El paraíso perdido · John Milton
Part 26
Capítulo 26 de 44 · 15 min de lectura
¡Oh desdichada Eva! ¡Qué amargo desengaño, qué humillación te espera antes de tu imaginado regreso! ¡Oh infame crimen! Desde este momento no hallarás ya en el Paraíso ni dulces manjares ni grata tranquilidad. Un lazo te está aguardando oculto entre esas risueñas flores y entre esas sombras, donde el odio infernal se prepara a interceptarte el camino y arrebatarte tu inocencia, tu ventura y tu fidelidad.
Y era así, que desde los primeros albores de la mañana había salido el Enemigo de su escondrijo, disfrazado bajo la apariencia de una serpiente, y con la esperanza más que probable de hallar a los dos únicos representantes del género humano, que en realidad equivalían a todo este, y eran el anhelado objeto de su venganza. Recorre florestas y descampados, todos los lugares en que el ramaje forma alguna espesura y ofrece sitios más deliciosos y retirados; los busca en las márgenes de las fuentes y en la frescura de los arroyos y las umbrías, pero desea sobre todo hallar a Eva separada de su esposo, aunque no abrigaba la menor esperanza de conseguir tanta ventura; cuando de pronto, realizándose una y otra, la descubre completamente sola, velada por una fragante nube. Divisábasela a medias, entre el espeso valladar de encendidas rosas que en torno la rodeaban, ocupándose en enderezar los delgados tallos de las flores, que aunque ostentaban en toda su viveza brillantes colores de púrpura y azul matizados de oro, se inclinaban lánguidas bajo su peso; y ella las sostenía graciosamente enlazándolas con mirtos, descuidada a la sazón de sí misma, flor más delicada y bella que todas las otras, necesitada también de su natural apoyo, del cual estaba tan lejos, cuanto cercana la tempestad que le amenazaba. Allí, a poca distancia, por entre las sombrías calles que formaban los más empinados árboles, los cedros, los pinos y las palmeras, la acechaba la Serpiente, ya acercándose resueltamente a ella, ya ocultándose y volviendo a aparecer, resguardada por la frondosidad del ramaje y las flores que había Eva plantado por su propia mano: pensil más encantador que los fabulosos jardines del resucitado Adonis, o los del famoso Alcínoo, huésped del hijo del viejo Laertes, y más delicioso que los no fingidos, sino verdaderos, donde el rey, sabio por excelencia, se solazaba con la bella esposa que debía al Egipto.
Admirado contemplaba Satán aquel lugar, y mucho más la persona de Eva. Hallábase como el que encerrado largo tiempo en una ciudad populosa, cuyas apiñadas chimeneas y fétidos vapores vician el aire, sale una mañana de estío a respirar ambiente más puro en una granja campestre, halagado por el olor de las mieses, de las eras y de los establos, y por el aspecto y bullicio de los campos; y si por dicha acierta a pasar una beldad virginal, graciosa como una ninfa, todo lo que le rodea adquiere por ella mayor encanto, como si en sus ojos se cifrase todo aquello que le enajena. Este mismo placer experimentó la Serpiente al contemplar aquel florido vergel, dulce retiro de Eva en medio de la soledad de la mañana. Su celestial belleza es la de un ángel, aunque más delicada, como de mujer al fin; su graciosa inocencia, cada ademán y hasta el menor de sus movimientos desconciertan la infernal malicia, y como que la arrebatan algo de la feroz intención que antes la animaba. Así permaneció el malvado unos momentos enajenado del mal que era su esencia y estúpidamente entregado al bien que por entonces le libraba de su enemistad y perfidia, de su odio, de su envidia y de su venganza; mas el fuego del infierno que interiormente le abrasaba, como le hubiera abrasado aun en el cielo, le sacó en breve de su delicioso éxtasis, atormentándole tanto más, cuanto mayor era la felicidad que allí se respiraba, y de que él estaba privado para siempre; lo que, renovándose su furioso encono, y entregándose de nuevo a su perversa intención, se complacía en discurrir así:
«¿Adónde me llevas, pensamiento? ¿Qué dulce impulso es este con que me enajenas, hasta el punto de hacerme olvidar el fin con que aquí he venido? No ha sido el amor, sino el odio; no la esperanza de trocar el Infierno en Paraíso, ni la de gozar de ningún placer, sino la de destruir todo goce, excepto el que consiste en la destrucción, pues los demás son para mí extraños. No he de malograr, pues, la ocasión que ahora me sonríe. Encuentro sola a la mujer, que será dócil a mis sugestiones; mis ojos, de tanta penetración dotados, no alcanzan a ver a su esposo, de cuya superior inteligencia es bien que me recate, porque su fuerza, su altivo denuedo y sus heroicos miembros, aunque formados de deleznable tierra, le hacen un competidor temible. Él además es invulnerable, y yo no; que a tal bajeza me ha traído el infierno, y tanto me han hecho mis dolores desmerecer de lo que era en el cielo. Y ¡qué hermosa, qué divina creación es la mujer! ¡Cuán digna es del amor de los dioses, y cuán poco terrible, por más que sean terribles el amor y la hermosura cuando no son objeto de un odio más poderoso aún, doblemente poderoso si sabe encubrirse con la máscara del amor! Esto, que ha de perderla, voy a intentar ahora.»
