El paraíso perdido · John Milton
Part 25
Capítulo 25 de 44 · 14 min de lectura
Largo tiempo ha que por vez primera elegí este asunto para un canto heroico, pero comencé ya tarde. La naturaleza no me ha dado facilidad para pintar guerras que hasta aquí se han contemplado como el único argumento para la poesía heroica: ¡sublime aspiración realzar a fuerza de largos y repugnantes desastres, hazañas de fabulosos caballeros en batallas también supuestas, y no consagrar un solo canto a la verdadera fortaleza, a la paciencia y heroicidad de los mártires; describir evoluciones y juegos, vistosas empalizadas, escudos relumbrantes de empresas y blasones, bridones encubertados, arneses bordados de oro, y arrogantes jinetes entrando en las justas y en los torneos; y luego la suntuosidad de los banquetes, servidos en magníficos salones por numerosos pajes y escuderos; primores artificiosos y rutinarios, que no pueden dar justo y heroico renombre ni al autor ni a su poema! Pero a mí, que no he puesto mi arte ni mi estudio en estas cosas, se me ofrece argumento más sublime, bastante por sí solo a granjearme alta reputación, a no ser que la tardanza del tiempo, el hielo del clima o el de mis años entorpezcan mis ya rendidas alas; y no podría menos de suceder así, si esta obra fuese exclusivamente mía, y no del nocturno numen que sugiere sus cantos a mis oídos.
Hundíase el Sol en el océano, y con él desaparecía la estrella de Héspero, cuyo oficio es llevar el crepúsculo a la tierra, sirviendo de medianera entre el día y la noche. Del uno al otro extremo del hemisferio extendía esta su velo en torno del horizonte, a tiempo que Satán, a quien Gabriel había intimidado con sus amenazas y expulsado del Edén, más diestro ahora en su falacia y malignidad, y más ansioso de la perdición del Hombre, a pesar de que se exponía él también a mayor castigo, sin temor alguno resolvió penetrar de nuevo en aquellas regiones. Era de noche cuando emprendió el vuelo; a la mitad de ella había acabado de dar la vuelta a la tierra, porque evitaba el día, desde que Uriel, que regulaba el movimiento del Sol, le descubrió al entrar en el Edén y previno contra sus intentos a los querubines que lo guardaban. Así expulsado y poseído de mortal angustia, siete noches consecutivas anduvo rodando entre las tinieblas: tres veces recorrió la línea equinoccial, y cuatro, atravesando los coluros, cruzó por el carro de la noche de polo a polo. A la octava noche volvió al Paraíso, y en la parte opuesta a la que guardaban los querubines, descubrió una entrada furtiva, que ellos no conocían.
[Ilustración: ¡Oh Tierra! Cuán semejante eres al cielo...]
[Ilustración: En el río se hundió Satán y volvió a salir.]
Había allí un lugar (ya no existe, y de esta novedad no fue causa el tiempo, sino el pecado), donde el Tigris se precipita en una profunda sima al pie del Paraíso, refluyendo parte de sus aguas hasta formar una fuente junto al árbol de la vida. En aquel precipicio se arrojó Satán, arrastrado por el río, y entre el salto que sus aguas daban subió al jardín, envuelto en su densa niebla. Allí buscó un sitio donde ocultarse. Había recorrido mares y tierras del Edén al Ponto Euxino y la laguna Meótides, y más allá de las riberas del Obi, y descendió al polo Antártico, cruzando al occidente, desde el Orontes al océano que se ve atajado por el istmo de Darién, y luego a las regiones bañadas por el Ganges y por el Indo. Al escudriñar así toda la tierra con minucioso examen y contemplar con profunda atención todas las criaturas, para elegir la que mejor se prestase a sus intentos, halló que la más astuta era la serpiente, y después de prolijas dudas y reflexiones, se convenció de que en ninguna como en ella podría injertar su insidioso espíritu, y en ninguna encubrir mejor sus siniestros odios a la más penetrante vista; porque en la falsedad de la serpiente no había ardid que pareciese impropio, ni cabía sospechar de su natural sutileza y malignidad, al paso que en los demás animales cualquier acto superior a su rudo instinto hubiera podido parecer influencia y sugestión diabólica. Esta fue al cabo su resolución; pero tales y tan desesperados combates traía en su interior, que prorrumpió en doloridos ayes, discurriendo así:
«¡Oh Tierra! ¡Cuán semejante eres al Cielo, por no decir superior y morada más digna de los dioses, dado que has sido producto de una segunda creación, con la cual se perfeccionó la antigua! Porque ¿hubiera Dios, después de hacer una obra perfecta, creado otra peor? ¡Oh terrestre cielo, alrededor del cual giran otros, que brillan únicamente para comunicarte sus resplandores! Solo para ti existen, al parecer, uno y otro astro, y en ti concentran los preciosos destellos de su sagrada influencia. Así como en el cielo Dios es el centro que se difunde por donde quiera, así lo eres tú también con respecto a los demás orbes que tienes por tributarios. En ti, que no en ellos, aparecen todas las virtudes conocidas que producen las yerbas y las plantas, y la estirpe más noble de los seres animados de vida gradual que crecen, sienten y raciocinan, dones todos cifrados en el Hombre. ¡Con qué placer, si de algún placer fuese yo capaz, recorrería tus campos, contemplando esa deliciosa alternativa de colinas y valles, ríos, bosques y llanuras; tan pronto tierras, tan pronto mares; aquí una ribera al pie de una selva, allá enormes rocas y grutas y cavernas! Pero ninguno de esos lugares me ofrece mansión ni asilo, y cuanto mayores son los encantos que me rodean, más grande es el tormento que llevo dentro de mí, como si fuese yo el odioso objeto de sentimientos tan encontrados. Toda dulzura se convierte para mí en veneno, y hasta en el cielo mi suerte sería tristísima. Y no es que yo quiera vivir aquí, ni aun en el cielo, de no imperar en él como soberano; porque no es la esperanza de llegar a condición menos miserable la que me anima ahora, sino el deseo de hacer a otros tan desdichados como lo soy yo, aunque redunde en mayor desventura mía; que lo que únicamente halaga mi desasosegado anhelar es la destrucción. Si en efecto, logro destruir, o que él propio labre su total perdición, al hombre para quien todo esto se ha creado, todo ello le acompañará en su ruina, como identificado que está con su prosperidad o su infortunio. ¡Sea con su infortunio! ¡Perezca cuanto aquí existe! De todas las potestades infernales, yo seré el único a quien quepa la gloria de haber aniquilado en un día lo que Él, el que se llama Omnipotente, ha empleado en crear seis días y seis noches sin interrupción; y ¿quién sabe cuánto tiempo empleara antes en concebirlo? Quizá no tuvo tal pensamiento hasta que yo, en una sola noche, libré de oprobiosa servidumbre casi a la mitad de los que llevan el nombre de ángeles, reduciendo en proporción la multitud de sus adoradores. En venganza de esto, sin duda, y para reponer sus legiones así mermadas, fuese por haber desmerecido de aquella antigua virtud que poseyó al crear los ángeles, si fueron creación suya, fuese para humillarnos más, determinó suplir nuestra falta con un ser formado de tierra, elevándole desde tan vil extracción hasta el punto de concederle nuestra dignidad celeste. Como lo resolvió, lo llevó a cabo; y formó al Hombre, y para él labró todo este magnífico mundo, y le dio por mansión la tierra, proclamándole rey de ella; y ¡oh indignidad! puso a su servicio las alas de los serafines, y por custodios suyos espíritus de fuego, obligados a desempeñar este terrestre ministerio.
[Ilustración: Pronto la encontró profundamente dormida y enroscada.]
»Temeroso de su vigilancia, y con el fin de eludirla, me he envuelto en los nebulosos vapores de la noche, y deslizádome cautelosamente entre estos matorrales, buscando una serpiente adormecida para introducirme entre sus escamas, y ocultarme y ocultar mis tenebrosos planes. ¡Oh indigna degradación! ¡Yo, que he lidiado contra los dioses queriendo sublimarme sobre todos ellos, verme obligado ahora a transformarme en un reptil, a identificarme con su asqueroso cieno, y embrutecer así la pura esencia que aspiraba al más excelso grado de la divinidad! Pero ¿a qué extremo no son capaces de descender la ambición y la venganza? El ambicioso, para lograr su fin, debe rebajarse tanto como ha pretendido elevar sus miras, y por encumbrado que esté, humillarse hasta los más viles empleos. La venganza, tan dulce a primera vista ¡qué amarga es al fin, pues que recae en el vengativo! Pero no importa: recaiga en mí, con tal que descargue el golpe donde le asesto; y ya que no puede alcanzar al que está más alto, hiera al menos al que provoca más inmediatamente mi envidia, a ese nuevo favorito del cielo, al Hombre, formado de barro, hijo del despecho, a quien, para mayor afrenta nuestra, sacó su Hacedor del lodo. No haya más: a ese ensañamiento se responderá con la misma saña.»
