdad, pero tampoco está oculto. ¿Y cuándo alcanzarás la felicidad de la verdadera sencillez y gravedad sin afectación? ¿Cuándo te alegrarás en el conocimiento certero de cada objeto particular según su verdadera naturaleza: cuál es su materia y sustancia; para qué sirve en el mundo; cuánto tiempo puede subsistir; de qué cosas se compone; quiénes pueden recibirlo, y quiénes pueden darlo o quitarlo?

X. Así como la araña, cuando ha atrapado la mosca que perseguía, no se siente poco orgullosa ni tiene una baja opinión de sí misma; como aquel que ha atrapado una liebre, o ha pescado un pez con su red; como otro por cazar un jabalí, y otro un oso: así pueden ellos sentirse orgullosos y alabarse a sí mismos por sus valientes hazañas contra los sármatas o las naciones del norte recientemente derrotadas. Porque estos también, estos famosos soldados y hombres belicosos, si miras en sus mentes y opiniones, ¿qué hacen en su mayoría sino cazar presas?

XI. Busca y establece para ti mismo algún método y camino cierto de contemplación, por el cual puedas discernir claramente y representarte el cambio mutuo de todas las cosas, unas en otras. Tenlo siempre presente en tu mente, y asegúrate de ejercitarte bien en esto. Porque no hay nada más eficaz para engendrar verdadera magnanimidad.

XII. Se ha liberado de los lazos de su cuerpo, y al percibir que en muy poco tiempo debe necesariamente despedirse del mundo y dejar todas estas cosas atrás, se dedicó por completo, tanto a la rectitud en todas sus acciones, como a la naturaleza común en todo lo que le sucediera. Y contentándose con estas dos cosas, hacer todo justamente y aceptar con agrado todo lo que Dios envíe: no se preocupa en lo más mínimo por lo que otros digan o piensen de él, o por lo que hagan contra él. Seguir rectamente hacia donde la razón y la justicia lo guíen, y al hacerlo seguir a Dios, era lo único que le importaba, su único negocio y ocupación.

XIII. ¿De qué sirve la sospecha? ¿O por qué deberían las ideas de desconfianza y sospecha sobre el futuro perturbar tu mente? Lo que ahora hay que hacer, si puedes indagarlo y buscarlo, ¿para qué preocuparte por más? Y si eres capaz de percibirlo por ti mismo, que nadie te desvíe de ello. Pero si solo no lo percibes tan bien, suspende tu acción y consulta a los mejores. Y si hay algo más que te lo impida, procede con prudencia y discreción, según la ocasión y oportunidad presentes, proponiéndote siempre aquello que consideres más justo y correcto. Porque acertar en eso, y tener éxito en su prosecución, debe ser la felicidad, ya que es lo único en lo que realmente podemos fallar o errar.

XIV. ¿Qué es aquello que es lento y, sin embargo, rápido? ¿Alegre y, sin embargo, grave? Aquel que en todas las cosas sigue la razón como su guía.

XV. Por la mañana, tan pronto como despiertes, cuando tu juicio, antes de que tus afectos u objetos externos hayan influido en él, aún es más libre e imparcial: hazte esta pregunta, si el hecho de que lo correcto y justo se haga, ya sea por ti mismo o por otros cuando tú no puedas, es algo importante o no. Porque ciertamente no lo es. Y en cuanto a aquellos que llevan tal vida y se preocupan tanto por los elogios o críticas de los demás, ¿has olvidado qué clase de personas son? Tales y tales en sus camas, y tales en su mesa: cuáles son sus acciones ordinarias, qué persiguen y de qué huyen: qué robos y rapiñas cometen, si no con sus manos y pies, sí con esa parte más preciosa suya, sus mentes: que, si las dejaran, podrían disfrutar de fe, modestia, verdad, justicia, un buen espíritu.

XVI. Da lo que quieras, y quita lo que quieras, dice aquel que está bien instruido y es verdaderamente modesto, a Aquel que da y quita. Y no lo dice por una resolución obstinada y tajante, sino por puro amor y humilde sumisión.