Y con esta resolución, el enemigo del género humano, introducido en el cuerpo de la serpiente (¡fatal consorcio!), se dirigió hacia Eva, no arrastrando por tierra y enroscándose en sí misma, como después lo hizo, sino enhiesta sobre su cola, base circular de múltiples anillos que se elevaban unos sobre otros, y que creciendo cada vez más, formaban con sus escamosos pliegues un confuso laberinto. Erguía su cabeza coronada por una cresta; brillaban sus ojos como dos carbunclos; y alzando entre espirales círculos su cuello con mil vistosos cambiantes de verde y oro, mecíase el resto de su cuerpo sobre la yerba. Nada más bello y gracioso que su figura. Jamás se conocieron serpientes tan seductoras, ni las que en Iliria transformaron a Hermione y Cadmo, ni aquella en que se convirtió el dios adorado en Epidauro, ni las que dieron su forma a Júpiter Ammón o a Júpiter Capitolino, unida la una a Olimpia, la otra a la que fue madre de Escipión, gloria de Roma.
Moviose primero torcidamente, como el que acercándose a otro por temor de importunarle, se vale de rodeos; como el diestro piloto que al llegar con su nave a la corriente de un río o a la proximidad de un promontorio, inclina a un lado y otro el timón y cambia las vidas según el viento. Así variaba la Serpiente de dirección, y con sus tortuosas posturas y estudiados ademanes procuraba atraerse las miradas de Eva; pero distraída esta en su quehacer, aunque oía el movimiento de las hojas, no prestaba atención al ruido, acostumbrada como estaba al jugueteo que por el campo traían en su presencia todos los animales, más dóciles a su mandato que a la voz de Circe su rebaño transfigurado.
Más confiada ya la Serpiente, púsose delante de ella, sin esperar a que la llamase, y quedó inmóvil de admiración; inclinó repetidas veces su prominente cresta y su esmaltado y brillante cuello con sumisión cariñosa, lamiendo la tierra en que había fijado Eva su planta, hasta que tantas mudas demostraciones consiguieron por fin su efecto; y satisfecho Satán de haber llamado su atención, valiéndose de la lengua de la serpiente, o por un mero impulso del aire en que iba envuelta su voz, comenzó con insinuante astucia a tentarla así:
«No te maravilles de mí, reina del universo, cuando tú eres aquí la única maravilla. No me rechacen con desdén esos ojos, que son todo un cielo de dulzura, ni te ofendas de que yo me acerque a ti y no me sacie de contemplarte, que yo solo soy, yo solo el que no se ha dejado intimidar por tu majestuoso aspecto, más majestuoso ahora en la soledad. ¡Oh imagen la más perfecta de tu perfecto Hacedor! Todos los seres vivientes se recrean en ti, gloríanse de ser tuyos y adoran enajenados tu celestial hermosura, cuyo poder es mayor a medida que es objeto de admiración más universal. Y ¡estar encerrada aquí en este recinto agreste, en medio de salvajes brutos, incapaces de contemplarte, incapaces de apreciar todo lo bella que eres, a excepción de un hombre que te acompaña! Y ¿por qué ha de ser uno solo, cuando merecerías ser tenida por diosa entre los dioses, y adorada y servida por multitud de ángeles que a todas horas te rodeasen?»
