El paraíso perdido · John Milton
Part 32
Capítulo 32 de 44 · 14 min de lectura
A cuyas palabras agradecido, contestó Adán: «Sube en buen hora, que yo te seguiré como a seguro guía por el camino que me conduzcas; sumiso estoy a la voluntad del cielo en medio de mi castigo. Opondré dócil pecho a todos los males, y me armaré para hacerme superior a todos los sufrimientos y conseguir desde luego la tranquilidad, por medio del trabajo, si así puedo merecerla.»
Y ascendieron ambos a la visión divina. Era aquella montaña la más alta del Paraíso, y desde su cima se descubría claramente el hemisferio de la tierra, que se dilataba hasta donde podía alcanzar la vista. No era más elevada ni en torno se extendía más la montaña a donde por diferente causa llevó el Tentador, hallándose en el desierto, al segundo Adán, para mostrarle todos los reinos de la tierra y las grandezas de cada uno.
Desde allí pudo contemplar en su propio asiento las ciudades de antigua o reciente fama, las que eran cabeza de los más insignes imperios, desde los muros destinados a Cambalu, silla de Can del Caita, y desde Samarcanda, orillas del Oxo y trono de Temir, hasta Pekín, donde reinan los reyes de la China. De aquí corrió su vista hasta Agra y Lahor, propias del gran Mogol, y hasta el Quersoneso Áureo, o hacia Ecbatana la de Persia, después Hispahan, o a Moscú, donde es soberano el Zar de Rusia, y a Bizancio, dominada por el Sultán, que nació en el Turquestán. Pudo luego fijar sus ojos en el reino de Nego y su puerto más lejano, Erecco, y los pequeños estados marítimos de Montbaza, Quiloa, Melinde y Sofala, que algunos creen Ofir, hasta los reinos de Congo y Angola, más al mediodía; y trasladándose del río Níger al monte Atlas, los imperios de Almanzor, de Fez, de Sus, de Marruecos, de Argel, y Tremecén. Y desde allí contempló a Europa, y el lugar en que Roma había de dominar al mundo. Y allá en su imaginación quizá descubrió también la opulenta Méjico, imperio de Moctezuma, y el del Cuzco en el Perú, espléndido trono de Atabalipa, y la Guyana, no despojada aún, a cuya principal ciudad llamaron El Dorado los hijos de Gerión.
Mas para disponerle a representaciones más sublimes, Miguel levantó de los ojos de Adán el velo que había puesto sobre ellos el falso fruto de que se prometió vista más perspicaz; y luego le purificó el nervio visual con eufrasia y ruda porque tenía mucho que ver, y le introdujo en él tres gotas de agua sacadas de la fuente de la vida. La virtud de aquellas yerbas penetró de tal manera hasta lo íntimo de la vista intelectual, que precisado Adán a cerrar los ojos, quedó enajenado, cayendo todos sus espíritus en un éxtasis; por lo que el bello Ángel le asió de la mano y le hizo al punto volver en sí diciéndole:
«Adán, abre ahora los ojos, y contempla en primer lugar los efectos que tu crimen original ha producido en algunos de los que nacerán de ti; los cuales, sin embargo, no han tocado jamás al árbol prohibido, ni conspirado con la serpiente, ni delinquido con tu pecado; pero, a pesar de ello, de ese mismo pecado heredan la corrupción que ha de precipitarnos en acciones más violentas.»
Abrió los ojos Adán, y vio un campo que, labrado en parte, estaba lleno de haces de paja recién segada; el resto quedaba para pasto y rediles de los ganados. En medio, como marcando un límite, se alzaba un altar rústico, hecho de yerba, al cual llegaba de pronto un segador sudoroso, que depositaba en él las primicias de sus frutos, espigas verdes aún y tostados haces, pero revueltos, y según más a mano los había hallado. Inmediato a él se veía un pastor en actitud más humilde, cargado con los recentales más escogidos y mejores de su rebaño, y después de sacrificarlos, extendía las entrañas y la grasa sobre la leña ya preparada, rociándolas con incienso y practicando todos los demás ritos debidos. De repente bajó del cielo un fuego propicio sobre su ofrenda, y la consumió con presta llama, esparciendo alrededor un grato aroma; pero la ofrenda del otro no se consumió, porque no era sincera; lo cual le encendió en ira, y según estaba hablando con el pastor, le lanzó en medio del pecho una piedra que le dejó sin vida. Cayó, y cubierto de mortal palidez, exhaló el alma entre torrentes de sangre. Sobrecogido con aquel espectáculo el corazón de Adán, exclamó:
«Maestro mío: ¿Por qué ha sucedido tan gran desdicha a ese hombre humilde, que tan bien ha hecho su sacrificio? ¿Este premio reciben la piedad y una devoción tan pura?»