XVII. Vive tan indiferente al mundo y a todos los objetos mundanos como quien vive solo en alguna colina desierta. Porque ya sea aquí o allá, si el mundo entero es como una sola ciudad, poco importa el lugar. Que vean y contemplen a un hombre, que es verdaderamente hombre, viviendo según la verdadera naturaleza del hombre. Si no pueden soportarme, que me maten. Porque mejor sería morir, que vivir como ellos quisieran que vivieras.

XVIII. No sigas discutiendo ni hablando sobre cuáles son las señales y cualidades de un hombre bueno, sino esfuérzate realmente en serlo.

XIX. Representa siempre ante ti mismo, y ten presente, tanto la edad y el tiempo general del mundo, como toda su sustancia. Y cómo todas las cosas particulares, en comparación con esto, son en cuanto a su sustancia como una de las semillas más pequeñas que existen; y en cuanto a su duración, como el giro de un mortero en el almirez. Luego fija tu mente en cada objeto particular del mundo y concíbelo (como en verdad es) como si ya estuviera en estado de disolución y cambio; tendiendo a algún tipo de putrefacción o dispersión, o lo que sea que constituya la muerte de cada cosa según su especie.

XX. Obsérvalos a través de todas las acciones y ocupaciones de sus vidas: cuando comen, cuando duermen, cuando realizan sus necesidades, y cuando se entregan al deseo. También, cuando están en su mayor exaltación y en medio de toda su pompa y gloria; o cuando, enojados y disgustados, en gran estado y majestad, como desde un lugar elevado, reprenden y censuran. Qué bajos y serviles, hace apenas un momento, tuvieron que ser para llegar a esto; y en muy poco tiempo, ¿cuál será su estado cuando la muerte los haya alcanzado?

XXI. Lo mejor para cada uno es aquello que la naturaleza común de todos envía a cada uno, y es mejor precisamente cuando ella lo envía.

XXII. La tierra, dice el poeta, a menudo anhela la lluvia. Así también el glorioso cielo desea caer sobre la tierra, lo que indica una especie de amor mutuo entre ambos. Y así (digo yo) el mundo siente cierto afecto de amor por todo lo que ha de suceder. Con tus afectos, los míos coincidirán, oh mundo. El mismo (y no otro) será el objeto de mi deseo, que es el tuyo. Ahora bien, que el mundo ama es cierto, así se dice y se reconoce comúnmente, cuando, según la frase griega imitada por los latinos, de las cosas que suelen ser, decimos que aman ser.

XXIII. O bien continúas en este tipo de vida, y eso es lo que por tanto tiempo has acostumbrado y por tanto es tolerable; o te retiras o dejas el mundo, y eso por tu propia voluntad, y entonces tienes lo que deseas; o tu vida es cortada, y entonces puedes alegrarte de haber terminado tu tarea. Una de estas cosas debe suceder necesariamente. Por lo tanto, anímate.

XXIV. Que te sea siempre claro y evidente que la soledad y los lugares desiertos, tan estimados y buscados por muchos filósofos, son en sí mismos solo esto o aquello; y que todas las cosas son iguales para quienes viven en ciudades y conviven con otros, pues la misma naturaleza puede verse y observarse en todas partes: para quienes se han retirado a la cima de las montañas, a puertos desiertos, o a cualquier otro lugar despoblado. Porque en cualquier parte, si lo deseas, puedes encontrar y aplicar a ti mismo lo que Platón dice de su filósofo, en un lugar: tan privado y retirado, dice, como si estuviera encerrado en la cabaña de un pastor en la cima de una colina. Allí, solo, hazte estas preguntas o entra en estas reflexiones: ¿Cuál es mi parte principal y fundamental, la que tiene poder sobre el resto? ¿Cuál es ahora su estado, según la uso? ¿En qué la empleo? ¿Está ahora vacía de razón o no? ¿Es libre y separada, o tan unida y solidificada con la carne que es arrastrada por sus movimientos e inclinaciones?

