El paraíso perdido · John Milton
Part 30
Capítulo 30 de 44 · 14 min de lectura
Así tuvieron exteriormente principio nuestros males, que Adán pudo ya presenciar en parte, aunque acongojado por la pena, se ocultó en la más retirada oscuridad; pero otros mayores sentía dentro de sí; y en la lucha que traía con sus pasiones, procuraba desahogarse, exclamando:
«¡Qué desventura la mía, después de tanta felicidad! ¡Este fin ha tenido para mí ese nuevo y glorioso mundo! ¡Y yo, que era la gloria de su gloria, y que gozaba de tal bienaventuranza, ahora me veo maldito! ¡Que tenga que huir de la presencia de Dios, cuando su vista era en otro tiempo mi mayor delicia! Y ¡si al menos fuera este el término de mis males! Merecidos los tengo, y justo es que pague lo que merezco; pero no sucederá así, que cuanto coma, cuanto beba, cuanto proceda de mí, solo servirá para perpetuar mi maldición. ¡Oh! Aquellas palabras que antes tanto me deleitaban, aquel creced y multiplicaos equivaldrá para mí a una sentencia de muerte. Porque ¿qué puedo yo multiplicar más que la maldición que llevo sobre mi cabeza? Y de los que en las futuras edades sean mis sucesores ¿quién al considerar los males que de mí heredan, no execrará mi memoria?: «¡Maldito seas, impuro progenitor! ¡Agradecidos debemos estarte, Adán!» Y sus gracias serán otras tantas imprecaciones. A la maldición, pues, que sobre mí llevo, deberán agregarse las que por una violenta reacción me alcancen, que hallarán en mí su centro, y aunque estén en su esfera, me abrumarán con su pesadumbre. ¡Oh malogradas dulzuras del Paraíso! ¡Cuán caras me costáis, adquiridas a precio de tantos males!
»Pero después de todo, ¿te exigí yo, Creador Omnipotente, que me convirtieses de tierra en Hombre? ¿Te solicité para que me sacases de las tinieblas, o para que me colocases en este jardín delicioso? Pues si mi voluntad no tuvo parte en mi existencia, lo justo y equitativo sería que me restituyeses a la nada, mayormente cuando mi deseo es resignar y devolver todo lo que he recibido, y cuando es tal mi incapacidad para cumplir con las duras condiciones que se me han impuesto a fin de conservar un bien que no he pretendido. ¿No es suficiente pena la pérdida de este bien? ¿Por qué has de añadir el sentimiento de una desventura eterna? Es pues inexplicable tu justicia, aunque a decir verdad, demasiado tarde para prorrumpir en estas quejas. Hubiera debido rehusar tales condiciones, en el momento en que se me propusieron; pero ¡desdichado! si las aceptaste ¿cómo quieres gozar del bien y cuestionar sobre ellas? Dices que Dios te ha creado sin tu consentimiento: y si un hijo desobediente, a quien tú reconvinieses, te replicara: «Y ¿por qué me has dado la existencia cuando yo no te la pedía?» ¿aceptarías tú el menosprecio que hacía de ti y su insolente disculpa? No fue ciertamente creado por tu elección, sino por una necesidad de la naturaleza. Dios te creó por su voluntad y con el fin de que le sirvieses; la recompensa que te otorgaba era una pura gracia; tu castigo el que a su justicia plugo imponerte. Pues bien: sometido estoy; su sentencia es equitativa. Polvo soy, y en polvo he de convertirme. ¡Oh felicidad, cuando quiera que acontezca! Mas ¿por qué esta dilación en ejecutar la pena el mismo día que se ha dictado? ¿Por qué he de sobrevivirme? ¿Por qué ha de burlarse de mí amenazándome con la muerte, y reservándome un castigo perpetuo? ¡Con qué placer cumpliría yo mi sentencia de muerte y me trocaría en tierra insensible, descansando en ella como en el seno de mi madre! Hallaría allí mi reposo, y dormiría tranquilo; no atronaría más mis oídos aquella tremenda voz; no abrigaría el temor de mayor desdicha, ni me atormentaría esta expectativa cruel de mi posteridad. Pero una duda me asalta aún. ¿Si será que no muera del todo, y que este puro aliento vital, este espíritu del Hombre, que Dios le ha inspirado, no llegue a perecer con el barro de su cuerpo? Y entonces ¿quién sabe si yaceré en el sepulcro, o en otro lugar no menos terrible, y si mi muerte será todavía una especie de vida? ¡Horrible idea, si fuese cierta! Pero ¿cómo ha de serlo? Si lo que en mí pecó fue ese hálito vital, eso que vive y ha pecado será lo que haya de morir; pero verdaderamente el cuerpo no tiene parte en la vida ni en el pecado. Todo, pues, morirá en mí; resuélvase así esta duda, quedando tranquilo, dado que no llega a tanto el alcance humano.
