Meditaciones · Marcus Aurelius
LIBRO TERCERO
Capítulo 4 de 13 · 12 min de lectura
I. Un hombre no solo debe considerar cuán diariamente su vida se consume y disminuye, sino también esto: que si vive mucho tiempo, no puede estar seguro de si su entendimiento seguirá siendo tan capaz y suficiente, ya sea para la consideración discreta en asuntos de negocios, o para la contemplación; siendo esto aquello de lo que depende el verdadero conocimiento de las cosas tanto divinas como humanas. Porque si alguna vez comienza a desvariar, su respiración, nutrición, su imaginación, su apetito y otras facultades naturales pueden continuar igual: no notará falta de ellas. Pero cómo hacer el uso correcto de sí mismo como debería, cómo observar exactamente en todo lo que es recto y justo, cómo corregir y rectificar todo error, o percepciones e imaginaciones repentinas, e incluso este particular, si debe vivir más tiempo o no, para considerarlo debidamente; para todas esas cosas, en las que la mejor fuerza y vigor de la mente son más necesarios, su poder y capacidad habrán pasado y desaparecido. Debes apresurarte, entonces; no solo porque cada día estás más cerca de la muerte que antes, sino también porque esa facultad intelectual en ti, por la cual eres capaz de conocer la verdadera naturaleza de las cosas y de ordenar todas tus acciones según ese conocimiento, se desgasta y debilita cada día: o puede fallarte antes de que mueras.
II. Debes observar también esto: que cualquier cosa que naturalmente sucede a las cosas naturales, tiene en sí algo que es agradable y placentero: como un gran pan cuando se hornea, algunas partes de él se abren y separan, y hacen que su corteza sea rugosa y desigual, y sin embargo esas partes, aunque en cierto modo vayan en contra del arte y la intención misma de hornear, ya que deberían haber sido y fueron hechas primero todas parejas y uniformes, le quedan bien no obstante, y tienen una propiedad peculiar que despierta el apetito. Así, los higos se consideran más bellos y maduros cuando comienzan a encogerse y a marchitarse. Así, las aceitunas maduras, cuando están a punto de pudrirse, entonces están en su verdadera belleza. El colgar de las uvas, la frente de un león, la espuma de un jabalí salvaje, y muchas otras cosas similares, aunque consideradas por sí mismas están lejos de cualquier belleza, sin embargo, porque suceden naturalmente, son a la vez hermosas y agradables; de modo que si un hombre, con una mente profunda y perceptiva, considera todas las cosas del mundo, incluso entre todas aquellas cosas que son solo accesorios y apéndices naturales, apenas encontrará algo en lo que no halle motivo de placer y deleite. Así contemplará con tanto gusto el verdadero gesto de las fieras, como aquellos que los hábiles pintores y otros artistas imitan. Así podrá percibir la madurez y belleza propias de la vejez, tanto en el hombre como en la mujer: y cualquier otra cosa que sea bella y atrayente en cualquier cosa que exista, con ojos castos y continentes pronto la descubrirá y distinguirá. Esas y muchas otras cosas discernirá, no creíbles para todos, sino solo para quienes están verdaderamente y familiarmente familiarizados tanto con la naturaleza misma como con todas las cosas naturales.
III. Hipócrates, habiendo curado muchas enfermedades, enfermó él mismo y murió. Los caldeos y astrólogos, habiendo predicho la muerte de muchos, fueron después sorprendidos ellos mismos por el destino. Alejandro, Pompeyo y Cayo César, habiendo destruido tantas ciudades y acabado en el campo con tantos miles de jinetes e infantes, ellos mismos al final tuvieron que dejar su propia vida. Heráclito, habiendo escrito tantos tratados naturales sobre la última y general conflagración del mundo, murió después todo lleno de agua por dentro y cubierto de lodo y estiércol por fuera. Los piojos mataron a Demócrito; y a Sócrates, otro tipo de parásitos, hombres malvados e impíos. ¿Cómo está entonces la cuestión? Has embarcado, has navegado, has llegado a tierra, sal, si es a otra vida, allí también encontrarás dioses, que están en todas partes. Si toda vida y sentido cesan, entonces también dejarás de estar sujeto tanto a dolores como a placeres; y de servir y cuidar esta vil morada; tanto más vil cuanto más excelente es aquello que le sirve; siendo uno una sustancia racional y un espíritu, y la otra nada más que tierra y sangre.
