El paraíso perdido · John Milton
Part 29
Capítulo 29 de 44 · 15 min de lectura
En breve descubrieron a Satán bajo la forma de un luminoso ángel, que se remontaba al zénit entre el Centauro y el Escorpión, mientras el Sol se levantaba en Aries. Iba así disfrazado, mas no bastaba disfraz alguno para que los hijos desconociesen a su padre. Después de haber seducido a Eva, se alejó, sin ser percibido, por el bosque; cambió de figura para mejor observar los efectos de su crimen; vio que Eva insistía en él, y que, aunque exenta de malicia, había logrado lo mismo de su esposo; observó la vergüenza que les obligaba a cubrirse de un velo inútil; pero al descender el Hijo de Dios a juzgarlos, huyó aterrado, no porque esperase librarse del castigo, sino para diferirlo algún tiempo más. Temía el malvado el que desde luego pudiera imponerle la divina cólera; mas no sucediendo así, volvió por la noche al sitio en que sentados los desventurados cónyuges discurrían sobre su triste suerte. A vueltas de sus quejas, oyó su propia sentencia, y al saber que no se ejecutaría inmediatamente, sino pasado algún tiempo, voló henchido de júbilo al infierno con aquellas nuevas. Al llegar a la entrada del Caos, junto al extremo del nuevo y admirable puente, encontró de improviso a sus amados hijos, que le buscaban, y los recibió con grande alegría, la cual se acrecentó al ver la estupenda fábrica. Largo rato le duró el asombro, hasta que su digno y encantador hijo, el Pecado, rompió el silencio en estos términos:
«¡Oh Padre! Tuya es esta magnífica obra, tuyo este trofeo, que contemplas cual si no se te debiese a ti. Tú eres su autor, su primer arquitecto; porque no bien adivinó mi corazón (que por una secreta armonía se mueve a compás del tuyo, como unidos ambos en íntimo consorcio) no bien adivinó que habías triunfado en la tierra, de lo cual me dan ahora tus ojos evidente indicio, cuando, a pesar de los mundos que nos separaban, me sentí atraído hacia ti, juntamente con esta, hija tuya también, que tal es la fatal unión en que los tres vivimos. No podía ya el infierno tenernos más tiempo sujetos en su recinto, ni su lóbrego e intransitable seno impedirnos que siguiésemos tus gloriosas huellas. De cautivos que hasta ahora hemos estado en lo interior del Orco, nos has sacado a la libertad, y dádonos fuerza para llegar hasta aquí y echar sobre el tenebroso abismo este enorme puente. Todo este mundo es ya tuyo. Tu valor ha conseguido lo que tus manos no habían logrado ejecutar, y tu previsión ganado con creces cuanto con la guerra habías perdido. Ya estás vengado del desastre que en el cielo experimentamos. Aquí reinas ya como monarca; que allí no podías serlo. Que domine el otro donde la victoria le concedió su imperio, mas que renuncie a este mundo, de que su propia sentencia le ha desposeído, y que de hoy más entre contigo a la parte en la universal soberanía, cuyos límites los formará el Empíreo, siendo ahora suyo el mundo cuadrado, y el mundo circular tuyo. Que se atreva ahora contigo, que tan peligroso eres para su trono.»
A lo que placentero repuso el príncipe de las tinieblas: «Hija querida, y tú, que eres a la vez hijo y nieto mío: bien demostráis ahora que sois de la estirpe de Satán, nombre de que me glorío, por ser el antagonista del Omnipotente Rey de los Cielos; bien merecéis mi gratitud y la del infierno todo, pues con triunfador empeño habéis erigido este monumento triunfal cabe las puertas del mismo cielo, y hecho mía vuestra gloriosa empresa. Habéis convertido el cielo y este mundo en un solo imperio, en un imperio y un continente de fácil comunicación; y así, mientras que a través de las tinieblas y a favor del nuevo camino que habéis abierto, desciendo a dar cuenta a los campeones que siguen mis banderas de todos estos triunfos y a celebrarlos en su compañía, cruzad vosotros esos innumerables orbes, vuestros ya todos, y encaminaos al Paraíso. Fijad en él vuestra mansión, vuestro venturoso reino; ejerced vuestro dominio sobre la tierra, sobre los aires, y especialmente sobre el Hombre, único señor de tan vasto imperio. Hacedle desde luego vuestro esclavo, hasta que por fin acabéis con su existencia. Yo delego en vosotros mis poderes, y os nombro mis representantes en la tierra con toda la autoridad que de mí procede. De vuestras fuerzas ahora unidas depende la conservación de este nuevo imperio, que gracias a mí, el Pecado entrega a la Muerte. Si juntos lográis vencer, ningún detrimento en su bien tendrá ya que temer el infierno. Id, pues, y desplegad todo vuestro poder.»
