Edipo Rey · Sophocles

Introduction

Capítulo 1 de 42 · 12 min de lectura

Nuevos retoños del antiguo Cadmo, hijos míos. ¿Qué motivo os obliga a venir así a prosternaros en los escalones de este palacio, llevando en la mano las ramas reservadas para los suplicantes? El humo del incienso, los cantos lúgubres, los lamentos resuenan en toda la ciudad.

No os he enviado a nadie, he venido yo mismo, hijos míos, a informarme del motivo de vuestras quejas; sí, Edipo, tan loado en toda Grecia, viene a escucharos. Hablad, pues, ¡oh, anciano! ya que a vos os cuadra explicaros por ellos. ¿Qué temor, qué esperanza os han reunido en este sitio? Contad con el deseo que tengo de auxiliaros. Sería yo insensible si no estuviera conmovido por el estado suplicante en que os veo.

Vos que reináis sobre mi patria, Edipo, ved cuántos ciudadanos de todas edades, prosternados ante vuestros altares, unos en la infancia y arrastrándose apenas aún, otros en la fuerza de la juventud; mirad esos ancianos que son los pontífices de los dioses; a mí, que soy el gran Sacerdote de Zeus. El resto de los tebanos, llevando en la mano las ramas de los suplicantes, está prosternado en la plaza pública, o en ambos templos de Palas, o sobre la ceniza profética del Ismeno. Ya lo veis, Edipo; esta ciudad, tanto tiempo combatida por la tempestad, no puede ya levantar su cabeza por cima de las olas ensangrentadas que la sumergen. Los gérmenes de los frutos de la tierra se secan en los cálices de las flores; los rebaños perecen, y las mujeres ven morir en su seno a sus hijos. Un dios cruel, armado de tea terrible, una espantosa peste, ha venido a caer sobre esta ciudad y cambia en un desierto la antigua morada de los hijos de Cadmo. El negro Hades se enriquece con nuestros lamentos y con nuestros lloros. Estas gentes y yo, sin embargo, no venimos a imploraros como a un dios; mas os consideramos, entre todos los mortales, como el más capaz de socorrernos en medio de las vicisitudes de la vida y de las desgracias enviadas por los dioses. Vos, llegando a nuestros muros, nos librasteis del tributo que el monstruo cruel nos había impuesto, sin que ninguno de nosotros os suministrase ni os preparase los medios. Sólo por la inspiración de un dios salvasteis nuestra vida en peligro; todos aquí lo publican y lo piensan. A vos, pues, poderoso Edipo, a vos venimos, como suplicantes, a pedir hoy algún socorro, si habéis oído la voz de los dioses o si algún mortal ha podido iluminaros. Hemos visto, a menudo, grandes desgracias servir de inspiración a los mortales que la experiencia ha hecho hábiles con sus consejos. Venid, ¡oh, el más sabio de los hombres! a levantar esta ciudad abatida; venid y sabed que esta comarca os nombra hoy su salvador, por reconocer vuestra antigua prudencia: aparte de que con razón podríamos ya olvidar vuestros primeros beneficios si, tras de habernos sacado del abismo, nos dejarais caer de nuevo en él. Levantad, afirmad, pues, esta ciudad sobre sus cimientos; ved lo que habéis ya hecho por ella bajo favorables auspicios; sed también hoy lo que fuisteis entonces. ¿No es mejor para vos, mientras reinéis en esta tierra, reinar sobre hombres que sobre muros desiertos? Las murallas, las naves no son nada cuando se las despoja de los hombres que las habitan.

Desgraciados hijos, estoy lejos de ignorar el objeto de los votos que os traen ante mí. Demasiado sé en qué estado funesto estáis todos hundidos; y, no obstante, por desgraciados que seáis, no hay entre vosotros quien sea tan infortunado como yo. El dolor de cada uno de vosotros sólo tiene un objeto; sólo a vosotros os atañe, mientras que mi corazón gime a la vez por la ciudad, por vosotros y por mí. No creáis haberme sacado de un profundo sueño; sabed que no hay lágrimas que yo no haya vertido ni medios diversos que mi imaginación no haya estudiado. El único que he podido encontrar a propósito para socorreros lo he puesto en práctica. Al hijo de Meneceo, Creón, con quien me unen los lazos de la sangre, le he enviado a Delfos al templo de Apolo, para preguntar a este dios lo que debo ordenar, lo que debo hacer por la salvación de esta ciudad. Cuento los días, los mido por el tiempo que le era necesario, y me aflijo con sus retrasos. ¿Qué hace? Su ausencia es mucho más larga de lo que parecía que había de ser. Creed que en cuanto llegue me consideraré el peor de los hombres si no ejecuto cuanto el dios me haya prescrito.