IV. No gastes el resto de tus días en pensamientos y fantasías acerca de otros hombres, cuando no sea en relación con algún bien común, cuando por ello te veas impedido de realizar alguna otra labor mejor. Es decir, no pierdas tu tiempo pensando qué hace tal hombre y con qué fin; qué dice, qué piensa, en qué anda, y otras cosas o curiosidades que hacen que el hombre divague y se aparte del cuidado y observación de esa parte de sí mismo que es racional y dominante. Mira, por tanto, en toda la serie y conexión de tus pensamientos, que seas cuidadoso de evitar todo lo que sea ocioso e impertinente: pero especialmente, todo lo que sea curioso y malicioso; y debes acostumbrarte a pensar solo en aquellas cosas, de las cuales, si de repente alguien te preguntara en qué piensas ahora, puedas responder Esto y Aquello, libre y valientemente, para que así, por tus pensamientos, aparezca de inmediato que en ti todo es sincero y pacífico; como corresponde a quien ha sido hecho para la sociedad, y no se preocupa por placeres ni da paso a ninguna imaginación voluptuosa en absoluto: libre de toda contienda, envidia y sospecha, y de cualquier otra cosa que te haría sonrojar confesar que tus pensamientos se ocupan de ello. Quien es así, es sin duda quien no pospone aferrarse a lo que es verdaderamente mejor, un verdadero sacerdote y ministro de los dioses, bien familiarizado y en buena correspondencia especialmente con aquel que está asentado y colocado dentro de sí mismo, como en un templo y santuario: a quien también se guarda y preserva sin mancha por el placer, sin amedrentarse por el dolor; libre de cualquier tipo de injusticia o afrenta, ofrecida por sí mismo a sí mismo: no susceptible de ningún mal de parte de otros: un luchador de la mejor clase y por el premio más alto, para que no sea derribado por ninguna pasión o afecto propio; profundamente impregnado y empapado en justicia, abrazando y aceptando de todo corazón todo lo que le sucede o le es asignado. Alguien que no suele, ni sin alguna gran necesidad tendiente a algún bien público, prestar atención a lo que otro dice, hace o pretende: pues solo aquellas cosas que están en su propio poder, o que son verdaderamente suyas, son el objeto de sus ocupaciones, y sus pensamientos siempre están ocupados con aquellas cosas que del universo entero le han sido destinadas y apropiadas por el destino o la Providencia. Aquellas cosas que son suyas y están en su poder, él mismo se encarga de que sean buenas; y en cuanto a lo que le sucede, cree que así debe ser. Porque esa suerte y porción que se asigna a cada uno, así como es inevitable y necesaria, así es siempre provechosa. Recuerda además que todo lo que participa de la razón le es afín, y que cuidar de todos los hombres en general es conforme a la naturaleza humana: pero en cuanto al honor y la alabanza, no deben ser admitidos y aceptados de todos, sino solo de aquellos que viven conforme a la naturaleza. En cuanto a los que no lo hacen, cómo son en casa o fuera de ella; de día o de noche, cómo son ellos mismos, con qué clase de condiciones, o con hombres de qué condiciones se afanan y pasan el tiempo juntos, lo sabe y recuerda muy bien, por lo tanto no le importan tales alabanzas y aprobaciones, pues proceden de quienes no pueden aprobarse ni a sí mismos.
V. No hagas nada contra tu voluntad, ni contrario a la comunidad, ni sin el debido examen, ni con desgano. No busques adornar tus pensamientos con un lenguaje curioso y pulcro. No seas ni un gran hablador, ni un gran emprendedor. Además, deja que tu Dios interior, que te gobierna, encuentre en ti que trata con un hombre; un hombre maduro; un hombre sociable; un romano; un príncipe; alguien que ha ordenado su vida como quien espera, por decirlo así, nada más que el sonido de la trompeta, tocando retirada para partir de esta vida con toda prontitud. Alguien que para su palabra o acciones no necesita ni juramento, ni que nadie sea testigo.
VI. Ser alegre, y no necesitar ni la ayuda ni la asistencia de otros, ni de ese descanso y tranquilidad que debes agradecer a los demás. Más bien, como quien es recto por sí mismo, o siempre lo ha sido, que como quien ha sido corregido.
