El paraíso perdido · John Milton
Part 9
Capítulo 9 de 44 · 14 min de lectura
Superior aquel ejército de espíritus a todos los de los mortales, observaba a su jefe, que superando a su vez a cuantos le rodeaban por su estatura y lo imperioso de su soberbio aspecto, se elevaba como una torre. No había perdido aún la primitiva belleza de sus formas, ni dejaba de parecer un arcángel destronado, en quien se traslucía aún la majestad de su pasada gloria; era comparable con el sol naciente, cuando sus rayos atraviesan con dificultad la niebla, o cuando, situado a espaldas de la luna, en los sombríos eclipses, difunde un crepúsculo funesto, y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus revoluciones. Así oscurecido, brillaba más el arcángel que todos sus compañeros; pero surcaban su rostro profundas cicatrices causadas por el rayo, y en la inquietud que en sus demacradas mejillas y bajo sus cejas se retrataba, al par que en su intrepidez e indomable orgullo, parecía anhelar el momento de la venganza. Cruel era su mirada, aunque en ella se descubrían indicios de remordimiento y de compasión al fijarla en sus cómplices, en sus secuaces más bien, tan distintos de lo que eran en la mansión bienaventurada, y a la sazón condenados para siempre a ser partícipes de su pena: millones de espíritus que por su falta se hallaban sometidos a los rigores del cielo, expulsados por su rebelión de los resplandores eternos, y que habían mancillado su gloria por permanecerle fieles. Asemejábanse a las encinas del bosque o a los pinos de la montaña, desnudos de su corteza por el fuego del cielo, pero cuyos majestuosos troncos, aunque destrozados, subsisten en pie sobre la abrasada tierra.
Prepárase a hablar Satán, y se inclinan de una a otra ala las dobles filas de sus guerreros, rodeándole en parte todos sus capitanes, a quienes la atención hace enmudecer. Tres veces intenta el Arcángel comenzar, y otras tantas, con mengua de su orgullo, brotan de sus ojos lágrimas como las que pueden verter los ángeles; pero al fin se abren paso las palabras por enmedio de sus suspiros.
«¡Legiones sin cuento de espíritus inmortales! ¡Dioses con quienes solo puede igualarse el Omnipotente! No dejó aquel combate de ser glorioso, por más que el resultado fuese funesto, como lo atestigua este lugar y este terrible cambio sobre el que es odioso discurrir. Pero ¿qué espíritu, por previsor que fuera, y por más que tuviera profundo conocimiento de lo pasado y de lo presente, habría temido que la fuerza unida de tantos dioses, y dioses como estos, llegaría a ser rechazada? ¿Quién podría creer, aun después de nuestra derrota, que todas estas poderosas legiones, cuyo destierro ha dejado desierto el cielo, no volvieran en sí, levantándose a recobrar su primitiva morada? En cuanto a mí, todo el celeste ejército es testigo de que ni los pareceres al mío contrarios, ni los peligros en que me he visto han podido frustrar mis esperanzas; pero Aquel que reinando como monarca en el cielo, había estado hasta entonces seguro sobre su trono, sostenido por una antigua reputación, por el consentimiento o la costumbre, hacía ante nosotros ostentación de su pompa regia, mas nos ocultaba su fuerza, con lo que nos alentó a la empresa que ha sido causa de nuestra ruina. De hoy más sabemos cuál es su poder y cuál el nuestro, de suerte que si no provocamos, tampoco tememos que se nos declare una nueva guerra. El mejor partido que nos resta, es fomentar algún secreto designio para obtener por astucia o por artificio lo que no hemos conseguido por fuerza; para que al fin podamos probarle que el que vence por la fuerza, no triunfa sino a medias de su enemigo. Puede el espacio producir nuevos mundos; y sobre esto circulaba en el cielo ha tiempo un rumor, respecto a que el Omnipotente pensaba crear en breve una generación que sus predilectas miradas contemplarían como igual a la de los hijos del cielo. Contra ese mundo intentaremos acaso nuestra primera agresión, siquiera sea por vía de ensayo; contra ese o cualquiera otro, porque este antro infernal no retendrá cautivos para siempre a los espíritus celestiales, ni estarán sumidos mucho tiempo en las tinieblas del abismo. Tales proyectos, sin embargo, deben madurarse en pleno consejo. Ya no queda esperanza de paz, porque, ¿quién pensaría en someterse? ¡Guerra pues! ¡Guerra franca o encubierta es lo que debemos determinar!»
