Meditaciones · Marcus Aurelius

LIBRO UNDÉCIMO

Capítulo 12 de 13 · 16 min de lectura

I. Las propiedades y privilegios naturales de un alma racional son: que se ve a sí misma; que puede ordenarse y componerse a sí misma; que se hace a sí misma como ella quiere; que cosecha sus propios frutos, sean cuales sean, mientras que las plantas, los árboles y las criaturas irracionales, cualquiera sea el fruto que den (ya sea propiamente dicho o solo de manera análoga), lo dan para otros y no para sí mismas. Además, siempre que y donde sea, antes o después, termine su vida, ella tiene su propio fin, sin embargo. Porque no le sucede como a los bailarines y actores, quienes si son interrumpidos en cualquier parte de su acción, toda la acción necesariamente queda imperfecta; pero ella, en cualquier momento o acción en que sea sorprendida, puede hacer que aquello que tiene entre manos, sea lo que sea, esté completo y pleno, de modo que pueda partir con ese consuelo: 'He vivido; ni me falta nada de lo que propiamente me correspondía.' Además, abarca todo el mundo y penetra en la vanidad y mera apariencia (carente de sustancia y solidez) de este, y se extiende hasta la infinitud de la eternidad; y la revolución o restauración de todas las cosas, tras cierto periodo de tiempo, al mismo estado y lugar de antes, ella la recorre y comprende en sí misma; y considera además, y ve claramente esto: que ni quienes nos sigan verán cosa nueva que no hayamos visto, ni quienes nos precedieron vieron más que nosotros; sino que quien ha llegado a los cuarenta años (si tiene algo de juicio) puede, en cierto modo (pues todo es de la misma clase), ver todas las cosas, tanto pasadas como futuras. Es propio y natural también al alma humana amar a su prójimo, ser veraz y modesta; y no considerar nada tanto como a sí misma: lo cual es también propio de la ley; por lo que, de paso, se ve que la razón sana y la justicia son una misma cosa, y por tanto, la justicia es lo principal que las criaturas racionales deben proponerse como su fin.

II. Una canción agradable o una danza; el ejercicio del pancracista, los deportes que suelen cautivarte mucho, los despreciarás fácilmente, si divides la voz armoniosa en tantos sonidos particulares como la componen, y de cada uno en particular te preguntas: si es este o aquel sonido el que tanto te conquista. Pues te avergonzarás de ello. Y así, por vergüenza, si consideras de igual modo cada movimiento y postura por separado; y lo mismo con el ejercicio del luchador. En general, sea lo que sea, aparte de la virtud y de aquellas cosas que proceden de la virtud, que te afectan mucho, recuerda dividirlo así, y mediante este tipo de división, en cada particular, llegar al desprecio del todo. Esto debes trasladarlo y aplicarlo también a toda tu vida.

III. ¡Cuán bendita y feliz es aquella alma que está siempre lista, incluso ahora mismo (si es necesario) para separarse del cuerpo, ya sea por extinción, dispersión o continuación en otro lugar y estado! Pero esta disposición debe proceder, no de una resolución obstinada y perentoria de la mente, fijada violenta y apasionadamente en la oposición, como suelen los cristianos; sino de un juicio peculiar, con discreción y gravedad, de modo que otros también puedan ser persuadidos y llevados al mismo ejemplo, pero sin ruido ni exclamaciones apasionadas.

IV. ¿He hecho algo caritativamente? Entonces me he beneficiado de ello. Procura que esto se presente siempre en tu mente y no dejes de pensarlo. ¿Cuál es tu profesión? Ser bueno. ¿Y cómo debe lograrse esto bien, sino por ciertos teoremas y doctrinas; unos sobre la naturaleza del universo, y otros sobre la constitución propia y particular del hombre?

