Edipo Rey · Sophocles
ESCENA IV
Capítulo 23 de 42 · 8 min de lectura
EDIPO, ANTÍGONA, ISMENA, POLINICIO, EL CORO
ANTÍGONA
He ahí, padre mío, he ahí, se me figura, al extranjero, que avanza solo y sin séquito, los ojos anegados en lágrimas.
EDIPO
¿Quién es?
ANTÍGONA
El que habíamos ya sospechado.
POLINICIO
¿Qué debo hacer, hermanas mías? ¿Debo verter lágrimas sobre mis propias desgracias o sobre las de un padre que encuentro aquí con vosotras, cargado de años, errante por una tierra extraña, cubierto con esa indigna vestimenta, que, envejeciendo con él sobre su cuerpo marchito, no es sino un objeto de disgusto y de horror, mientras sus cabellos en desorden son juguete del viento, sobre su rostro privado de la luz? Y sin duda los alimentos con que mantiene su cuerpo infortunado están en armonía con cuanto veo. ¡Desgraciado de mí! He sabido demasiado tarde tan deplorable suerte. Soy, lo confieso, el más malo de los hombres, pero vengo a ofreceros los socorros que os faltan y que no debéis buscar en otra parte. Pensad que el respeto para los suplicantes está sentado sobre el mismo trono de Zeus; que lo esté también junto a vos, padre mío. Se pueden remediar las faltas, pero no se pueden anular... ¡Os calláis, padre mío! Dignaos hablarme. ¿Por qué me esquiváis? ¿Por qué no me respondéis? ¿Me dejaréis ir así, bajo el peso de vuestro desprecio, sin dirigirme ni una palabra, sin explicarme vuestros resentimientos? Hijas de Edipo, hermanas mías, intentad conmigo arrancar algunas palabras a esa boca muda y cruel, haced que no persevere en su silencio y que no me deje ir sin honor, a mí, que soy el suplicante de un dios.
ANTÍGONA (A Polinicio.)
Decid, infortunado, decid qué motivo os trae; pues con frecuencia un discurso extenso puede, excitando el interés, el resentimiento, la piedad misma, obligar a hablar a quienes se obstinan en callar.
POLINICIO
Me explicaré, pues vuestros consejos merecen ser seguidos. Llamaré por de pronto en mi ayuda al dios que yo imploraba cuando el rey de esta comarca me ha hecho dejar su altar para venir aquí, dándome la seguridad de que podría hablar, escuchar y partir libremente. Ved lo que oso esperar de vosotros, extranjeros, y de vosotros, padre y hermanas mías. Lo que me trae aquí, padre mío, osaré decíroslo. Estoy desterrado de mi patria por haber querido, como primogénito, subir al trono de Tebas. En vez de reconocer tal derecho, Eteocles me ha echado de mi tierra natal, no triunfando de mí con sus razones, su valor o su fuerza, sino atrayendo a su partido a la ciudad entera. La furia que os venga fué, lo confieso, la principal causa, según luego he sabido por la boca misma de los adivinos; pues apenas llegué a los muros de Argos, de la tierra de los dorios, casando con la hija de Adrasto, he tenido por confederados a todos los varones principales de la comarca, cuyo valor los distinguía entre todos; y formando con ellos, contra Tebas, un ejército dividido en siete cuerpos, no tenía yo otro propósito que morir por tan justa causa o expulsar de mi patria a los autores de mi infortunio, y no obstante ¿por qué he venido? Para dirigiros, padre mío, las más humildes súplicas, en mi nombre y en el de mis aliados, que, a la cabeza de siete divisiones, de siete cuerpos, se han lanzado contra las murallas de Tebas. El primero es el valiente Anfiarao, que sobrepuja a todos sus rivales en el arte de combatir con la lanza y de interpretar el vuelo de las aves; el segundo es el etolio Tider, hijo de Eneo; el tercero es Eteocles, nacido en la ciudad de Argos; el cuarto es Hipomedón, a quien su padre Talao envió a dicha expedición; el quinto se envanece de destruir en seguida de arriba a abajo la ciudad de Tebas; su nombre es Capaneo; el sexto ha venido de Arcadia, se llama Partenopeo, y ha tomado ese nombre de su madre Atalante, rebelde durante mucho tiempo al yugo del himeneo; en fin, yo, que soy vuestro hijo, o que al menos debo el ser a un destino funesto, yo a quien llaman vuestro hijo, yo soy quien conduce