El paraíso perdido · John Milton

Part 10

Capítulo 10 de 44 · 14 min de lectura

»¿Por qué, pues, vacilamos? dicen los que aconsejan la guerra: estamos condenados, proscritos, destinados a una eterna desgracia. Como quiera que procedamos, ¿qué más podemos sufrir, qué castigo habrá mayor que este? ¿Tan extremo infortunio es por ventura hallarnos aquí sentados y deliberando armados? ¡Ah! cuando huíamos atropelladamente, perseguidos y abrasados por el tremendo rayo del cielo, y suplicábamos al abismo que nos acogiese, parecíanos este infierno un consuelo para nuestras heridas; y cuando nos hallábamos encadenados en el hirviente lago ¿no era seguramente peor nuestra situación? ¿Qué sería si se reanimase el hálito que encendió aquel funesto fuego, comunicándole una intensidad siete veces mayor, y de nuevo nos sumergiese dentro de las llamas, o si la interrumpida venganza del Dominador supremo armase otra vez su encendida diestra para atormentarnos? ¿Qué, si se abriesen los diques de su cólera, y si el firmamento que se extiende sobre el infierno vertiera sobre nuestras cabezas el fuego de sus cataratas, y cuantos horrores nos amenazaban un día con su espantoso castigo? Mientras proyectamos ahora o aconsejamos una gloriosa guerra, quizá se está formando abrasadora tempestad, en que nos veremos envueltos, y clavados sobre las rocas para ser juguete y presa de furiosos torbellinos, o sepultados para siempre y cargados de cadenas en este abrasado océano. A solas entonces con nuestros incesantes gemidos, sin tregua, ni reposo, ni compasión, durante siglos que no es de esperar acaben, ¡cuánto mayor será nuestra desventura! Debo, pues, disuadiros de la guerra así franca como encubierta; porque ¿de qué servirán ni astucia ni fuerza en semejante empeño? ¿Quién burlará la perspicacia de Aquel cuyos ojos lo abarcan todo de una sola mirada? Contemplándonos está desde la altura de los cielos, y menosprecia nuestras inútiles tentativas, dado que su poder es tan omnipotente para resistir a nuestras fuerzas, como para destruir todas nuestras tramas y conatos.

»¿Luego viviremos envilecidos, y aunque hijos del cielo, ultrajados de esta suerte y condenados a destierro, y a sufrir en él estas cadenas y tormentos? Preferible es en mi juicio a otro mal más grande, pues el hado y sus decretos irrevocables nos someten a la voluntad del Vencedor. Fuerza tenemos para sufrir lo mismo que para obrar; la ley que lo ha ordenado así, no es injusta, y esto hubiéramos debido comprender desde el principio, y ser cautos, antes que mover guerra a Enemigo tan poderoso, y cuando su resultado era tan incierto.

»Ríome de los que tan audaces y hábiles son en manejar la lanza, y cuando esta les falta, se amilanan, y temen que sobrevenga lo que saben que ha de sobrevenir: destierro, ignominia, cadenas y castigos, sujeción a que los somete su Vencedor. Tal es ahora nuestra suerte, y si a ella nos sometiésemos resignados, lograríamos quizá desarmar en cierto modo la cólera de nuestro supremo Enemigo; y tal vez hallándonos tan lejos de su presencia e inofensivos, se olvidará de nosotros, ya satisfecho de su justicia; y si su aliento no le incita, se templará el voraz fuego que nos consume; y purificada nuestra esencia, no participará de este vapor mefítico, se habituará a él para no sentirlo, o finalmente modificada y atemperándose a su intensidad y naturaleza, de tal manera se identificará con él que no experimente dolor alguno, convirtiéndose los tormentos en placeres y la oscuridad en luz. ¿Por qué no hemos de esperar en lo que el interminable curso de los días futuros pueda traernos, ni en las alteraciones y cambios en que debemos poner nuestra confianza, pues que nuestra suerte actual, si contraria, no es del todo infeliz, y si infeliz, no llegará al extremo con tal de que no nos hagamos merecedores de mayor desventura nosotros mismos?»