Dijo, y en muestra de aprobación, levantáronse en alto millones de flamígeras espadas, que desenvainaron los poderosos querubines. Su repentino fulgor ilumina en torno el Infierno; lanzan los demonios gritos de rabia contra el Todopoderoso, y enfurecidos, y empuñando sus armas, golpean los escudos con belicoso estruendo, lanzando un reto a la bóveda celeste.
Elevábase a poca distancia una colina, cuya horrible cima exhalaba sin cesar fuego y columnas de humo, mientras lo restante de la eminencia brillaba con una capa lustrosa, señal indudable de que en sus entrañas se ocultaba una sustancia metálica, producida por el azufre. Por allí en alas del viento se precipita una numerosa falange, semejante a las escuadras de peones que, armados de picos y azadas, se esparcen por los reales para construir una trinchera o levantar un parapeto. Mammón es quien la conduce; Mammón, el menos altivo de los espíritus caídos del cielo, pues aun en este sus miradas y pensamientos se dirigían siempre hacia abajo, admirando más las riquezas del pavimento celestial, donde se pisa el oro, que cuantas cosas divinas o sagradas se gozan en la visión beatífica. Por él primero, y guiados por sus indicaciones, saquearon los hombres el centro de la tierra, y con impías manos arrancaron a su madre las entrañas para apoderarse de tesoros que valdría más estuviesen para siempre ocultos. Abrió en breve la gente de Mammón una ancha brecha en la montaña, y extrajo de sus simas grandes porciones de oro. ¿Por qué hemos de admirarnos de que se produzcan las riquezas en el infierno, si sus senos son los más a propósito para tan precioso tósigo? Los que aquí se vanaglorian de las cosas mortales, y hablan maravillados de Babel y de las obras de los reyes de Menfis, sepan que los más célebres monumentos del poder y del arte humanos quedarían fácilmente eclipsados junto a los que los espíritus réprobos construyen. Ellos fabrican en una hora lo que los reyes, con incesantes trabajos e innumerables brazos, pueden acabar apenas. Cerca de allí, en la llanura, funden otros con arte maravilloso el mineral macizo en inmensos hornillos preparados al efecto, por debajo de los cuales pasa una corriente de fuego líquido que sale del lago, y separa cada especie, sacando las escorias de entre los terrones de oro. Otros, en fin, forman con igual prontitud en la tierra diferentes moldes, y por medio de un admirable artificio llenan cada uno de aquellos profundos huecos con la materia de los ardientes crisoles, del mismo modo que en el órgano, un solo soplo de viento, repartido entre varias series de tubos, produce todas sus armonías.
De repente, al compás de una deliciosa música y dulces cantos, brota de la tierra como vaporosa llama un edificio inmenso, construido como un templo y rodeado de pilastras y columnas dóricas, coronadas por un arquitrabe de oro. No faltaban allí cornisas ni frisos con sus bajos relieves, y la techumbre era de oro cincelado. Ni Babilonia ni la grandiosa Menfis alcanzaron en sus días de gloria semejante magnificencia, para honrar a sus dioses, Belo o Serapis, o para entronizar a sus reyes, cuando el Egipto y la Asiria rivalizaban en riquezas y ostentación.
Queda fija por fin la ascendente mole, ostentando su majestuosa altura; y abriéndose de pronto las puertas de bronce, dejan ver interiormente su vasto espacio, y toda la extensión de su pavimento terso y pulimentado. De la arqueada bóveda penden, por una sutil combinación mágica, varias filas de radiantes lámparas y esplendorosos fanales que, alimentados por la nafta y el asfalto, difunden la luz como los astros de un firmamento. Penetra apresuradamente la multitud en aquel recinto, admirándolo todos, y unos ensalzan la obra, y otros al arquitecto. Diose a conocer su mano en el cielo por la construcción de varias elevadas torres, donde los ángeles que empuñaban cetro tenían su residencia y trono de príncipes. El supremo Soberano los elevó a tal poder, encargándoles que gobernasen las celestiales milicias, cada cual conforme a su jerarquía.
