El paraíso perdido · John Milton

Part 28

Capítulo 28 de 44 · 14 min de lectura

Adán, irritado por vez primera: «¡Eva ingrata! exclamó: ¿Este es tu amor? ¿Así correspondes al mío, que has visto inalterable cuando tú estabas perdida, y yo a salvo aún? ¿No he podido yo vivir y gozar de inmortal ventura, sin arrostrar contigo la muerte voluntariamente? ¿Y me acusas de ser la causa de tu culpa, y crees que no fui bastante severo en lo que te permití? ¿Qué más podía yo hacer? Te advertí, te aconsejé, te predije el riesgo a que te exponías, y que un enemigo oculto estaba acechando para tender sus lazos. Llevar más allá mi celo, hubiera sido violentarte, y emplear la violencia contra el que es libre, es un proceder indigno. La confianza es la que te ha cegado, la seguridad que abrigabas o de que no corrías peligro alguno, o de que saldrías triunfante de cualquier empeño. Acaso yo erré también cuando admirando más de lo justo lo que me parecía en ti tan perfecto, imaginé que ningún mal se atrevería a llegar hasta ti. Bien pago mi error ahora, que se ha convertido en crimen. ¿Y tú eres mi acusadora? Este castigo merece quien por confiar demasiado en la excelencia de la mujer, la deja ejercer imperio; que contrariada, romperá el freno, y entregada a su albedrío, cuando algún daño le sobrevenga, su primer impulso será acusar al hombro de débil e indulgente.»

Así pasaban infructuosamente el tiempo en mutuas reconvenciones; ninguno de los dos se culpaba a sí propio, pareciendo interminables sus estériles altercados.

LIBRO DÉCIMO

ARGUMENTO

Sabida la desobediencia del Hombre, abandonan los ángeles custodios el Paraíso, y vuelven al cielo para justificar su vigilancia, de la cual se muestra Dios satisfecho, declarando que no han podido evitar la entrada de Satanás en aquel lugar. Envía en seguida a su Hijo para que juzgue a los culpables, el cual lo verifica, y pronuncia la debida sentencia. Compadecido de ellos, cubre su desnudez, y asciende de nuevo al cielo. El Pecado y la Muerte, que hasta entonces habían permanecido a la puerta del infierno, presintiendo por una maravillosa simpatía el triunfo de Satanás en aquel mundo nuevo, y el pecado cometido por el Hombre, resuelven no estar más tiempo confinados en aquel lugar, sino seguir a Satanás, su señor, a la morada del Hombre; y para facilitar el tránsito desde el infierno al mundo, abren un ancho camino o un elevado puente sobre el Caos, según el designio primeramente concebido por Satanás; y cuando se disponen a dirigirse a la tierra, se encuentran con él, que envanecido de su triunfo, vuelve al infierno. Congratúlanse mutuamente. Llega Satanás al Pandemonio, y en plena asamblea refiere pomposamente el triunfo que ha conseguido sobre el Hombre; pero en vez de aplausos, oye solo un silbido universal de su auditorio, convertido como él en serpientes, conforme a la sentencia dada en el Paraíso. Engañados por la apariencia del árbol prohibido que se ofrece a su vista, quieren todos ellos probar el fruto, y no comen más que polvo y amarga ceniza. Resolución que forman el Pecado y la Muerte. Dios predice la completa victoria de su Hijo, y la regeneración de todas las cosas, pero ordena a sus ángeles que hagan algunas alteraciones en los cielos y en los elementos. Convencido Adán cada vez más de su degradada condición, se lamenta tristemente, y rechaza los consuelos de Eva; mas ella insiste, y por fin logra tranquilizarle. Creyendo evitar la maldición que ha de caer sobre su posteridad, propone varios medios violentos que desaprueba Adán, porque esperando en la promesa que se les había hecho de que la raza humana se vengaría de la Serpiente, la exhorta a intentar por medio de la oración y el arrepentimiento la reconciliación con el Señor tan justamente ofendido.