V. Las tragedias fueron al principio introducidas e instituidas para recordar a los hombres los azares y casualidades mundanas: que estas cosas, en el curso ordinario de la naturaleza, suceden así; que los hombres que se complacen y deleitan mucho con tales accidentes sobre este escenario, no debieran por las mismas cosas en un escenario mayor afligirse y entristecerse; pues aquí ves cuál es el fin de todas esas cosas; y que incluso aquellos que claman tan lastimosamente a Citerón, deben soportarlas, por mucho que griten y exclamen, igual que los demás. Y en verdad, muchas cosas buenas dicen estos poetas; como esa, por ejemplo, que es un excelente pasaje: 'Pero si yo y mis dos hijos somos descuidados por los dioses, ellos tienen alguna razón incluso para eso', etc. Y también: 'De poco te servirá enfurecerte y airarte contra las cosas mismas', etc. Y otra vez: 'Cosechar la vida, como una espiga madura de trigo'; y todo lo demás que se halle en ellos de la misma clase. Después de la tragedia, se introdujo la comedia antigua, que tenía la libertad de atacar los vicios personales; siendo por ello, gracias a esa libertad de expresión, de muy buen uso y efecto para contener a los hombres en su orgullo y arrogancia. Con ese fin, Diógenes tomó también la misma libertad. Después de estas, ¿para qué fueron admitidas la comedia media o nueva, sino meramente (o al menos en su mayor parte) para el deleite y placer de la imitación curiosa y excelente? 'Se escapará; cuida de ello', etc. Nadie niega que también estas tienen algunas cosas buenas, de las cuales esa puede ser una: pero el propósito y fundamento entero de ese tipo de poesía dramática, ¿qué es sino lo que hemos dicho?

VI. ¡Cuán claramente se te muestra que ningún otro curso de vida podría ajustarse mejor a la práctica de un verdadero filósofo, que este mismo curso en el que ya te encuentras!

VII. Una rama cortada de la continuidad de aquella a la que estaba unida, necesariamente queda separada de todo el árbol; así, un hombre que se divide de otro hombre, se divide de toda la sociedad. Una rama es cortada por otra, pero quien odia y es adverso, se corta a sí mismo de su prójimo, y no sabe que al mismo tiempo se separa del cuerpo entero, o corporación. Pero aquí está el don y la misericordia de Dios, el Autor de esta sociedad: que, una vez cortados, podemos volver a crecer juntos y ser parte del todo nuevamente. Pero si esto ocurre a menudo, la desgracia es que cuanto más se prolonga esta división, más difícil es reunirse y restaurarse; y, en todo caso, la rama que, una vez cortada, luego fue injertada, los jardineros pueden decirte que no es igual a la que brotó unida desde el principio y siempre continuó en la unidad del cuerpo.

VIII. Crecer juntos como ramas compañeras en cuanto a buena correspondencia y afecto; pero no en cuanto a opiniones. Aquellos que se opongan a tus justos caminos, así como no está en su poder apartarte de tu buena acción, tampoco debe estarlo el apartarte de tu buen afecto hacia ellos. Cuida, pues, de mantenerte constante en ambos: tanto en un juicio y acción correctos, como en verdadera mansedumbre hacia quienes intenten impedirte, o al menos se disgusten contigo por lo que has hecho. Pues fallar en cualquiera de los dos (ya sea abandonar por miedo, o renunciar a tu afecto natural hacia quien por naturaleza es tu amigo y pariente) es igualmente bajo, y muy propio de la disposición de un soldado cobarde y fugitivo.

IX. No es posible que ninguna naturaleza sea inferior al arte, ya que todas las artes imitan a la naturaleza. Si esto es así, que la naturaleza más perfecta y general de todas las naturalezas, en su operación, quede por debajo de la destreza de las artes, es sumamente improbable. Ahora bien, es común a todas las artes hacer lo que es peor por el bien de lo mejor. Mucho más, entonces, hace lo mismo la naturaleza común. De aquí surge el primer fundamento de la justicia. De la justicia existen todas las demás virtudes. Pues la justicia no puede preservarse si asentamos nuestra mente y afectos en cosas mundanas; o si somos propensos a ser engañados, o somos precipitados e inconstantes.