Despidiolos así; y ellos, atravesando velozmente la región de los astros, fueron por todas partes derramando su veneno. Emponzoñadas las estrellas, perdieron su lucidez, y hasta los planetas se vieron totalmente eclipsados. Satán, que tomó otro rumbo, se dirigió por la nueva vía a las puertas del infierno. Gemía el Caos sintiéndose aprisionado y hendido por uno y otro lado, y al rebotar de sus olas, golpeaba la maciza fábrica, en la que no hacían mella alguna sus furores. Entró en su retiro el príncipe de las tinieblas, hallando las puertas de par en par, sin nadie que las guardase, y todo en la más tétrica soledad, porque los que estaban allí para custodiarlas, abandonando su puesto, habían levantado su vuelo a más alta esfera, y los demás retirádose al interior, al abrigo de los muros del Pandemonio, ciudad y magnífica residencia de Lucifer, que así se llamaba aludiendo a la brillante estrella comparable con Satanás. Vigilaban allí en continua guardia las legiones, mientras los próceres celebraban un consejo ansiosos de saber qué causa podría diferir el regreso de su soberano; por lo demás, observaban fielmente las órdenes que al partir les había dictado. A la manera que el Tártaro se retira de Astracán a sus nevadas llanuras, huyendo de los rusos, sus enemigos, o que el Sofí bactriano retrocede ante la enseña de la turquesca media luna, llevando la devastación hasta más allá del reino de Aladule y se refugia en la ciudad de Tauris o en la de Casbin; veíanse las huestes recién lanzadas del cielo dejar desiertas las inmensas regiones que forman los límites infernales, y acogerse con cuidadosa vigilancia a los muros de su metrópolis, aguardando de hora en hora a su aventurero caudillo, que había partido en busca de ignorados mundos. Llegó; atravesó por en medio de ellas sin darse a conocer, bajo la apariencia de un ángel de ínfimo orden entre la milicia plebeya, y penetrando invisible en el regio salón plutónico, ocupó su elevado trono, suntuosamente erigido en el extremo opuesto bajo un dosel de riquísimo brocado. Sentose un instante; dirigió en torno una mirada, todavía encubierto, hasta que de repente, como saliendo de una nube, apareció su fúlgido semblante, con todo el brillo de una estrella, o más esplendoroso aún, y rodeado de aquella gloriosa aureola, pero solo aparente, que le era permitido ostentar después de su caída. Admirados de tan súbito fulgor los moradores de la Estigia, vuelven los rostros, y descubren a su anhelado caudillo, que estaba ya entre ellos: con lo que prorrumpieron en ruidosas aclamaciones. Levantáronse apresuradamente de su tenebroso estrado los próceres del consejo, y con general alegría se acercaron a felicitarle. Impúsoles silencio con la mano, y se captó su atención diciendo:
«Tronos, Dominaciones, Principados, Virtudes y Potestades, títulos de que os declaro nuevamente en posesión, a más de que de derecho os corresponden: el feliz éxito de mi empresa ha sobrepujado a mis esperanzas. Aquí vuelvo para sacaros triunfantes de esta sentina infernal, abominable, maldita, asilo de la miseria y prisión de nuestro tirano. Ya poseéis como señores un espacioso mundo, apenas inferior al cielo en que nacisteis, mundo que os he conquistado con mi esfuerzo, a costa de indecibles riesgos. Sería largo empeño referiros todo lo que hecho, lo que he sufrido, los obstáculos que he hallado en mi viaje por esos inmensos abismos en que nada hay real, y en que la más horrible confusión domina. Sobre ellos han labrado el Pecado y la Muerte un ancho camino para facilitar vuestra gloriosa marcha; pero ¡qué de penalidades me ha costado esa vía por nadie transitada aún, viéndome obligado a luchar con un insondable vacío, y sumergirme en el seno de la Noche primitiva y del fiero Caos! Celosos ambos de sus secretos, se oponían a mi extraño viaje, y con espantosos bramidos protestaban de mi audacia ante el supremo Hado. Llegué por fin a ese mundo nuevamente creado, cuya fama tanto se ha celebrado en el cielo. ¡Oh! ¡qué fábrica tan maravillosa y tan perfecta! Allí tenía situado su paraíso el Hombre, que era feliz a consecuencia de nuestro destierro. Ya no lo es: mi astucia le ha seducido, le ha divorciado de su Creador, y lo que más debe admiraros, valiéndome para esto no más que de una manzana; de cuya ofensa en castigo (cosa es que os moverá a risa), Dios ha condenado a su querido Hombre, y juntamente con él a todo el mundo, a ser víctimas del Pecado y de la Muerte, es decir, de nosotros, que hemos adquirido este poder sin esfuerzo, ni peligro, ni contratiempo alguno. Allí vamos a trasladarnos, allí nos estableceremos, y mandaremos en el Hombre como mandaba él en todas las cosas. Verdad es que también Dios me ha condenado a mí, o más bien que a mí, a la serpiente, en cuyo cuerpo me introduje para engañar al Hombre: la parte que a mí me alcanza de esa sentencia es la enemistad que ha de mediar entre mí y el género humano. Yo morderé sus plantas, y su descendencia hollará mi cabeza, aunque ignoro cuándo; pero en cambio de la adquisición de un mundo ¿quién teme tan leve pena, ni otra más rigurosa? Ya sabéis, pues, lo que hecho; ¿qué os resta a vosotros hacer, ¡oh dioses!, más que lanzaros a la posesión de bien tan incomparable?»