Así Belial, con palabras disfrazadas de razones, aconsejaba un proceder indigno, una vil inacción, pero no la paz. Después de él habló Mammón de esta suerte:

«Moveremos guerra, si la guerra es el mejor consejo, o para destronar al Rey del cielo, o para recobrar nuestros perdidos derechos. Destronarle no lo esperemos, mientras el eterno Destino no ceda al inconstante Acaso y sea el Caos árbitro de nuestra lucha. Si vana es la esperanza de lo uno, no lo será menor la de lo otro; pues de no expulsar al supremo Rey del cielo, ¿qué espacio quedará en este para nosotros? Demos que calmada su ira, y a condición de someternos de nuevo, perdone a todos: ¿con qué ojos le contemplaremos, cuando humillados en su presencia hayamos de recibir sus imperiosas órdenes, glorificar su majestad murmurando himnos, y violentarnos cantando en loor suyo ¡aleluya! mientras él, envidiado soberano, hará ostentación de su regia pompa, y su altar exhalará perfumes de ambrosía y de flores, serviles ofrendas de nuestro culto? Tal será nuestro oficio en el cielo, tales nuestros placeres. ¡Oh! ¡cuán dura será una eternidad empleada en adorar a quien tanto odiamos!

»Rechacemos pues ese espléndido vasallaje que no es dado obtener por fuerza, que aun concedido sería afrentoso, por más que pertenezca al cielo, y busquemos nuestro bien en nosotros mismos, viviendo por nosotros y para nosotros, libres en estos vastos subterráneos, sin depender de voluntad alguna, y prefiriendo tan dura libertad al blando yugo de una pomposa servidumbre. Brillará más radiante nuestro esplendor si sabemos convertir lo pequeño en grande, lo nocivo en útil, la desgracia en prosperidad, y si, do quiera luchando con el mal, trocamos en bienestar el dolor por medio del trabajo y de la paciencia.

»¿Por qué temer estos tenebrosos antros? ¿No se envuelve a veces el omnipotente Señor del cielo entre negras y espesas nubes sin que por eso eclipsen su gloria, y vela su trono con la grandeza de las tinieblas de que, encendido en furor, se lanza el pavoroso trueno, de modo que se asemeja al infierno el cielo? ¿Imita él nuestra oscuridad, y no hemos de poder nosotros cuando nos plazca imitar su luz? No carece este ingrato suelo de ocultos tesoros, de diamantes y oro, ni nosotros de arte para aprovecharnos de su magnificencia: ¿qué tenemos pues que envidiar al cielo? Podrán un tiempo estos mismos suplicios llegar a hacerse nuestro elemento; llegar esas penetrantes llamas a sernos tan benignas como hoy son crueles, y trocarse nuestra naturaleza en la propia de ellas; y esto necesariamente pondrá término a nuestros dolores. Todo, pues, nos invita a preferir pacíficos consejos y establecer un ordenado régimen, adoptando los remedios que más eficaces sean para nuestros presentes males; y en atención a lo que somos y al lugar en que nos hallamos, renunciar por completo a todo intento de guerra. Este es mi parecer.»

No bien acabó de hablar, se suscitó en la asamblea un rumor semejante al que encerrados entre las cóncavas rocas hacen los furiosos vientos, cuando después de combatir el mar toda una noche, adormecen con su ronca cadencia a los marineros, extenuados de cansancio, pero que logran anclar su barca en una bahía pedregosa, pasada la tempestad. Resonaban así los murmullos de aprobación dados a Mammón cuando finalizó su razonamiento aconsejando la paz, porque cualquiera batalla que se empeñase les infundía más espanto que el mismo infierno: tal era el estrago que el rayo y la espada de Miguel habían causado en ellos; deseando no menos fundar aquel otro imperio, que la política y el largo transcurso del tiempo elevarían hasta hacerle competir con el de los cielos.

Esto observado por Belzebú, que después de Satán ocupaba el más alto puesto, levantose con gravedad, y al levantarse, mostraba bien que era una columna de aquel Estado. Grabada llevaba en su frente la meditación que requieren los cargos públicos, y en su majestuoso semblante la sabiduría de un príncipe, por más que hubiese decaído tanto. Severo y enhiesto, ostentaba sus atlánticos hombros, capaces de sostener el peso de las más poderosas monarquías; su mirada imponía atención al auditorio, que permanecía tranquilo, como la noche, o en la estación estival el viento del mediodía. Y arengoles de esta suerte:

«¡Tronos y Potestades imperiales, Virtudes etéreas, celestial Estirpe! ¿Será que renunciemos a estos títulos, trocándolos por el de príncipes del infierno? Sin duda, pues el voto popular se inclina a que permanezcamos aquí para fundar un creciente imperio. ¡Oh desvarío! ¿Podemos ignorar que el Rey del Empíreo nos ha sumido en estos lóbregos calabozos, no para preservarnos de su poderoso brazo, ni para vivir libres de la alta jurisdicción del cielo, en nueva liga contra su trono, sino para mantenernos en la más dura estrechez, aunque alejados de él, y bajo el inevitable yugo que reserva a toda esta cautiva muchedumbre? Porque habéis de tener por cierto que él imperará como primero, como último y único rey, lo mismo en la altura de los cielos que en la profundidad del abismo, dado que nuestra rebelión no ha mermado parte alguna de su soberanía; pero asentará su imperio en el infierno, y nos regirá con cetro de hierro, como rige los cielos con cetro de oro.

