Meditaciones · Marcus Aurelius
LIBRO SEGUNDO
Capítulo 3 de 13 · 8 min de lectura
I. Recuerda cuánto tiempo has pospuesto ya estas cosas, y cuántas veces, como si los dioses te hubieran fijado un día y una hora determinados, los has descuidado. Ya es tiempo de que comprendas la verdadera naturaleza tanto del mundo, del cual eres parte, como de ese Señor y Gobernador del mundo, de quien tú mismo has fluido, como un canal de la fuente; y que sólo tienes un cierto límite de tiempo asignado, que si no aprovechas para calmar y apaciguar los muchos desórdenes de tu alma, pasará y tú con él, y nunca volverá.
II. Que sea tu cuidado constante e incesante, como romano y como hombre, realizar todo aquello en lo que te ocupes con verdadera y sincera gravedad, afecto natural, libertad y justicia; y en cuanto a todas las demás preocupaciones e imaginaciones, procura cómo puedas aliviar tu mente de ellas. Lo lograrás si emprendes cada acción como si fuera la última, libre de toda vanidad, de toda desviación apasionada y voluntaria de la razón, y de toda hipocresía, amor propio y desagrado por aquellas cosas que, por el destino o designio de Dios, te han sucedido. Ves que las cosas que son necesarias y requeridas para que un hombre persevere en un curso próspero y viva una vida divina no son muchas, pues los dioses no exigirán más de quien conserve y observe estas cosas.
III. Hazlo, alma, hazlo; abusa y desdénate a ti misma; aún por un tiempo, y el momento para que te respetes a ti misma llegará a su fin. La felicidad de cada hombre depende de sí mismo, pero mira que tu vida está casi por terminar, y sin embargo, al no darte ningún respeto, haces que tu felicidad dependa de las almas y opiniones de otros hombres.
IV. ¿Por qué habrían de distraerte tanto estas cosas que suceden externamente? Date tiempo para aprender algo bueno y deja de vagar y errar de un lado a otro. Debes también cuidarte de otro tipo de extravío, pues son ociosos en sus acciones quienes se fatigan y trabajan en esta vida sin tener un objetivo cierto al cual dirigir todos sus movimientos y deseos. Por no observar el estado del alma de otro hombre, rara vez se ha sabido de alguien que sea infeliz. Diles a quienes no atienden ni guían los movimientos de su propia alma con razón y discreción, que necesariamente serán infelices.
V. Estas cosas debes tener siempre presentes: cuál es la naturaleza del universo y cuál es la mía en particular; qué relación tiene esta con aquella; de qué clase de parte, de qué clase de universo se trata; y que nadie puede impedirte que siempre puedas hacer y decir aquellas cosas que sean acordes con esa naturaleza de la que eres parte.
VI. Teofrasto, cuando compara pecado con pecado (pues admito que tales cosas pueden compararse según el sentido común), dice bien y como filósofo, que son mayores los pecados cometidos por lujuria que los cometidos por ira. Porque quien se enoja parece, con una especie de dolor y contracción interna, apartarse de la razón; pero quien peca por lujuria, vencido por el placer, revela en su propio pecado una disposición más impotente y poco viril. Bien dice, entonces, y como filósofo, que merece mayor condena quien peca con placer que quien peca con dolor. Pues este último parece haber sido primero agraviado y, de algún modo, forzado por el dolor a enojarse, mientras que quien actúa por lujuria, decidió por sí mismo realizar esa acción.
