Edipo Rey · Sophocles
ESCENA VI
Capítulo 14 de 42 · 7 min de lectura
LOS PRECEDENTES, ISMENA
ISMENA
¡Dulce momento en que puedo ver y oir a un tiempo a un padre y a una hermana queridos! ¡Cuántos trabajos para encontraros, cuántos trabajos para volver a veros!
EDIPO
Hija mía, ¿sois vos?
ISMENA
¡Oh desgraciado padre!
EDIPO
¡Oh sangre de mi sangre, hija mía!
ISMENA
¡Oh ternuras desgraciadas!
EDIPO
¿Vos aquí, hija mía?
ISMENA
No sin grandes trabajos.
EDIPO
Querida hija, abrazad a vuestro padre.
ISMENA
Mis brazos os estrechan a ambos.
EDIPO
¿A Antígona y a mí?
ISMENA
Unen a tres desgraciados.
EDIPO
¿Y qué motivo os trae?
ISMENA
Algo que os atañe.
EDIPO
¿Me echabas de menos?
ISMENA
Tenía para vos noticias de que vengo a daros parte, no teniendo conmigo otro servidor fiel.
EDIPO
Y vuestros hermanos, ¿dónde están, ellos a quien la juventud habilita para los trabajos?
ISMENA
Donde quiera que estén, están en una cruel situación.
EDIPO
¡Cómo recuerdan sus costumbres y su carácter los antiguos usos de Egipto, donde los hombres, retirados en el interior de sus casas, manejaban el huso, mientras sus mujeres iban a buscar fuera cuanto era necesario para la nutrición de sus esposos! Así, hijas mías, vuestros hermanos, en lugar de echar sobre sus hombros, como debían, los cuidados que pesan sobre vosotras, permanecen tranquilamente guardando su casa, al modo de mujeres, mientras una y otra os ocupáis por ellos en el alivio de mis males. Una, desde el momento que salió de la infancia, y que adquirió la fuerza de la juventud, fugitiva y desgraciada conmigo, ha sido el guía de mi vejez; con frecuencia en los bosques más salvajes, errante, sin aliento y casi sin vestidos, expuesta a los ardores del sol, a las inclemencias del aire, doliente, extenuada, prefiere a los festines que hubiera tenido en su hogar la felicidad de procurar algún sustento a su padre. Vos, hija mía (a Ismena), vos habéis ya venido, a hurto de los tebanos, a anunciar a vuestro padre lo dicho por los oráculos sobre la suerte de este cuerpo infeliz. Me habéis fielmente acompañado al ser echado de mi patria, y ahora, Ismena, ¿qué venís a decirme, qué designio os ha sacado de vuestra morada? Porque, harto lo sospecho, no habéis venido sin motivo y sin alguna terrible noticia que darme.
ISMENA
No os diré, padre mío, cuánto he sufrido buscando el lugar donde podíais haberos retirado; no quiero, con un relato aflictivo de mis trabajos, sufrir de nuevo su amargura; vengo a informaros de los males que amenazan hoy a vuestros dos desgraciados hijos. Parecían al principio no tener otro deseo que abandonar el trono a Creón, y no mancillar su patria, considerando el estigma de su raza y los males horribles caídos sobre vuestra casa; ahora, impelidos por los dioses y por un genio perverso, por una ambición funesta, esos infortunados se disputan el trono. El más joven ha despojado de él a Polinicio, que tenía la ventaja de la edad; le ha echado de su patria. Polinicio, según es público, ha elegido a Argos para retiro; allí forma una nueva alianza; allí reúne un ejército que interesa en su causa, sea para castigar a la ciudad de Cadmo, ya para elevar hasta el Cielo la gloria de Argos. No son amenazas prodigadas en vano, padre mío, sino preparativos temibles. No sé cuándo los dioses se apiadarán de vuestras desgracias.
EDIPO
¿Cómo? ¿Tenéis ya alguna esperanza de que los dioses se dignen parar mientes en mí y ocuparse de mi dicha?
ISMENA
Sí, sin duda, padre mío, y varios oráculos lo afirman.