[Ilustración: Aguardando de hora en hora a su aventurero caudillo...]
[Ilustración: Horrible fue la silba que se desató por todos los ámbitos del salón...]
Así dio fin a su arenga, y permaneció algún tiempo inmóvil, esperando que atronasen sus oídos universales aclamaciones y aplausos estrepitosos; mas en su lugar, solo resonaron siniestros silbidos, lanzados por todas partes, de aquellas innumerables lenguas, que era demostración harto clara de público menosprecio. Maravillose de esto, mas no le duró mucho el asombro, que mayor era el que de sí mismo concibió al sentir que su rostro se adelgazaba prolongándose, que los brazos se lo adherían a las costillas, que sus piernas se enlazaban una a otra, hasta que faltándole el apoyo, cayó convertido en monstruosa serpiente, arrastrándose sobre su vientre, y luchando consigo en vano, porque un poder superior le sujetaba, condenándole a tomar la figura en que había pecado, y según la sentencia que se le había impuesto. Quiso hablar; y su arponada lengua solo acertó a contestar con silbidos a todas las demás lenguas, arponadas como la suya; que todos cual él, quedaron transformados en serpientes, dado que eran cómplices de su inicuo crimen. Horrible fue la silba que se desató por todos los ámbitos del salón: arrastrábanse por él un enjambre de monstruos, revueltos entre sí colas con cabezas, escorpiones, áspides, crueles anfisbenas, cornudas cerastes, hidras, temibles élopes y dipsas; que nunca se multiplicaron muchedumbre tan grande de serpientes ni en la tierra empapada con la sangre de la Gorgona, ni en las playas de la isla Ofiusa.
En medio de todos sobresalía Satán por su magnitud de enorme dragón, más grande que el inmenso Pitón, engendrado por el Sol en el cieno del valle Pitio, de suerte que aún así conservaba su superioridad sobre los demás. Todos le siguieron atropelladamente hasta la llanura en que estaba el rebelde ejército precito, formado en orden de batalla y con el sublime anhelo de ver llegar en son de triunfo a su glorioso adalid; y vieron en efecto ¡qué espectáculo tan inesperado! un tropel de asquerosísimas serpientes. El horror que al principio sintieron acabó por trocarse en no menos horrible simpatía, porque ellos también se convirtieron en aquello mismo que a su vista se presentaba, cayéndoseles de las manos armas, lanzas y broqueles, dando en tierra con sus cuerpos, prorrumpiendo en agudos silbos y desapareciendo bajo aquella forma de que habían sido contagiados; que a crimen igual, correspondía también igual castigo. Así el aplauso con que contaban se volvió atronadora silba, y el triunfo en ignominia que lanzaban sobre sí por sus propias bocas.