Esto dijo; y rastreando por entre la maleza, ya húmeda, ya árida, en forma de negro vapor, prosiguió su nocturna excursión por los sitios donde más fácilmente diera con la serpiente, hasta que la descubrió adormecida, enroscada en la multitud de sus complicados pliegues, y en medio su cabeza, llena de astutas maquinaciones. No estaba oculta en la siniestra sombra de horrible caverna, sino durmiendo tranquila, ni temerosa, ni terrible, sobre la espesa yerba. Introdújose el demonio por su boca, y apoderándose de su brutal instinto, de su corazón, de su cabeza, impregnó en todo su ser su activa inteligencia, mas sin turbar su sueño, y esperando la llegada de la mañana.
Cuando la sagrada luz comenzó a alborar en el Edén sobre las húmedas flores, y a exhalar estas su matinal incienso, cuando todos los seres que respiran elevan al Criador su silencioso homenaje desde el grande altar de la tierra con el aroma que le es tan grato, salieron de su mansión nuestros primeros padres, y unieron la plegaria de sus labios al coro de las criaturas que carecían de voz; y terminada su oración, recreándose unos instantes con la dulzura del ambiente que el aire les enviaba, acordaron el medio de adelantar en sus incesantes trabajos, los cuales requerían mucho más de lo que ellos dos podían hacer en tan vasto terreno; y así ocurriósele a Eva decir a su esposo:
«Adán, no debemos aflojar en el cultivo de este jardín, sino cuidar de sus plantas, yerbas y flores que es la agradable tarea que se nos ha impuesto; pero hasta que vengan más brazos en nuestra ayuda, la obra será menor que el trabajo, y cada vez más desproporcionada a la exuberancia con que crece todo. Las ramas que podamos por superfluas, que enderezamos o sujetamos durante el día, en una o dos noches brotan de nuevo y frustran todos nuestros afanes. Quisiera, pues, que para remediarlo, me dieses algún consejo, u oye el que de pronto se ocurre a mi imaginación. Dividamos nuestro trabajo: elige tú el sitio que mejor te parezca, o dedícate a lo que más urgente contemples, ya cubriendo de madreselva esta enramada, ya dirigiendo la yedra a las plantas con que deba unirse, mientras yo, alejándome por aquel lado, iré enderezando los tallos de las rosas mezcladas con los mirtos, en lo cual me ocuparé hasta el mediodía. Porque si seguimos como hasta aquí, trabajando siempre uno al lado de otro ¿cómo hemos de evitar, viéndonos juntos, que la distracción de una mirada, de una sonrisa, de la conversación a que da lugar un objeto nuevo, interrumpa nuestra ocupación a cada paso, y la haga cundir tan poco, que aunque comenzada muy de mañana, esté sin terminar a la hora de la comida?»