»Y porque el Señor sea infinito en todo ¿ha de serlo también en sus rigores? Aun cuando así sea, el Hombre no lo es, y por lo tanto ha de ser mortal, pues de otra suerte, ¿cómo Dios ha de hacer objeto de su cólera infinita al Hombre, cuyo fin es la muerte? ¿Ha de ser esta inmortal? Sería una contradicción tan extraña, que no es posible en el mismo Dios, porque argüiría, no poder, sino debilidad. Y por satisfacer su ira, al castigar al Hombre ¿había de llevar lo finito hasta lo infinito, pretendiendo saciar un rigor que nunca se saciaría? Valdría esto tanto como hacer extensiva su sentencia hasta más allá del polvo, de la nada, y de las leyes de la Naturaleza, la cual mide las causas por la energía de la acción que imprimen, no por el círculo de su propia esfera. Mas si la muerte no acabase de un golpe con todo lo que es sentir, como suponía yo, y fuese desde ahora para siempre un mal interminable, mal que empiezo a experimentar en mí, fuera de mí y por toda una eternidad... ¡oh desdichado! Vuelve a espantarme este temor, y de nuevo combate con tempestuosos vértigos mi indefensa fantasía. Sí: la muerte y yo somos incorpóreos: no solo a mí, sino a toda mi posteridad alcanza la maldición. ¡Envidiable patrimonio os lego, hijos míos! ¡Oh! ¡Si me fuese dado consumirlo todo, y no dejaros la menor parte! ¡Cómo me bendeciríais por esta pérdida, en vez de maldecirme ahora! Mas ¿por qué ha de condenarse a todo el género humano, siendo inocente, por la falta de un solo Hombre? ¡Inocente! ¿Lo es, cuando de mí nada puede salir que no sea corrupción, y espíritu y voluntad tan depravados, que no solamente estén dispuestos a hacer, sino a desear lo que yo he hecho? ¿Qué descargo han de ofrecer cuando comparezcan ante el Señor? Después de todo, yo no puedo menos de absolverlos: todo este laberinto de vanos subterfugios y razonamientos en que me pierdo, me trae otra vez a mi convicción. El primero y el último a quien debe acriminarse, soy yo, solo yo, raíz y origen de toda corrupción, y sobre mí debe recaer todo el castigo. ¡Ojalá que así sea! ¡Insensato anhelo! ¿Podrías tú soportar esta carga, más pesada que la tierra, más pesada que el mundo todo, aun cuando te ayudase a sobrellevarla aquella Mujer infame? De suerte que lo que deseas y lo que temes te da el mismo resultado; viene a destruir todas tus esperanzas de consuelo, y a demostrarte que eres un miserable, sin ejemplo en lo pasado ni en lo futuro, comparable solo a Satán en el crimen y en el castigo. ¡Oh conciencia! ¡En qué abismo de sobresaltos y horrores me has sumergido! ¡No encuentro camino alguno que me ponga a salvo, y de un precipicio doy en otro más insondable!»
De este modo se lamentaba Adán consigo mismo, en medio de la soledad de la noche. No era ya esta, como antes de la caída del Hombre, templada, agradable y serena, sino húmeda, nebulosa y encapotada, que representaba doblemente terribles los objetos a la conciencia del criminal. Tendido en tierra, en la yerta tierra, maldecía mil veces la hora en que fue criado, y mil veces también acusaba a la muerte de lenta, desde que sabía que era la consecuencia de su culpa. «Muerte ¿por qué no vienes, decía, con triplicado rigor a acabar conmigo? ¿Faltará la verdad a su promesa, y no se apresurará a ser justa la Divina Justicia? No acude la Muerte a mi llamamiento, y la Justicia Divina no acelera sus tardíos pasos, a pesar de mis súplicas y clamores. Bosques, fuentes, colinas, valles y arboledas: un eco de mi voz bastaba otro tiempo para que vuestros sombríos recintos me respondiesen. ¡De cuán diferente modo entonces resonabais!»