Ni fue el mismo arquitecto desconocido, ni careció de adoradores en la antigua Grecia: los hombres de Ausonia le llamaron Múlciber. Contaba la fábula cómo fue arrojado por la ira de Júpiter, y por encima de los cristalinos muros del cielo, rodando todo un día de estío desde la mañana al medio día y desde el medio día hasta la noche; y al ponerse el sol cayó del zénit, como una estrella volante, en Lemnos, isla del mar Egeo. Referíanlo así los hombres y se equivocaban, pues la caída de Múlciber con su rebelde hueste, tuvo lugar mucho tiempo antes. De nada le valió haber construido elevadas torres en el cielo, ni se salvó a pesar de todas sus máquinas, siendo arrojado de cabeza con su industriosa horda para que construyera en el infierno.
Entre tanto, los heraldos alados, por orden del soberano poder, con imponente aparato y a son de trompetas, proclaman en todo el ejército la convocación de un consejo solemne, que debe reunirse inmediatamente en el Pandemonium, capital de Satán y de sus magnates. Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase, o por elección en cada hueste y legión regular, los cuales acuden al instante en grupos de ciento y de mil con su correspondiente séquito. Todas las avenidas están ocupadas, obstruidas las puertas, los espaciosos pórticos del templo, y sobre todo el inmenso salón, semejante a un campo cerrado, donde los bravos campeones acostumbran a cabalgar con todas sus armas ante el trono del Sultán, retando a la caballería pagana a un combate a muerte o a romper lanzas. Bulle apiñado el enjambre de espíritus, así en la tierra como en el aire, agitando sus ruidosas alas. Como en la primavera, cuando se halla el sol en Tauro, hacen las abejas salir en grupos alrededor de la colmena a su populosa prole, y revolotean acá y allá entre las flores húmedas de rocío, o sobre la plancha unida, que forma la explanada de su pajiza ciudadela, cubierta de reciente néctar, y allí discuten y acuerdan sobre sus negocios de Estado; así revoloteaban y se comprimían aquellas numerosas legiones aéreas hasta el momento de darse la voz de alerta.
[Ilustración: Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase...]
[Ilustración: Así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del infierno.]
Pero ¡oh maravilla! los que antes semejaban superar en altura a los gigantes, hijos de la Tierra, son ahora menores que los enanos más pequeños, amontonándose innumerables en un reducido espacio, parecidos a los pigmeos que se encuentran allende las montañas de la India, o a los duendes que el rezagado campesino ve o imagina ver en sus conciliábulos de media noche, junto al lindero de un bosque o a la orilla de una fuente, mientras sobre su cabeza sigue tranquila la luna su pálido curso, acercándose más a la tierra, y los locuaces espíritus, entregados a sus danzas y juegos, halagan el oído del aldeano, cuyo corazón late a la vez de regocijo y miedo.
De este modo aquellos espíritus incorpóreos redujeron su inmensa estatura a las más diminutas formas, y casi todos se hallaron, aunque seguían siendo innumerables, en el salón de aquella corte infernal. Pero más allá, interiormente, en sus verdaderas proporciones, y entre sí muy semejantes, hallábanse reunidos en un sitio retirado los grandes señores seráficos y los querubines; y mil semidioses, sentados en sillas de oro, constituían en secreto cónclave un consejo pleno, en que después de breve silencio, y leída la convocatoria, comenzó la solemne deliberación.
[Ilustración: Sobre un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez...]
LIBRO SEGUNDO
ARGUMENTO
Congregado el Consejo, consúltale Satán sobre si deberá aventurarse otra batalla para recobrar el cielo: algunos son de este parecer; mas no todos opinan lo mismo. Prefieren otro recurso indicado antes por Satán, que consiste en averiguar la verdad de aquella profecía o tradición del cielo relativa a otro mundo y otra especie de criaturas, iguales, o no muy inferiores a los ángeles, y que debían crearse por aquel tiempo. Dudan respecto a quién se encargará de tan difícil empresa; pero Satán se ofrece a hacer solo el viaje, y prorrumpen todos en demostraciones de aplauso y júbilo. Terminado así el consejo, retíranse los espíritus por diferentes caminos, para dedicarse a ocupaciones diversas, según las aficiones de cada cual, y para dar tiempo a que vuelva Satanás. Llega este entre tanto a las puertas del infierno, que encuentra cerradas. Refiérese quiénes estaban allí para guardarlas, y cómo, abriéndoselas al fin, le muestran el gran abismo que hay entre el infierno y el cielo. Atraviésalo con gran dificultad, guiado por el Caos, soberano de aquel lugar, hasta que llega a la vista del nuevo mundo que buscaba.