XXV. El que huye de su amo es un fugitivo. Pero la ley es el amo de todo hombre. Por lo tanto, quien abandona la ley es un fugitivo. Así también lo es cualquiera que se entristece, se enoja o teme por algo que ha sido, es o será por disposición de quien es el Señor y Gobernador del universo. Porque él es verdaderamente y con propiedad Νόμος, o la ley, como el único νέμων, o distribuidor y dispensador de todo lo que sucede a cada uno en su vida. Por tanto, quien se entristece, se enoja o teme, es un fugitivo.

XXVI. Del hombre proviene la semilla, que una vez depositada en el vientre, el hombre ya no tiene nada más que hacer con ella. Otra causa interviene y asume el trabajo, y con el tiempo lleva a la perfección a un niño (¡ese maravilloso resultado de un comienzo tan pequeño!). De igual modo, el hombre introduce alimento por su garganta; y una vez dentro, ya no tiene nada más que hacer con él. Otra causa interviene y distribuye ese alimento en los sentidos y las emociones, en la vida y en la fuerza; y hace con él esas otras muchas y maravillosas cosas que corresponden al hombre. Por tanto, debes acostumbrarte a contemplar estas cosas que se realizan de manera tan secreta e invisible; y no solo las cosas mismas, sino también el poder por el cual se efectúan; para que puedas contemplarlo, aunque no con los ojos del cuerpo, sí tan claramente como puedes ver y discernir la causa eficiente externa de la depresión y elevación de cualquier cosa.

XXVII. Ten siempre presente y considera contigo mismo cómo todas las cosas que ahora existen, han sido antes de manera muy parecida, y así también serán las que vendrán. Además, escenas completas y uniformes, o escenas que comprenden las vidas y acciones de hombres de una misma profesión, tantas como hayas conocido por experiencia propia o por la lectura de historias antiguas; (como toda la corte de Adriano, la de Antonino Pío, la de Filipo, la de Alejandro, la de Creso): ponlas todas ante tus ojos. Porque verás que todas son de un mismo tipo y forma: solo que los actores eran otros.

XXVIII. Imagina que cada uno que se lamenta por cualquier cosa mundana y se descompone, es como un cerdo que grita y se revuelca cuando le cortan la garganta. Así es también aquel que, solo en su cama, se lamenta por las miserias de esta vida mortal. Y recuerda esto: solo a las criaturas racionales se les concede someterse voluntaria y libremente a la Providencia; pero someterse absolutamente es una necesidad impuesta por igual a todas las criaturas.

XXIX. Sea lo que sea que vayas a hacer, considéralo por ti mismo y pregúntate: ¿Qué? ¿Porque no podré hacer esto más cuando muera, debería por eso parecerme la muerte algo terrible?

XXX. Cuando te ofendas por la falta de alguien, reflexiona de inmediato sobre ti mismo y considera de qué eres tú culpable en el mismo sentido. Como que acaso también piensas que es una felicidad ser rico, vivir en el placer, o ser elogiado y alabado, y así con el resto en particular. Si recuerdas esto, pronto olvidarás tu enojo; especialmente cuando al mismo tiempo recuerdes que él fue forzado por su error e ignorancia a actuar así: ¿cómo podría actuar de otra manera mientras mantenga esa opinión? Haz tú, si puedes, que desaparezca de él aquello que lo obliga a actuar como lo hace.

XXXI. Cuando veas a Satyro, piensa en Socrático y Eutiques, o Himeneo; y cuando veas a Eufrates, piensa en Eutiquio y Silvano; cuando a Alcífron, en Trofeóforo; cuando a Jenofonte, en Critón o Severo. Y cuando te mires a ti mismo, imagina a alguno de los Césares; y así para cada uno, a alguien que haya sido en posición y profesión semejante a él. Entonces, que venga a tu mente al mismo tiempo: ¿y dónde están ahora todos ellos? ¿En ninguna parte o en alguna parte? Así podrás percibir siempre que todas las cosas mundanas son como el humo que se desvanece, o, en verdad, nada. Especialmente cuando recuerdes también que todo lo que una vez cambia, nunca volverá a ser como fue mientras dure el mundo. ¿Y tú, cuánto tiempo durarás? ¿Y por qué no te basta, si puedes pasar virtuosa y dignamente ese poco tiempo que te ha sido concedido?