No lejos de allí se extendía un bosque, nacido en el momento de su metamorfosis, y que el Supremo Señor había dispuesto para más agravar su pena, cuyos árboles se veían cargados de hermosos frutos parecidos a aquellos del Paraíso con que el enemigo infernal había seducido a Eva. En aquella extraña novedad se fijaron sus ávidas miradas, figurándose que en vez del árbol vedado, se les ofrecían otros muchos que aumentasen sus tormentos y su vergüenza; pero devorados por una sed ardiente y por una hambre rabiosa que Dios les envió a fin de incitarlos más, no pudieron resistir, y enredándose unos en otros, se precipitaron y encaramaron a los árboles, formando madejas más enmarañadas que las de los cabellos de Megera. Abalanzáronse ansiosamente a los frutos, bellísimos a la vista, tan bellos como los que se producían orillas del bituminoso lago en que ardió Sodoma; frutos que no engañaban el tacto, pero sí el gusto, y de que procuraron saciarse para satisfacer el hambre; mas en vez de manjar sabroso, comían solo amarga ceniza, que arrojaban al punto de sus contrariadas bocas entre repugnantes náuseas. Apretados del hambre y de la sed, renovaban frecuentemente su embestida, y siempre experimentaban el mismo sabor asqueroso que les desquiciaba las quijadas, llenas de hollín y ceniza, cayendo repetidas veces en el propio engaño, mientras el Hombre, de quien habían triunfado, solo una había incurrido en su error. Así permanecieron largo tiempo devorados por el hambre y atormentados por la incesante furia de los silbidos, hasta que les fue dado recobrar su perdida forma; y así quedaron condenados a sufrir todos los años por cierto número de días aquella misma humillación, en pena del orgullo y regocijo que habían sentido al seducir al Hombre. Ellos, sin embargo, difundieron entre los paganos una tradición, inventando la fábula de una serpiente, que llamaron Ofión, la cual juntamente con Eurínome (quizás la dominadora Eva) se alzó en un principio con el imperio del alto Olimpo, de donde fueron ambos expulsados por Saturno y Rea antes que naciese Júpiter Dicteo.
Entre tanto llegaba al Paraíso la infernal pareja, y ¡ojalá no hubiese llegado! El Pecado, que primero influía allí con su poder y posteriormente con su acción, ahora se establecía corporalmente para residir en él como constante habitador. Seguíale en pos y paso a paso la Muerte, que no cabalgaba aún en su pálido caballo; a la cual se dirigió el Pecado, diciendo:
«Segundo fruto de Satán, Muerte, que has de avasallarlo todo: ¿qué juzgas ahora de nuestro imperio? Con penosa dificultad hemos llegado a él; pero ¿no es preferible a aquel umbral tenebroso del infierno dónde estábamos sentados, siempre vigilando, siempre ignorados y envilecidos, y tú medio extenuado de hambre?»
Y el Monstruo nacido del Pecado le respondió así: «A mí, víctima de un hambre eterna, tanto me da el Infierno, como el Cielo o el Paraíso. Allí me encontraré mejor donde más tenga que devorar; y esto, aunque tanta abundancia ofrece, paréceme sobrado pequeño para llenar este estómago y este anchuroso cuerpo.»
A lo cual repuso el incestuoso Padre: «Pues desde luego puedes alimentarte de todas esas yerbas, frutos y flores, y no perdonar ni una bestia, ni un pescado, ni un ave, que no es pasto poco apetitoso, y saciarte de cuantas cosas ha de destruir la segur del Tiempo, hasta que apoderado yo del Hombre y de su raza, pervierta sus pensamientos, sus miradas, sus palabras y sus acciones, y le prepare para ser tu postrera y más agradable presa.»
Dicho esto, se separaron, tomando cada cual diverso camino, ambos con el propósito de destruir y hacer perecedero todo lo criado, y de disponerlo a la devastación que tarde o temprano había de verificarse; viendo lo cual el Omnipotente, desde el sublime trono que ocupa rodeado de sus Santos, habló así a todas aquellas esplendorosas jerarquías:
«Ved con qué rabia se apresuran esos monstruos del infierno a perturbar y destruir ese nuevo mundo que Yo he creado tan bello y tan perfecto; y que se mantendría en el mismo estado, si la insensatez del Hombre no hubiera dado entrada en él a esas destructoras furias que me califican de demente; y esto suponen el príncipe del Infierno y sus secuaces, porque cuando les concedo tan llano acceso a ese lugar celestial y consiento que se enseñoreen de él, piensan que condesciendo con las miras de tan menguados enemigos, y se lisonjean de que mi pasión me ciega en términos de abandonarlo todo y entregar el universo a su desconcierto. No conocen esos abortos del infierno que me he valido de ellos y los mantengo esclavizados allí, para que absorban toda la escoria e inmundicia con que la impura desobediencia del Hombre ha manchado lo que tan inmaculado era en su origen, hasta que rebosando y ahítos de ese letal veneno, llegue un día en que tu victorioso brazo, dulcísimo Hijo mío, hunda para siempre en el Caos al Pecado y a la Muerte con su voraz sepulcro, y quede cerrada la boca del infierno, y sus mandíbulas ociosas. Regenerados entonces el cielo y la tierra, se purificarán para santificar lo que no podrá ya mancillarse nunca; pero entre tanto la maldición que he pronunciado tiene que cumplirse.»