A lo que con cariñosas palabras replicó Adán: «¡Eva mía, mi única compañera, de todas las criaturas vivientes la que más amo, sin comparación alguna! Bueno es tu intento; acertadamente discurres sobre lo que debemos hacer para el mejor desempeño de la tarea que nos ha impuesto el Señor aquí; y no puedo menos de alabar tu celo, porque nada más recomendable en la mujer que el estudio que pone en sus quehaceres y en procurar que su esposo trabaje también con fruto. Pero el mandato de Dios no es tan riguroso que nos vede el descanso indispensable, ora se invierta en alimentar el cuerpo, o en pláticas sabrosas, que son el alimento del espíritu, o en la dulce distracción de una mirada, de una sonrisa, placeres concedidos a nuestra razón y negados a los brutos, porque son la expresión de nuestro amor que no debe considerarse como el fin menos noble de nuestra vida; así que, no nos ha destinado Dios a un trabajo penoso, sino al que puede proporcionarnos aquel gusto que es inseparable de la razón. Unidas nuestras manos, no dudes que dejarán fácilmente expeditas las enramadas y veredas que frecuentamos en nuestros paseos, hasta que dentro de poco tengamos otros brazos más jóvenes que nos ayuden. Si, después de todo, te molesta el conversar tanto conmigo, consentiré en ausentarme por breve tiempo, que la soledad es a veces la compañía más agradable, y una separación, aunque corta, hace más dulce el placer de volver a verse. Un recelo, sin embargo, me trae inquieto, el riesgo que puedes correr lejos de mí; porque ya sabes lo que se nos ha advertido; sabes que envidioso de nuestra felicidad y desesperando de la suya, un enemigo perverso está acechándonos para consumar nuestra perdición y mengua, y que vigila, no lejos de aquí tal vez, ansioso de realizar su anhelo, y aprovechar la ventaja de tenernos separados. Mientras estemos juntos, no se atreverá a acercarse, dado que en caso necesario, fácilmente nos podremos prestar auxilio, bien intente apartarnos de nuestra obediencia a Dios, bien perturbar nuestro conyugal amor, que de todas nuestras venturas, es quizá la que más envidia. Sea pues este su intento, sea que abrigue otro más funesto, no te alejes de quien te ha dado la vida, de quien te ampara y protege aún. La mujer que se ve amenazada de algún peligro o de algún menoscabo en su honra, halla su segura confianza en el esposo que la defiende, y se hace participante de todas sus desgracias y sinsabores.»
Eva, con inocente dignidad, mas con severa dulzura, propia de quien ama y se siente contrariada, prosiguió así: «¡Hijo del cielo y de la tierra, Señor de la tierra toda! Bien sé que tenemos un enemigo que solicita nuestra ruina. Ya me has informado de esto, y lo he oído además de boca del Ángel, al despedirse, desde una sombría estancia en que me oculté, regresando precisamente a la caída de la tarde, cuando se cierran los cálices de las flores. Pero ¡sospechar de mi fidelidad para con Dios y para contigo, solo porque un enemigo intenta ponerla a prueba! Nunca supuse en ti semejante duda. ¿Por qué temer tanto su violencia, si, inaccesibles a la muerte y a las penalidades, hemos al cabo de preservarnos de ellas, y aun rechazarlas cuando necesario fuere? Y si lo que verdaderamente temes es su astucia, ¿qué recelo tienes de que venza ni seduzca mi inquebrantable fidelidad ni mi amor sincero? ¿Cómo han podido albergarse en tu corazón tales sentimientos? ¿Cómo pensar tan desfavorablemente de la que tanto amas?
A lo cual, tratando de persuadirla, contestó Adán así:
«Hija de Dios y el Hombre, inmortal Eva, porque tal eres, pura de todo pecado y mancha: si pretendo persuadirte a que no te alejes de mi vista, no es por desconfianza que de ti tenga, sino para evitar las asechanzas con que nos persigue nuestro enemigo, porque el seductor, aunque trabaje en vano, siempre deja alguna mancha en aquel a quien solicita, dando a entender que su entereza no es tal que pueda resistir a la tentación. Tú misma te enojarías y mostrarías tu indignación contra semejante ultraje, aunque resultase sin efecto; y así no interpretes mal el deseo que tengo de preservarte a ti sola de esta ofensa, pues contra los dos a la vez, bien que su audacia sea grande, no la dirigiría; y si a tanto se atreviese, a mí me acometería primero. Ni son para menospreciadas su astucia y perversidad, que poderosas deben ser cuando logró seducir a los ángeles. No juzgues, pues, inútil mi auxilio. Al influjo de tus miradas, crecerán en mí todas las virtudes; tu presencia me inspirará más cordura, más previsión, más fuerza, si fuese preciso recurrir a esta, porque la humillación de verme ante ti vencido redoblaría mi vigor al más indecible extremo. ¿Por qué mi presencia no ha de producir en ti un sentimiento igual, ni qué testigo mejor de esta prueba de entereza a que estás resuelta, y del triunfo de tu virtud?»
