Edipo Rey · Sophocles
ESCENA IV
Capítulo 30 de 42 · 5 min de lectura
CREÓN, UN GUARDA, EL CORO
EL GUARDA
Señor; no os diré que he venido volando hacia aquí; pues, a impulsos de los distintos pensamientos que me han afligido en el camino, he vuelto muchas veces sobre mis pasos. Ya me decía el corazón: «¡Desgraciado!, ¿por qué correr al castigo que te espera?» Ya: «¡Infortunado!, ¿qué te detiene? Si se entera Creón de lo ocurrido por otro que tú, ¿a qué suplicio estás destinado?» Tan distintos impulsos no me permitían avanzar sino con lentitud. No hay camino tan corto que no lo prolonguen semejantes incertidumbres. En fin, me he decidido y he venido. Voy a hablar, aunque no pueda explicaros nada, pues al cabo, vengo confiado en que no he de sufrir sino lo que ha sido ordenado por el destino.
CREÓN
¿De qué procede la turbación en que te veo?
EL GUARDA
Hablaré de lo que me atañe, porque yo no he cometido el crimen e ignoro el autor. Sería una injusticia castigarme a mí.
CREÓN
En verdad, te tomas cuidados y andas con precauciones que me indican debes de tener alguna noticia que darme.
EL GUARDA
Con enojosas noticias es difícil apresurarse.
CREÓN
Acaba de explicarte y, concluído tu mensaje, déjame.
EL GUARDA
Obedezco: Acaban de inhumar el cuerpo; lo han cubierto de tierra; han cumplido los ritos acostumbrados y han desaparecido.
CREÓN
¿Qué dices? ¿Quién ha tenido tal audacia?
EL GUARDA
No sé por qué la tierra en aquel sitio no parecía removida ni excavada. Estaba intacta y sólida y se diría que no había sido ni aun surcada por las ruedas de un carro; nada podía, en suma, servir de indicio contra el autor del crimen. Cuando aquel de nosotros que hacía la guardia al despuntar la aurora nos lo ha dicho, este acontecimiento se nos ha antojado un prodigio inconcebible. El cuerpo había desaparecido; no estaba amortajado; sólo estaba cubierto de un poco de tierra, como para impedir el crimen de impiedad. Ningún vestigio de perro hambriento o de animal feroz que hubiera acudido a devorarle se veía en derredor. Al pronto las palabras injuriosas se cruzan entre nosotros; un guarda acusa a otro; estábamos a pique de venir a las manos; nadie había allí que lo impidiese; cada uno era culpable y ninguno parecía serlo, no convicto por faltar pruebas. Estábamos todos dispuestos a tomar el hierro rojo entre las manos, a andar sobre el fuego y a jurar por los dioses que no éramos culpables del crimen y que ni siquiera teníamos el menor conocimiento del proyecto ni de la ejecución. En fin, cuando no nos quedaba ya esperanza de descubrir nada, uno de nosotros propuso algo, que, helándonos de miedo, nos hizo a todos bajar los ojos; pues no podíamos oponer nada a ello ni sabíamos cómo ejecutarlo sin peligro. Era no ocultar nada y descubriros todo lo sucedido. Sin embargo, la proposición prevaleció y a mí, ¡desgraciado! me eligió la suerte para desempeñar tan hermosa comisión. Por eso me encuentro aquí, mal de mi grado, y también, sin duda, mal del vuestro; pues no es un medio de agradar el llevar noticias enojosas.
EL CORO
Señor; nuestro espíritu dubitante piensa si ese acontecimiento no será obra de los dioses.
CREÓN (Al Coro.)
