Edipo Rey · Sophocles

ESCENA V

Capítulo 13 de 42 · 6 min de lectura

EDIPO, ANTÍGONA, EL CORO

EDIPO

Aquí estoy, soy yo; porque infiero de vuestras palabras que es a mí a quien buscáis.

EL CORO

Dioses, su aspecto es horrible, su voz es espantosa.

EDIPO

¡Os conjuro a ello, no me creáis un hombre que desprecia las leyes!

EL CORO

¡Piadoso Júpiter! ¿Qué anciano es éste?

EDIPO

Éforos de esta comarca, no es un mortal que pueda congratularse de su fortuna, como veis; de otra suerte, yo no tendría que recurrir a ojos extraños para conducirme, y la fuerza no estaría bajo la guarda de la debilidad.

EL CORO

¡Cielos, sin vista y bajo la fuerza de un mal sino desde la niñez, seguramente muy lejana! Pero en lo que depende de nosotros, no añadiréis a vuestros males los de las imprecaciones a que os exponéis. Avanzáis demasiado, anciano infeliz, evitad el entrar en ese bosque silencioso, en esa pradera verdeante por donde corre un arroyo cuya linfa clara sirve para llenar las cráteras destinadas a las libaciones. Basta, retiraos... Poneos a gran distancia. Extranjero desgraciado, ¿no oís? Si tenéis algo que decirnos, dejad ese asilo vedado a los mortales; venid a este lugar abierto a todos y podréis hablarnos. Hasta ese momento, callad.

EDIPO

¿Qué tengo que hacer, hija mía?

ANTÍGONA

Conformaros con lo que quieren estas gentes, ceder voluntariamente y sin violencia... Dadme la mano.

EDIPO (A Antígona saliendo del bosque.)

Hela aquí... Extranjeros, voy a dejar este lugar; me abandono a vosotros; no me traicionéis.

EL CORO

No, no, anciano, no temáis que nadie ahora os arranque de aquí a pesar vuestro.

EDIPO

¿Sigo avanzando?

EL CORO

Acercaos más.

EDIPO

¡Más aún!

EL CORO

Hacedle avanzar, muchacha; ¿no oís?

ANTÍGONA

Seguidme, padre mío, seguidme; por muy débil que estéis, id adonde os conduzco... Desgraciado padre, extranjero en una tierra extraña; tened valor de evitar lo que el ciudadano odia y de respetar lo que ama.

EDIPO

Condúceme, hija mía, condúceme... no combatamos contra la necesidad; vamos adonde el respeto de los dioses nos llama y a donde podamos escuchar y ser escuchados.

EL CORO

Deteneos ahí, y guardaos de poner los pies fuera de esa roca que limita el camino.

ANTÍGONA

¿Aquí?

EL CORO

Ahí mismo. Basta.

EDIPO

¿Puedo sentarme?

EL CORO

Subid oblicuamente y colocaos con suavidad en lo alto de la roca.

ANTÍGONA

Ese cuidado me está reservado a mí, padre mío; a mí me toca conduciros suavemente y paso a paso. Apoyad vuestro cuerpo cargado de años en la mano de una hija querida.

EDIPO

¡Oh destino cruel!

EL CORO

Ahora estáis sentado, infortunado; decidnos cuál es vuestra sangre, decidnos quién sois, decidnos cuáles son vuestras desgracias y cuál es vuestra patria.

EDIPO

Extranjeros, no tengo patria; pero por favor...

EL CORO

¿Qué decís, anciano?

EDIPO

Por favor, una vez más, no me preguntéis quién soy; no me sigáis interrogando.

EL CORO

¿Por qué?

EDIPO

¡Nacimiento funestísimo!

EL CORO

Hablad.

EDIPO (A Antígona.)

¡Oh hija mía! ¿Qué diré?

EL CORO

Extranjero, ¿cuál es vuestra sangre; quién era vuestro padre?

EDIPO

¡Cielos! Hija mía, ¿qué debo hacer?

ANTÍGONA

Hablad, no podéis resistiros más.

EDIPO

Voy a hablar, pues. ¿Cómo podría permanecer desconocido?

EL CORO

¡Cuánta dilación! ¿Queréis explicaros?

EDIPO

¿Conocéis al hijo de Layo?

EL CORO

¡Cielos!

EDIPO

¿El sobrino de los Labdácidas?

EL CORO

¡Zeus!

EDIPO

¿El desgraciado Edipo?

EL CORO

¡Cómo! ¿Sois vos?

EDIPO

No os asustéis de lo que os digo.

EL CORO

¡Oh, oh!

EDIPO

¡Infortunado!

EL CORO

¡Oh, oh!

EDIPO

Hija mía, ¿qué va a suceder?

EL CORO

Salid, salid de este país.

EDIPO

¿De ese modo cumplís las promesas que me habéis hecho?

EL CORO

No hay castigo de las furias para quien devuelve al ofensor las ofensas que ha recibido de él. El engañador merece ser engañado a su vez y no debe esperar sino ultrajes en vez de reconocimiento. Dejad, pues, ese asiento, salid de esta tierra que habitamos y no atraigáis sobre nuestra ciudad nuevas desgracias.