Su corazón está satisfecho; podemos lisonjearnos de ello; de lo contrario, no aparecería, como le vemos, llevando en la cabeza una rama de laurel cargada de frutos.

Pronto lo sabremos: vedle junto a nosotros; podemos interrogarle. Hijo de Meneceo, querido príncipe, hermano mío, ¿qué nuevas nos traéis de parte del dios?

Buenas nuevas; pues lo que pueda haber en ellas de enojoso no es para nosotros sino una fuente de dicha, si el resultado es tal como debe esperarse.

Os diré, pues, lo que el oráculo de Apolo me ha dicho. Nos ordena, sin la menor obscuridad, alejar de esta tierra la fuente de impureza que alimentamos y cesar de mantenerla con nuestros males.

Todos han muerto. No queda más que uno, a quien el temor hizo huir, y que, de cuanto vio, no ha podido nunca referir sino una circunstancia.

Bueno, es de mi empresa remontarme a la fuente de vuestros males y descubrirla. No será en vano que Apolo y vos os hayáis tomado el cuidado de vengar la muerte de Layo; me veréis, justamente asociado a vuestros designios, servir a la vez a los intereses de la patria y a los del dios. Porque no solamente por la causa de un rey que ya no existe, sino por mi propia causa, haré salir de esta tierra el objeto impuro que la ha mancillado. El que haya podido poner la mano sobre Layo podría con mano tan osada atentar contra mis días. Así encontraré mi propia seguridad en el cuidado que me tomare de su venganza. Levantaos, pues, hijos míos; apresuraos, llevaos esas ramas, símbolo de los suplicantes. Que se reuna aquí el pueblo tebano; voy a emplear todos los medios para calmar sus penas; veremos luego, bajo los auspicios del dios, si debemos ser más felices o más miserables.

Levantémonos, hijos míos, levantémonos; los socorros que hemos venido a pedir aquí, nuestro rey nos los promete; que Apolo, que nos ha enviado tal oráculo, nos libre de la peste y conserve nuestra vida.

(El Gran Sacerdote se retira con los niños y los jóvenes tebanos que le acompañan. No quedan en escena sino Edipo y los ancianos que componen el Coro.)

Dulce voz de Zeus, que del opulento santuario de Delfos has llegado a los muros famosos de Tebas, ¿qué haréis por nosotros? El temor agita y consterna nuestro corazón, sobrecogido de respeto ante vos, ¡oh benéfico Peán, que reináis en Delos! ¿Cumpliréis vuestro oráculo hoy, o en otra sazón señalada por vuestros decretos? Hablad, voz inmortal, hija de la feliz esperanza.

Digna sangre de Zeus, ¡oh Palas! a vos os invoco la primera; vos también, Artemisa, su hermana, que gustáis de bajar a la tierra y que os sentáis en un trono glorioso dentro del recinto; y vos, Apolo, ducho en lanzar dardos, venid los tres en nuestra ayuda; si en otro tiempo, cuando otros azotes cayeron sobre esta ciudad, alejasteis de nosotros la peste, ¡acudid hoy, también, dioses benéficos! Las penas que sufrimos no pueden contarse. Todo el pueblo desmaya y sucumbe. Los recursos del arte están agotados y no pueden ya ofrecer remedio a nuestros males. Los gérmenes de las frutas se han tornado estériles; las mujeres no soportan ya los dolores del parto. Más ligera que el ave veloz, más destructora que el fuego voraz, la muerte precipita a nuestros ciudadanos, uno tras otro, hacia los dominios del dios de los infiernos. Tebas todos los días sucumbe a innumerables golpes. Los niños (¡cruel espectáculo!) permanecen tendidos sin piedad en el suelo, teatro de su muerte. Lejos de ellos, las mujeres y las madres, cuya frente está cubierta de cabellos blancos, gimen al pie de los altares y piden remate a sus penas. Los himnos dolientes, los gemidos, resuenan al par en los aires. Noble y encantadora hija de Zeus, socorrednos, haced volver sobre sus pasos el azote destructor, nuevo Ares que, sin escudo y sin carcaj, ha venido a combatirnos y nos consume entre gemidos y gritos; que vaya, lejos de los límites de nuestra patria, al vasto seno de Anfitrite o a las aguas inhospitalarias del mar de Tracia. No nos da punto de reposo; si amengua al terminar la noche, comienza de nuevo con el día. ¡Oh, Zeus!; oh, dios, que gobiernas a tu antojo el rayo, aplástale con él; y tú, dios de Licia, lanza en nuestro socorro los dardos invencibles de tu arco de oro. Dirige contra él, ¡oh Artemisa! los rayos fulgurantes con que prendes fuego a las cimas de los montes licienses; y tú, dios de las vides, dios epónimo de esta tierra, tú, cuya frente orna áurea corona, Dionisos, tú, que marchas acompañado de las ménades, ven armado de antorchas encendidas a perseguir y derrotar a ese dios cruel que los dioses miran con horror.