»¿A qué, pues, deliberamos sobre la paz ni sobre la guerra? Resolvímonos por esta, y fuimos vencidos con irreparables pérdidas. Nadie ha ofrecido ni puesto condiciones de paz: ¿qué paz ha de concederse a los esclavos, más que una dura prisión, y los rigores y castigos que arbitrariamente se nos impongan? ¿Qué paz hemos de ofrecer sino la que podemos dar, agresiones, odio, invencible aversión y tardía venganza, conspirando siempre para hacer menos glorioso su triunfo al Vencedor y para acibararle en lo posible la satisfacción que en nuestros tormentos experimenta? Ocasión no ha de faltarnos, y no necesitaremos emprender peligrosas expediciones para invadir el cielo, cuyas altas murallas no temen asedios, ni asaltos, ni celada alguna de nuestra parte.

»Empresa más fácil podemos acometer. Una región hay, si no miente antigua y profética tradición del cielo, hay un mundo, dichosa mansión de un ser nuevo llamado Hombre, que por este tiempo ha debido ser creado semejante a nosotros, inferior en poderío y excelencia, pero más favorecido del Hacedor supremo. Declaró su voluntad a los demás dioses, y quedó cumplida en virtud de un juramento que hizo retemblar en torno las bóvedas celestiales. Encaminemos a este fin todos nuestros proyectos; sepamos qué seres habitan ese mundo, cuál es su forma, su naturaleza, su fuerza o debilidad, cuáles sus dotes, y si contra ellos hemos de emplear la astucia o la violencia. Cerrados están los Cielos; domina allí su excelso Árbitro en la seguridad de su propia fuerza; pero acaso se halle situada esa mansión en los postreros límites de su reino; acaso esté confiada su defensa exclusivamente a sus moradores; en cuyo caso podemos intentar con fruto un repentino golpe, ya asolando aquellos lugares con el fuego de nuestro infierno, ya enseñoreándonos de todos como de cosa propia, y expulsando a los débiles que los ocupan, como se nos expulsó a nosotros; y cuando no expulsarlos, atraerlos a nuestro partido, de modo que su Dios los mire como enemigos, y arrepentido de ella, destruya su propia obra. Sería esto más que una vulgar venganza; sería amenguar el placer que le ha causado nuestra derrota; contrariedad tan ingrata para él cuanto satisfactoria para nosotros, porque sus queridos hijos, partícipes de nuestra suerte, maldecirán su frágil origen y lo efímero de su dicha. Ved si es para intentado proyecto tal, o si debemos permanecer aquí sumidos en las tinieblas, y forjándonos a nuestro gusto quiméricas soberanías.»

Tal fue el diabólico consejo de Belzebú, imaginado primeramente y en parte propuesto por Satanás; pues ¿de quién sino del autor de todo mal podía nacer propósito tan malvado, y la idea de pervertir en su raíz a la raza humana, confundiendo la tierra con el infierno en odio de su supremo Autor? Pero este mismo odio había de servir para más realzar su gloria.

Complació sobremanera a las infernales potencias el audaz proyecto; y aprobado que fue por su voto unánime, brillando en los ojos de todos la alegría, renovó Belzebú su discurso en estos términos:

«¡Bien habéis calculado, prudentes dioses; digno fin habéis puesto a tan prolija consulta! Grande como vosotros es vuestra resolución, la cual nos sublimará al más alto punto, acercándonos de nuevo, y a despecho de los hados, a nuestras antiguas sedes, desde estos profundísimos abismos. A la vista de aquellas espléndidas regiones, no lejos de nuestras armas y en una ocasión propicia, quizá logremos recobrar el Empíreo, o cuando menos habitar en una templada zona, donde no huya de nosotros la hermosa luz de los cielos. Los rayos del fúlgido oriente nos librarán de esta oscuridad, y al exhalar su embalsamado perfume el aura apacible y pura, cicatrizará acaso las llagas causadas por este fuego devorador. Ahora bien: ¿a quién enviaremos en busca de esa nueva región? ¿A quién juzgaremos digno de tamaña empresa? ¿Quién aventurará sus vacilantes pasos por tan lóbrego, inmenso e insondable abismo, y hallará la ignorada senda a través de palpables sombras? ¿Quién, sin que se rindan sus alas, sostendrá el vuelo aéreo en los ilimitados espacios del vacío hasta llegar a la afortunada isla? ¿Qué arte, qué fuerza le bastará, ni cómo le será posible salvar con seguridad los apiñados centinelas y las múltiples falanges de ángeles que vigilan en derredor? Necesitará de gran prudencia, y no menos nosotros para elegirle, pues en él recaerá todo el peso, todo el éxito de nuestras últimas esperanzas.»

Concluye así, siéntase, y los oyentes, con atentos ojos, esperan se presente alguno para secundar, contradecir o emprender la peligrosa aventura: todos permanecen quietos y mudos, calculando el riesgo en la profundidad de su pensamiento, y cada cual descubre asombrado su propia desconfianza en el semblante de los demás. Entre los más heroicos campeones que combatieron contra el cielo, no se encontraba ninguno bastante osado que se ofreciera a emprender por sí tan terrible expedición; hasta que Satán, a quien un glorioso renombre encumbraba sobre todos sus compañeros, con la altivez de monarca y el convencimiento de su gran superioridad, reposadamente les habló así:

«¡Oh celestial progenie, tronos empíreos! Con razón guardamos silencio y permanecemos dudosos, aunque no intimidados. Largo y penoso es el camino que desde el infierno conduce a la luz; fuerte es nuestra prisión; nueve veces nos rodea esta inmensa bóveda de fuego violento y destructor, y las encendidas puertas de diamante, que nos oponen tantos estorbos, nos vedan salir de aquí. Salvadas una vez estas, se da en el profundo vacío de informe noche, que amenaza con la total destrucción de su ser al que se sumerja en aquel horroroso abismo. Si se penetra por fin en otro mundo cualquiera, o en una región desconocida ¿qué quedan más que ignorados peligros y la casi imposibilidad de evadirse? No sería yo, sin embargo, digno de este trono, ¡oh espíritus! ni de esta imperial soberanía, ornada de tanto esplendor y armada de tal poder, si las dificultades o peligros de lo que se propone y juzga importante a todos, pudieran retraerme de emprenderlo. ¿Por qué asumir la dignidad regia y no rehusar el cetro, si me negase a aceptar en los riesgos la parte proporcionada a los honores, la cual se debe al que reina con tanta mayor razón cuanto que ocupa más alto grado sobre los otros? Id, pues, espíritus poderosos, que aunque caídos, seguís siendo el terror del cielo; id a ver si en nuestra morada, mientras nos veamos reducidos a ella, hay algo que pueda atenuar nuestra miserable suerte y hacer menos odioso el infierno; si existe algún arbitrio o algún encanto para suspender, frustrar o mitigar los tormentos de esta detestable mansión. No os abandonéis al sueño ante un enemigo que está siempre vigilante; y yo entre tanto, lejos de vosotros, y atravesando un mundo de sombría desolación, procuraré la libertad de todos. En esta empresa no me acompañará nadie.»

Así diciendo, se levantó el monarca, con lo cual prevenía cualquiera réplica; su sagacidad le sugería el temor de que animados otros jefes con su resolución, fuesen a ofrecer entonces, seguros de una negativa, lo que antes los arredraba, pues de este modo llegarían a hacerse rivales suyos en la opinión pública, logrando a poca costa la gran celebridad que él debía adquirir en cambio de infinitos riesgos. Pero aquellos rebeldes temían tanto el empeño como la voz que se lo prohibía; abandonaron, como él, su asiento; y el ruido que hicieron al levantarse todos a la vez, se asemejaba al de un trueno lejano. Inclináronse ante Satán con respetuosa veneración, y le ensalzaron como a un dios igual al Altísimo del cielo. Ni dejaron de encarecer cuán digno era de alabanza el que por la salvación general despreciaba la suya propia, pues aunque espíritus réprobos, no habían perdido enteramente su virtud, como los malvados que en la tierra se jactan de acciones especiosas fundadas en vanagloria, o de una ambición que encubren con cierto color de celo.