Con tan lisonjeras palabras dio principio a su discurso el Tentador, y halló desde luego cabida en Eva; que aunque en extremo admirada de oír su voz, manifestó su asombro diciendo así:
«¿Qué es esto? ¡El lenguaje del hombre y el pensamiento humano expresados por la lengua de un bruto! Creía yo que a lo menos del primero estaban privados los irracionales, habiéndolos Dios creado mudos e incapaces de articular todo sonido; en cuanto al segundo, ya abrigaba yo dudas al notar que hay mucho de discernimiento en sus miradas y en sus acciones. No ignoraba que tú, Serpiente, eres el más sagaz de todos los animales campestres, mas no sabía que estuvieses dotada del habla humana. Repite, pues, este milagro, y dime cómo siendo muda, has podido adquirir la palabra, y cómo de todas las criaturas que diariamente se ofrecen a mi vista, eres la que conmigo te muestras más afectuosa. Esto deseo saber; que bien lo merece semejante maravilla.»
«¡Reina de este hermoso mundo, contestó el pérfido seductor, encantadora Eva! Fácil me es hacer lo que ordenas, y justo que en todo seas obedecida. Era yo al principio como los demás animales que pacen la yerba que van pisando; eran mis instintos tan viles y terrestres como mi alimento, y fuera de este o de la diferencia de sexo, nada sabía discernir, ninguna cosa más alta se me alcanzaba. Pero vagando acaso un día por el campo, acerté a descubrir a lo lejos un hermosísimo árbol, cargado de frutos, que resaltaban extraordinariamente por sus colores de carmín y oro. Acerqueme para mejor contemplarlo, y sentí que de sus ramas salía un delicioso perfume que excitaba el apetito, más sabroso al olfato que el olor del más dulce hinojo, o el de las ubres de la oveja y la cabra, llenas, a la caída de la tarde, de leche que no han mamado aún el cordero ni el cabritillo, distraídos en su retozo. Con la impaciencia de satisfacer el ansia que en mí se despertó, resolví gustar aquel bello fruto; estimulábanme el hambre y la sed, poderosos incentivos, a comer una de aquellas manzanas cuyo aroma me incitaba tanto. Enrosqué mi cuerpo alrededor del musgoso tronco, pues para alcanzar a sus ramas desde la tierra, es menester tu elevada estatura, o la de Adán. Viéronme con envidia, poseídos de igual deseo, los animales que me rodeaban, imposibilitados de hacer lo mismo; y llegado que hube a la mitad del árbol, del que tan cercana pendía la seductora abundancia de aquella fruta, arranqué, comí hasta la saciedad, y experimenté un placer que jamás había hallado ni en las más gustosas plantas ni en las más cristalinas fuentes. Satisfecho por fin, experimenté en mí un extraño cambio; iluminó la razón mis facultades interiores; tardé poco en adquirir el habla, aunque conservando esta misma forma; y desde entonces se elevó mi pensamiento a profundas y sublimes meditaciones, y mi espíritu fue capaz de considerar todo lo que hay visible en el cielo, en la tierra y en el aire, todo lo bueno y lo bello que en el mundo existe. Pero todo lo bueno y lo bello está cifrado en tu divina imagen, junto todo en el celestial destello de tu hermosura, a la cual nada hay que pueda igualarse ni compararse. Ella es la que, aun a riesgo de serte importuno, me ha obligado a venir aquí para contemplar y adorar a la que con tan justo derecho está proclamada como soberana de las criaturas y señora del universo.»
Así habló la Serpiente poseída del maligno espíritu; y doblemente admirada y sin cautela alguna. Eva le replicó así: «Serpiente, tus excesivas alabanzas me hacen dudar de la virtud de ese fruto que has sido la primera en probar; mas dime: ¿dónde crece ese árbol? ¿Está muy lejos de aquí? ¡Hay tantos y tan diferentes árboles puestos por Dios en el Paraíso, que nos son todavía desconocidos! Con tal abundancia se brindan a nuestra elección, que existen multitud de frutas a que no hemos tocado aún, y que penden incorruptibles de sus ramas hasta que nazcan otros hombres que se aprovechen de ellas, y otras manos que nos ayuden a aligerar a la naturaleza de tanta fecundidad.»