Invocáis a los dioses; pero lo que les pedís, socorro, alivio para vuestros dolores, lo obtendréis si queréis escucharme, obedecerme y someteros a lo que exigen nuestros males. Voy a hablar como extraño a lo que el oráculo acaba de hacernos saber, como extraño al crimen cometido, del que no puedo descubrir las huellas si no se me proporcionan los medios. Ciudadano hace poco tiempo de Tebas, sólo me es dable socorreros con la orden que voy a publicar. Cualquiera de vosotros que sepa a qué manos pereció Layo Labdácida, le invito a desenmascararle. Si el que fué el asesino teme ser denunciado, que se anticipe y se acuse; no tiene nada enojoso que temer; el destierro será su único suplicio. Si el asesino es extranjero, que quien le conozca lo declare y me apresuraré a recompensarle y le guardaré eterno reconocimiento. Pero si os obstináis en callar; si, temiendo por un amigo o por vosotros mismos, desacatáis mi orden, escuchad lo que voy a ordenar contra el culpable. Quiero, sea del rango que sea, que nadie en esta tierra sometida a mi imperio le reciba, le hable, le admita en las plegarias, los sacrificios y las libaciones consagrados a los dioses; que todos los habitantes le echen de sus hogares, como la causa impura del azote que nos aflige; pues así el oráculo de Delfos me lo ha hecho entender claramente; y quiero, haciendo uso del poder de que estoy revestido, servir al mismo tiempo al dios y al rey que ya no existe. ¡Quiera el cielo que mis imprecaciones contra el culpable ignorado, ya haya sido solo, ya haya tenido cómplices, le entreguen a la infamia y a todas las privaciones de una vida desgraciada! ¡Quiera el cielo que, aun en el caso de que, sin yo saberlo, sea de mi familia, experimente todos los males con que mis maldiciones le han amenazado! Pero a vosotros, tebanos, os encargo de la ejecución de mis deseos, por mi propio interés, por el de Apolo, por el de la patria, que agoniza en la esterilidad y el abandono de los dioses. ¡Y aunque los dioses no hubieran suscitado contra vosotros ese azote terrible! ¿estaría bien, luego de la muerte de un rey tan bueno, dejar su asesinato sin expiación y no buscar a los autores? Yo soy soberano del mismo imperio donde él reinaba; poseo su lecho, su esposa; he tenido hijos de ella; y si él los hubiera tenido lo serían míos. Por tantas razones, pues su infortunio ha sido tanto, pretendo vengarle, como vengaría a mi padre, y poner todo mi cuidado en descubrir, en detener al asesino de ese labdácida que, por Polidoro y Cadmo, desciende del antiguo Agenor. A aquellos de vosotros, tebanos, que no obedezcan lo que acabo de mandar, pido a los dioses que la tierra no les dé cosecha ni posteridad sus mujeres, y que perezcan luego víctimas del azote que nos persigue o de un destino aún más deplorable; pero a los que secunden mis designios, quiera el cielo que la justicia que combate en nuestro favor y todos los dioses les sean siempre favorables.

Obligados por vuestras imprecaciones, ¡oh, Príncipe! hablaremos. No hemos matado al rey e ignoramos quién fué su asesino; al dios que os envía el oráculo corresponde descubrirlo.

El soberano genio de Tiresias sabemos que se acuerda perfectamente con el genio supremo de Apolo; dirigiéndose a tal adivino, se podría, oh Príncipe, descubrir la verdad.

Pero he ahí a quien sabrá pronto descubrir al criminal. Os traen al adivino inspirado por los dioses, único entre los mortales que lleva en su seno la verdad.

Vos, que sometéis a vuestra inteligencia cuanto ignoran los hombres, cuanto pueden aprender, cuanto encierran cielos y tierras, Tiresias, aunque vuestros ojos no ven, conocéis tan bien como nosotros el mal contagioso por que esta ciudad es desolada. Sólo a vos, soberano intérprete de los dioses, os miramos hoy como nuestro apoyo y nuestro libertador. Porque Febo, si no lo sabéis ya por mis mensajes, nos ha respondido que, para salir del abismo en que estamos, no tenemos otro recurso que descubrir a los matadores de Layo y condenarles a muerte o desterrarlos. Dignaos, por lo tanto, sin escatimar ni consultas ni auspicios ni ninguno de los otros medios de adivinación, salvar a esta ciudad y a su Príncipe y a vos mismo. Salvadnos de la impureza que la muerte de Layo extendió por esta tierra; sólo en vos reposa nuestro espíritu. ¡Qué más noble, qué más digna función que emplear sus facultades y su poder en provecho de sus conciudadanos!