EDIPO
¿Qué oráculos son esos, hija mía? ¿Qué predicen?
ISMENA
Que aquí mismo, en vuestra vida y después de vuestra muerte, los pueblos os buscarán para su propia seguridad.
EDIPO
¿Y qué socorro podría esperarse de un mortal en el estado en que yo estoy?
ISMENA
En vos sólo, dicen, residen sus fuerzas.
EDIPO
¿Acaso, porque no soy ya nada, me convierto en un hombre importante a sus ojos?
ISMENA
Los dioses os ensalzan después de haberos abatido.
EDIPO
No es fácil ensalzar en la vejez lo que fué abatido en la juventud.
ISMENA
Sabed, sin embargo, que para aprovechar esos oráculos, Creón no tardará en venir.
EDIPO
¿Qué quiere hacer, hija mía? Explicadme.
ISMENA
Estableceros cerca de la tierra de Cadmo, para que los tebanos os tengan en su poder, sin permitiros, no obstante, franquear los límites de su país.
EDIPO
¿Y qué ventaja les reportará dejarme a sus puertas?
ISMENA
Vuestra tumba sería en otra parte un peso funesto que gravitaría sobre ellos.
EDIPO
Un dios, sin duda, les ha revelado esos secretos; ¿cómo ellos por sí solos hubieran podido penetrarlos?
ISMENA
Por eso quieren llevaros cerca de su ciudad y no permitiros disponer de vos.
EDIPO
¿Pero sin duda, se servirán de la tierra de Tebas para cubrir mi cuerpo?
ISMENA
Padre mío; la sangre paterna que vertisteis se opone a ello.
EDIPO
No se opondrá, al menos, a que nunca puedan apoderarse de mí.
ISMENA
He aquí lo que les pesará a los tebanos.
EDIPO
¿Por qué, hija mía?
ISMENA
Por efecto de vuestra cólera, cuando se acerquen a vuestra tumba.
EDIPO
¿Eso que anunciáis, hija mía, por quién lo sabéis?
ISMENA
Por los mismos que venían de consultar al oráculo de Delfos.
EDIPO
¿Es, pues, eso lo que Febo ha pronunciado sobre mí?
ISMENA
Es lo que han referido los que de Delfos han venido a los campos tebanos.
EDIPO
¿Alguno de mis hijos ha oído esos relatos?
ISMENA
Los han oído perfectamente uno y otro.
EDIPO
¿Y los pérfidos, no obstante, enterados por el oráculo han antepuesto el deseo de reinar al deseo de volver a verme?
ISMENA
Ved lo que no puedo oir sin rubor, y sin embargo, no puedo negar.
EDIPO
¡Que los dioses no extingan nunca el odio fatal que les divide! Si de mí dependiese el fin de la guerra que acaba de armar al uno contra el otro, ni el que tiene actualmente el cetro lo seguiría poseyendo ni el que ha salido de Tebas podría jamás volver a ella. Ambos, en vez de protegerme, en vez de retenerme, a mí que era su padre, cuando fuí, con tanto oprobio, echado de mi patria, contribuyeron a mi destierro y lo confirmaron con un decreto. Diréis que, en verdad, Tebas no hizo sino concederme lo que había pedido yo mismo. No, ciertamente, ya que en el fatal día en que mi furia me hacía desear la muerte, la lapidación, no hubo nadie que quisiera concederme tal gracia. Sólo después de cierto tiempo, cuando mis dolores se hubieron aliviado un poco, cuando empecé a percatarme de que mi extravío había castigado harto severamente mis faltas, sólo entonces sirvieron éstas de pretexto a los tebanos para expulsarme indignamente; y no obstante, mis hijos, que podían socorrer a su padre, le negaron su ayuda y me vi obligado a partir lejos de mi patria, fugitivo y miserable, a sufrir un destierro que una palabra de su boca hubiera podido evitarme. Sólo vosotras, hijas mías, en la medida que la debilidad de vuestro sexo os lo ha permitido, sólo vosotras me habéis proporcionado el sustento, la seguridad y todos los socorros que le es dable esperar a un padre, mientras que mis hijos no pensaban sino en apoderarse de mi cetro y en reinar en mi lugar. Pero nunca me tendrán por defensor, nunca el trono usurpado será una ventaja para ellos. He aquí lo que los oráculos, traídos por Ismena, me han hecho saber y las antiguas predicciones de Apolo confirman en mi pensamiento. Ahora que envíen a buscarme aquí a Creón o a cualquier otro de los poderosos de la ciudad: extranjeros, si con las venerables diosas que aquí presiden os dignáis prestarme vuestra ayuda, sabed que adquiriréis conmigo un poderoso escudo para vuestra ciudad y un azote para vuestros enemigos.
