Edipo Rey · Sophocles
ESCENA V
Capítulo 37 de 42 · 7 min de lectura
CREÓN, ANTÍGONA, EL CORO
CREÓN
(A los guardas que acompañan a Antígona.)
¿Qué esperáis? ¿No sabéis que esas quejas, esas lamentaciones que preceden a la muerte no acabarían nunca si pudieran servir para retardarla? Que se la lleven cuanto antes, que la encierren en una tumba, como yo he ordenado; que la dejen sola en esa morada solitaria; ora deba morir en ella, ora deba conservar la vida, no habitará al menos con nosotros y nuestras manos no serán mancilladas con su muerte.
ANTÍGONA
¡Oh tumba, oh lecho nupcial, oh morada subterránea que no dejaré nunca! En vuestro seno me reuniré a la multitud de los de mi sangre, a quienes Proserpina ha recibido entre los muertos. La última de todos y la más miserable, desciendo a los infiernos, con muerte más terrible que la suya, antes del término marcado por el destino; pero, al bajar a ellos, abrigo la esperanza de que mi presencia será cara a mi padre, así como a vuestros ojos ¡oh madre mía! y a los vuestros, hermano mío, también, ya que mi mano, después de vuestra muerte, no ha olvidado ni los cuidados, ni las abluciones ni las ofrendas que yo os debía. Ved, no obstante, mi caro Polinicio, el premio que recibo por los deberes con que he cumplido; pero, al menos, los corazones virtuosos me habrán aplaudido. En efecto, si yo hubiera sido madre y hubiera perdido un hijo, si hubiera tenido que llorar a un esposo, nunca contra la voluntad de la patria, hubiera puesto en práctica nada semejante. ¿Y qué razón me hubiera dispensado de ello? Que después de la muerte de un esposo, otro puede reemplazarle; que el nacimiento de un hijo puede indemnizarnos del que hemos perdido; pero cuando los autores de nuestros días yacen en la tumba, no nos es dado ya contar con el nacimiento de un hermano. Ahí tienes por qué sentimientos, caro Polinicio, te he preferido a todo, me he atrevido a todo y no he tenido miedo de pasar por rebelde a los ojos de Creón. Ven, pues, recíbeme en tus brazos, conduce a tu hermana, que, sin haber experimentado ni las dulzuras del himeneo, ni la ternura de un esposo, ni los placeres de la maternidad, sola y privada de amigos, desciende viva a la morada de los muertos. ¿Qué crimen he cometido contra los dioses? Pero ¡ay de mí! ¿de qué me sirve dirigir los ojos al cielo? ¿Qué socorro puedo implorar, cuando, en premio de mi piedad, soy tratada como impía? Si los que me han condenado son gratos a los dioses, me confieso criminal y les perdono mi suplicio. Pero si son ellos culpables, que no sufran más males que los que me hacen injustamente sufrir.
EL CORO (A Creón.)
Antígona es aún presa de los mismos vientos furiosos que agitaban su alma.
CREÓN
Les puede costar caro a los que la conducen con tanta lentitud.
ANTÍGONA
¡He ahí mi definitiva sentencia de muerte!
CREÓN
No acaricies la idea de que quede sin ejecución.
ANTÍGONA (Llevada por los guardas.)
Muros de Tebas, patria mía, dioses de mi país, todo se acabó, me arrastran; ved a vuestra reina sola y abandonada, con qué ultraje la abaten y de qué manos lo recibe, por haber sido fiel a los deberes de la piedad.
EL CORO
En una prisión de bronce, Dánae, en otro tiempo, fué privada de la luz del día y se vio luego encerrada en una especie de tumba, remedo, para ella, de un lecho nupcial, y, no obstante, hija mía, era de ilustre origen y llevaba en su seno los gérmenes de fecundidad que Zeus había derramado sobre ella en lluvia de oro. Pero tal es el poder terrible del destino; ni las riquezas, ni las armas, ni las torres, ni las negras naves movidas por el remo pueden evitar su carrera.
Encadenado con lazos de piedras el violento hijo de Drías, el rey de los Hedonios, sufrió la cólera terrible de Dionisos; así se amortiguó la impetuosidad de su locura. Reconoció al dios que en tal locura había ultrajado con insolentes palabras cuando turbó las orgías de las bacantes, hizo apagar sus antorchas y sublevó a las musas que aman la armonía.
Cerca de las rocas Cianeas, no lejos del Bósforo, que une los dos mares hacia las orillas del Salmidero, el dios Ares, desde el fondo de su templo, elevado por los tracios, vio el deplorable infortunio de los dos hijos de Fineo, cuando aquella mujer cruel, pinchando sus ojos con manos sangrientas armadas de husos punzantes los arrancó de aquellas cuencas que clamaban venganza. Desgraciados y devorados por la pena, lloraban la funesta suerte de su madre y su funesto himeneo en que fueron engendrados. Y sin embargo de que su linaje se remontaba a los antiguos Erectridas, y como hija de Boreas y descendiente de dioses, había crecido en lejanas grutas entre las tempestades que su padre conmueve, e igualaba en velocidad el correr de los caballos sin resbalar sobre la helada superficie, el poder de las ancianas Parcas llegó también hasta ella, hija.
[Ilustración]
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ACTO CUARTO
ESCENA PRIMERA
TIRESIAS, CREÓN, EL CORO
TIRESIAS
Jefes de los tebanos, vengo aquí guiado por otros ojos que los míos, pues un ciego no puede andar sino con su conductor.
CREÓN
¡Respetable anciano, oh Tiresias! ¿Qué hay de nuevo?