Así terminaron sus tristes y dudosos razonamientos, con las esperanzas que les infundía caudillo tan incomparable; al modo que adormecidos los vientos del Norte, al extenderse desde la cima de las montañas las nubes tenebrosas y cubrir la risueña faz del cielo, derraman estas sobre los oscuros campos nieve o torrentes de agua; y si el fulgente sol envía sus destellos desde el ocaso, como una dulce despedida, reviven los campos, renuevan las aves sus gorjeos y prorrumpen las ovejas en alegres balidos que resuenan por valles y colinas. ¡Qué baldón para la humanidad! Únese el demonio en inalterable concordia con su infernal compañero, y entre todos los seres racionales solo los hombres se desavienen entre sí, a pesar de la esperanza que debieran tener en la divina gracia. Dios proclama la paz, y ellos viven, no obstante, dominados por el odio y la enemistad y en perpetua lucha; se mueven crueles guerras y devastan la tierra para destruirse unos a otros, como si no tuvieran, y en esto deberían cifrar su unión, sobrados enemigos en el infierno que día y noche conspiran para su ruina.

Disuelto así el consejo, retiráronse ordenadamente los magnates infernales. Iba en medio el altivo soberano, que parecía por sí solo competidor del cielo, así como en su suprema pompa y majestad, remedo de la de Dios, se mostraba temido emperador del Orco. Rodeábale una cohorte de serafines de fuego que le conducían entre blasonados estandartes y tremendas armas. Mándase pregonar entonces al son de las trompetas reales la decisión del gran senado, y volviéndose prontamente a los cuatro vientos otros tantos querubines, acercan a sus labios los sonoros tubos, a cuyas voces responden las de los heraldos. Resuenan unas y otras por los más lejanos ámbitos del abismo, y toda la hueste del infierno acompaña con atronadores gritos sus fervientes aclamaciones.

Ya con mayor sosiego, y en cierto modo reanimada por una esperanza tan falaz como presuntuosa, disuélvese toda aquella multitud, y cada cual sigue diverso rumbo, conforme a su inclinación o a su melancólica incertidumbre, buscando una distracción a sus desesperados pensamientos, o donde entretener las enojosas horas hasta el regreso de su caudillo. Unos, corriendo en veloz carrera por la llanura, otros elevándose en sus alas por los aires, compiten entre sí como en los juegos Olímpicos o en los campos Píticos; otros refrenando sus fogosos corceles, procuran salvar la meta en sus raudos carros, o forman alineados escuadrones. Tal, para escarmiento de las ciudades belicosas, se representan simulados combates en la revuelta extensión del cielo, creyendo verse en las nubes ejércitos que se precipitan a entrar en batalla; y de cada parte se adelantan, lanza en ristre, caballeros aéreos, hasta que cierran una con otra ambas legiones y, al choque de sus armas, parece arder de uno a otro extremo el horizonte. Otros, poseídos de más implacable rabia que Tifeo, arrancan peñascos y montañas, y se lanzan por los aires cual torbellinos: apenas puede el infierno resistir tan violento ímpetu. No de otro modo Alcides, al volver de Ecalia, coronado por la victoria, y al sentir la envenenada túnica, desarraigaba a impulsos de su dolor los pinos de Tesalia y de la cima del Ete, arrojando a Licas al mar de Eubea. Más pacíficos otros, retirados a un valle silencioso, cantan al compás de sus arpas, con acentos angelicales, su heroica lid y la desgracia a que les trajo la suerte de las armas, lamentando que el destino triunfe del ánimo denodado por la fuerza o por la fortuna. Arrogantes se mostraban en sus loores; pero su armonía (¿cómo no, si al fin era de espíritus inmortales?) tenía embebecido al infierno, y extática a la muchedumbre que la escuchaba.

Con discursos más dulces todavía, pues la elocuencia deleita el alma y la música los sentidos, retraídos algunos otros en un monte solitario, se entregan a más sublimes pensamientos y a profundos raciocinios sobre la providencia, la presciencia, la voluntad y el destino; por qué es inmutable este, y libre la voluntad y absoluta la presciencia; mas no hallaban solución alguna, perdidos en tan intrincados laberintos. Discuten prolijamente acerca del bien y del mal, la bienaventuranza y la última pena, la pasión y la apatía, la gloria y la abyección: todo ciencia vana, todo falsa filosofía; y sin embargo, comunicaban seductor encanto, aunque pasajero, a su dolor y angustia, infundíanles engañosas esperanzas, o fortificaban con pertinaz paciencia, como con acerada cota, sus corazones endurecidos.