Edipo Rey · Sophocles
ESCENA IV
Capítulo 36 de 42 · 2 min de lectura
EL CORO, ANTÍGONA
ANTÍGONA
¡Oh mis conciudadanos, ved a Antígona comenzar su postrer viaje y lanzar al astro del día sus últimas miradas! ¡No lo veré más! El dios de los infiernos que lo sepulta todo, va a conducirme viva a las orillas del Aqueronte, antes que haya sido sometida a las leyes del himeneo, antes que los epitalamios hayan resonado para mí; el Aqueronte va a ser mi esposo.
EL CORO
¡Qué elogio, qué gloria no ganaréis al penetrar en el asilo de los muertos, vos, que sin ser herida por una enfermedad funesta, sin haber caído bajo la cuchilla, descendéis libre y viva a la morada de Plutón!
ANTÍGONA
En los campos de Frigia, sobre la cima del monte Sípilo, sé cómo en otro tiempo la hija de Tántalo sufrió el destino más funesto, y cómo una roca, elevándose en torno suyo, la envolvió por todas partes con la flexibilidad de la hiedra. Hoy, diz que nubes eternas cubren su cabeza, que parece fundirse en torrentes, y su rostro está inundado de lágrimas que no se secan nunca. Una suerte semejante, un lecho igual me está reservado.
EL CORO
Niobe era diosa e hija de un dios; pero todos nosotros no somos sino mortales, hijos de una raza mortal. ¿Qué, sin embargo, más glorioso para vos, que oir decir que, al rematar el curso de vuestra vida, tenéis algo de común con los dioses?
ANTÍGONA
¿Por qué esa ironía amarga? En nombre de los dioses de mi país, ¡por qué insultarme cuando existo aún y no he desaparecido de la tierra! ¡Oh patria mía, oh afortunados ciudadanos! fuentes de Dirceo, bosque sagrado de esta ciudad tan famosa por sus carros, yo os pido que me digáis por qué leyes, privada de los llantos de mis amigos, voy a sepultarme en un calabozo que debe ser mi tumba. ¡Desgraciada de mí! No habitaré ni entre los hombres ni entre las sombras, no estaré ni entre los vivos ni entre los muertos.
EL CORO
Arrebatada por un exceso de valor, os habéis estrellado contra el trono de la justicia y sufrís todavía el castigo de los crímenes de vuestro padre.
ANTÍGONA
¡Renováis el más sensible de mis tormentos al recordar las desgracias por demás famosas del autor de mis días y las calamidades de la casa de los Labdácidas! ¡Himeneo funesto de mi madre, abrazos incestuosos que unisteis a un padre desgraciado y a una madre infortunada, a vosotros debo mi desgraciadísima existencia!
Cargada de imprecaciones, privada de las dulzuras del himeneo, voy a reunirme con aquellos a quienes debo el nacimiento. ¡Oh hermano mío! qué malhadadas nupcias has conseguido; pues muerto ya me has quitado a mí la vida.
EL CORO
Es una virtud, sin duda, honrar a los muertos; pero hay que respetar el poder supremo en cualquier mano que esté depositado. La altivez de vuestro carácter os ha perdido.
ANTÍGONA
Sin amigos, sin esposo y sin ser llorada ¡triste de mí!, avanzo por el sendero de muerte que se me ha abierto. ¡Infortunada! No me será ya permitido ver ese sol, ese ojo sagrado del día. Mi muerte no será honrada por las lágrimas ni los lamentos de mis amigos.



