Edipo Rey · Sophocles

ESCENA II

Capítulo 38 de 42 · 3 min de lectura

EL CORO, CREÓN

EL CORO

¡Ah, príncipe, qué horribles predicciones ha dejado flotando aquí al irse! Durante el curso de los años que han cambiado el color de nuestros cabellos, hemos reconocido por demás la verdad de los oráculos.

CREÓN

Y yo también la reconozco; siento mi alma turbada. Es horrible para mí ceder, y sin embargo, si le resisto, corro el riesgo de ver incesantemente mi corazón herido por el infortunio.

EL CORO

Consultad la prudencia, hijo de Meneceo.

CREÓN

¿Qué hay que hacer? Hablad, obedeceré.

EL CORO

Id, sacad a la princesa de su prisión subterránea y haced levantar una tumba a Polinicio.

CREÓN

¿Son esos los consejos que me dais y las complacencias que he de tener?

EL CORO

No perdáis un momento; la venganza de los dioses viene con paso ligero a desplomarse sobre los culpables.

CREÓN

¡Con qué trabajo me determino, cuánto me cuesta renunciar a mi primera resolución! Pero hay que ceder a la necesidad.

EL CORO

Id, pues, y no encarguéis de ese cuidado a otro que vos mismo.

CREÓN

Corro. Esclavos, presentes o ausentes, volad, hacha en mano, hacia la caverna designada; yo hice echar allí a Antígona, yo quiero sacarla. Nuevos sentimientos me animan. Temo que haya peligro en cambiar las leyes establecidas. (Sale.)

EL CORO

¡Oh tú, a quien se adora bajo diferentes nombres, tú, gloria y honor de la hija de Cadmo, hijo del trueno, tú, que te complaces en los campos de la fértil Italia; tú, que, en los brazos de Ceres, te dignas proteger la ciudad de Eleusis, abierta a todos los mortales, Dionisos; tú, que habitas la metrópoli de las bacantes, la ciudad de Tebas, edificada en las orillas del Ismeno, donde fueron sembrados los dientes de un dragón cruel; tú, que miras el espeso humo de los sacrificios que se eleva sobre la montaña de dos cimas, de donde se derraman las aguas de Castalia y que las ninfas de Coricia, las bacantes gustan de recorrer; tú, que de las montañas de Nisa, de la que la hiedra corona los lugares más escarpados y donde las pendientes suaves están cubiertas de verdes viñas, vienes a visitar los muros de Tebas al ruido de los himnos inmortales que se cantan en tu honor! Tú amas a esta ciudad entre todas las otras; y tu madre, víctima del rayo, no la amaba menos. Hoy que un peligro inminente amenaza a esta ciudad, ven, franquea en nuestro socorro las laderas del Parnaso o cruza el estrecho donde gimen las olas.

Tú, que presides el coro de los astros fulgurantes y la armonía de los himnos nocturnos, hijo de Zeus, ven a ofrecerte a nuestros ojos con las hijas de Naxos, las tíadas que marchan tras de ti y que, en su divino furor, danzan durante el curso de la noche en honor de su soberano.

[Ilustración]

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ACTO QUINTO

ESCENA PRIMERA

UN MENSAJERO, EL CORO

EL MENSAJERO

Conciudadanos de Cadmo, habitantes de los muros de Amphyon, no hay para los mortales ningún estado en la vida que yo quisiera envidiar o lamentar; la fortuna, sucesivamente, derriba al hombre feliz y levanta al infortunado. Estos acontecimientos están por cima de la ciencia de los adivinos. ¡Cuán digno de envidia se me figuraba Creón! Había salvado la tierra de Cadmo; había heredado el gobierno supremo de toda la comarca; gozaba de su poder y de la gloria de tener hijos generosos. Ahora todo ha desaparecido, pues cuando la alegría abandona a los mortales, su vida no es ya nada a mis ojos, sólo son ya cadáveres animados. Creón, si queréis, posee en su palacio inmensas riquezas, puede vivir revestido de todo el fausto de su rango; pero si, en medio de todos esos bienes, la felicidad se le escapa, yo no daría una sombra de humo por tantas ventajas sin gusto.

EL CORO

¿Qué desgracia ocurrida a nuestros amos venís a anunciarnos?

EL MENSAJERO

Han muerto, y los que aún viven han causado su pérdida.

EL CORO

¿Quién ha herido? ¿Quién ha muerto? Explicaos.

EL MENSAJERO

Hemón ya no existe: ha muerto por su mano.

EL CORO

¿Por la suya o por la de su padre?

EL MENSAJERO

Por la suya propia, arrebatado de furor contra su padre por la muerte de Antígona.

EL CORO

¡Oh Tiresias, qué bien habéis profetizado!

EL MENSAJERO

En una desgracia tan grande, pensemos al menos en prever lo demás.

EL CORO

He ahí a la esposa de Creón, la desgraciada Eurídice, a quien el acaso conduce o que sale de su palacio enterada de la muerte de su hijo.