ANTÍGONA

Virtuosos extranjeros, ya que no podéis soportar la presencia de mi padre, de este anciano ciego y desgraciado de quien conocéis ya los errores involuntarios, tened al menos piedad de una hija infortunada; por él, por mi padre, os imploro. Sí, os invoco, os pido, como vuestra propia hija, clavando en vuestros ojos mis ojos abiertos a la luz, que concedáis a este desgraciado anciano algunos sentimientos de consideración; nuestra suerte está en vuestras manos, como en las de un dios. Dignaos, dignaos, con un signo de asentimiento, concedernos la gracia inesperada que mi voz pide, haciendo hablar en su favor cuanto pueda conmoveros más, el nombre de hija, la razón, la necesidad, los dioses. ¿Quién, cuando un dios le arrastra, puede evitar el golpe que le prepara?

EL CORO

Hija de Edipo; enternecidos por vuestras desgracias, os compadecemos igualmente a uno y otro; pero el temor de los dioses nos impide cambiar nada de lo que hemos determinado contra vosotros.

EDIPO

¿Qué socorro; qué bien habrá que esperar nunca de una reputación vana y una gloria usurpada? He aquí a Atenas, tenida por tan religiosa, por la única ciudad celosa de amparar a un extranjero desgraciado, por la única capaz de socorrerle. ¿En qué han quedado para mí tales virtudes cuando, arrancándome del asiento donde descansaba, me echáis de vuestra patria sólo por el temor que os inspira mi nombre? Pues no es mi cuerpo quien os lo inspira, ni tampoco mis acciones, dado que de las acciones que me echáis en cara soy harto menos el autor que la víctima. Si, en efecto, las que conciernen a mi padre y mi madre causan vuestra indignación contra mí, por lo que he podido juzgar, ¿de qué crimen podía ser realmente culpable, yo que, sin saberlo, no he hecho sino devolver lo que se me había hecho sufrir y que hasta si hubiera obrado a propósito hubiera podido no pasar por criminal? He llegado, sin saberlo, al término a que mi suerte me ha conducido; pero los que querían mi pérdida bien sabían lo que hacían conmigo. Así, pues, extranjeros, os imploro en nombre de los dioses; salvadme, como me lo habéis prometido; y, honrando a los dioses, guardaos de creer que no son sino un destino ciego; creed por el contrario que tienen siempre los ojos puestos en los justos y en los impíos y que entre los que les desafían no hay nadie que pueda eludirles. No empañéis, pues, el brillo de la feliz ciudad de Atenas entregándoos a acciones impías; sino, fieles a vuestras promesas, defended, proteged a un suplicante que ha fiado en vuestra palabra; que el estado horrible en que me presento a vuestros ojos no os autorice para rechazarme. Vengo, protegido por la religión y los dioses, a reportar un gran favor a esta ciudad; y, cuando el que reina en esta tierra, sea quien sea, esté presente, lo oiréis, lo sabréis todo; cesad hasta tal momento de usar de rigor conmigo.

EL CORO

No podemos evitar, oh anciano, que vuestras razones nos conmuevan, tanta hay en vuestras palabras; pero es preciso que los que mandan en esta comarca se enteren como nosotros.

EDIPO

¿Y dónde está el que aquí gobierna?

EL CORO

En la ciudad patrimonio de sus padres. El mensajero que nos ha hecho venir ha partido en su busca.

EDIPO

¿Creéis que tendrá algún miramiento, alguna consideración para un ciego infortunado y que consentirá gustoso en venir?

EL CORO

Sin duda, desde el momento en que oiga vuestro nombre.

EDIPO

¿Y por quién podrá saberlo?

EL CORO

El camino es largo; pero las palabras de los viajeros circulan con rapidez. Las oirá; vendrá al punto, no lo dudéis, anciano, pues vuestro nombre ha resonado por doquier, aun cuando el sueño gravitase sobre sus sentidos. Teseo, despertado por ellas, se apresuraría a venir.

EDIPO

¡Quiera el cielo que venga bajo auspicios favorables, para su patria al par que para mí! Pues no hay hombre, por virtuoso que sea, que se olvide de su interés.

ANTÍGONA

¿Qué debo pensar, por Zeus, padre mío? ¿Qué debo decir?

EDIPO

Cara Antígona, hija mía, ¿qué os sucede?

ANTÍGONA

Veo venir hacia nosotros una mujer montada en un corcel soberbio, un casco a la manera tesaliana cubre su cabeza y sombrea su frente... ¿Qué creer? Será... No..., mi espíritu no acierta... Yo aseguraría..., pero no... No sé qué decir. Desgraciada, no puede ser otra... A medida que se aproxima la alegría brilla en sus ojos, me sonríe. ¿Cómo dudar que es a Ismena a quien veo?

EDIPO

¿Qué decís, hija mía?

ANTÍGONA

Que es a vuestra hija, mi hermana Ismena, a quien diviso; el sonido de su voz puede ahora confirmároslo.