Edipo Rey · Sophocles
ESCENA IV
Capítulo 19 de 42 · 6 min de lectura
LOS PRECEDENTES, TESEO
TESEO
¿Qué gritos he oído? ¿Qué ha pasado? ¿Qué temor os mueve a arrancarme de los altares del dios que preside en Colona y a interrumpir mi sacrificio? Hablad, decidme por qué se me ha obligado a venir precipitadamente.
EDIPO (A Teseo.)
Amigo mío (¡pues bien reconozco vuestra voz!), acabo de sufrir los más crueles ultrajes de ese hombre.
TESEO
¿Qué ultrajes? ¿Quién es su autor? Explicaos.
EDIPO
Ese Creón que veis, ha venido a robarme a mis dos hijas, al único apoyo que me quedaba.
TESEO
¿Qué decís?
EDIPO
La desgracia que acabo de sufrir.
TESEO
Volad al punto, corred a los altares donde el pueblo está reunido; que deje el sacrificio; que acuda diligente, a pie o a caballo, al vértice de ambos caminos; que impida el paso de las dos jóvenes princesas; que me evite la vergüenza de ser vencido por la violencia y de ser el ludibrio de ese extranjero; apresuraos a llevar a cabo mis órdenes; no hubiera yo tardado en castigarle por mi mano si me hubiera entregado de lleno al furor que merece; pero las mismas leyes por que él acaba de guiarme servirán para juzgarle. (A Creón.) No saldréis de esta comarca sin que hayáis traído y puesto en mis manos a las dos princesas, ya que habéis obrado de manera tan indigna de mí, de vuestro origen y de vuestra patria. ¡Llegáis a una ciudad que sólo respira justicia y no hace nada contra la ley, y, pisoteando los principios que la rigen, os atrevéis, en vuestra violencia, a caer sobre vuestra presa, a llevárosla y a sojuzgarla! ¿Pensáis habéroslas con una ciudad sin ciudadanos y reducida a la esclavitud? ¿No me tenéis en nada? Tebas, sin embargo, no hizo de vos un mal hombre; no acostumbra a criar ciudadanos injustos; distaría mucho de aprobar vuestra conducta, si supiera que venís a llevaros de aquí, con violencia, a desgraciados suplicantes, que se amparaban en los dioses y en mí. Nunca, aunque hubiera tenido los motivos más justos, hubiera yo ido a vuestra patria para hacerle semejante ultraje; y nunca, sin contar con el soberano, quienquiera que hubiera sido, habría yo osado llevarme ni violentar a nadie. Sé muy bien cómo un extranjero debe conducirse entre ciudadanos. Y, no obstante, no teméis deshonrar a vuestra ciudad, que no lo merece. Sin duda los años os han turbado la razón. Ya os lo he dicho y os lo repito: haced al punto traer a las hijas de Edipo, si no queréis, mal que os pese, quedaros aquí. He aquí lo que os prometo y os promete mi corazón tanto como mi lengua.
EL CORO
Mirad adonde habéis llegado, extranjero; vuestra sangre anuncia en vos un hombre justo y vuestras acciones no muestran sino un mal hombre.
CREÓN (A Teseo.)
Hijo de Egeo, no ha sido, como pretendéis, creyendo a esta ciudad sin ciudadanos ni prudencia como he llevado a cabo mi reciente acción, sino no creyendo que nadie aquí pudiera interesarse por mis deudos hasta el punto de querer sustentarlos a pesar mío. Pensaba, además, que esta ciudad no daría asilo a un hombre impuro, manchado con la sangre de su padre; a un hombre que ha sido a la vez hijo y esposo de su madre. Yo conocía la sabiduría del areópago, ese ilustre Tribunal que no permite a semejantes fugitivos establecerse aquí. En eso me fundaba al caer sobre mi presa; y aun así no lo hubiera hecho a no haber Edipo lanzado contra mí y mi raza las imprecaciones más terribles. Ante tal ultraje, he creído deber devolvérselo; pues la cólera es un sentimiento que no envejece y sólo se extingue en la tumba; los muertos no más son insensibles. Ahora haced lo que queráis, ya que, pese a la justicia de mis razones, la soledad en que me hallo me priva de fuerza y de defensa. Con todo, aun haré por devolveros cuantos malos tratos reciba de vos.