Y Miguel le respondió conmovido: «Esos dos son hermanos, Adán, y nacerán de ti. El injusto ha matado al justo, por envidia de que el cielo haya aceptado la ofrenda de su hermano; pero esa acción sanguinaria será vengada, y como tan meritoria la fe del otro, no quedará sin recompensa, aunque le ves morir aquí cubierto de polvo y sangre.»
«¡Ay! dijo nuestro padre. ¡Por esa acción y por esa causa! ¿Conque lo que he visto es la muerte? ¡Y por este medio volveré yo a la tierra nativa! ¡Oh espectáculo terrible, que no puede contemplarse sin repugnancia y asombro, ni considerarse sin horror, ni sentirse sin espanto!»
A lo que contestó Miguel: «Ya has visto en el hombre la primera forma de la muerte; pero ¡cuán varias son las que toma, y cuántos los caminos que conducen a su hórrida caverna, y todos ellos tristes! Es, sin embargo, más vaporosa para los sentidos a la entrada que interiormente. Unos, como acabas de ver, morirán por un golpe violento, otros por el fuego, el agua y el hambre, y muchos por la intemperancia en los manjares y en las bebidas. Ella propagará por la tierra crueles enfermedades, que en monstruosa multitud se ofrecerán a tu vista, para que comprendas cuántas miserias ha acarreado a la Humanidad el liviano apetito de Eva.»
Al punto apareció a su vista una mansión triste, repugnante, sombría, parecida a un lazareto, en la cual se veían amontonados gran número de pacientes, porque allí se juntaban todas las enfermedades, el horroroso espasmo, los agudos tormentos, el agonizante desmayo del corazón, toda especie de fiebres, las convulsiones, las epilepsias, los rigurosos catarros, la piedra intestina y las úlceras, los cólicos rabiosos, el infernal frenesí, la siniestra melancolía, la lunática demencia, la lánguida atrofia, con el marasmo, la hidropesía y la peste devastadora, y las dropsias, el asma y el reuma que destroza la trabazón de los miembros. Las toses eran crueles, amarguísimos los suspiros; la desesperación corría de lecho en lecho acosando a los enfermos, y sobre ellos blandía su dardo la muerte triunfante, pero retardando sus golpes, a pesar de que a todas horas la invocaban con afán como el supremo bien y la última esperanza.
¿Quién, ni aun el corazón más endurecido, hubiera contemplado con ojos enjutos espectáculo tan tremendo? A Adán no le era posible, y lloró, a pesar de no haber nacido de mujer; predominó la compasión en lo más perfecto del Hombre, y por algún tiempo se entregó al llanto, aunque acudiendo a su mente más graves pensamientos, moderó su exceso, y así que recobró la palabra, volvió a sus exclamaciones:
«¡Oh miserable especie humana! ¡A qué degradación has llegado! ¡Qué condición tan infeliz te está reservada! Más te valiera no haber nacido. ¿Por qué se nos ha impuesto? Si el que la recibe la conociese ¿cómo había de aceptar semejante oferta, y no rechazarla desde luego, prefiriendo quedar en un pacífico olvido? ¿Es posible que siendo el Hombre imagen de Dios, y habiendo sido formado tan bueno, tan preeminente, aunque después se haya hecho criminal, tenga que pasar por sufrimientos tan terribles a la vista, y al ánimo tan intolerables? ¿Por qué, conservando aún el Hombre parte de la semejanza divina, no había de estar libre de semejantes imperfecciones, preservándole de ellas el mismo respeto que se debe a la imagen de su Creador?»