Lo cual oído por la astuta Serpiente, se apresuró, llena de júbilo, a responder: «El camino, gran señora, es fácil y nada largo. Al otro lado de una calle de mirtos, en una plazoleta y junto a una fuente, pasado un bosquecillo de balsámica mirra, lo encontraremos; por lo que si aceptas mi compañía, te conduciré en seguida.» «Condúceme», dijo Eva. Y sin más tardanza se aprestó a hacerlo la Serpiente, arrastrándose con tal rapidez, que su encorvado cuerpo parecía derecho: tan pronta estaba para la maldad. Incítala la esperanza, y brilla su cresta de alegría; como el fuego errante, formado de untuosos vapores, que condensa la noche y sostiene el frío, que con el movimiento produce llama, y que animado, según dicen, por un espíritu maligno, girando y despidiendo falaces fuegos, engaña y extravía al caminante nocturno, llevándole por bosques y pantanos, hasta que tal vez le precipita en un lago, donde se ahoga privado de todo auxilio. Así brillaba el traidor enemigo, conduciendo engañoso a Eva, nuestra crédula madre, hacia el árbol prohibido, origen de todos nuestros males; la cual, así que le vio, dijo a su guía:
«Serpiente, hubiéramos podido ahorrarnos de venir hasta aquí, diligencia para mí infructuosa, bien que sea tal la abundancia de estos frutos. Admirable es sin duda, y si tales efectos producen, guarda su virtud para ti, que nosotros no podemos gustar de ellos, ni tocar a ese árbol. Dios nos lo ha prohibido, único mandamiento que ha salido de sus labios; por lo demás, vivimos siendo ley de nosotros mismos: nuestra ley es nuestra razón.»
«¿Eso dices? replicó astutamente el Seductor. ¡Dios ha mandado que no comáis de todos los frutos de estos árboles, y os ha hecho señores de cuanto hay en la tierra y en los aires!»
Y Eva, que todavía no había pecado, contestó: «Podemos comer de los frutos que llevan todos los árboles de este jardín, pero del que da ese hermoso árbol plantado en medio del Paraíso, ha dicho Dios: «No comeréis, ni llegaréis a él, porque será vuestra muerte.»
Y apenas oyó el Seductor esta breve respuesta, fingiendo gran celo y amor por el Hombre y profunda indignación por el agravio que se le hacía, apeló a un nuevo recurso, y como luchando con el sentimiento que le agitaba, tomó al fin una actitud tranquila y el aire estudiado de quien se preparaba a tratar de un asunto grave. Como cuando en Atenas o en la libre Roma, en tiempo en que florecía aquella elocuencia que no ha vuelto a oírse, se presentaba un orador famoso, encargado de una gran causa, y concentrándose en sí mismo, cautivaba antes de hablar con sus movimientos y gestos al auditorio, y otras veces, para no entretenerse en el exordio, prorrumpía desde luego en altos conceptos, arrebatado por la fuerza de su razón o de la justicia; no de otro modo irguiéndose, agitándose y levantándose a su mayor altura, con toda la vehemencia de su pasión, exclamó el falso Tentador:
«¡Oh sagrada y sabia planta, dispensadora de la sabiduría y madre de la ciencia! En mí siento ya la eficacia de tu poder, que ilumina mi mente, y no solo me permite discernir las cosas en sus primeras causas, sino los medios de que se valen los agentes superiores, a pesar de su profunda sabiduría. Y tú, reina de este universo, no creas en esa terrible amenaza de muerte, que seguramente no se realizará. ¿Quién ha de haceros morir? ¿El fruto de ese árbol, cuando con él se adquiere la vida de la ciencia? ¿El que ha fulminado esa amenaza? Pues, ¿no me veis a mí, a mí que he tocado y gustado ese fruto que se os veda? Y no solamente vivo, sino que gozo de una vida más perfecta que la que el destino me había otorgado, gracias al propósito que formé de sobreponerme a mi condición. ¿Ha de cerrarse para el Hombre el camino que tienen abierto los irracionales? ¿Ha de encenderse la ira de Dios por tan pequeña falta? ¿No aplaudirá más bien vuestro intrépido valor, al ver que ni el temor de la muerte que os pone delante, sea la muerte lo que quiera, os retrae de un empeño que puede proporcionaros vida más venturosa, el conocimiento del bien y el mal? ¡El bien! ¿Hay nada más justo? ¡El mal! Pues si el mal existe, ¿por qué no conocerlo, y así se evitará mejor? Dios no puede castigaros siendo justo, y si no es justo, no es Dios, y dejando de ser Dios, no hay para qué temerle ni obedecerle. El