Al verle tan afligido la triste Eva, desde el sitio en que su pena la tenía postrada, se acercó a él, y procuró con dulces palabras calmar su arrebatada furia; mas Adán la rechazó con aspereza, diciendo: «¡Apártate de mí, malvada serpiente, que este nombre es el que te conviene como cómplice suya, no menos falsa y odiosa que ella! Nada más te falta que su figura y color para descubrir tu traidora índole, para que en lo sucesivo se guarden de ti todas las criaturas y no se dejen deslumbrar de tu celestial apariencia, que oculta la malicia del infierno. ¡Ah, que sin ti yo hubiera seguido siendo dichoso, a no haber tu soberbia e inquieta vanidad despreciado mis consejos cuando mayor era el peligro y empeñádote en no creerme! Anhelabas ser vista del Demonio; te prometías vencerle; te engañó y se burló de ti, y yo engañado a mi vez, permitiendo que te alejaras de mi lado, creyéndote prudente, constante, experta y prevenida contra todo género de asechanzas, no conocí que tu virtud, lejos de verdadera, era aparente, y que la naturaleza te formó de una costilla corva, torcida, según veo ahora, hacia el lado siniestro mío, de que saliste. ¡Si al menos me hubiera visto privado de ella, porque sobraba entre las restantes!
»¡Oh! ¿Por qué Dios, sabio Hacedor, que pobló los altos cielos de espíritus varoniles, introdujo en la tierra este ser nuevo, este bello defecto de la naturaleza, y no llenó el mundo de hombres, como lo está el cielo de ángeles, sin necesidad de mujer alguna? ¿Por qué no halló otro medio de perpetuar la raza humana? No hubiera dado lugar a esta desventura ni a las muchas que de ella han de originarse; que la tierra experimentará innumerables males por los artificios de la mujer y por la íntima unión con su sexo; pues o no hallará el hombre ninguna que le convenga, sino la que más desdichas y desaciertos le ocasione, o la que desee le pagará en ingratitudes, entregándose a otro peor que él, y si le ama, se verá contrariada por sus padres, o el logro de su mejor elección resultará tardío, y cuando quede unido con el vínculo que anhelaba, lo estará a una pérfida enemiga que solo le proporcione aborrecimiento y mengua; de donde infinitas calamidades para la vida humana, y disturbios sin cuento, en lugar de la paz doméstica.»
Nada más dijo Adán, y se apartó de ella; pero sin mostrarse Eva ofendida, bañado el rostro en lágrimas que sin cesar corrían por sus mejillas, y suelto y desgreñado el cabello, postrose humilde a sus pies, y abrazada a ellos, imploró perdón exclamando:
«No así me abandones Adán: el cielo es testigo del sincero amor y respeto que te profesa mi corazón, y de que te he ofendido involuntariamente, por efecto de mi desdicha y del engaño que padecí. Apiádate de mis ruegos; abrazada estoy a tus rodillas; no me prives de lo único que es mi vida, de tus miradas, de tu protección, de tus consejos; que en el colmo de desventura en que me veo, no cuento con otra fuerza ni con otro apoyo. Si tú me abandonas, ¿de quién he de esperar auxilio, ni dónde podré vivir? El tiempo que nos dure la vida, que quizá sean breves momentos, haya al menos paz entre nosotros. Partícipes ambos de esta común afrenta, unámonos también en el odio contra el enemigo que nos ha impuesto nuestra sentencia, contra esa cruel serpiente. ¡No me hagas objeto de tu aborrecimiento por una desgracia tan imprevista, cuando ya es segura mi perdición y cuando soy más miserable que tú mismo! Los dos hemos pecado, tú solo contra Dios, y yo contra Dios y contra ti. Volveré al lugar en que fui condenada; desde allí importunaré al cielo con mis lamentos; le rogaré que aparte de ti el castigo, y que caiga sobre mí sola, sobre mí, ¡única causa de todos tus males, objeto único de su cólera!»