el intrépido ejército de los argivos. Nos reunimos todos, padre mío, para pediros de rodillas, en nombre de vuestra propia vida, en nombre de vuestras dos hijas, que hagáis ceder vuestra inflexible cólera a los deseos que rebosan en mi corazón de castigar a un hermano que me ha expulsado, que me ha despojado de mi patria. Si en efecto se debe dar fe a los oráculos, aquel de ambos partidos que vos abracéis debe, según ellos, ser el vencedor. Me atrevo, pues, a suplicaros, por las fuentes sagradas, por los dioses de la patria, que calméis vuestros resentimientos y os rindáis a nuestros deseos. Soy, como vos, extranjero y despojado de todo. Vos y yo, sometidos al mismo destino, no tenemos otro asilo que el obtenido por nuestras súplicas; mientras mi hermano (¡infeliz de mí!) reina en su palacio y, entregado allí a la molicie, nos insulta a uno y otro con risas burlonas. Si os dignáis hacer vuestros mis sentimientos, no tardaría yo en confundirlo, sin grandes preparativos ni trabajos. Os llevaré de nuevo a vuestro palacio, os restableceré en él, lo mismo que a mí, luego de haberlo expulsado. Ved lo que me atrevo a prometer con seguridad si vuestra voluntad se une a la mía; pero, sin vos, no tendré siquiera fuerza suficiente para salvar mi vida.
EL CORO
En atención a quien os envía ese suplicante, respondedle, Edipo, lo que os cuadre decirle, y despedidle luego de vuestra respuesta.
EDIPO
Creed, ciudadanos, creed que a no ser Teseo, el soberano de este país, quien me lo ha enviado, exigiendo que le respondiese, nunca el sonido de mi voz hubiera herido sus oídos; va, pues, a oir lo que se merece, que, sin duda, no llenará su vida de encantos. ¿No fuiste tú, malvado, quien en Tebas, poseyendo el trono y el cetro que tu hermano posee ahora expulsaste a tu padre, le redujiste a vivir sin patria y a llevar estas indignas vestiduras, cuya vista te arranca hoy lágrimas, hoy que te ves en las mismas desgracias que yo? Pero esas desgracias no las lloraré, las soportaré, conservando en mi corazón mientras viva el recuerdo de tu parricidio. Porque tú eres quien me indujiste al estado miserable en que vivo, tú quien me expulsaste, tú quien me pusiste en el trance de errar así, mendigando por doquier mi pan cotidiano. En fin, si yo no hubiera dado el ser a estas dos hijas para mantenerme, hubiera muerto y tú hubieras sido mi asesino. Ellas, ahora, me cuidan, me mantienen y, por el valor que demuestran padeciendo conmigo, tienen harto menos de mujeres que de hombres. Vosotros, hijos ingratos, no sois mis hijos. Por eso el dios vengador que te persigue no te mira aún con los mismos ojos que te mirará cuando todo ese ejército avance hacia los muros de Tebas: pues no derribarás sus murallas, y antes que sean destruidas caerás anegado en tu sangre, y tu hermano contigo. He ahí las imprecaciones que yo había lanzado contra vosotros dos, y que en este momento llamo nuevamente en mi ayuda, para enseñaros a respetar a quienes os han dado la vida y a no humillar con vuestro desprecio a un padre privado de la luz. No es ese el ejemplo que vuestras hermanas os han dado; por lo cual, el palacio, el cetro, que eran vuestros, llegarán a ser su patrimonio, si es verdad que la justicia, fiel a las leyes eternas, está sentada desde el principio de los tiempos en el trono de Zeus. Aléjate, pues, detestable mortal, aléjate, malvado, de un padre que reniega de ti. Acompáñente las nuevas imprecaciones que contra ti invoco: que nunca puedas triunfar de tu patria por las armas ni trasponer de nuevo los muros de Argos, que perezcas a manos de tu hermano, inmolando a ese hermano por quien fuiste expulsado. Oye los votos que hago: Pido al Tártaro, hoy mi dios tutelar, que te reciba en sus tinieblas horribles, llamo en mi socorro a las furias que aquí presiden, al dios Ares, que ha encendido en vuestros corazones la llama de un odio implacable. Ya me has oído; parte y ve a contar a los tebanos y a tus fieles aliados con qué presentes ha premiado Edipo a sus dos hijos.
