Edipo Rey · Sophocles
ESCENA II
Capítulo 21 de 42 · 4 min de lectura
TESEO, ANTÍGONA, ISMENA, EDIPO, EL CORO
ANTÍGONA
¡Padre mío, padre mío! ¿Qué dios os concederá el favor de ver con vuestros propios ojos al más generoso de los mortales que nos devuelve a vuestros brazos?
EDIPO
¡Hijas mías! ¿Estáis aquí, en efecto, ambas?
ANTÍGONA
El brazo de Teseo y de sus valerosos guerreros nos ha salvado.
EDIPO
Venid, hijas mías, venid; abrazad a vuestro padre, dadle este placer de que no esperaba ya gozar.
ANTÍGONA
Seréis satisfecho; nuestros deseos responden a los vuestros.
EDIPO
¿Dónde estáis? ¿Dónde estáis?
ANTÍGONA
Henos aquí a una y a otra.
EDIPO
¡Hijas queridas!
ANTÍGONA
¿Las hay que no sean caras al corazón de un padre?
EDIPO
¡Apoyos de mi vejez!
ANTÍGONA
¡Infortunados sostenes de un infortunado!
EDIPO
Tengo en mis brazos lo que me es más querido. Puesto que mis dos hijas están junto a mí, no moriré del todo desgraciado. Hijas mías, apoyaos sobre mi pecho, apretad vuestro cuerpo contra el de quien os dio el ser; haced olvidar a mi corazón desdichado mi soledad y mis fatigas. Decidme cuanto ha sucedido, y decídmelo en pocas palabras, como cuadra a vuestra edad.
ANTÍGONA
He aquí a quien nos ha salvado; eso es cuanto os importa saber, padre mío, y estas pocas palabras bastan para vos y para mí.
EDIPO (A Teseo.)
No os asombre, oh príncipe, que cuando mis hijas me son devueltas contra toda esperanza, me abandone al placer de abrazarlas. Harto sé que a vos, a vos sólo, os debo tan grande beneficio; sólo vos entre todos los mortales me habéis conservado a mis hijas. Que los dioses, como deseo, os lo premien, a vos y a esta comarca, ya que sólo aquí, sólo entre vosotros, he hallado la piedad, la justicia y la verdad. Teniéndolo en cuenta, ved con qué palabras quiero responder a vuestros beneficios, pues lo que tengo, lo tengo por vos y por ningún otro de entre los humanos. ¡Dadme, oh rey, la mano, que pueda yo tocarla, que pueda, si me es permitido, besar vuestra frente...! Pero ¿qué digo? ¿Cómo, ¡infeliz de mí!, me atrevería a tocar a un mortal sin mancilla alguna? No os tocaré, no permitiré siquiera que me toquéis; sólo a los que han sufrido semejantes desgracias les corresponde compartir su peso. Pero vos sed dichoso y conservad para mí en lo futuro la misma benevolencia equitativa de que me habéis hoy dado pruebas.
TESEO
En vuestro gozo de recibir a vuestras hijas, no me hubiera sorprendido que hubierais dado aún más extensión a vuestras expansiones con ellas, y aunque hubierais preferido en ese momento conversar con ellas a hacerlo conmigo, no hubiera yo tenido por qué quejarme. Más por las acciones que por las palabras, procuro derramar algún resplandor sobre mi vida; y doy prueba de ello, pues de cuanto os he jurado, nada he dejado de cumpliros, anciano. En efecto, os devuelvo a vuestras hijas, a quienes he salvado y librado de los peligros que las amenazaban. No encareceré a vuestros ojos el desarrollo del combate: lo sabréis por boca de vuestras mismas hijas. Por de pronto, escuchad lo que acabo de oir al llegar aquí. La noticia no es muy importante, pero es natural que os asombre; no hay acción indiferente y que en absoluto no merezca que nos preocupemos de ella.
EDIPO
Hijo de Egeo, ¿qué noticia es esa? Dignaos dármela; ignoro lo que podéis haber sabido.
TESEO
Dicen que un hombre, que no es vuestro conciudadano, sino vuestro pariente, ha ido a prosternarse y sentarse al pie del altar de Poseidón, del altar donde yo sacrificaba cuando he acudido.
EDIPO
¿De dónde viene y con qué fin se ha sentado al pie de tal altar?
TESEO
Lo ignoro. Sólo sé y se me ha dicho que os pide una entrevista muy corta.
EDIPO
¿Qué entrevista? Esa actitud de suplicante no anuncia un asunto de poca importancia.
TESEO
Dicen que no pide sino hablaros y marcharse.
EDIPO
¿Quién es ese mortal que se presenta aquí como suplicante?
TESEO
¿No tendríais en Argos algún pariente que pudiera pediros tal gracia?
EDIPO
Amigo mío, no vayáis más lejos.
TESEO
¿Qué os pasa?
EDIPO
No me preguntéis nada.
TESEO
Explicaos.
EDIPO
Por lo que acabo de oir, sé quién es el suplicante.
TESEO
¿Y quién puede ser ese hombre, que estoy ya a punto de odiar?
EDIPO
Príncipe, mi hijo, mi detestable hijo, de todos los mortales aquel con quien una entrevista me haría sufrir más.
TESEO
¿No podéis escucharle y no hacer sino lo que gustéis? ¿Tan enojoso es para vos el oirle?
EDIPO
Sólo su voz sería para el corazón de un padre el más horrible tormento. ¡No me pongáis en la necesidad de tener para vos tal complacencia!
TESEO
Pero si el derecho de los suplicantes os pone en tal necesidad, tened en cuenta los respetos que yo me vería obligado a tener para el dios.
ANTÍGONA
Padre mío, por joven que sea vuestra hija, dignaos atender a sus consejos; dejad al príncipe satisfacer los deseos de su corazón y las voluntades del dios. Concedednos la gracia de dejar venir aquí a mi hermano. Tranquilizaos; cuanto pueda deciros contrario a vuestros propósitos no violentará vuestra voluntad. ¿Qué peligro hay para vos en escucharle? Se pueden juzgar las intenciones por las palabras. Vos, padre mío, le habéis dado el ser, y aunque os hubiera inferido los más crueles e impíos ultrajes, no estaría bien que pretendieseis devolvérselos. Dignaos recibirle. Otros padres han tenido hijos indignos y vivos resentimientos; pero la voz de la amistad tenía sobre ellos un poderoso influjo que subyugaba su ira. No recordéis vuestros males presentes, sino los que habéis sufrido por culpa de vuestro padre y vuestra madre; si los consideráis, estoy segura de que veréis al punto el resultado funesto de una cólera cruel. Privado de la luz del día, vuestros recuerdos son dolorosos; ceded a nuestras súplicas. Es vergonzoso resistir a los que sólo piden justicia, y cuando recibís de ellos trato tan dulce, haríais mal en no saber corresponder a él.
EDIPO
Hija mía, vos y Teseo me habéis vencido exigiendo de mí esta complacencia que me pesa. Haced lo que os plazca; pero, príncipe, sólo os pido que no permitáis, si viene aquí, que nadie pueda hacerse dueño de mi destino.
TESEO
Anciano, lo que me habéis pedido una vez, no es preciso que me lo pidáis nuevamente. Evito toda vana ostentación, pero si algún dios vela por mi conservación, me atrevo a responder de la vuestra.