Súpose al punto en el cielo el acto de odio y desesperación consumado por Satán en el Paraíso, y cómo, disfrazado de serpiente, había seducido a Eva, y esta a su marido, para comer el funesto fruto, pues ¿qué cosa puede ocultarse a la vigilancia de Dios, que lo ve todo, ni engañar su previsión, que a todo alcanza? Sabio y justo el Señor en cuanto dispone, no había impedido a Satán que tentase el ánimo del Hombre, a quien dotó de suficiente fuerza y entera libertad para descubrir y rechazar las astucias de un enemigo o de un falso amigo. Que bien conocían nuestros primeros padres, y no debieron olvidar jamás, la suprema prohibición de no tocar a aquel fruto, por más que a ello les incitaran, pues por desobedecer este mandato, incurrieron en tal pena (¿qué menor podían esperarla?); y su crimen, por suponer otros varios, bien merecía tan triste suerte.

Silenciosos y compadecidos del Hombre, se apresuraron a ascender desde el Paraíso al Cielo los ángeles custodios. De aquel suceso colegían lo desventurado que iba a ser, y se maravillaban de la sutileza de un enemigo que así les había ocultado sus furtivos pasos.

Luego que tan funestas nuevas llegaron a las puertas del cielo desde la tierra, contristaron a cuantos las oyeron. Pintose esta vez en los semblantes celestiales cierta sombría tristeza, que, mezclada con un sentimiento de piedad, no bastaba, sin embargo, a turbar su bienaventuranza. Rodearon los etéreos moradores a los recién llegados en innumerable multitud, para oír y saber todo lo acaecido: y ellos se dirigieron al punto hacia el supremo trono, como responsables del hecho, a fin de alegar justos descargos en favor de su extremada vigilancia, que fácilmente podían probar; cuando el omnipotente y eterno Padre, desde lo interior de su misteriosa nube, y entre truenos, hizo así resonar su voz:

«Ángeles aquí reunidos, y vosotros, Potestades que volvéis de vuestra infructuosa misión, no os aflijáis ni turbéis por esas novedades de la tierra, que aun con el más sincero celo, no habéis podido precaver: ya os predije no ha mucho tiempo lo que acaba de suceder, cuando por primera vez, salido del infierno, el Tentador atravesó el abismo. Entonces os anuncié que prevalecerían sus intentos; que en breve realizaría su odiosa empresa; que el Hombre sería seducido y se perdería, dando oídos a la lisonja, y crédito a la impostura contra su Hacedor. Ninguno de mis decretos han concurrido a la necesidad de su caída; no he comunicado el más leve impulso al albedrío de su voluntad, que siempre he dejado libre y puesta en el fiel de su balanza. Pero al fin ha caído. ¿Qué resta hacer más que dictar la mortal sentencia que su transgresión merece, la muerte a que queda sujeto desde este día? Presume que la amenaza será vana e ilusoria, porque no ha sentido ya el golpe inmediatamente como temía; pero en breve verá que el aplazamiento no es perdón, lo cual experimentará hoy mismo. No ha de quedar burlada mi justicia, como lo ha quedado mi bondad. Pero ¿a quién enviaré por juez? ¿A quién, sino a ti, Hijo mío, que en mi lugar riges el universo, a ti que ejerces, trasmitido por mí, todo juicio en los cielos, en la tierra y en los infiernos? Con esto se persuadirán de que procuro conciliar la misericordia con la justicia al enviarte a ti, amigo del Hombre, mediador suyo, designado para servirle de rescate y ser voluntariamente su Redentor, como estás destinado a convertirte en hombre y a ser juez de su humillación.»

Así habló el Padre; e inclinando a la derecha el esplendor de su gloria, inundó al Hijo con los rayos de su clara divinidad. Él reflejó toda la refulgente majestad de su Padre y respondió con inefable dulzura de este modo:

«Eterno Padre: tuyo es el mandato, mío el obedecer tu suprema voluntad en el cielo como en la tierra, porque tú te complaces en mí, que soy siempre tu Hijo por extremo amado. Voy a juzgar en la tierra a los que te han desobedecido; pero tú sabes que cualquiera que sea la sentencia, sobre mí recaerá el mayor castigo cuando se hayan cumplido los tiempos; que ante ti me impuse este sacrificio, y no estoy arrepentido de él, porque así tendré el derecho de mitigar la pena, que ha de refluir en mí. Templaré de tal modo la justicia con la misericordia, que realzadas así una y otra, ambas queden satisfechas, y tú desagraviado. Y no he menester para esto de séquito ni aparato alguno: en este juicio solo han de intervenir el juez y los dos culpables; el tercero está condenado por ausente con más rigor; está convicto de su crimen y de su rebeldía a todas las leyes; que en la serpiente no ha podido obrar convicción alguna.»

