Edipo Rey · Sophocles
ESCENA III
Capítulo 22 de 42 · 1 min de lectura
LOS PRECEDENTES, excepto TESEO
EL CORO
Aquel que, descontento de ver su vida limitada a un corto número de días, desea vivir más, padece, en sentir nuestro, una funesta obcecación, ya que muy a menudo los días sólo se multiplican para acrecentar el dolor en nosotros. El hombre, aun obteniendo más de lo que desea, no es más feliz; aun junto a la tumba es insaciable, aun en la hora fatal en que no hay ya himeneo, ni cantos, ni danzas; aun en la hora, en fin, en que la muerte se presenta.
Hubiera sido mejor para el hombre no haber nacido nunca o no venir al mundo sino para volver cuanto antes a la nada de que ha salido. En efecto, desde que la juventud llega, trayendo consigo tantas frívolas ligerezas, ¿cuál es el hombre que puede escapar a los males que las siguen? ¡Cuántas penas se unen en ellas! Las muertes, las sediciones, las disputas, los combates y la envidia; la vejez viene a suplantarla, la vejez aborrecida, sin fuerza, sin sociedad, sin amigos, en la que los males se amontonan sobre los males.
Llegado a ese término, Edipo es desgraciado; no somos los únicos que nos quejamos. Lo mismo que una roca, en la costa del Norte, es durante la tempestad asediada por las olas que vienen a desplomarse sobre ella por doquier, los males horribles, encadenados uno a otro, vienen rodando sin tregua a herir al desgraciado Edipo; unas vienen de Poniente, otras de Levante; éstos de las regiones del Mediodía, aquellos de las nórdicas en que habita la noche.