VII. Todo lo que desees, todo lo que emprendas, hazlo y proyéctalo como quien, por lo que sabe, puede en este mismo momento partir de esta vida. Y en cuanto a la muerte, si existen dioses, no es cosa grave dejar la sociedad de los hombres. Los dioses no te harán daño, puedes estar seguro. Pero si no hay dioses, o si no se ocupan del mundo, ¿por qué habría de desear vivir en un mundo sin dioses y sin providencia divina? Pero ciertamente hay dioses, y cuidan del mundo; y en cuanto a las cosas que son verdaderamente malas, como el vicio y la maldad, han puesto tales cosas bajo el poder del hombre, para que pueda evitarlas si quiere; y si hubiera algo más que fuera realmente malo, también habrían cuidado de eso, para que el hombre pudiera evitarlo. Pero ¿por qué pensar que puede dañar y perjudicar la vida de un hombre aquello que de ninguna manera puede hacerlo mejor o peor en su propia persona? Tampoco debemos pensar que la naturaleza del universo haya pasado por alto estas cosas por ignorancia, o si no por ignorancia, entonces por incapacidad para prevenirlas o disponerlas mejor. No es posible que, por falta de poder o habilidad, haya permitido que todas las cosas, buenas y malas, sucedan por igual y al azar a todos, tanto buenos como malos. Por tanto, la vida y la muerte, el honor y el deshonor, el trabajo y el placer, la riqueza y la pobreza, todas estas cosas les suceden a los hombres, buenos y malos por igual, pero como cosas que en sí mismas no son ni buenas ni malas, porque por sí mismas no son ni vergonzosas ni dignas de alabanza.
VIII. Considera cuán rápidamente todas las cosas se disuelven y se resuelven: los cuerpos y las sustancias mismas, en la materia y sustancia del mundo; y sus recuerdos, en la edad y el tiempo general del mundo. Considera la naturaleza de todas las cosas sensibles del mundo; especialmente de aquellas que nos atraen por placer, o que por su molestia nos resultan temibles, o que por su brillo y apariencia son muy estimadas y buscadas, cuán viles y despreciables, cuán bajas y corruptibles, cuán carentes de verdadera vida y ser son.
IX. Es propio de un hombre dotado de buen entendimiento considerar qué son en realidad aquellos de quienes proceden, por meras opiniones y palabras, el honor y el crédito; así como qué es morir, y cómo, si uno considera esto por sí solo, morir, y separa de ello en su mente todas aquellas cosas que suelen presentarse junto con ello, no puede concebirlo de otra manera que como una obra de la naturaleza; y quien teme cualquier obra de la naturaleza es un verdadero niño. Ahora bien, la muerte no sólo es una obra de la naturaleza, sino también algo que contribuye a la naturaleza.
X. Considera contigo mismo cómo el hombre, y por qué parte de sí mismo, está unido a Dios, y cómo se afecta esa parte del hombre cuando se dice que se difunde. No hay nada más desdichado que esa alma que, en cierto modo, abarca todas las cosas, buscando (como se dice) hasta las profundidades de la tierra, y por todos los signos y conjeturas indagando en los mismos pensamientos de otras almas; y sin embargo, de esto no es consciente: que basta con que el hombre se aplique por completo y confine todos sus pensamientos y cuidados al cuidado de ese espíritu que está dentro de él, y lo sirva verdaderamente. Su servicio consiste en esto: que el hombre se mantenga puro de toda pasión violenta y afecto maligno, de toda precipitación y vanidad, y de toda clase de descontento, ya sea respecto a los dioses o a los hombres. Porque en verdad, todo lo que procede de los dioses merece respeto por su valor y excelencia; y todo lo que procede de los hombres, como son nuestros semejantes, debe ser recibido por nosotros siempre con amor; y a veces, como resultado de su ignorancia de lo que es verdaderamente bueno y malo (una ceguera no menor que la que nos impide distinguir entre blanco y negro), también con cierta piedad y compasión.