Pronunciadas estas palabras, se levantó de su radiante trono, con todo el esplendor de su gloria colateral, y rodeándole los Tronos, las Potestades, los Principados y las Dominaciones, le acompañaron hasta las celestiales puertas, desde donde se descubre la perspectiva del Edén y de sus confines todos. Rápidamente hizo su descenso, que no hay tiempo que mida la velocidad de los dioses, por más que vuele en alas de los más raudos minutos. Inclinándose a su ocaso, alejábase ya el sol del mediodía, y esparcíanse por la tierra a su hora acostumbrada los blandos céfiros, anunciando la proximidad de la húmeda noche; cuando más tranquilo aún, en medio de su indignación, se acercaba el que como juez e intercesor a un tiempo iba a sentenciar al Hombre. Oyeron los culpables la voz de Dios, que al declinar de la tarde resonaba por el Paraíso llevada a sus oídos por el hálito de los vientos; oyéronla, y Hombre y Mujer huyeron de su presencia, ocultándose entre los árboles más sombríos; pero Dios se acercó, y llamó en alta voz a Adán.

«¿Dónde estás Adán, que no vienes alegre, como acostumbrabas a recibirme así que me veías de lejos? Me disgusta que te ausentes de aquí, y que te entretengas en la soledad, cuando un solícito deber te hacía presentarte antes sin ser buscado. ¿Vengo Yo con menos esplendor? ¿Qué novedad te tiene ausente? ¿Qué causa tu detención? Ven al punto.»

[Ilustración: Oyeron los culpables la voz de Dios, y hombre y mujer huyeron...]

Presentose, y Eva con él, pero más medrosa, a pesar de haber delinquido primero, y ambos confusos y desconcertados. No brillaba ya en sus miradas el amor ni para con Dios, ni el del uno al otro; no se revelaba en sus semblantes sino el crimen, la vergüenza, la turbación, el despecho, la ira, la obstinación, el odio y la hipocresía. Pero al fin, después de muchas vacilaciones, respondió Adán:

«Os vi en el jardín, pero atemorizado a vuestra voz, como estaba desnudo, me oculté.»

Y el divino Juez, sin reconvenirle, contestó: «Pues muchas veces has oído mi voz, que no te infundía temor, antes bien te regocijaba. ¿Cómo es que ahora te causa espanto? ¡Que estás desnudo! Y ¿quién te lo ha hecho advertir? ¿Has comido acaso el fruto del árbol que te prohibí gustases?»

A lo que, acosado de remordimientos, replicó Adán: «¡Oh cielo! ¡En qué trance tan penoso me veo hoy ante mi Juez! O echo sobre mí todo el delito, o tengo que acusar a la que es como yo mismo, a la compañera de mi existencia, cuya falta, dado que no ha querido ofenderme a mí, debiera yo encubrir, y no dar lugar con mis quejas a su castigo. Pero no puedo menos de sucumbir a la dura necesidad, a un imperioso deber, para que no recaigan en mí el pecado y la pena a un tiempo, que para mí solo, serían insoportables. Ni ¿de qué me serviría obrar de otro modo, si está patente a tus ojos cuanto tratara yo de ocultarte? Esta mujer, a quien tú creaste para descanso mío, que me concediste como el más completo de tus dones, tan buena, tan hermosa, tan encantadora, tan divina, de quien yo no recelaba mal alguno, que en cuanto hacía parecía llevar la justificación de su proceder, me dio a comer del fruto vedado, y comí.»

Y el Supremo Señor repuso: «¿Era tu Dios, para que así la obedecieses antes que a mí? ¿Fue creada para ser tu guía, ni superior, ni aún igual a ti, que así has abdicado en ella de tu dignidad de hombre, y de la superioridad que respecto a ella debías tener? De ti la formó Dios y para ti, que realmente la aventajas en todo género de excelencias y perfecciones; porque si bien está adornada de belleza y encantos que la hacen amable y digna de tu amor, no por eso había de avasallarte; que sus cualidades son para obedecer, no para ejercer el mando. Este a ti te correspondía, si tú hubieras sabido conducirte.»

Y en seguida se volvió a Eva solo para preguntarla: «Y tú, dime, mujer, ¿qué has hecho?»