¡Oh, el más malo de los hombres (pues tu obstinación irritaría a un corazón de mármol)! ¡No hablarás! Te mostrarás siempre inflexible, inconmovible.

Bien, en el furor que me domina, no disimularé nada de lo que presumo. Sabe, pues, que sospecho que eres tú el autor de la conspiración: que tú lo has hecho todo menos matar al rey, y que si no hubieras estado ciego el crimen hubiera sido tuyo por entero.

Y yo os digo, en verdad, que seréis la víctima de vuestro propio anatema, y que, en el mismo día, el pueblo y yo no os hablaremos más; que os miraremos todos como el objeto impuro cuya presencia ha mancillado esta tierra.

Pero espero que tú y tu cómplice tendréis lugar de arrepentiros de haber tramado contra mí esta conjura; y ya, si no tuviese en cuenta tus años, habrías reconocido por tu suplicio la vanidad de tus esperanzas.

En medio de nuestras conjeturas, oh príncipe, demasiado vemos que sólo la cólera ha podido dictar a uno y otro semejante lenguaje. Pero dejemos tales palabras inútiles y pensemos sólo en la mejor manera posible de cumplir el oráculo.

Salgo; pero al partir diré, sin temer vuestra presencia, cuanto tenía que decir, pues no está en vuestro poder el perderme. Os anuncio que el asesino que buscáis, que amenazáis y que queréis castigar por la muerte de Layo, pasa aquí por un extranjero admitido en el número de nuestros ciudadanos; pero que pronto será reconocido por verdadero hijo de Tebas, y ese cambio no será para él motivo de alegría; pues ve la luz y no la verá más; es rico, y se tornará pobre, y explorando su camino con un báculo que le servirá de apoyo, pasará a una tierra extranjera. Se juntarán en él el padre y el hermano de sus hijos, el hijo y el esposo de la que le dio el ser, el asesino de su padre y el marido de su madre. Volved ahora a vuestro palacio y meditad sobre lo que acabáis de oir; si podéis llamarme mentiroso decid que no sé nada del arte de la adivinación.

¿Quién es aquel a quien el antro profético de Delfos ha denunciado como el asesino cuyas manos ensangrentadas cometieron el más horrible de los crímenes? En seguida debe, con pie más ligero que los más veloces corceles, precipitar su fuga. El hijo de Zeus, armado de relámpagos, se apercibe a confundirle y las furias terribles e inevitables siguen los pasos del dios. Su voz inmortal acaba de resonar en el Parnaso nevado y nos manda seguir por todas partes las huellas del matador desconocido. Sin duda, semejante a un toro salvaje, vaga por la espesura de los bosques, por las cavernas, por las rocas desiertas; y arrastrando con dolor su vida solitaria intenta esquivar los oráculos de Delfos; pero esos oráculos, que no mueren nunca, le siguen y vuelan tras él. ¡Con qué horribles, con qué espantosos pensamientos el sabio adivino ha turbado nuestro espíritu! No podemos ni acogerlos ni rechazarlos; no sabemos lo que hemos de decir. Nos abandonamos al vuelo de la esperanza sin mirar a los lados ni atrás. ¿Qué motivo de querella ha podido haber nunca entre los Labdácidas y el hijo de Polibio? Lo ignoramos y no sabemos tampoco en virtud de qué conjeturas, entregándonos a la voz que acaba de hacerse oir entre nosotros, podríamos vengar en Edipo la muerte de Layo de la que se ignora el autor.

Zeus y Apolo no lo ignoran; conocen todas las acciones de los mortales. Pero nada podrá persuadirnos de que un adivino esté más enterado que nosotros y que la sabiduría de un hombre le ponga por encima de la de otro. No, nunca, sin estar convencidos por el testimonio de nuestros ojos, uniremos nuestra voz a la de los acusadores de Edipo. Cuando el monstruo alado con rostro de mujer apareció ante él, ¿no dio brillante muestra de su sabiduría y de su buena voluntad para nuestra patria? Después de tan gran servicio, nuestro espíritu se resiste a no ver en él sino un mal hombre.

Tebanos, al tanto de las acusaciones graves de que Edipo me ha hecho objeto, y no pudiendo soportar tal vergüenza, vengo en vuestra busca; como nunca, con mis acciones o con mis palabras, he intentado perjudicarle, prepararle la pena que sufre y de que me juzga el autor, con tal oprobio sobre mí, desearía poco prolongar mis días; pues no se trata de una imputación leve, sino grave en extremo, ya que no tiende nada menos que a declararme pérfido con vosotros, con mis amigos y con la patria.