XII. Si vivieras tres mil, o incluso diez mil años, recuerda esto: que el ser humano no puede desprenderse propiamente de otra vida que no sea de esa pequeña parte de vida que vive en este momento; y esa vida que vive no es otra que la que en cada instante deja atrás. Así, lo más largo y lo más breve en duración llegan al mismo resultado. Porque aunque respecto a lo que ya ha pasado pueda haber alguna diferencia, el tiempo presente, el que está siendo, es igual para todos los hombres. Y siendo este el tiempo del que nos desprendemos cuando morimos, resulta claro que no puede ser más que un instante lo que dejamos entonces. Pues lo que ya pasó o está por venir, no puede decirse propiamente que se pierda. ¿Cómo podría uno perder lo que no tiene? Por tanto, debes recordar estas dos cosas. Primero, que todas las cosas del mundo, desde la eternidad, por una perpetua revolución de los mismos tiempos y cosas, siempre continuadas y renovadas, son de una misma clase y naturaleza; de modo que, ya sea por cien, doscientos años, o por un tiempo infinito, un hombre vea siempre las mismas cosas, ello no tiene gran importancia. Y segundo, que la vida de la que se desprende tanto el que vive más tiempo como el que vive menos, es en duración exactamente la misma, pues solo pueden perder lo que está presente, ya que es lo único que poseen; nadie puede perder lo que no tiene.
XIII. Recuerda que todo es solo opinión y concepto, pues aquellas cosas que se dijeron a Mónimo el Cínico son claras y evidentes; y tan claro y evidente es el uso que puede hacerse de ellas, si se recibe lo que es verdadero y serio en ellas, así como lo que es dulce y agradable.
XIV. El alma de una persona se ofende y se falta al respeto a sí misma, primero y especialmente, cuando en la medida en que puede, se convierte en un absceso, y como una excrecencia del mundo; pues afligirse o disgustarse por cualquier cosa que suceda en el mundo es una apostasía directa de la naturaleza del universo, de la cual todas las naturalezas particulares forman parte. En segundo lugar, cuando se aparta de alguien, o se deja llevar por deseos o afectos contrarios, tendientes a dañar o perjudicar a otro; como son las almas de quienes se enojan. En tercer lugar, cuando es vencida por algún placer o dolor. En cuarto lugar, cuando disimula y, de manera encubierta y falsa, hace o dice algo. En quinto lugar, cuando busca o intenta algo sin un fin cierto, sino de manera precipitada y sin la debida reflexión y consideración sobre si es o no consecuente con el fin común. Pues ni siquiera las cosas más pequeñas deben hacerse sin relación con el fin; y el fin de las criaturas racionales es seguir y obedecer a aquel que es la razón, por decirlo así, y la ley de esta gran ciudad y antigua república.
XV. El tiempo de la vida de un hombre es como un punto; su sustancia siempre fluye, la percepción es oscura, y toda la composición del cuerpo tiende a la corrupción. Su alma es inquieta, la fortuna incierta y la fama dudosa; en resumen, como un río son todas las cosas que pertenecen al cuerpo; como un sueño o como humo, así son todas las que pertenecen al alma. Nuestra vida es una lucha y un mero peregrinaje. La fama después de la vida no es mejor que el olvido. ¿Qué es entonces lo que permanecerá y acompañará? Solo una cosa: la filosofía. Y la filosofía consiste en esto: que el hombre preserve el espíritu que hay en él de toda clase de afrentas e injurias, y por encima de todo dolor o placer; que nunca haga nada ni precipitadamente, ni fingidamente, ni hipócritamente; que dependa enteramente de sí mismo y de sus propias acciones; que acepte con contento todo lo que le suceda, como proveniente de Aquel de quien él mismo proviene; y, por encima de todo, que espere la muerte con mansedumbre y serena alegría, como no siendo otra cosa que la disolución de los elementos de los que toda criatura está compuesta. Y si los propios elementos no sufren nada por esta perpetua conversión de unos en otros, esa disolución y alteración, tan común a todos, ¿por qué habría de temerse? ¿No es esto conforme a la naturaleza? Pero nada que sea conforme a la naturaleza puede ser malo.
Mientras estaba en Carnunto.