VII. Si hallas en esta vida mortal algo mejor que la rectitud, la verdad, la templanza, la fortaleza y, en general, mejor que una mente satisfecha tanto con aquello que hace conforme al deber y la razón, como con aquello que, sin su voluntad ni conocimiento, te sucede por la providencia; si, digo, puedes encontrar algo mejor que esto, dedícate a ello con todo tu corazón y, dondequiera que halles lo mejor, disfrútalo libremente. Pero si no encuentras nada digno de ser preferido al espíritu que hay en ti; si nada es mejor que someter tus propios deseos y pasiones, y no dar paso a ninguna fantasía o imaginación antes de haberlas considerado debidamente; si nada es mejor que apartarte (como decía Sócrates) de toda sensualidad, someterte a los dioses y cuidar de todos los hombres en general; si ves que todo lo demás, en comparación con esto, es vil y de poca importancia, entonces no permitas que ninguna otra cosa, aunque solo sea por inclinación o afecto, te aparte de preferir y perseguir ese bien que es tuyo y propio. Porque no es lícito que algo ajeno e inferior, sea lo que sea —aplausos populares, honores, riquezas o placeres—, se enfrente y compita con lo que es racional y verdaderamente bueno. Pues todas estas cosas, si llegan a agradar aunque sea por un momento, pronto prevalecen y desvían la mente del hombre, o lo apartan del camino correcto. Por tanto, elige absolutamente y con libertad lo que es mejor, y aférrate a ello. Ahora bien, dicen que lo mejor es lo más provechoso. Si se refieren a lo provechoso para el hombre como ser racional, mantente firme en ello; pero si lo entienden como criatura, simplemente recházalo; y de este principio y conclusión, mantente alejado cuidadosamente de todas las apariencias y colores externos, para que puedas discernir las cosas correctamente.
VIII. Nunca consideres como provechoso aquello que te obligue a romper tu palabra, perder tu modestia, odiar a alguien, sospechar, maldecir, disimular, o desear algo que requiera el secreto de muros o velos. Pero quien antepone por encima de todo su parte racional y su espíritu, y los sagrados misterios de la virtud que de él emanan, nunca lamentará ni se quejará, nunca suspirará; nunca le faltará ni soledad ni compañía; y, lo más importante, vivirá sin deseo ni temor. Y en cuanto a la vida, sea larga o corta el tiempo que disfrute de su alma rodeada de un cuerpo, le es completamente indiferente. Pues si ahora mismo tuviera que partir, está tan preparado para ello como para cualquier otra acción que pueda realizarse con modestia y decoro. Porque durante toda su vida, su único cuidado es que su mente esté siempre ocupada en intenciones y objetos propios de una criatura racional y sociable.
IX. En la mente que ha sido verdaderamente disciplinada y purificada, no puedes encontrar nada sucio o impuro, ni nada como corrompido; nada servil o afectado; ningún lazo parcial; ninguna aversión maliciosa; nada perjudicial; nada oculto. La vida de alguien así, la muerte nunca puede sorprenderla como imperfecta; como si un actor muriera antes de haber terminado, o antes de que la obra misma concluyera, podría decirse.
X. Usa tu facultad de opinar con todo honor y respeto, pues en ella reside todo: que tu opinión no haga surgir en tu entendimiento nada contrario a la naturaleza ni a la constitución propia de una criatura racional. El fin y objeto de una constitución racional es no hacer nada precipitadamente, estar bien dispuesto hacia los hombres y, en todo, someterse de buen grado a los dioses. Dejando de lado todo lo demás, aférrate a estas pocas cosas y recuerda además que ningún hombre puede decir propiamente que vive más que el momento presente, que no es sino un instante. Todo lo demás ya pasó o es incierto. Por tanto, el tiempo que cualquier hombre vive es poco, y el lugar donde vive es solo un pequeño rincón de la tierra, y la mayor fama que pueda quedar de un hombre tras su muerte, incluso esa es poca, y además, mientras dura, es preservada por la sucesión de simples mortales, quienes también pronto morirán y, aun viviendo, no saben realmente lo que son; y mucho menos pueden conocer a uno que murió hace tiempo.
XI. A estas ayudas y recordatorios siempre presentes, añade uno más: haz siempre una descripción y delineación particular de cada objeto que se presente a tu mente, para que puedas contemplarlo plena y completamente en su propia naturaleza, desnudo y sin adornos; por completo y por separado; dividido en sus partes y componentes. Y luego, en tu mente, llama tanto a él como a las cosas de las que consiste, y en las que se resolverá, por sus propios nombres verdaderos y apropiados. Pues nada es tan eficaz para engendrar verdadera magnanimidad como poder examinar y considerar metódicamente todas las cosas que suceden en esta vida, y penetrar en su naturaleza, de modo que al mismo tiempo surja en nuestra comprensión: ¿cuál es su verdadero uso? ¿y cuál es la verdadera naturaleza de este universo al que es útil? ¿cuánto puede estimarse respecto al universo? ¿y cuánto respecto al hombre, ciudadano de la ciudad suprema, de la cual todas las demás ciudades del mundo son como casas y familias?