«La imagen de su Creador, replicó Miguel, se apartó de ellos desde el momento en que se envilecieron al entregarse a sus apetitos desordenados; desde aquel punto se trocaron en la imagen de aquel a quien servían, del vicio brutal que indujo a pecar, sobre todo a Eva, y que los rebajó hasta el punto de hacerlos dignos de su castigo. Porque no es la imagen de Dios la que han afeado, sino la suya propia, y si alguien ha desvanecido esta semejanza, han sido ellos; y al convertir las saludables leyes de la pura naturaleza en horribles enfermedades, ellos se imponen un castigo justo, por no haber respetado la imagen de Dios que llevaban en sí mismos.»
«Reconozco esa justicia, dijo Adán, y me someto a ella; pero ¿no hay otro medio menos doloroso que estos, para llegar a la muerte y confundirnos con nuestro originario polvo?»
«Uno hay, respondió Miguel, que consiste en observar la regla de No excederse, de guardar templanza en lo que se come y bebe, procurándose el alimento preciso, no los deleites de la glotonería; con lo que pasarán multitud de años sobre tu cabeza. Así podrás vivir, hasta que, como el fruto maduro, vuelvas al seno de tu madre; y no serás arrancado violentamente, sino que te desprenderás con facilidad cuando estés sazonado para la muerte, es decir, en tu ancianidad; y entonces sobreviviendo a tu juventud y a tu robustez, se convertirá en débil y caduca y encanecerá tu belleza; y torpes ya tus sentidos, quedarán yertos para el gusto que ahora sientes en los placeres; y en lugar de ese espíritu juvenil, confiado y vivaz, se inyectará en tu sangre un humor melancólico, frío y estéril, que amenguará tu vigor y acabará por consumir todo el bálsamo de tu vida.»
A lo que repuso nuestro primer padre:
«Pues bien: no esquivaré ya la muerte; no deseo prolongar mucho la vida; dispuesto estoy, por el contrario, a dejar cuan dulce y fácilmente me sea posible esta pesada carga, que debo tener sobre mí hasta que llegue el día designado para librarme de ella; y esperaré tranquilamente mi disolución.»
Y añadió Miguel: «No ames ni aborrezcas la vida, pero mientras te dure, esfuérzate en vivir bien. Si será larga o breve, el cielo ha de decidirlo. Y ahora prepárate a presenciar otro espectáculo.»
Miró, y vio una espaciosa llanura llena de tiendas de varios colores: junto a unas pastaban rebaños de ganados; de otras salían voces de instrumentos que por sus acordes melodías indicaban ser órganos y arpas; y se descubría el que movía las teclas y pulsaba las cuerdas, cuya ligera mano recorría todos los sonidos desde el más bajo al más alto, produciendo resonantes fugas. En otro lado estaba un hombre trabajando en una fragua con dos pedazos de hierro y cobre que había derretido, y encontrado antes, ya porque un incendio casual abrasando algún bosque en cualquier montaña o valle, y penetrando por las venas de la tierra, hubiese arrojado el ardiente metal por la boca de una concavidad, ya porque algún torrente hubiese expelido aquellas materias de las profundidades en que se hallaban. Con solo derramar el líquido en unos moldes que tenía ya preparados, forjó primero sus propias herramientas, y luego las que podían servir para liquidar o labrar los metales mismos.
Después de estos, aunque no a mucha distancia, bajaron a la llanura desde la cima de los altos montes en que moraban, otros hombres de diferente raza. Indicaban en su apariencia ser hombres justos, que ponían su estudio en adorar sinceramente a Dios, en contemplar sus obras manifiestas, y en cuidarse de todo aquello que puede proporcionar a los hombres libertad y paz. Y no habían discurrido largo tiempo por la llanura cuando de pronto salen de las tiendas un tropel de mujeres bellísimas, ricamente ataviadas de joyas y galas seductoras, cantando al compás de las arpas dulces y amorosos cánticos y tejiendo vistosas danzas. Aquellos hombres, que permanecían graves, las miraron, fijaron en ellas sus ojos sin temor alguno, hasta que prendidos por fin en sus halagüeñas redes, cedieron a su encanto, y cada cual eligió la que le agradaba más; y en amantes coloquios se entretuvieron, hasta que apareció, precursora del amor, la estrella de la noche; y ardiendo entonces en fuego que los devoraba, encendieron las antorchas nupciales, y mandaron que se invocase al himeneo, que por primera vez se invocó en los ritos del matrimonio; y las tiendas todas resonaron en fiestas y ruidosas músicas.
