Edipo Rey · Sophocles
ESCENA II
Capítulo 31 de 42 · 5 min de lectura
LOS PRECEDENTES, CREÓN
CREÓN
¿Qué es eso? ¿Qué feliz suceso venís a anunciarme?
EL GUARDA
Señor; no hay nada que los hombres deban afirmar con juramentos. A menudo el primer pensamiento es desmentido por el que le sigue. Asustado con vuestras amenazas, había yo hecho propósito de no parecer por aquí más; pero, ¿hay felicidad comparable a la que sale a nuestro paso contra toda esperanza? Pese a mis juramentos, torno y os traigo a esta joven princesa, a quien he sorprendido rindiendo al muerto los honores de la sepultura. No se necesita, por esta vez, consultar la suerte, soy yo el favorecido. Yo sólo la traigo; nadie más tiene esa gloria. Ahora, señor, tratadla como lo creáis oportuno; juzgad, interrogadla; en cuanto a mí, libre y exento de todo deber, es justo que no me vea bajo el peso de vuestras sospechas.
CREÓN
¿De qué manera, en qué lugar te has apoderado de ella para traérmela?
EL GUARDA
Inhumaba el cuerpo; ya lo sabéis todo.
CREÓN
Pero, ¿te has fijado en lo que dices? ¿No te engañas?
[Ilustración]
EL GUARDA
La he visto en la tarea de inhumar a ese príncipe cuya sepultura habéis prohibido. ¿Hay aún algo no claro o equívoco en lo que digo?
CREÓN
¿Y cómo ha sido vista? ¿Cómo ha sido detenida?
EL GUARDA
Ved en qué forma ha sucedido todo. Apenas habíamos tornado a nuestro puesto, cuando, intimidados por vuestras severas amenazas, apartamos con cuidado la tierra que cubría el cuerpo de Polinicio; dejamos al aire el cuerpo ensangrentado y medio corrompido; fuimos luego a sentarnos cabe una de las eminencias vecinas, al abrigo del viento, para evitar la infección que exhalaba. Nos excitamos unos a otros con las palabras más punzantes a cumplir con nuestro deber, sin escatimar esfuerzo alguno. Hemos permanecido en tal forma hasta el momento en que el disco brillante del sol, elevándose entre los aires, los incendiaba con su fuego. De súbito, un azote celeste, un ciclón impetuoso, alzando de la tierra torbellinos de polvo, ha invadido, cegador, el campo; hemos resistido todo el ímpetu de la tempestad. Apenas se ha aplacado, esta joven princesa se ha presentado a nuestra vista; lanzaba gritos agudos, semejantes a los del ave que ve su nido despojado de los polluelos que había criado en él. Sí, de tal manera ante el cadáver descubierto, hacía resonar el aire con sus quejas y sus imprecaciones contra los autores de tal ultraje; y, de pronto, cubriendo al muerto de tierra seca, le rocía por tres veces con libaciones derramadas del seno brillante de un vaso de bronce. Al punto volamos hacia ella, y todos a la vez nos apresuramos a cogerla; no ha dado muestra alguna de espanto; interrogada por nosotros sobre el hecho actual y sobre el precedente, ha confesado ambos, y tal confesión me es a un tiempo grata y dolorosa. Pues si nada es tan dulce como librarse de los males que a uno le amenazan, es aflictivo el exponer a ellos a quienes se ama. Pero nada debe serme más caro que mi propia conservación.
CREÓN (A Antígona.)
¡Qué! Vos, que no levantáis los ojos del suelo, ¿no negáis el delito de que se os acusa?
ANTÍGONA
Al contrario; lo confieso y estoy lejos de negarlo.
CREÓN (Al guarda.)
Vaya; endereza tus pasos adonde te plazca; no tienes nada que temer. Y vos habladme sin rodeos. ¿Conocíais la prohibición que yo había hecho?
ANTÍGONA
La conocía. ¿Podía ignorarla? Era pública.
CREÓN
¿Y cómo habéis osado desafiar esa ley?