Cesen esos discursos que excitarían mi cólera y no harían sino mostrar en demasía vuestra vejez y vuestra sinrazón. ¿Quién podría soportar el oíros decir que los dioses se han dignado cuidarse de ese asunto? ¿Acaso, apresurándose a honrarle como a un bienhechor de la patria, han inhumado por sí mismos al impío que venía a quemar sus templos y sus estatuas, a destruir su país y sus leyes? ¿Habéis visto nunca que los dioses honren a los malos? No, no; pero he aquí lo que me preparaban los descontentos, que, sacudiendo la cabeza en secreto, murmuran hace mucho tiempo contra mí, y que, humillando con pesar la frente bajo el yugo, sólo tienen para mí odio. Son ellos, bien lo sé, quienes, con la esperanza de las recompensas, han seducido a los autores del crimen; pues entre todos los inventos humanos, ninguno tan funesto como el dinero. El dinero trastorna las ciudades y las despuebla; desnaturaliza los corazones virtuosos y los arrastra a las acciones indignas; él ha enseñado a los hombres todas las perfidias y todas las iniquidades. Pero los que, ganados por el vil metal, hayan cometido el delito, han trabajado por su suplicio, que vendrá con el tiempo. Sí, si es verdad que honro, que respeto todavía a Zeus, estad seguros, os lo juro, de que si no me descubrís, si no ponéis ante mis ojos al culpable, una simple muerte no será bastante para vuestro castigo. Será menester, que, suspendidos vivos en el aire, me hagáis reparación de semejante ofensa, para que de hoy en adelante conozcáis mejor hasta dónde debe llegar vuestro medro, cuál debe ser su límite, y aprendáis, en suma, que no hay que permitírselo todo a vuestra codicia.
EL GUARDA
¿Puedo hablar más, o vuelvo sobre mis pasos?
CREÓN
¿No te has percatado de lo que me ofenden tus discursos?
EL GUARDA
¿Hieren vuestro oído o vuestro corazón?
CREÓN
¡Cómo! ¿Preguntas cuál es el asiento de mi enojo?
EL GUARDA
El culpable ha herido vuestro corazón; yo no he hecho más que ofender vuestro oído.
CREÓN
Eres un importuno charlatán.
EL GUARDA
Pero soy inocente del crimen.
CREÓN
Serás capaz de exponer tu vida por el dinero.
EL GUARDA
La sospecha es una gran desgracia, cuando carece de fundamentos.
CREÓN
Suéltanos ahora máximas. Pero si no me traéis al culpable, veréis cómo las ganancias ilícitas son origen de tormentos.
EL GUARDA
¡Ojalá sea descubierto! (Aparte.) Pero séalo o no (que eso la fortuna lo decidirá), no creo que volváis a verme por aquí. Contra toda esperanza, y pese a mis temores, heme a salvo; debo darles gracias a los dioses.
EL CORO
El universo está lleno de prodigios; pero no hay nada más prodigioso que el hombre. Él, dando alas a la nave, vuela, merced a los vientos impetuosos, por cima de las olas mugientes, y franquea el mar que hierve en espumas a su paso; él se vale de los caballos para desgarrar todos los años con el arado el seno de la tierra, de esa divinidad suprema, incorruptible e incansable.
El hombre, fecundo en recursos, aprisiona igualmente en los pliegues de sus redes a la raza imprudente de los pájaros y a los animales feroces y a los habitantes del mar. Doma con su industria a los más fieros pobladores de los bosques y somete al yugo al corcel de crecida crin y al toro de las montañas que parecía indomable.
Ha aprendido el arte de la palabra y el conocimiento de los vientos y el poder de las leyes sobre las ciudades; ha sabido resguardar su morada de las inclemencias del frío y de la humedad. Lo ha sondeado todo con su experiencia y encuentra recursos para todos los acaecimientos de la vida; conoce el arte de librarse de las dolencias más crueles; la muerte es el único mal de que no puede preservarse.
Los recursos de su industria no responden siempre a sus esperanzas; pues si por éstas llega al bien, también es conducido al mal. Sólo es honrado en su patria aquel que sabe respetar las leyes de su país y la justicia de los dioses. El que lleva su audacia hasta desafiarles deja de ser ciudadano. No tenga yo hogar ni pensamiento comunes con él. Pero... ¿qué prodigio me confunde? ¿Cómo podré negarles crédito a mis ojos y no reconocer a Antígona? ¡Desgraciada hija de un padre infortunado!, ¿sois vos quien ha desacatado las órdenes del rey; quien ha sido sorprendida en la comisión de esa imprudencia; quien es conducida hacia aquí?
[Ilustración]
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ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA
ANTÍGONA, EL GUARDA, EL CORO
EL GUARDA (Llevando a Antígona.)
¡Sí, vedla, la que ha cometido el crimen! Inhumaba a Polinicio; la hemos detenido. Pero, ¿dónde se encuentra Creón?
EL CORO
Vedle que sale, a punto, de su palacio.