Aquellos inefables coloquios y deleitosos arrobamientos del amor y de la juventud, que no malograban un solo instante, aquellos cantos y lazos de flores y dulcísimas armonías, de tal modo interesaban el corazón de Adán, de suyo inclinado al placer, irresistible propensión de la naturaleza, que exclamó así:
«Verdaderamente me has abierto los ojos ¡oh tú el primero de los ángeles benditos! Más grata me parece esta visión, y más esperanzas de pacíficos días me ofrece, que las dos pasadas. En ellas todo era estrago y muerte y tormentos aún más terribles; en esta la naturaleza parece realizar todos sus designios.»
«No juzgues, le advirtió Miguel, que lo más placentero es lo mejor por más que parezca satisfacer a la naturaleza, y menos debes juzgarlo tú, creado para fin más noble, más santo y puro, y más conforme con la divinidad. Esas tiendas que tan agradables te parecen, son el albergue de la perversidad, y en ellas habitará la raza de aquel que mató a su hermano. Parecen cultivar con afán las artes que embellecen la vida, de las que son raros inventores, pero se olvidan de su Creador, cuyo espíritu los ilumina, y no reconocen ninguno de sus beneficios. Nacerá de ellos, sin embargo, una generación hermosa, porque esa turba de mujeres tan bellas que acabas de ver, diosas en la apariencia, amables, alegres, encantadoras, carecen de la bondad que consiste en la honra doméstica, el principal timbre de una mujer. Destinadas y aderezadas solo a los apetitos lascivos, servirán no más que para cantar y danzar y lucir galas y ejercitar la lengua y flechar los ojos; y esa sobria raza de hombres cuyas vidas religiosas les hacían dignos del título de hijos de Dios, sacrificarán bajamente toda su virtud, toda su fama a las seducciones y sonrisas de esas bellas ateas. Ahora nadan en placeres; nadarán luego en un profundo abismo; y ríen, pero en breve el mundo se convertirá para ellos en un mundo de lágrimas.»
Frustrada con esto la breve alegría de Adán: «¡Qué lástima y qué vergüenza, exclamó, que los que con tan buenos auspicios entran en la vida, tan fácilmente se aparten de su sendero, tomando otros extraviados, o desfallezcan a la mitad del camino! Y lo que veo es que siempre los males del hombre tienen un mismo origen, todos provienen de la mujer.»
«Provienen, repuso el Ángel, de la afeminada flaqueza del hombre, que debería conservar más cuerdamente su dignidad, ya que ha recibido dones tan superiores. Pero vas a ser testigo de otra escena.»
Miró, y descubrió un vasto país que delante de él se dilataba, ocupado por pueblos y edificios rurales, y más lejos por ciudades populosas, con sus puertas y fuertes torres, y una muchedumbre armada, en cuyos feroces semblantes se retrataba la guerra, gigantes de inmensos cuerpos y osados en sus empresas. Unos blandían sus armas, otros aguijaban a sus fogosos bridones, y así jinetes como infantes, ya diseminados, ya en orden de batalla, no desempeñaban allí un ministerio ocioso. Apostados en un camino los escogidos para este fin, acopiaban forraje y recogían gran número de hermosos bueyes y no menos hermosas vacas, que arrebataban a sus suculentos pastos, y rebaños enteros de lanudas ovejas y balantes corderillos, rico botín de todos aquellos llanos: apenas si lograban escapar con vida los pastores, que pedían socorro a gritos. De repente se traba un sangriento combate: chocan entre sí con cruel furia los escuadrones, y en el sitio mismo en que poco antes pacían los ganados, yacen multitud de cadáveres y armas destrozadas, y la tierra sangrienta se trueca en un desierto. Acampados otros, asedian una población fuerte, y la hostilizan con baterías, con minas, con escalas, mientras los sitiados se defienden desde lo alto de las murallas, con flechas, jabalinas, piedras y ardiente azufre: horrible mortandad y gigantescas proezas por ambos lados. Más allá los heraldos con sus cetros llaman a consejo en las puertas de la ciudad, y al punto se reúnen varios hombres de cabellos blancos y grave aspecto, mezclándose con los guerreros; hácense oír arengas elocuentes, pero suscítase de pronto una oposición facciosa, hasta que por fin se levanta un personaje de mediana edad, distinguido por su prudencia, que discurre largamente sobre el derecho y la sinrazón, la justicia, la religión, la verdad, la paz y el juicio de Dios. Vitupéranle mozos y viejos, y hubieran puesto sus manos violentamente en él, a no bajar una nube que le arrebató, desapareciendo a los ojos de aquella multitud. De esta suerte procedían allí la violencia, la tiranía, la ley de la fuerza, y no era dable sosiego alguno en aquella tierra.