No la dejaron proseguir sus sollozos; permaneció inmóvil en su humilde actitud, hasta que el perdón que demandaba por una falta así confesada y de que estaba tan arrepentida, movió a compasión a su esposo, el cual sintió al punto inclinarse su corazón hacia la que ha poco era su vida, su mayor delicia, y ahora estaba a sus pies sumisa y acongojada; bellísima criatura, que imploraba la indulgencia, el consejo, la ayuda del mismo a quien había desagradado. Él, como quien se encuentra desarmado, no teniendo en qué emplear su cólera, la levantó y consoló con estas afectuosas palabras:
«¡Imprudente! ¡Conque otra vez, como antes, vuelves a desear lo que no conoces, a desear que el castigo caiga sobre ti sola! ¡Ah! ¿sufrirás el que se te imponga, puesto que no eres capaz de sobrellevar la ira de que has experimentado no más que una pequeña parte, y que tan insoportable te parece hasta mi disgusto? Si mis ruegos alcanzasen a atenuar el rigor de lo que está ya decretado, yo me apresuraría a adelantarme a ti yendo a aquel lugar, y levantando cuanto me fuera posible la voz para que cayese toda la maldición sobre mi frente, para que fuese perdonada la fragilidad de tu débil sexo, que me estaba confiado y de que cuidé tan mal. Pero levanta: no disputemos más; no nos acriminemos uno a otro, que harto acriminados estamos ya. Procuremos, con el auxilio de un mutuo amor y ayudándonos uno a otro, aligerar el peso de la desgracia que nos abruma, porque el día de nuestra muerte que se nos ha anunciado, o mi previsión es falsa, o no llegará tan pronto, sino que será un mal lento, un morir prolongado, que haga mayor nuestra pena, y que trascienda a toda nuestra raza. ¡Oh raza desventurada!»
Y Eva, para inspirarle ánimo, replicó: «Sé, Adán, por una triste experiencia, cuán ineficaces son mis palabras para contigo, y cuán destituidas las juzgas de razón. ¡Oh, y si lo acaecido poco ha no las hubiera hecho además funestas! Sin embargo, a pesar de mi indignidad, alentada por ti, restablecida nuevamente en tu gracia y en la esperanza de recobrar tu amor, único consuelo de mi alma, que viva o muera, no quiero ocultarte los pensamientos que la inquietud de mi ánimo me suscita, y que pueden aliviar nuestros males o darles fin. Violentos y tristes son, pero tolerables, dada la extremidad en que nos vemos, y sobre todo están más en nuestra mano. Si tanto nos angustia la pena de nuestros descendientes, condenados a una maldición infalible, víctimas al fin de la Muerte (que, en efecto, terrible es ser causa de la infelicidad ajena, de la infelicidad de nuestros propios hijos, y lanzar de nuestro propio seno a ese maldito mundo una desdichada raza, para que después de una vida de tormentos sea presa de tan repugnante monstruo) de ti depende, ya que aún no se halla en su estado de concepción, evitar que esa raza no bendecida llegue a ser engendrada. Sin hijos estás; sin hijos puedes quedarte. Así la Muerte será burlada, y habrá de saciar en nosotros dos su ansia devoradora. Pero si crees que es duro y dificultoso hablándose, mirándose, amándose, renunciar al sagrado débito del amor, a las dulzuras de los abrazos nupciales, y ahogar sin esperanza alguna el deseo, teniendo a la vista un objeto que arde en el mismo anhelo, tormento no menos irresistible que el que causa nuestros temores, entonces, para librarnos a nosotros y librar al propio tiempo a los nuestros del mal que nos amenaza, tomemos más pronta resolución y entreguémonos a la Muerte; y si no damos con ella, hagamos en nosotros su oficio con nuestras manos. ¿A qué seguir viviendo con un temor que no promete más término que la Muerte, cuando podemos abreviar el plazo de nuestros días, y destruyéndonos, anticipar nuestra destrucción?»