EDIPO
¡Qué insolente audacia! ¿Y sobre quién cae tal ultraje? ¿Sobre mí, desgraciado anciano, o sobre ti, que acabas de reprocharme muertes, lazos funestos, horrores en que me he visto envuelto a pesar mío? Eran obra de los dioses que vengaban en nuestra raza no sé qué antigua ofensa; pero no encontrarás contra mí el reproche legítimo de un solo crimen en cuanto he cometido con los míos y conmigo. En efecto, dime cómo, porque un oráculo predijo a mi padre que debía morir a manos de su hijo; podrías, con justicia, hacerme un reproche a mí, a quien mi padre y mi madre no me habían aún dado el ser, a mí que no había nacido. ¿Y cómo si, por la fatalidad que parece haberme perseguido, combatí con mi padre y le maté, sin saber lo que hacía, cómo, digo, puedes reprocharme con fundamento un crimen tan involuntario? ¡Desgraciado, no te avergüenzas de obligarme a hablar aquí de mi himeneo con mi madre, que era tu hermana! ¡Qué himeneo! Lo diré, no lo callaré, ya que tu boca impía ha llegado a ese exceso de audacia. Sí, me llevó en su seno, me dio la vida ¡infeliz de mí!, y después de haberme engendrado, sin conocerme, sin conocerse a sí misma, me dio hijos que son su oprobio. Pero bien sé que gustas de tronar contra ella y contra mí. Por lo que a mí toca, a mi pesar casé con ella, y a mi pesar lo recuerdo. Pero, ni por tal himeneo ni por la muerte de mi padre, que te complaces tan a menudo en reprocharme amargamente, seré tenido nunca por un hombre perverso. Respóndeme tan sólo, hombre justo, ¿si alguno viniese de súbito a atacarte, irías a informarte de si el agresor era tu padre, o te apresurarías a castigarle? Yo pienso que, por poco cara que te sea la vida, te vengarías al punto del culpable, sin considerar si eso sería un crimen o no. He aquí, sin embargo, la naturaleza de los crímenes a que la mano de los dioses me condujo; son tales, que si mi padre levantara la cabeza, no creo que se atreviese a reprochármelos; pero tú, que, sin conocer la justicia, no ves en tus palabras inconsideradas sino justicia y razón, ¡me reprochas mis desgracias delante de este pueblo! Te cuadra mucho, después de eso, halagar el gran nombre de Teseo y lisonjear a Atenas a propósito de la gloria de sus hijos. En medio de tales elogios, echas en olvido uno muy esencial; y es que, si hay en el mundo una ciudad que sepa honrar a los dioses, es Atenas la que supera en esa virtud a todas las demás; ¡y no obstante, vienes a arrancar de su seno a un anciano suplicante y, alzando la mano sobre mí, te atreves a robarme a mis hijas! En pago de eso, me prosterno ante las diosas aquí presentes; las invoco, las conjuro con mis plegarias a que vengan en nuestro socorro y combatan a nuestro lado; así sabrás a qué hombres está encomendada la defensa de esta ciudad.
EL CORO (A Teseo.)
Señor, este extranjero es de corazón virtuoso; sus infortunios son horribles y le hacen digno de nuestro interés en su defensa.
TESEO
Basta de palabras. ¡Mientras los raptores apresuran su marcha, nosotros, sobre quienes cae tal ultraje, permanecemos inactivos!
CREÓN
¿Qué exigís de mí en el abandono en que me hallo?
TESEO
Marchar ante mí por ese camino y conducirme al sitio donde tenéis ocultas a las hijas que consideramos como nuestras. Si los raptores las arrastran en su fuga, no hay que inquietarse mucho por ello, se les seguirá, y no tendrán motivo para dar gracias al cielo de haber escapado sanos y salvos de esta tierra. Conducidnos, pues, y pensad que habéis llegado a ser nuestra presa persiguiendo a la vuestra. La fortuna os ha cogido en la misma trampa que habíais tendido; pues la astucia es un mal medio para adquirir y para conservar. Harto se adivina en vuestra audaz actitud que no habéis llegado a la ligera ni sin apercibiros a hacernos tal ultraje. Os habéis confiado en alguna estratagema al poner mano en esta empresa; pero a mí me toca preverla y no permitir que una ciudad entera ceda en poder a un solo hombre. ¿Me habéis entendido? ¿O pensáis que las palabras que oís y las que oíais cuando concebíais vuestros planes son vanas y frívolas?
CREÓN
Mientras yo esté aquí no tendré nada que oponer a cuanto me digáis; pero de vuelta a mi patria, sabré lo que he de hacer.
TESEO
Amenazad, pero echad a andar, y vos, Edipo, permaneced tranquilo aquí, y creed que, si no muero, no tendré punto de reposo hasta que os haya devuelto a vuestras hijas.
(Salen. Edipo queda solo en escena con el Coro.)
EDIPO
¡Quiera el cielo, oh Teseo, que recojáis el fruto de los cuidados generosos y benéficos que os tomáis por nosotros!