X. Las cosas mismas (por las cuales te esfuerzas tanto en obtener o evitar) no vienen a ti por sí solas; sino que, de algún modo, tú vas hacia ellas. Deja entonces que tu propio juicio y opinión sobre esas cosas permanezcan en reposo; y en cuanto a las cosas mismas, ellas permanecen quietas y tranquilas, sin ruido ni agitación alguna; y así cesarán todas las persecuciones y huidas.

XI. Entonces el alma, como la compara Empédocles, es semejante a una esfera o globo, cuando es toda de una sola forma y figura: cuando no se extiende ávidamente hacia nada, ni se contrae de manera vil, ni yace postrada y abatida; sino que brilla toda con luz, por la cual ve y contempla la verdadera naturaleza, tanto la del universo como la suya propia en particular.

XII. ¿Alguien me despreciará? Que él se preocupe por las razones que tenga para hacerlo; mi cuidado será que nunca se me halle haciendo o diciendo nada que realmente merezca desprecio. ¿Alguien me odiará? Que él se ocupe de eso. Por mi parte, seré amable y afectuoso con todos, e incluso con aquel que me odie, quienquiera que sea, estaré dispuesto a mostrarle su error, no como reproche ni ostentación de mi paciencia, sino de manera sincera y humilde: tal como lo hacía el célebre Foción, si es que no fingía. Pues estas cosas deben ser interiores: para que los dioses, que miran el interior y no las apariencias externas, puedan ver a un hombre verdaderamente libre de toda indignación y pena. Porque, ¿qué daño puede causarte lo que haga cualquier otro, mientras tú puedas hacer lo que es propio y adecuado a tu naturaleza? ¿No aceptarás tú (hombre destinado por completo a ser tanto lo que el bien común requiera como la manera en que lo requiera) aquello que ahora es oportuno para la naturaleza del universo?

XIII. Se desprecian unos a otros, y sin embargo buscan agradarse mutuamente; y mientras procuran superarse en pompa y grandeza mundanas, se rebajan y prostituyen lo mejor de sí mismos unos a otros.

XIV. ¡Qué podrido e insincero es aquel que dice: "He decidido conducirme en adelante contigo con toda sinceridad y sencillez"! ¡Oh hombre, ¿qué quieres decir?! ¿Para qué esa declaración tuya? La cosa misma lo demostrará. Debería estar escrito en tu frente. Apenas se oye tu voz, tu semblante debe ser capaz de mostrar lo que hay en tu mente: así como el que es amado sabe enseguida por la mirada de su amada lo que ella piensa. Así debe ser ante todos el que es verdaderamente sencillo y bueno, como aquel cuyas axilas son ofensivas, que cualquiera que esté cerca, apenas se le acerque, podrá percibirlo, quiera o no. Pero la afectación de sencillez no es en absoluto digna de elogio. Nada hay más vergonzoso que la amistad traicionera. Por encima de todo, eso debe evitarse. Sin embargo, la verdadera bondad, sencillez y amabilidad no pueden ocultarse, pues, como ya hemos dicho, se manifestarán en los propios ojos y el rostro.

XV. Vivir felizmente es un poder interior del alma, cuando ella se afecta con indiferencia hacia aquellas cosas que por su naturaleza son indiferentes. Para estar así dispuesta, debe considerar todos los objetos mundanos tanto por separado como en conjunto: recordando además que ningún objeto puede por sí mismo engendrar en nosotros opinión alguna, ni puede acercarse a nosotros, sino que permanece fuera, quieto y tranquilo; pero somos nosotros quienes engendramos y, por así decirlo, imprimimos en nosotros mismos opiniones sobre ellos. Ahora bien, está en nuestro poder no imprimirlas; y si se infiltran y se esconden en algún rincón, está en nuestro poder borrarlas. Recordando además que este cuidado y circunspección tuyos han de durar solo por un tiempo, y luego tu vida llegará a su fin. ¿Y qué debería impedir que puedas obrar bien con todas estas cosas? Porque si son conformes a la naturaleza, alégrate en ellas, y que te sean gratas y aceptables. Pero si son contrarias a la naturaleza, busca lo que sea conforme a tu propia naturaleza, y, sea o no para tu crédito, emplea toda la rapidez posible para alcanzarlo: pues nadie debe ser censurado por buscar su propio bien y felicidad.