En un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez a todas las riquezas de Ormuz y de la India, y de las regiones en que el suntuoso oriente vierte con opulenta mano sobre sus reyes bárbaros perlas y oro, encúmbrase Satán, exaltado por sus méritos a tan impía eminencia; y aunque la desesperación le ha puesto en dignidad tal como no podía esperar, todavía ambiciona mayor altura; y tenaz en su inútil guerra contra los cielos, no escarmentado por el desastre, da rienda así a su altiva imaginación:
«¡Potestades y dominaciones, númenes celestiales! Pues no hay abismo que pueda sujetar en sus antros vigor tan inmortal como el nuestro, aunque oprimido y postrado ahora, no doy por perdido el cielo. Después de esta humillación, se levantarán las virtudes celestes más gloriosas y formidables que antes de su caída, y se asegurarán por sí mismas del temor de una segunda catástrofe. Aunque la justicia de mi derecho y las leyes constantes del cielo me designaron desde luego como vuestro caudillo, lo soy también por vuestra libre elección, y por los méritos que haya podido contraer en el consejo o en el combate; de modo que nuestra pérdida se ha reparado, en gran parte al menos, dado que me coloca en un trono más seguro, no envidiado, y cedido con pleno consentimiento. En el cielo, el que más feliz es por su elevación y su dignidad, puede excitar la envidia de un inferior cualquiera; pero aquí, ¿quién ha de envidiar al que, ocupando el lugar más alto, se halla más expuesto, por ser vuestro antemural, a los tiros del Tonante, y condenado a sufrir lo más duro de estos tormentos interminables? Donde no hay ningún bien que disputar, no puede alzarse en guerra facción alguna, pues nadie reclamará, seguramente, el bienestar del infierno; nadie tiene escasa participación en la pena actual, para codiciar, por espíritu de ambición, otra más grande. Con esta ventaja, pues, para nuestra unión, esta fe ciega e indisoluble concordia, que no se conocerán mayores en el cielo, venimos ya a reclamar nuestra antigua herencia, más seguros de triunfar que si nos lo asegurase el triunfo mismo. Pero cuál sea el medio mejor, si la guerra abierta o la guerra oculta, ahora lo examinaremos: hable quien se sienta capaz de dar consejo.»
Calló Satán, y hallándose inmediato Moloc, rey que empuñaba cetro, se puso en pie. Era el más denodado y soberbio de todos los espíritus que combatieron en el cielo, y su desesperación le comunicaba ahora mayor fiereza. Pretendía ser igual en poderío al Eterno y, antes que reputarse inferior prefería dejar de existir, porque sin este cuidado nada tenía que le intimidase. Menospreciaba a Dios, y el infierno y cuanto hubiese más horroroso que este; y así prorrumpió en los siguientes términos:
«¡Guerra abierta! este es mi parecer. No soy experto en ardides, ni me glorío de tal. Conspiren los que lo necesiten, mas cuando sea necesario, no ahora. ¡Pues qué!, mientras ellos sosegadamente urden sus tramas, ¿han de permanecer en pie y armados millones de espíritus que, ansiando la señal de desplegar sus alas, yacen aquí expatriados del cielo, sin más morada que esta sombría caverna, destierro infame, y prisión de un tirano que reina por nuestra apatía? No; prefiramos armarnos del furor y las llamas del infierno; abrámonos todos a la vez, sobre las elevadas torres del cielo, un camino en que no pueda oponernos resistencia, transformando nuestros tormentos en horribles armas contra el verdugo; que al estrépito de sus poderosos rayos responda nuestro infernal trueno, y vea los relámpagos convertidos en negra y horrorosa llama lanzada con igual rabia contra sus ángeles, y hasta su mismo trono envuelto entre el azufre del Tártaro y el extraño fuego que inventó para atormentarnos. Parecerá acaso difícil y escarpado el camino para escalar con seguro vuelo la altura de enemigo tan poderoso; pero recuerden los que esto crean, si no están aletargados aún con el soñoliento vapor de este lago del olvido, que por nuestro propio impulso nos elevamos a nuestra primitiva morada, y que el bajar y caer son contra nuestra naturaleza; pues cuando últimamente el fiero Enemigo daba sobre nuestra destrozada retaguardia, insultándonos y persiguiéndonos a través del abismo, ¿quién no sintió cuán pesado era nuestro vuelo al sumirnos en este precipicio? El ascender, pues, nos será muy fácil.