EL CORO
¡Bien merecéis, Edipo, tanto vos como vuestras hijas, que nos interesemos por vuestras desgracias! Ya que os anunciáis como el salvador de esta comarca, vamos a aconsejaros lo que debéis hacer.
EDIPO
Amigos míos, dadme esos consejos hospitalarios; estoy pronto a seguirlos.
EL CORO
Comenzad por purificaciones en honor de las diosas de las que habéis empezado por invadir la morada y de las que vuestros pies han hollado el suelo sagrado.
EDIPO
¿Y de qué modo haré esas purificaciones? Extranjeros, dignaos decírmelo.
EL CORO
Id, por de pronto, con mano respetuosa a esa fuente sagrada, que no se agota nunca, por agua pura para vuestras libaciones.
EDIPO
¿Y cómo podré coger tal agua?
EL CORO
Encontraréis cráteras que son obra de un hábil artista. Os las pondréis sobre la cabeza, y el asa doble de su abertura...
EDIPO
¿Con qué las cubriré? ¿Con ramas o con lana?
EL CORO
Con el vellón nuevo de un corderillo.
EDIPO
Bien. ¿Qué haré después?
EL CORO
Os volveréis hacia donde se levanta la aurora y haréis vuestras libaciones.
EDIPO
¿Las haré con las cráteras de que habláis?
EL CORO
Las haréis con tres vasos primero, y el cuarto lo derramaréis entero.
EDIPO
¿De qué lo llenaré? Acabad de enterarme.
EL CORO
De hidromiel; guardaos de mezclar vino.
EDIPO
Y cuando la tierra esté mojada con tales libaciones...
EL CORO
Tomad en vuestras manos tres veces nueve ramas de olivo y pronunciad las plegarias...
EDIPO
¿Qué plegarias? Ardo en deseos de oirlas; son importantes para mí.
EL CORO
«Diosas a quienes llamamos Euménides, recibid con benevolencia digna de vuestro nombre a un suplicante que os pide gracia.» Pero vuestra plegaria, si la pronunciáis vos mismo o si otro la pronuncia, no lo sea en voz alta, para que no pueda ser oída. Retiraos luego lentamente y sin volver la cabeza. Si seguís nuestros consejos, nos encontraremos confiados junto a vos; de otra suerte, extranjero, tememos mucho por vuestra vida.
EDIPO
Ya oís, hijas mías, lo que los habitantes de esta tierra nos recomiendan.
ANTÍGONA E ISMENA (A la vez.)
Lo hemos oído; ordenad. ¿Qué hay que hacer?
EDIPO
En mi doble privación de mis fuerzas y de mis ojos, no puedo ir adonde me mandan. Que una de vosotras vaya a cumplir esos deberes por mí; pues una sola equivale a mil si su corazón está bien dispuesto. Pero una u otra apresuraos y cuidad de no dejarme solo. ¡Qué sería de mí, abandonado, sin guía y sin apoyo!
ISMENA
Bien; yo me encargaré de lo tocante a esas libaciones; sólo ignoro el sitio adonde he de ir, y eso es lo que deseo saber.
EL CORO
Al otro lado del bosque, de ese bosque que veis. Si necesitáis algún otro indicio, los habitantes del lugar podrán proporcionároslo.
ISMENA
Iré, pues, Antígona, mientras vos cuidáis de nuestro padre; cuando los autores de nuestros días nos causan alguna molestia, hay que sufrirla y olvidarla.