Esto dijo, o añadió otras palabras que indicaban bien su desesperación; y tanto había discurrido sobre la muerte, que llevaba impresa su palidez en el semblante. No así Adán; que poco convencido de su consejo, y entregado con solícito afán a otras esperanzas, contestó a Eva:
«El menosprecio que haces de la vida y del placer parece indicar que hay en ti algo más sublime y excelente que lo que con tal indignación rechazas; pero desde el momento en que recurres a la destrucción de tu existencia, tú misma desmientes semejante indicio, porque manifiestas, no desprecio, sino angustia y pena por la pérdida de una vida y un placer que prefieres a todos los demás bienes. Engáñaste si deseas la muerte como término de tus males, creyendo evadirte así de la pena a que estás condenada, porque Dios no se ha armado tan vigorosamente de su vengadora ira para que se frustre; más temería yo que esa muerte anticipada no nos preservase del castigo que nos aguarda, y que semejante obstinación empeñase al Altísimo en perpetuar la muerte en nuestra vida. Adoptemos pues resolución más eficaz: yo creo acertar con ella reflexionando atentamente en aquella profecía de nuestra sentencia: Tu raza hollará la cabeza de la serpiente; lo cual sería bien fútil reparación, si como presumo, no aludiese a nuestro enemigo Satán, que se valió de este engaño contra nosotros. Hollar su cabeza sería en efecto nuestra mejor venganza, que sin duda malograríamos dándonos nosotros mismos la muerte, o resolviéndonos a hacer estériles nuestros días, como propones; con lo que nuestro enemigo se libraría del castigo que se le ha impuesto, y nosotros solo conseguiríamos doblar el nuestro. Renunciemos pues a toda violencia contra nosotros mismos, o a una infecundidad voluntaria que nos privaría de toda esperanza y no argüiría en nosotros más que rencor, orgullo, impaciencia, despecho y rebeldía contra Dios, que tan justo es imponiéndonos este yugo. Recuerda con qué benignidad y agrado nos escuchó, y cómo pronunció su sentencia sin cólera alguna, sin hacernos reconvenciones. Temíamos una disolución inmediata, y pensábamos que la amenaza y la muerte tendrían lugar en el mismo día; y ¿a qué se ha reducido? A anunciarnos, a ti lo penoso que ha de serte llevar en tu seno y dar a luz el fruto de tus entrañas, pena que se compensará con la alegría de verte reproducida, y a mí la maldición, que de rechazo alcanza a la tierra, de que ganaré mi sustento trabajando; ¡como si fuese esto tan gran desgracia! Mayor lo sería la ociosidad; porque al fin viviré de mi trabajo; y para que el frío y el calor se nos hiciesen más soportables, sus próvidos cuidados atendieron a nuestra necesidad sin que lo solicitásemos, y mientras nos juzgaba, se compadecía de nosotros, indignos de su protección, y sus manos nos proporcionaban con qué vestirnos. Pues si le dirigimos nuestras súplicas, ¿cómo ha de cerrar el oído a ellas, ni negar su corazón a la piedad? ¿Cómo dejará de enseñarnos por qué medios hemos de evitar la inclemencia de las estaciones, la lluvia, el hielo, la nieve y el granizo? Ya el cielo con demudada faz empieza a amenazar desde esa montaña con todas estas contrariedades, y los vientos con su soplo húmedo y destructor arrancan el follaje de esos hermosos y copudos árboles. Esto nos obliga a procurarnos mejor auxilio, y algún calor más con que templar nuestros ateridos miembros; y antes que al astro del día reemplace la frialdad de la noche, veamos cómo reflejando juntos sus rayos, pueden inflamar la materia seca, o cómo por el frote de dos cuerpos llega a encenderse el aire; a la manera de las nubes, que luchando entre sí hace poco, e impelidas por el aire, con su violento choque han engendrado el rayo y precipitándose este con su sesga llama, ha prendido en la resinosa corteza del pino y del abeto, y esparcido en derredor un calor agradable, que puede suplir al sol. Dios nos instruirá en el uso que hemos de hacer de ese fuego, y en todo lo demás que sirva de alivio o preservativo a los males que nuestras culpas han producido; y nos enseñará a orar e implorar su gracia. Auxiliados y alentados por Él, no tendremos que temer las incomodidades de la vida, hasta que nos convirtamos por fin en el polvo, última y natural morada nuestra. ¿Qué cosa podemos hacer mejor que volver al lugar en que hemos sido juzgados, postrarnos devotamente ante Él, confesar con humildad nuestras culpas, y pedirle perdón, regando el suelo con nuestras lágrimas, y exhalando profundos sollozos salidos de nuestros contritos corazones, en señal de sincero arrepentimiento y abnegación completa? Mitigará su rigor sin duda y dará al olvido su desagrado; pues cuando más indignado y justiciero parecía ¿no brillaba en sus tranquilas miradas el afecto, la gracia y la compasión?»