Anonadada por la vergüenza, sin poder ocultar su crimen, y no atreviéndose a hablar apenas delante de su Juez, llena de confusión, respondió Eva: «Me engañó la serpiente, me engañó, y comí.»

Lo cual oído por el Señor, procedió sin más dilación a sentenciar a la serpiente a quien se acusaba, bien que fuese un bruto, incapaz de achacar el crimen a quien le había hecho instrumento de él, e infamádole apartándole del fin de su creación; de manera que con razón fue maldito, como pervertido en su naturaleza. No le importaba entonces saber más al Hombre, ni supo más, porque esto no aminoraba su delito; y así Dios fulminó su sentencia contra Satán, el primero que había delinquido, aunque en términos misteriosos, que juzgó ser los que convenían, haciendo recaer su maldición sobre la serpiente: «Pues tal maldad has cometido, maldita seas entre todos los animales que pueblan la tierra. Caminarás arrastrando sobre tu vientre; comerás polvo todos los días de tu vida. Interpondré la enemistad entre ti y la mujer, entre su generación y la tuya. Su planta quebrantará tu cabeza, y tú morderás su planta.»

Así habló el oráculo, y así se verificó cuando Jesús, hijo de María, segunda Eva, vio a Satán, príncipe del aire, caer del cielo, como un relámpago; y cuando levantándose de su sepulcro, despojó de su poder a aquellos principados y potestades, y triunfó de ellos con excelsa pompa; y luego en su ascensión brillante, llevose cautivo por los aires el cautiverio, el imperio mismo de Satán, usurpado por tanto tiempo; de Satán, a quien por fin pondrá bajo nuestros pies el que aquel día predijo su fatal quebranto.

Y dirigiéndose a la Mujer, pronunció así su sentencia: «Yo multiplicaré tus angustias cuando conciba tu seno, y parirás tus hijos entre dolores, y quedarás sometida a la voluntad de tu marido, y él te dominará.»

Y últimamente condenó a Adán en estos términos: «Por haber escuchado las palabras de tu mujer, y comido del árbol que te había vedado, diciendo: “De ese árbol no comerás”, la tierra será maldita a causa de tu pecado; sacarás tu alimento de ella con penoso afán durante tu vida; te producirá por sí cardos y espinas; comerás yerbas de los campos, y ganarás el pan con el sudor de tu rostro, hasta que vuelvas al seno de la tierra de que has de saber saliste; porque polvo eres, y en polvo te volverás.»

Así juzgó Dios al Hombre, siendo a la vez su Juez y su Salvador, y en aquel instante apartó de él el golpe mortal que en el mismo día le amenazaba; y viéndole desnudo, expuesto a la inclemencia del aire, que había de sufrir grandes alteraciones, se compadeció de él, y no se desdeñó de hacer desde entonces oficios de sirviente suyo, como cuando lavó los pies de los que le servían; y desde luego, con el amor de un padre de familia, cubrió su desnudez con pieles de animales, unos muertos, otros que, como la culebra, se despojaban de la suya por otra nueva. No se desdeñó tampoco de vestir a sus enemigos; que no solo cubrió de pieles su desnudez exterior, sino que echó sobre la interior, aún más ignominiosa, el manto de su justicia, defendiéndolos de las miradas de su Padre. Y con rápida ascensión volvió a su bendito seno, y a la plenitud de su gloria, como estaba antes, y refiriole cuanto había pasado con el Hombre, aunque su Padre nada ignoraba, y aplacó su cólera por medio de su amorosa intercesión.

Entre tanto, y cuando en la tierra no se había delinquido aún, ni pronunciádose la terrible sentencia, estaban sentados el Pecado y la Muerte dentro de las puertas del infierno, y uno frontero a otro. Hallábanse abiertas las puertas, y de lo interior salían llamas devoradoras que se extendían por el Caos. Habíalas franqueado el Pecado para dar paso a Satán; y ahora decía a la Muerte:

«¿Qué hacemos aquí, hija mía, ociosos y contemplándonos uno a otro, mientras Satán, nuestro gran autor, triunfa en otros mundos y nos procura mansión más venturosa para nosotros, querido linaje suyo? Ni es posible que haya dejado de salir airoso de su empresa, pues de otra suerte, ya hubiera vuelto aquí acosado por el furor de su perseguidores, porque ningún sitio más a propósito que este para su castigo ni para vengarse de él. Yo siento en mí una nueva fuerza, como si me nacieran alas, y que me esperan dominios más extensos fuera de estos abismos; siéntome atraído, sea por simpatía, sea por cierta fuerza connatural, poderosa para unir entre sí a larga distancia con secretos vínculos y por las más ignoradas vías, cosas que se asemejan. Tú, sombra inseparable mía, debes seguirme, porque no hay poder que pueda divorciar a la Muerte del Pecado; y por si la dificultad de salvar este ciego e insondable abismo entorpece el regreso de nuestro padre, acometamos una atrevida empresa, que no es superior a tu fuerza ni a la mía; echemos un puente desde el infierno a ese nuevo mundo en que impera Satán ahora: monumento que nos granjeará alto concepto entre toda la infernal hueste, pues facilitará su salida de aquí en sus marchas y transmigraciones, donde quiera que la suerte los encamine. Ni puedo yo equivocarme en el plan que trace, dado que tan certera es la atracción, el instinto que me dirige.»

A lo que contestó el descarnado Esqueleto: «Ve adonde el Hado y tu irresistible impulsión te lleven; yo no he de quedarme atrás ni errar el camino, teniéndote a ti por guía. ¡Qué olor a carne y a innumerables víctimas percibo! ¡Cómo saboreo ya el gusto de muerte, que exhala cuanto en ese mundo vive! No dejaré de ayudar al intento que te propones; cuenta con mi cooperación.»

Y al decir esto, aspiraba con deleite el olor de la mortal descomposición que se efectuaba en la tierra. Como cuando una bandada de carnívoras aves acuden afanosas desde larguísimas distancias la víspera de un combate al campo en que se establecen dos ejércitos enemigos, llevadas por el olor de los cadáveres vivientes que una sangrienta batalla ha de entregar a la muerte el siguiente día; así el repugnante monstruo venteaba su presa, alzando la cóncava nariz para llenarla de infestado aire y olfatear desde más lejos. Atravesando las puertas del infierno, lanzáronse ambos en la inmensidad y confusión del sombrío Caos, siguiendo distintas direcciones; y haciendo uso de su poder, que era muy grande, se posaron sobre las aguas y juntaron en una masa cuanto en ellas había de sólido o glutinoso, revolviéndolo hacia arriba y hacia abajo, como en proceloso mar, cada cual por su lado, hasta arrojarlo junto a la boca del infierno: no de otro modo que dos vientos polares, cayendo encontrados sobre el mar Cronio, aglomeran las montañas de hielo que forman hacia el oriente y más allá de Petzora el camino que debe conducir a las opulentas costas del Catay.

Valiéndose la Muerte de su pesada, dura y fría maza, como de un tridente, golpeó la amontonada tierra, dejándola tan firme como la isla de Delos, flotante en otro tiempo, y endureció la materia restante con su mirada, cual si tuviese la propiedad de la de la Gorgona. Trabaron con betún del Asfaltite la ya trazada vía, ancha como las puertas y profunda como los cimientos del infierno; y levantando sobre el espumoso abismo, en figura de elevados arcos una inmensa mole, fabricaron un puente de prodigiosa longitud, que se apoyaba en la inmóvil muralla de este mundo, abierto y entregado ya a la muerte, y que daba paso ancho, llano, fácil y seguro a los abismos infernales. Si las cosas grandes pueden compararse con las pequeñas, así Jerjes salió de Susa con ánimo de subyugar la Grecia, y desde el palacio de Memnón se encaminó al mar, y echando un puente sobre el Helesponto, juntó a Europa con el Asia, y azotó con repetidos golpes las indignadas olas.

[Ilustración: Volvió al sitio en que los dos cónyuges discurrían sobre su suerte.]

Prosiguieron, pues, la fábrica de su puente con maravilloso arte, extendiendo una larga cadena de rocas sobre el perturbado abismo, y siguiendo la huella de Satán, hasta el punto mismo en que, parando su vuelo, se vio libre del Caos y puso su planta en la árida superficie de este mundo esférico; y con diamantinos clavos y cadenas aseguraron (¡oh funesta seguridad!) su perdurable obra. Y divididos por breve trecho, vieron los confines del Cielo Empíreo y de este mundo, dejando a la izquierda el infierno separado por su anchuroso abismo, con los diferentes caminos que guiaban a cada una de aquellas tres regiones. Tomaron sin vacilar el de la tierra, y dirigieron sus primeros pasos al Paraíso.