XVI. De todo debes considerar de dónde proviene, de qué cosas está compuesto y en qué se transformará: cuál será su naturaleza o a qué se parecerá cuando cambie; y que no puede sufrir daño alguno por ese cambio. Y en cuanto a la necedad o maldad de los demás, que no te perturbe ni te aflija; primero, de manera general, piensa así: ¿qué relación tengo yo con ellos? y que todos hemos nacido para el bien de los demás; luego, más particularmente, considera esto: así como un carnero es el primero en un rebaño de ovejas, y un toro en una manada de ganado, así he nacido yo para gobernarlos. Pero comienza aún más alto, incluso desde esto: si los átomos no son el principio de todas las cosas, lo cual sería lo más absurdo de creer, entonces debemos admitir que existe una naturaleza que gobierna el universo. Si existe tal naturaleza, entonces todas las cosas peores han sido hechas por causa de las mejores; y todas las mejores, por causa unas de otras. En segundo lugar, considera qué clase de personas son, en la mesa, en sus camas, y así sucesivamente. Pero sobre todo, cómo se ven forzados por las opiniones que sostienen a hacer lo que hacen; y aun aquellas cosas que hacen, con cuánta soberbia y vanidad las realizan. En tercer lugar, si hacen estas cosas correctamente, no tienes razón para afligirte. Pero si no las hacen correctamente, es necesario que las hagan contra su voluntad y por pura ignorancia. Pues, según la opinión de Platón, ningún alma yerra voluntariamente, y por consiguiente, tampoco hace nada de otro modo que como debe, sino contra su voluntad. Por eso se afligen cuando se les acusa de injusticia, desconsideración, codicia, o en general, de cualquier trato dañino hacia sus semejantes. En cuarto lugar, recuerda que tú mismo transgredes en muchas cosas y eres semejante a ellos. Y aunque quizás te abstengas del acto mismo de algunos pecados, tienes en ti una disposición habitual hacia ellos, pero que, ya sea por miedo, vanagloria u otro motivo ambicioso y necio, te ves contenido. En quinto lugar, si han pecado o no, no lo comprendes perfectamente. Muchas cosas se hacen por política discreta; y en general, uno debe saber muchas cosas antes de poder juzgar verdaderamente y con justicia la acción de otro. En sexto lugar, cada vez que te afliges gravemente o te lamentas mucho, poco recuerdas entonces que la vida del hombre es solo un instante, y que pronto todos estaremos en la tumba. En séptimo lugar, no son los pecados y transgresiones en sí los que nos perturban propiamente; pues solo existen en la mente y entendimiento de quienes los cometen; sino nuestras propias opiniones acerca de esos pecados. Elimina, pues, y acepta desprenderte de esa idea tuya de que es algo grave, y habrás eliminado tu ira. ¿Pero cómo debo eliminarla? ¿Cómo? Razonando contigo mismo que no es vergonzoso. Porque si lo vergonzoso no es el único mal verdadero que existe, también tú, siguiendo el instinto común de la naturaleza para evitar el mal, cometerás muchas injusticias y te convertirás en ladrón, o en cualquier cosa, con tal de alcanzar tus fines mundanos. En octavo lugar, cuántas cosas pueden y suelen seguir a tales accesos de ira y dolor; mucho más graves en sí mismas que aquellas por las que nos afligimos o enojamos. En noveno lugar, la mansedumbre es algo invencible, si es verdadera y natural, y no fingida o hipócrita. Porque, ¿cómo podrá el más feroz y malintencionado resistirse a ti, si permaneces siempre manso y afectuoso con él; y aun en el momento en que está por hacerte daño, te muestras bien dispuesto y con toda mansedumbre le enseñas y corriges? Por ejemplo: Hijo mío, no hemos nacido para esto, para dañarnos y molestarnos unos a otros; será tu daño, no el mío, hijo mío: y así mostrarle de manera clara y contundente que realmente es así: y que ni siquiera las abejas lo hacen entre sí, ni ninguna otra criatura naturalmente sociable. Pero esto debes hacerlo sin burla, sin reproche, sino con ternura y sin dureza en las palabras. Tampoco debes hacerlo como un ejercicio o exhibición para que los presentes te admiren, sino siempre de modo que nadie lo sepa, salvo él mismo, aunque haya otros presentes. Recuerda bien estos nueve puntos, como si fueran dones de las Musas, y comienza un día, mientras aún vivas, a ser verdaderamente un hombre. Pero, por otro lado, debes cuidarte tanto de halagarlos como de enojarte con ellos: pues ambos son igualmente poco caritativos y dañinos. Y en tus pasiones, considera de inmediato que enojarse no es propio de un hombre, sino que ser manso y apacible, además de mostrar más humanidad, demuestra mayor hombría. En esto hay fuerza y vigor, de lo cual la ira y la indignación carecen por completo. Pues cuanto más cerca está algo de la imperturbabilidad, más cerca está del poder. Así como el dolor proviene de la debilidad, también la ira. Porque tanto el que se enoja como el que se aflige han recibido una herida y cobardemente, por decirlo así, se han rendido a sus pasiones. Si quieres un décimo punto, recibe este décimo don de Hércules, guía y líder de las Musas: es propio de un loco esperar que no haya hombres malvados en el mundo, porque es imposible. Ahora bien, que un hombre tolere que haya malvados en el mundo, pero no soporte que alguno peque contra él, es contrario a toda equidad, y en verdad, tiránico.