XXXII. Qué asunto y qué modo de vida es ese del que tanto deseas librarte. Porque todas estas cosas, ¿qué son sino objetos adecuados para que una mente que contempla todo según su verdadera naturaleza, se ejercite en ellas? Sé paciente, entonces, hasta que (como un estómago fuerte que transforma todo en su propia naturaleza, y como un gran fuego que convierte en llama y luz todo lo que se le arroja) hayas hecho también familiares y casi naturales para ti estas cosas.

XXXIII. No permitas que nadie pueda decir con verdad de ti que no eres realmente sencillo, sincero, abierto o bueno. Que se engañe quienquiera que tenga tal opinión de ti. Porque todo esto depende de ti. ¿Quién podría impedirte ser verdaderamente sencillo o bueno? Decide, entonces, no vivir antes que dejar de ser así. Pues, en verdad, no es razonable que viva quien no es de esa manera. ¿Qué es, entonces, lo que en esta ocasión presente, según la mejor razón y discreción, puede decirse o hacerse? Sea lo que sea, está en tu poder hacerlo o decirlo, así que no busques pretextos como si estuvieras impedido. No dejarás de quejarte y lamentarte hasta que, lo que es placer para el voluptuoso, sea para ti hacer en cada situación lo que pueda hacerse conforme y de acuerdo con la verdadera naturaleza del hombre, o del hombre en cuanto tal. Debes considerar como placer aquello que puedas hacer según tu propia naturaleza. Y para esto, cualquier lugar te será adecuado. Al cilindro, o rodillo, no le es dado moverse en todas partes según su propio movimiento, ni al agua, ni al fuego, ni a ninguna otra cosa que sea meramente natural, o natural y sensitiva, pero no racional; pues muchas cosas pueden impedir sus operaciones. Pero la mente y el entendimiento tienen el privilegio propio de, conforme a su naturaleza y voluntad, poder atravesar cualquier obstáculo que encuentren y seguir siempre adelante. Así pues, teniendo presente esta felicidad y dicha de tu mente, por la cual es capaz de atravesar todas las cosas y de todos los movimientos, ya sea como el fuego hacia arriba, o como la piedra hacia abajo, o como el cilindro por la pendiente: conténtate con ello y no busques nada más. Porque todos los demás impedimentos que no afectan a tu mente, o son propios del cuerpo, o proceden solamente de la opinión, cuando la razón no resiste como debería, sino que se deja vencer de manera baja y cobarde; y por sí mismos no pueden herir ni dañar en absoluto. De lo contrario, necesariamente, quien se encuentre con alguno de ellos, se volvería peor de lo que era antes. Pues así sucede en todos los demás casos: se considera dañino aquello que empeora la condición de algo. Pero aquí, por el contrario, el hombre (si hace el buen uso que debe de esos impedimentos) se vuelve mejor y más digno de elogio por ellos. Recuerda, en general, que nada puede dañar a un ciudadano natural que no dañe a la ciudad misma, ni nada puede dañar a la ciudad que no dañe a la ley misma. Pero ninguna de estas eventualidades o impedimentos externos daña la ley en sí; ni son contrarios al curso de justicia y equidad por el que se mantienen las sociedades públicas: por tanto, tampoco dañan ni a la ciudad ni al ciudadano.

XXXIV. Así como el que ha sido mordido por un perro rabioso teme casi todo lo que ve, así también aquel a quien las doctrinas han mordido alguna vez, o en quien el verdadero conocimiento ha dejado huella, casi todo lo que ve o lee, por breve u ordinario que sea, le sirve de recordatorio para apartarlo de toda tristeza y temor, como aquel verso del poeta: 'El viento sopla sobre los árboles y sus hojas caen al suelo. Luego los árboles vuelven a brotar y en la primavera echan nuevas ramas. Así es la generación de los hombres; unos llegan al mundo y otros lo dejan.' Tus hijos son como esas hojas. Y también lo son quienes te aplauden tan gravemente, o quienes aclaman tus palabras con su habitual exclamación, ἀξιοπίστως, ¡Oh, qué sabiamente has hablado!, y hablan bien de ti; así como, por otro lado, quienes no dudan en maldecirte, quienes en secreto te critican y se burlan de ti, también son solo hojas. Y también lo son quienes vendrán después, en cuya memoria se conserva el nombre de los hombres famosos tras la muerte; ellos tampoco son más que hojas. Así sucede con todas las cosas del mundo. Llega su primavera y brotan. Luego sopla el viento y caen. Y en su lugar surgen otras, de la misma materia común de todas las cosas, semejantes a ellas. Pero durar solo un tiempo es común a todas. ¿Por qué entonces deberías buscar con tanto afán estas cosas o huir de ellas, como si fueran a durar para siempre? Dentro de poco, tus ojos se cerrarán, y quien te lleve a la tumba será llorado por otro poco después.