mismo temor de la muerte debe induciros a no temerla. Y ¿por qué os ha impuesto esa prohibición sino para intimidaros, para manteneros en vuestra baja servidumbre, en vuestra ignorancia, y que no dejéis de ser sus adoradores? Sabe bien que el día en que comáis de ese fruto, vuestros ojos, que tan claros parecen ahora, y que, sin embargo, están rodeados de oscuridad, se abrirán completamente a la luz, y seréis lo que son los dioses, y comprenderéis el bien y el mal, como lo comprenden ellos. Llegaréis a ser dioses, como yo he llegado a ser hombre, que hombre soy interiormente, pues tal es la proporción establecida: el bruto pasa a ser hombre, y el hombre Dios. Quizá la muerte consista en esto, en trocar la naturaleza humana por la divina; y si con tal trueque se os amenaza, y es lo peor que puede aconteceros, el morir ¿no es apetecible? ¿Qué dignidad es la de los dioses, que el Hombre no puede aspirar a ella, ni aún participando del alimento divino? Han existido primero, y de esta ventaja se prevalen para hacernos creer que todo procede de ellos, lo cual es muy dudoso al ver esta bellísima tierra caldeada por el sol, tan fecunda de todo, mientras ellos nada producen. Si ellos lo han hecho todo ¿por qué han puesto en este árbol la ciencia del bien y del mal, para que quien quiera que guste de sus frutos obtenga a pesar suyo la sabiduría? Y al adquirir esta ¿en qué puede el Hombre ofender a Dios, ni en qué vuestro saber perjudicar al suyo? Y si todo depende de él ¿cómo este árbol produce una cosa contraria a su voluntad? ¿Será su móvil la envidia? pero ¿cabe esta pasión en ánimos celestiales? Estas, estas razones y otras muchas os inducen a no privaros de tan precioso fruto. Arráncale, pues, diosa humana, y come de él sin recelo alguno.»
Concluyó así su razonamiento, y sus pérfidas sugestiones hallaron fácil acogida en el corazón de la incauta Eva. Tenía sus ojos fijos en aquellos frutos, cuyo aspecto era por sí solo harto tentador; resonaba en sus oídos el eco de aquel lenguaje que a ella le parecía tan persuasivo, tan convincente por su razón y por su verdad. Acercábase por otra parte la hora del mediodía, y despertaba en ella un apetito tanto mayor, cuanto más incitativa era la fragancia de aquella fruta, que un irresistible deseo estimulaba a su vista a coger y saborear; pero se detuvo un momento, haciéndose a sí propia estas reflexiones:
«Grandes son sin duda tus virtudes ¡oh el más excelente de los frutos! y aunque vedado al Hombre, digno de la mayor admiración, cuando por tanto tiempo menospreciado, es tu primer efecto dar elocuencia a un mudo y hacer que una lengua incapaz de hablar prorrumpa de este modo en tus alabanzas; alabanzas que no omitió ni aún el mismo por quien nos estás prohibido, en el hecho de llamarte árbol de la ciencia del bien y del mal. Védanos que te probemos, pero su mandato te hace doblemente apetecible, porque manifiesta el bien que de ti resulta y la necesidad que tenemos de él. El bien que no se conoce, no es tal bien, y el poseer lo que no se aprecia es como si no se poseyese. En suma ¿qué nos prohíbe? El saber, es decir, nuestro bien; nos prohíbe adquirir la sabiduría; pero semejante prohibición no puede obligarnos a nosotros. Y si la muerte ha de venir después a esclavizarnos ¿de qué nos sirve esa libertad concedida a nuestra naturaleza? El día que comamos de ese fruto es el de nuestra perdición; ¡moriremos! Pero ¿ha muerto la serpiente? ¿No ha comido de él, y sin embargo vive, y conoce, y habla, y discurre, y raciocina, cuando antes estaba privada de razón? ¿O es que la muerte se ha inventado solo para nosotros, y que se nos niega el alimento intelectual concedido a los irracionales? Pues si únicamente se concede a estos ¿cómo el primero que ha gustado de él, lejos de mostrarse avaro de tal bien, lo ofrece tan espontáneamente, sin interés alguno, por amistad hacia el Hombre, ajeno a toda especulación y engaño? ¿Qué tengo, pues, que temer, o más bien, por qué abrigo temor alguno en la ignorancia en que estoy del bien y el mal, de Dios y de la muerte, de la ley y del castigo? Remedio da para todo este divino fruto, tan hermoso a la vista, tan grato al paladar, con su virtud de infundir la ciencia. ¿Quién me impide cogerlo, y alimentar con él mi cuerpo y mi espíritu a la vez?»