Dijo; y resonando como las olas del mar, prorrumpieron los celestiales coros en cánticos de aleluya; y entre innumerables himnos repetían: «Justos son tus designios, justos tus decretos en cuanto obras. ¿Quién puede destruirte?» Y celebraban después al Hijo, Redentor del género humano, por quien los siglos verán nacer o descender de los cielos un nuevo cielo, una nueva tierra.
[Ilustración: Dicho esto, se separaron, tomando cada cual diverso camino...]
Esto cantaban; y el Creador llamó por su nombre a sus principales Ángeles, y les encargó de diferentes ministerios, conforme la actual sazón de las cosas lo requería. El primero fue el Sol, a quien prescribió que alterase su movimiento y enviase su luz a la tierra haciendo que alternasen en ella el calor y el frío, hasta el punto de ser casi intolerables ambos; que llevase del norte al decrépito invierno, y del mediodía los rigores del abrasado solsticio. A la pálida luna le ordenaron también su curso; a los otros cinco planetas su movimiento y sus varios aspectos, el sextil, el cuadrado, el trino y el opuesto, todos ellos tan nocivos y tan funestos en su conjunción; enseñando a las estrellas fijas a ejercer asimismo su maligna influencia y suscitar tempestades, ya al ascender cuando el Sol, ya al declinar con él. A los vientos señalaron sus lugares respectivos, y cuándo enfurecidos debían introducir la confusión en el aire, en el mar y a lo largo de sus playas; al trueno, en fin, el tiempo en que había de aterrar los tenebrosos palacios aéreos con su hórrido estampido.
Dicen algunos que el Señor mandó a los ángeles apartar más de dos veces diez grados los polos de la tierra del eje del Sol, y que no sin gran trabajo pudieron poner oblicuo aquel globo central. Otros pretenden que se ordenó al Sol llevar sus riendas a igual distancia de la línea equinoccial por uno y otro lado, pasando por el Tauro, las siete Hermanas Atlánticas y los Gemelos de Esparta, subiendo hasta el trópico de Cáncer, y bajando después por Leo, Virgo y Libra hasta Capricornio, para proporcionar en su curso a cada clima la variedad de las estaciones. De otra suerte, ornada la tierra de flores inmarcesibles, hubiera gozado de una perpetua primavera, y de igual duración en los días y las noches, excepto en los puntos situados más allá de los círculos polares, donde hubiera brillado el día sin noche alguna, mientras que el Sol, para resarcirlos de su alejamiento, girando visible siempre a sus ojos en torno del horizonte, no les hubiera dejado conocer el oriente ni el ocaso, ni se hubieran visto envueltos en nieve el yerto Estotiland y los países australes que se extienden más allá del de Magallanes.
Al presenciar la desobediencia de nuestros primeros padres, el Sol retrocedió en su curso, como en el festín de Atreo: ¿quién sabe si antes de su pecado se hubiera, visto la tierra expuesta, cual hoy, al penetrante frío y a los rigorosísimos calores? Estas vicisitudes de los cielos produjeron, aunque lentamente, iguales efectos en los mares y en la tierra: la influencia de los astros esparció por todas partes vapores, nieblas, ardientes emanaciones, corruptas y pestilenciales; desde el norte de Norumbeca y las playas de Samoyeda, rompiendo sus prisiones de bronce, y lanzándose armados de hielo, nieve y granizo, de huracanes y torbellinos, los furiosos Bóreas y Cecias, Argeste y Tracias arrasan las selvas y trastornan los mares; saliendo de Sierra Leona con encontrado ímpetu el Áfrico y el Noto, impelen las negras nubes preñadas de truenos; y a través de ellos, no menos airados, se precipitan de levante a occidente el Euro y el Céfiro con sus fragorosos colaterales el Siroco y el Libequio. Empezó pues la desolación por las cosas inanimadas. La discordia, hija del Pecado, fue la primera que introdujo la muerte entre los irracionales por medio de una feroz antipatía, y se encendió la guerra entre bruto y bruto, entre ave y ave, entre pescado y pescado, devorándose unos a otros, olvidados de su pasto y perdido el temor al Hombre, de quien huían, o a quien con gesto amenazador veían pasar, clavando en él aviesas miradas.