EL CORO
Polinicio, no hay motivo para felicitaros por el éxito de vuestro viaje; partid al punto, apresuraos a volver sobre vuestros pasos.
POLINICIO
¡Viaje fatal, deplorable calamidad! ¡Desgraciados compañeros míos! ¿Es esta esperanza con que partí de Argos? ¡Infeliz de mí! ¿Cómo me presentaré ante mis aliados? ¿De qué modo les hablaré? Mudo y confundido, tendré que permanecer hundido en mi infortunio. Hermanas mías, vosotras que sois sus hijas, vosotras que habéis oído las crueles imprecaciones de este padre, en nombre de los dioses, si han de cumplirse en vuestro provecho y volvéis a ver vuestra patria, no me rechacéis con desprecio, concededme los honores fúnebres y depositad mi cuerpo en una tumba. Por grandes que sean las alabanzas que os conquisten hoy los cuidados que prodigáis a vuestro padre, no serán menos lisonjeras las que obtengáis por los que a mí me dediquéis.
ANTÍGONA
¡Polinicio, rendíos a mis súplicas!
POLINICIO
¿Qué queréis, cara Antígona? Hablad.
ANTÍGONA
Volved cuanto antes a Argos con vuestro ejército y no expondréis a un tiempo vuestra vida y la felicidad de la patria.
POLINICIO
Lo que me pedís no es posible. ¿Cómo merecería yo mandar este ejército, otra vez, si mostrase hoy algún temor?
ANTÍGONA
¿Y para qué habíais de ceder otra vez a vuestros resentimientos? Cuando hayáis destruido vuestra patria, ¿qué bien os vendrá de ello?
POLINICIO
Sería vergonzoso huir; verme objeto de las burlas de un hermano menor.
ANTÍGONA
¿No tenéis en cuenta que vuestro furor realiza las profecías de un padre que predice que moriréis uno a manos de otro?
POLINICIO
Eso quiere, en efecto; pero eso no es para nosotros una razón que nos mueva a ceder.
ANTÍGONA
¡Infeliz de mí!... ¿Quién después de oir sus predicciones osará seguiros?
POLINICIO
Me guardaré bien de anunciar lo que hay en ellas de funesto. Un buen general debe decir lo que le favorece, no lo que le perjudica.
ANTÍGONA
¿Es eso lo que habéis resuelto?
POLINICIO
No me retengáis más, es necesario que yo siga mi camino, aunque mi padre y sus furias lo hayan tornado tan temible y tan funesto para mí. Que Zeus, hermanas mías, os abra otro, si me concedéis, cuando muera, los cuidados que os he pedido, pues no podréis ya dedicármelos en vida. Dejadme libre: adiós. Cuando volváis a verme no gozaré ya la luz de los cielos.
ANTÍGONA
¡Infeliz de mí!
POLINICIO
Cesad de suspirar por mi suerte.
ANTÍGONA
¿Quién viéndoos correr a una muerte que prevéis, hermano mío, podría evitar el gemir?
POLINICIO
Moriré si es necesario que muera.
ANTÍGONA
Hermano mío, no; ceded antes bien a mis consejos.
POLINICIO
No me aconsejéis lo que no debo hacer.
ANTÍGONA
¡Qué desgracia para mí si he de verme privada de vos!
POLINICIO
Los dioses no más lo hacen todo; ellos nos hacen nacer con buena o mala suerte. Yo los invoco en favor vuestro y les pido que aparten de vosotras todos los males. Bien merecéis veros exentas de ellos.