Lloraba Adán amargamente, y volviéndose a su guía le preguntó sollozando: «¿Qué gente es esa, ministros de la Muerte, no hombres, que así se la dan a sus semejantes, y que multiplican diez mil veces el homicidio de su hermano? Porque hermanos suyos son esos a quienes degüellan, hombres que asesinan a otros hombres. Y ese justo que a pesar de su virtud hubiera perecido, a no haberle salvado el cielo, ¿quién era?»
«Esos, replicó Miguel, son los resultados de los torpes matrimonios que has visto. Desde el punto en que se unen el bien y el mal, que recíprocamente se aborrecen, la imprudencia de tal unión produce monstruosos engendros de cuerpo y alma. Tales serán esos gigantes, hombres de encumbrada fama, porque en semejantes tiempos solo se admirará la fuerza, que se llamará valor y virtud heroica. Vencer en las batallas, subyugar naciones, volver uno cargado de los despojos de infinitas víctimas inmoladas, se considerará como el más sublime grado de la gloria humana; que todo esto se hará por la gloria del triunfo, para alcanzar el nombre de grandes conquistadores, bienhechores de la humanidad, dioses, hijos de los dioses, cuando más bien debieran llamarse destructores y plagas de la especie humana. Así se adquirirá en la tierra fama y nombradía, y el verdadero mérito se dará al olvido. Ese, que ha de ser el séptimo de tus descendientes, único justo de esa generación perversa, ya has visto que le odiaban por eso mismo, y cuán expuesto estuvo entre tantos enemigos, porque se atrevió a ser el único virtuoso, y a anunciarles la ingrata verdad de que Dios rodeado de sus santos vendría a juzgarlos. Pero el Señor omnipotente le ocultó en una nube de perfumes, y sus alados corceles le arrebataron, como has visto, y Dios le ha recibido en su seno para que goce con él de la salvación en el reino de la bienaventuranza, exento de toda muerte; lo cual te dará a entender el premio reservado para los buenos y el castigo que a los demás aguarda; y en prueba de ello, dirige allí tus miradas y considera bien lo que vas a ver.»
Y en efecto miró, y vio que todo había variado de aspecto. La boca de bronce de la guerra había cesado de rugir; todo a la sazón respiraba contento y júbilo, lujuria y disolución; todo era fiestas y danzas, matrimonios o prostituciones, según mejor parecía, raptos o adulterios, y por donde quiera que pasaba una mujer hermosa, arrastraba tras sí a los hombres. De las copas del deleite salían las discordias civiles. Por último llegó un venerable patriarca, y se mostró indignado de sus vicios, protestando contra su conducta. Frecuentaba sus reuniones en que solo veía triunfos y fiestas, y les predicaba conversión y arrepentimiento, como a almas que gemían encarceladas y en breve habían de sufrir una sentencia terrible. Todo fue en vano; y cuando sintió que se acercaba la hora, renunció a sus consejos, y mudó lejos de allí sus tiendas.
En seguida, cortando altos troncos de la montaña, comenzó a construir una nave de extraordinarias dimensiones; calculó los codos que había de tener en longitud, en anchura y elevación; cubriola en derredor de betún; abrió una puerta en uno de sus costados, la llenó de abundantes provisiones para hombres y animales, y ¡oh singular prodigio! de cada especie de animales, aves y pequeños insectos, entraron en ella a setenas y a pares, obedeciendo al precepto que se les había impuesto, y los últimos de todos el padre, sus tres hijos y sus cuatro mujeres; después de lo cual cerró Dios la puerta.
[Ilustración: Cortando altos troncos de la montaña, comenzó a construir una nave...]
[Ilustración: Las olas habían sepultado ya las demás viviendas...]