XVII. Hay cuatro disposiciones o inclinaciones distintas de la mente y el entendimiento, que debes observar cuidadosamente para ser consciente de ellas; y cada vez que las descubras, debes corregirlas, diciéndote a ti mismo respecto de cada una: Esta imaginación no es necesaria; esta es poco caritativa; esto lo dirás como esclavo o instrumento de otro, lo cual no puede ser más absurdo e insensato; y respecto a la cuarta, debes reprenderte severamente, porque permites que esa parte más divina en ti se vuelva sujeta y vulnerable ante la parte más innoble de tu cuerpo y sus groseros deseos y concupiscencias.

XVIII. Cualquier porción de aire o fuego que haya en ti, aunque por naturaleza tienda hacia arriba, sin embargo, sometiéndose a la orden del universo, permanece aquí abajo en este cuerpo mixto. Así también, cualquier cosa en ti que sea terrenal o húmeda, aunque por naturaleza tienda hacia abajo, sin embargo, es elevada y sostenida en contra de su naturaleza. Tan obedientes son incluso los propios elementos al universo, permaneciendo pacientemente dondequiera que (aunque contra su naturaleza) se les coloque, hasta que suene, por decirlo así, la señal de su retirada y separación. ¿No es entonces grave que solo tu parte racional sea desobediente y no soporte mantenerse en su lugar, aunque no se le ordene nada contrario a su naturaleza, sino solo aquello que le es propio? Porque no podemos decir de ella, cuando es desobediente, lo que decimos del fuego o del aire, que tiende hacia su elemento propio, pues entonces va en sentido completamente contrario. Porque el movimiento de la mente hacia la injusticia, la incontinencia, el dolor o el temor, no es otra cosa que una separación de la naturaleza. Así también, cuando la mente se aflige por algo que ha sucedido por la providencia divina, entonces igualmente abandona su propio lugar. Pues fue destinada a la santidad y la piedad, que consisten especialmente en una humilde sumisión a Dios y a su providencia en todas las cosas, así como a la justicia: estos son también parte de los deberes a los que, por ser naturalmente sociables, estamos obligados; y sin los cuales no podemos convivir felizmente unos con otros: sí, y son en verdad el fundamento y la fuente de todas las acciones justas.