»Témese el resultado de provocar a quien es tan fuerte para que imagine en su cólera algún recurso que acabe de aniquilarnos, si es dable en este lugar mayor anonadamiento; pero ¿qué mal más grande que existir aquí privados de todo bien, y condenados a eterna maldición en este antro odioso, donde nos abrasa inextinguible fuego, sin esperanza de ver el fin, esclavos de sus iras, y a merced del látigo inexorable cuando llega la hora de los tormentos? Mayor castigo que el presente sería un extremo tal, que feneceríamos. Pues ¿qué tememos? ¿Por qué vacilamos en excitar su furor postrero, que siendo más violento nos consumirá del todo, reduciendo a la nada nuestra existencia? Preferible es esto a vivir miserables perpetuamente. Y si nuestra naturaleza es en realidad divina y no puede dejar de serlo, nos hallamos en peor condición que si nada fuésemos, y tenemos la prueba de que nuestro poder basta para trastornar el cielo, alarmando con incesantes asaltos aquel trono fatal, aunque inaccesible; lo cual, ya que no victoria, por lo menos será venganza.»
No dijo más; y frunciendo el ceño, brillaron sus ojos en sed de inextinguible venganza y tremenda lid peligrosa para todos los seres inferiores a los dioses. Del lado opuesto se levantó Belial, en ademán más gracioso y menos fiero.
Jamás se vieron privados los cielos de tan hermosa criatura: parecía estar predestinado a las dignidades y los grandes hechos, pero todo era en él ficción y vanidad, por más que destilase maná su lengua, y diera apariencias de cuerdos a los más falsos razonamientos, torciendo y frustrando los consejos más acertados. Era de pensamientos humildes, ingenioso para el vicio, tímido y lento para toda acción generosa; pero sabía halagar los oídos, y con persuasivo acento comenzó así:
«Desde luego ¡oh príncipes! estaría yo por la guerra a muerte, que en aborrecimiento no cedo a nadie, si lo que se alega como suprema razón para resolvernos a una guerra inmediata, no me disuadiera más, y no me pareciese en último resultado de siniestro agüero. El que más se distingue como guerrero, desconfiando de su consejo y su propia fuerza, funda todo su valor en la desesperación, y prefiere un completo aniquilamiento; pero ante todo ¿cómo nos vengaremos? Las torres del cielo están llenas de centinelas armados que hacen imposible todo acceso, y con frecuencia acampan sus legiones al borde del abismo, o con sombrío vuelo exploran por do quiera los reinos de la noche, sin temor a sorpresa alguna; y aun cuando nos abriéramos un camino por la fuerza, aunque todo el infierno se arrojara tras nosotros para oscurecer con sus tinieblas la purísima luz del cielo, permanecería nuestro Enemigo incorruptible sobre su incólume trono, y la sustancia etérea, libre de toda mancha, rechazaría en breve la agresión, sirviendo nuestro fuego para alumbrar su triunfo.
»Una vez repelidos, nuestra última esperanza será el colmo de la desesperación. Y ¿hemos de excitar al poderoso Vencedor a que apure su cólera y acabe con nosotros? ¿Ha de ser el dejar de existir nuestro solo anhelo? ¡Triste remedio! porque ¿quién querría perder, a pesar de cuanto padecemos, este ser inteligente, este pensamiento que abarca toda la eternidad, para perecer sepultados y perdidos en las profundas entrañas de perpetua noche, insensibles a todo y gimiendo en completa inercia? Y ¿quién sabe, dado que esto nos conviniera, si nuestro airado Enemigo podrá y querrá concedernos semejante muerte? Que pueda es dudoso; que no lo consentirá jamás, es seguro. Siendo tan previsor, ¿cómo ha de resolverse a deponer de pronto su ira, simulando impotencia o descuido, para conceder a sus enemigos lo que desean, o aniquilar en su cólera a aquellos a quienes preserva su cólera misma a fin de castigarlos eternamente?