TIRESIAS
Lo vais a saber, pero obedeced al adivino.
CREÓN
No me he apartado nunca de vuestros consejos.
TIRESIAS
Por eso conducís con mano feliz el timón de esta ciudad.
CREÓN
Las ventajas que he obtenido lo atestiguan.
TIRESIAS
Pensad ahora que estáis en el sendero más resbaladizo de la fortuna.
CREÓN
¿Qué sucede? Vuestras palabras me hacen temblar.
TIRESIAS
Lo sabréis cuando hayáis oído los indicios que mi arte me ha proporcionado. Retirado en el antiguo asilo donde acostumbro a observar el vuelo de multitud de aves que allí se congregan, he oído a algunas que, con furor, lanzaban gritos salvajes que yo no conocía, y que con sus garras ensangrentadas se destrozaban unas a otras (yo lo he advertido fácilmente por el ruido espantoso de sus alas). Lleno de temor, he querido examinar las víctimas que estaban sobre el fuego de los altares; pero la llama no brillaba ya: las carnes, punto menos que reducidas a cenizas, estaban cubiertas de una especie de moho que humeaba y burbujeaba a intervalos; las partes superiores de las entrañas estaban esparcidas, y los muslos de las víctimas se hallaban separados de la grasa que los envolvía. He aquí los presagios funestos que este niño me ha comunicado para los misterios de mi arte; pues este niño me guía como yo guío a los demás; y he aquí lo que yo añado. La detención que habéis llevado a cabo ha puesto la ciudad en peligro. Los altares, los fuegos sagrados están llenos de las carnes ensangrentadas del desgraciado hijo de Edipo, que las aves y los perros llevan allí de todas partes. Los dioses no reciben ya ni nuestras plegarias, ni nuestro incienso, ni el humo de nuestros sacrificios. Las aves, hartas de sangre humana, no dejan oir sino gritos funestos. Pensadlo, hijo mío, el error es común a todos los mortales; pero cuando un hombre se engaña, es sabio, es feliz si remedia el mal que le ha sorprendido y si no permanece inconmovible. La presunción nos condena a la ignorancia. Cesad, pues, de perseguir a un muerto, no hiráis a quien ya no existe. ¿Qué valor hay en triunfar de un cadáver? Mi corazón no quiere más que vuestro bien, y mi boca os lo muestra: cuando los consejos nos son útiles es grato el escucharlos.
CREÓN
Anciano, no cesáis, ni vos ni vuestros semejantes, de lanzar vuestros dardos contra mí; no es nuevo que me vendáis y traicionéis; pero aunque la codicia os procurase todo el oro de la India y las riquezas de los sardos, no conseguiréis nunca inhumar a Polinicio, aunque las águilas de Zeus fueran hasta su trono a llevar los pedazos sangrientos de su cadáver; el temer tal mancilla no podría obligarme a dejarlo inhumar. Bien sé que no está en el poder de los mortales mancillar a los dioses. Anciano, los hombres más hábiles se exponen a fracasos vergonzosos cuando el cebo de la ganancia les inspira vergonzosas palabras.
TIRESIAS
¡A quién le es posible concebir...!
CREÓN
¿Qué? ¿Qué anuncia aún ese exordio?
TIRESIAS
¡Cuán por encima la prudencia está de las riquezas!
CREÓN
Tanto más, a mi juicio, cuanto que la imprudencia es el mayor de los males.
TIRESIAS
Y ese es el mal de que estáis ahora atacado.
CREÓN
No quiero devolver a un adivino injurias por injurias.
TIRESIAS
Sois vos quien me ultrajáis, acusando mis predicciones de falsedad.
CREÓN
El amor al oro domina en la raza de los adivinos.
TIRESIAS
Y el amor a los provechos vergonzosos en la de los tiranos.
CREÓN
¿Sabéis con quien habláis?
TIRESIAS
Lo sé, pues a mí me debéis el trono y la salvación de la ciudad.
CREÓN
Poseéis las luces de un hábil adivino; pero os complacéis en la injusticia.
TIRESIAS
Me forzaréis a descubrir lo que mi corazón quisiera ocultar.
CREÓN
Descubridlo, pero que el interés no os haga hablar.
TIRESIAS
¿Os parezco, pues, muy interesado?
CREÓN
Sabed que no me engañaréis.
TIRESIAS
Sabed, a vuestra vez, que antes que el carro del sol haya recorrido muchas veces su carrera, un fruto de vuestra sangre compensará con su muerte el destino de la que encerráis viva, indignamente, en una tumba, y del que, habiendo muerto, retenéis al dios de los muertos privándole de la sepultura y de los funerales. Es un poder que usurpáis y que ni los dioses del cielo tienen; y para castigaros, las furias de los infiernos y los dioses, esos vengadores a quienes ningún crimen escapa, se aperciben a sorprenderos y os destinan una suerte parecida. Ved ahora si la venalidad ha dictado mi lenguaje. Dentro de poco hombres y mujeres harán resonar aquí sus lamentos. En todas partes donde los huéspedes de los bosques, los perros y las aves hayan llevado los trozos inmundos del cuerpo de Polinicio; en todas partes donde los altares hayan sido mancillados por este olor impuro, las ciudades, tornadas vuestras enemigas, se sublevarán contra vos. Ved (ya que me habéis forzado a ello), ved si, como un arquero hábil, he sabido enderezar todos mis dardos al fondo de vuestro corazón; no podréis evitar que os hieran. Niño, guía mis pasos. Que aprenda en adelante a hacer objeto de su cólera a gente más joven, a regular su espíritu y a moderar su lengua.