XIX. Aquel que no tiene siempre un mismo fin general mientras vive, no puede ser siempre el mismo hombre. Pero esto no basta, a menos que añadas también cuál debe ser ese fin general. Porque así como la idea general y la percepción de todas aquellas cosas que, sin fundamento cierto, la mayoría de los hombres consideran buenas, no puede ser uniforme ni coherente, sino solo aquella que está limitada y restringida por ciertas propiedades y condiciones, como la de comunidad: que nada se considere bueno si no es común y públicamente bueno; así también el fin que nos propongamos debe ser común y sociable. Porque quien dirige todos sus movimientos y propósitos privados a ese fin, todas sus acciones serán coherentes y uniformes; y de ese modo será siempre el mismo hombre.

XX. Recuerda la fábula del ratón del campo y el ratón de la ciudad, y el gran susto y terror que este último experimentó.

XXI. Sócrates solía llamar a las ideas y opiniones comunes de los hombres los espantajos comunes del mundo: el terror propio de los niños ingenuos.

XXII. Los lacedemonios, en sus espectáculos públicos, solían asignar asientos y bancos a los forasteros en la sombra, mientras ellos mismos se conformaban con sentarse en cualquier lugar.

XXIII. Lo que Sócrates respondió a Pérdicas, cuando le preguntaron por qué no acudía a él: "Para no morir de la peor de las muertes", dijo; "es decir, no poder corresponder al bien que se me ha hecho".

XXIV. En las antiguas letras místicas de los efesios, había una advertencia de que el hombre debía tener siempre presente en su mente a alguno de los antiguos héroes.

XXV. Los pitagóricos solían, temprano en la mañana, lo primero que hacían era mirar al cielo, para recordarse a sí mismos de aquellos que cumplían su tarea constante e invariablemente; así como para recordarse del orden, la pureza y la simple desnudez. Pues ninguna estrella o planeta tiene velo alguno ante sí.

XXVI. Cómo se veía Sócrates cuando tuvo que ceñirse una piel, porque Jantipa, su esposa, le había quitado la ropa y se la había llevado consigo, y lo que dijo a sus compañeros y amigos, quienes se avergonzaron y, por respeto a él, se retiraron al verlo así vestido.

XXVII. Para escribir o leer, necesitas ser enseñado antes de poder hacerlo; mucho más en la vida. "Porque has nacido esclavo de tus sentidos y afectos bestiales"; desprovisto, sin enseñanza, de todo verdadero conocimiento y razón sólida.

XXVIII. "Mi corazón sonrió dentro de mí." "Acusarán incluso a la misma virtud, con palabras atroces y ofensivas."

XXIX. Así como quienes desean higos en invierno, cuando no pueden conseguirlos; así son quienes anhelan hijos antes de que les sean concedidos.

XXX. "Siempre que un padre bese a su hijo, debería decirse en secreto" (decía Epicteto), "quizá mañana muera". Pero esas palabras son de mal agüero. Ninguna palabra es de mal agüero (decía él) si expresa algo natural: en verdad, no es más de mal agüero que decir "cortar uvas cuando están maduras". Uvas verdes, uvas maduras, uvas secas o pasas: tantos cambios y transformaciones de una misma cosa, no hacia lo que no existe absolutamente, sino más bien tantos cambios y transformaciones, no hacia lo que no tiene ser en absoluto, sino hacia lo que aún no está en existencia.

XXXI. "De la voluntad libre no hay ladrón ni salteador": de Epicteto; de quien también es esto: que debemos encontrar un cierto arte y método de asentir; y que siempre debemos observar con gran cuidado y atención las inclinaciones de nuestra mente, para que siempre estén con su debida moderación y reserva, siempre caritativas y de acuerdo al verdadero valor de cada objeto presente. Y en cuanto al deseo vehemente, debemos evitarlo por completo; y usar la aversión solo en aquellas cosas que dependen enteramente de nuestra voluntad. No se trata de asuntos triviales, créelo, toda nuestra lucha y contienda, sino de si, con la multitud, debemos enloquecer, o, con la ayuda de la filosofía, ser sabios y sobrios, decía él.