ANTÍGONA
Porque ni Zeus ni la justicia, conciudadana de los dioses infernales, ninguno de los dioses que han dado leyes a los hombres, la habrían promulgado y yo no pensaba que vuestros mandatos debiesen tener tanta fuerza, que hiciesen prevalecer la voluntad de un hombre sobre la de los inmortales, sobre esas leyes que no están escritas y que no podrían ser borradas. No son de hoy ni de ayer esas leyes; son de todos los tiempos, y a nadie le es dable decir cuándo nacieron. ¿No debía yo, pues, sin temor a mortal alguno, someterme a las órdenes de los dioses? Sabía que había de morir. ¿Hubiera podido ignorarlo, aunque vos no hubieras dictado el mandato? Si mi muerte es prematura, no es sino un gran bien a mis ojos. ¿Y quién podría, en el abismo de males en que estoy, no mirar la muerte como una felicidad? Así, pues, suerte tal no puede ser a mis ojos una pena; más lo hubiera sido para mí, y harto dura, si yo hubiera dejado insepulto a un hermano concebido en el mismo seno que me llevó a mí. Eso es lo que me hubiera desesperado; lo demás no me aflige. Si después de esto tacháis mi conducta de locura, tal acusación bien podrá ser la acusación de un insensato.
EL CORO
En ese carácter inflexible se reconoce la sangre del inflexible Edipo; no ha aprendido a ceder ante la desgracia.
CREÓN (Al Coro.)
Sabed que esas almas tan altivas son fácilmente abatidas. Ved el hierro, a pesar de su gran dureza, cómo se quebranta y se ablanda en el fuego. ¿El menor freno no basta para domar a los más fogosos corceles? Tanto orgullo mal cuadra a quien es esclavo de sus deudos. No es bastante el haber violado mis leyes: osa desafiarme y añade un segundo ultraje al primero, gloriándose de lo que ha hecho. En verdad sería preciso que yo cesase de ser hombre y que ella lo llegase a ser para que yo la permitiese gozar impunemente así del poder que usurpa... Sí, aunque sea sobrina mía; aunque fuera más parienta aún, ella y su hermana no se librarían de la suerte más terrible; pues su hermana, sin duda, es igualmente culpable del atentado. Que la hagan venir. La he visto hace un momento fuera de sí y sin poder ya dominarse. Un corazón que rumia un crimen en la sombra del misterio llega a ser fácilmente su propio delator. ¡Cuánto aborrezco a quienes, sorprendidos en medio del crimen, quieren vestirlo de bellos colores!
ANTÍGONA
¿Deseáis algo más que mi muerte?
CREÓN
No, nada; en cuanto haya visto vuestra muerte, estaré satisfecho.
ANTÍGONA
¿Qué esperáis? ¿De qué os sirven discursos inútiles que no pueden más que indignarme lo mismo que los míos no pueden más que disgustaros? ¿Qué gloria más halagadora me es dable esperar que haber inhumado a mi hermano? ¿De qué elogios no me harían objeto los que nos escuchan, si el temor no atase su lengua? Pero una gran ventaja de la tiranía es el poder impunemente decir y hacer lo que le place.
CREÓN
¿Pensáis ser vos sola más clarividente que todos los tebanos?
ANTÍGONA
Ven como yo; pero enmudecen ante vos.
CREÓN
¿No os avergonzáis de conduciros de otro modo que ellos?
ANTÍGONA
No hay por qué avergonzarse de honrar a quienes llevan en sus venas la misma sangre que nosotros.
CREÓN
¿Qué? El que ha muerto por su patria, ¿no era también vuestro hermano?
ANTÍGONA
Lo era; y de padre y madre.
CREÓN
¿Y qué honores impíos le rendís, entonces?
ANTÍGONA
No espero tal testimonio de sus manes.
CREÓN
Le honráis al igual que un impío.
ANTÍGONA
Polinicio era hermano y no esclavo de Eteocles.
CREÓN
Venía a asolar su patria; el otro combatía defendiéndola.
ANTÍGONA
¡Qué importa! Plutón nos prescribe esta ley.
CREÓN
¿Cuál? ¿La de tratar igualmente el crimen y la virtud?
ANTÍGONA
¿Y quién sabe si vuestras distinciones son admitidas entre los muertos?
CREÓN
Los enemigos, después de la muerte, no se hacen amigos.
ANTÍGONA
Yo me asocio para amar, y no para aborrecer.
CREÓN
¡Bueno, id a los infiernos a amar a quien gustéis! En cuanto a mí, mientras respire, no me dominará una mujer.
EL CORO
Ved a la tierna Ismena alarmada por su hermana, deshecha en lágrimas ante la puerta del palacio; una nube de dolores extendida sobre sus ojos altera su rostro enrojecido; las lágrimas resbalan por sus mejillas delicadas.