XXXV. Un buen ojo debe ser bueno para ver todo lo que hay que ver, y no solo las cosas verdes. Pues eso es propio de los ojos enfermos. Así también un buen oído y un buen olfato deben estar listos para todo lo que haya que oír o oler; y un buen estómago debe ser tan indiferente a cualquier alimento como la piedra de molino lo es a cualquier grano que deba moler. Así, una mente sana debe estar preparada para todo lo que suceda. Pero quien dice: ¡Ojalá vivan mis hijos! o ¡Ojalá todos me elogien por todo lo que hago!, es como un ojo que solo busca lo verde, o como dientes que solo buscan lo tierno.

XXXVI. No hay nadie tan afortunado en su muerte que no haya entre quienes lo rodean al morir, alguien dispuesto a alegrarse de su supuesta desgracia. ¿Se trata de alguien verdaderamente virtuoso y sabio? ¿No habrá quien piense para sí: 'Por fin me libraré de este pedagogo. No es que nos molestara mucho, pero sé bien que en su corazón nos desaprobaba'? Así hablarán de los virtuosos. Pero en cuanto a nosotros, ¡cuántas cosas hay por las que muchos desearían librarse de nosotros! Si piensas en esto cuando mueras, morirás más dispuesto, al pensar: Ahora me voy de un mundo en el que aquellos que han sido mis amigos y conocidos más cercanos, por quienes tanto he sufrido, por quienes tantas veces he rezado y de quienes tanto me he preocupado, incluso ellos desean mi muerte, esperando que después de ella vivirán más felices que antes. ¿Qué motivo tendría alguien para querer quedarse aquí más tiempo? Sin embargo, cuando mueras, no debes ser menos amable y afectuoso con ellos por eso; al contrario, míralos, sigue siendo su amigo, deséales el bien y compórtate con ellos con mansedumbre y gentileza, pero sin que esto te haga menos dispuesto a morir. Como sucede con quienes mueren de manera fácil y rápida, cuya alma se separa pronto de su cuerpo, así debe ser tu separación de ellos. La naturaleza me unió a ellos: ahora nos separa; estoy listo para partir, como de amigos y parientes, pero sin resistencia ni obligación. Porque esto también es conforme a la Naturaleza.

XXXVII. Acostúmbrate, siempre que veas a alguien hacer algo, a decirte enseguida (si es posible): ¿Cuál es el propósito de este hombre en esta acción? Pero comienza este ejercicio contigo mismo, y examina con diligencia todo lo que haces.

XXXVIII. Recuerda que lo que pone en acción a un hombre y tiene poder sobre sus afectos para atraerlos en una dirección u otra, no es propiamente ninguna cosa externa, sino aquello que está oculto en las doctrinas y opiniones de cada uno: eso es la retórica; eso es la vida; eso (hablando con verdad) es el hombre mismo. En cuanto a tu cuerpo, que como un recipiente o envoltura te rodea, y los muchos y curiosos instrumentos que tiene anexos, no dejes que perturben tus pensamientos. Porque por sí mismos no son más que el hacha del carpintero, salvo que nacen con nosotros y se nos adhieren naturalmente. Pero, de otro modo, sin la causa interior que tiene poder para moverlos y contenerlos, esas partes no nos son de más utilidad que la lanzadera al tejedor, la pluma al escritor o el látigo al cochero.