XII. ¿Qué es esto en lo que ahora se fija mi imaginación? ¿De qué cosas se compone? ¿Cuánto puede durar? ¿Cuál de todas las virtudes es la adecuada para este uso presente? ¿La mansedumbre, la fortaleza, la verdad, la fe, la sinceridad, la satisfacción, o alguna otra? De todo, por tanto, debes acostumbrarte a decir: Esto viene directamente de Dios, esto por esa conexión fatal y concatenación de las cosas, o (lo que casi es lo mismo) por alguna casualidad coincidente. Y en cuanto a esto, procede de mi prójimo, mi pariente, mi compañero: por su ignorancia, en verdad, porque no sabe lo que es verdaderamente natural para él; pero yo lo sé, y por eso me comporto con él según la ley natural de la convivencia; es decir, con bondad y justicia. En cuanto a aquellas cosas que por sí mismas son completamente indiferentes, según mi mejor juicio considero que cada una merece más o menos, así me comporto respecto a ellas.
XIII. Si te concentras en lo presente, siguiendo cuidadosamente la regla del deber y la razón, de manera sólida y apacible, y no mezclas otros asuntos, sino que procuras únicamente mantener tu espíritu sin mancha y puro, y te mantienes fiel a él sin esperanza ni temor de nada, en todo lo que hagas o digas, contentándote con la verdad heroica, vivirás felizmente; y nadie podrá impedirte esto.
XIV. Así como los médicos y cirujanos tienen siempre sus instrumentos listos para cualquier cura repentina, así debes tener siempre tus dogmas preparados para el conocimiento de las cosas, tanto divinas como humanas; y hagas lo que hagas, incluso en lo más pequeño, debes recordar siempre esa relación mutua y conexión entre lo divino y lo humano. Porque sin relación con Dios, nunca prosperarás en ninguna acción mundana; ni, por otro lado, en ninguna acción divina sin alguna consideración de las cosas humanas.
XV. No te engañes; nunca vivirás para leer tus comentarios morales, ni los actos de los famosos romanos y griegos, ni esos extractos de diversos libros, todo lo cual habías preparado y guardado para tu vejez. Apresúrate, pues, al final y, abandonando toda vana esperanza, ayúdate a ti mismo a tiempo, si te aprecias como debes.
XVI. Robar, sembrar, comprar, descansar, ver lo que hay que hacer (que no se ve con los ojos, sino con otro tipo de visión): qué significan estas palabras y de cuántas maneras pueden entenderse, ellos no lo comprenden. El cuerpo, el alma, el entendimiento. Así como los sentidos pertenecen naturalmente al cuerpo, y los deseos y afectos al alma, así los dogmas pertenecen al entendimiento.
XVII. Ser capaz de fantasías e imaginaciones es común tanto al hombre como a la bestia. Dejarse arrastrar y mover violentamente por los deseos y pasiones del alma es propio de bestias salvajes y monstruos, como lo fueron Fálaris y Nerón. Seguir la razón en los deberes y acciones ordinarias también es común a aquellos que no creen en la existencia de dioses y que, por su propio beneficio, no tendrían escrúpulos en traicionar a su patria; y que, una vez cerradas las puertas tras de sí, se atreven a hacer cualquier cosa. Si, por lo tanto, todo lo demás también es común a estos, se deduce que el hecho de que un hombre acepte y abrace todo lo que le sucede y le está destinado, y no perturbe ni moleste a ese espíritu que reside en el templo de su propio pecho con una multitud de vanas fantasías e imaginaciones, sino que lo mantenga propicio y lo obedezca como a un dios, sin decir jamás nada contrario a la verdad ni hacer nada contrario a la justicia, es la única verdadera cualidad de un hombre bueno. Y tal persona, aunque nadie creyera que vive como lo hace, ya sea con sinceridad y rectitud, o con alegría y contento, no se enoja con nadie por ello, ni se desvía por esa causa del camino que conduce al fin de su vida, por el cual debe pasar puro, siempre dispuesto a partir y, de buen grado y sin coacción, a acomodarse y adaptarse a su propio destino y porción.