Celoso de lo que tanto le interesaba, expresaba así Adán su conyugal amor; pero atribuyéndolo Eva a desconfianza de su firmeza, le replicó de nuevo, dulcificando su voz: «Si nuestro estado es tal que hemos de vivir incesantemente estrechados por un enemigo violento o pérfido, y si estando separados no hemos de ser cada cual bastante a defendernos ¿qué tranquilidad nos espera en medio de tan continuo sobresalto? El castigo no puede preceder al pecado: al tentarnos ese enemigo, nos ultraja ciertamente poniendo en duda nuestra integridad, pero de la duda no resulta infamia para nosotros, sino descrédito para él. ¿Por qué, pues, temerle y huirle tanto? Doble honor será, por el contrario, para nosotros desbaratar sus maquinaciones, y granjearnos así nuestra paz interior, y juntamente el favor del cielo, testigo de nuestra resistencia. ¿Será bien culpar a nuestro sabio Creador de habernos hecho felices tan a medias, que ni juntos ni separados contemos con seguridad alguna? Poco apetecible sería ventura semejante; y de estar expuestos a un peligro como este no merece nuestro Edén tal nombre.»
A lo que con mayor vehemencia contradijo Adán en estos términos: «Mujer, Dios lo hizo todo perfecto, que así lo dispuso su voluntad. Nada salió imperfecto ni defectuoso de sus manos creadoras, y mucho menos el hombre y cuanto puede asegurar su felicidad, preservándole de toda fuerza exterior, pues aunque lleva consigo el peligro, lleva también los medios de evitarlo. Contra su voluntad ningún mal puede inferírsele, y esta voluntad es libre, como lo es cuanto obedece a la razón. Esta razón, por otra parte, obra con rectitud, pero Dios la manda que esté siempre vigilante y sobre sí, para que no dejándose deslumbrar por una engañosa apariencia de bien, se incline al error, y extravíe a la voluntad de manera, que esta incurra en lo que Dios expresamente tiene prohibido. No es pues la desconfianza, sino la ternura del amor la que nos prescribe a mí que vele por ti, y a ti que veles por mí igualmente. A vueltas de toda nuestra firmeza posible es que nos perdamos, porque no es imposible que, cegándonos nuestro enemigo con engaños artificiosos, se olvide la razón de la vigilancia a que está obligada, y nos induzca en inadvertido yerro. No te expongas a la tentación; vale más evitarla, lo cual más fácilmente conseguirás si no te apartas de mí; pero el peligro viene sin ser buscado. Pretendes dar pruebas de tu constancia; dalas antes de tu obediencia. ¿Quién testificará de tu triunfo, si no ha presenciado nadie tu combate? Pero si presumes que en el imprevisto trance saldremos más airosos de lo que parece estando unidos, ya vas advertida; aléjate, porque permanecer aquí a la fuerza sería tanto como estar ausente. Aléjate con tu nativa inocencia, y cobra fuerzas de tu virtud; empléala toda; y pues Dios ha hecho con respecto a ti lo que debía, haz tú también lo que debes.»
A estas razones del patriarca del género humano, insistió Eva en replicar; y aunque sumisa, dijo por fin: «Iré, pues, con tu permiso, y sobre todo alentada por la razón que has indicado últimamente; que en un trance imprevisto, quizá nos hallaríamos menos preparados estando juntos. Iré ya más animosa, y sin el recelo de que tan fiero enemigo comience desde luego su agresión por la parte más débil; y si tal intentase, sería doblemente vergonzoso su vencimiento.»
Y diciendo esto, retiró suavemente su mano de entre las de su esposo, y como una ninfa de las selvas, o dríada, o del séquito de Diana, se encaminó con ligera planta hacia el bosque, sobrepujando en gentileza y gracia a la misma diosa de Delos, bien que no fuese como ella armada de arco ni flechas, sino de instrumentos apropiados al cultivo de los jardines, no pulidos aún por el arte ni por la acción del fuego, y tales como los ángeles se los habían suministrado. Asemejábase en su atavío a Pales o Pomona, a Pomona huyendo de Vertumno, y a Ceres, virgen aún, antes de tener fruto de Júpiter en Proserpina. Veíala Adán alejarse, contemplándola encantado, y fija su ardiente mirada en ella; hubiera, sin embargo, preferido tenerla a su lado. Una y otra vez la advirtió que regresase en breve, y otras tantas prometió ella volver a su morada al acercarse el mediodía, para disponer lo conveniente a la comida de aquella hora, y entregarse luego al reposo.



