El paraíso perdido · John Milton
Part 33
Capítulo 33 de 44 · 14 min de lectura
Al propio tiempo se levantó el viento del mediodía, y desplegando sus inmensas y negras alas, acumuló las nubes que se extendían bajo del cielo, las cuales se aumentaron con todos los vapores, con todas las húmedas y sombrías exhalaciones que inmediatamente les enviaron las montañas. Cerrose el denso firmamento como con una lóbrega techumbre, y se desgajó una impetuosa lluvia, que prosiguió cayendo hasta que la tierra se ocultó a la vista. Sobrenadaba el bajel en medio de las aguas y con su enristrada proa se abría seguro paso; las olas habían sepultado ya las demás viviendas, que con todas sus pompas rodaban por el profundo abismo; el mar inundaba al mar, dejándole sin términos y sin playas, y en los palacios que tal magnificencia ostentaban antes, se guarecían y propagaban los monstruos marinos. De todo el género humano ha poco tan numeroso, no quedaba más que lo que iba nadando en aquella frágil embarcación.
¡Qué pena sentiste entonces, Adán, al ver el fin de tu descendencia, fin tan triste, y al considerar tan completa despoblación! Tú también te hallaste sumido en otro diluvio de lágrimas y pesares, anegado y ahogado como tus hijos, hasta que blandamente sostenido por el Ángel, pudiste permanecer en pie, bien que inconsolable, como un padre que llora a sus hijos, muertos todos a un tiempo ante sus ojos; tanto, que apenas te quedó fuerza para manifestar así tu dolor al Ángel:
«¡Oh visiones en mal hora tenidas! Más dichoso hubiera vivido ignorante del porvenir. Hubiera yo solo participado de tantos males; que la carga diaria se lleva difícilmente. Estas penas que se reparten en varios siglos y que caen de una vez sobre mí, mi previsión las anticipa, y me atormentan con la idea de lo que han de ser antes de que existan. Que ningún hombre pretenda jamás averiguar la suerte que le ha de caber a él y a sus hijos en lo futuro: adquirirá la seguridad de males que su previsión no podrá evitar, y que solo temerlos serán para él no menos insoportables que si realmente le aconteciesen. Pero ya de esto no debo cuidarme: inútil es en el hombre esa prevención, dado que los pocos que sobrevivan perecerán al cabo, de hambrientos y acongojados, a fuerza de vagar por esos líquidos desiertos. ¡Insensato! Llegué a esperar, al ver que la violencia y la guerra desaparecían de la tierra, que todo sería ventura, y que la paz vendría a coronar a la raza humana con largos días de prosperidad; pero ¡qué grande fue mi error! Ahora conozco que tanto como corrompe la paz, devasta la guerra. ¿Por qué ha de ser así? Explícamelo, mensajero celestial, y dime si la raza humana perecerá aquí.»
Y Miguel replicó de nuevo: «Esos que ha poco has visto tan triunfantes y tan viciosamente opulentos, son los mismos que viste al principio llevar a cabo eminentes hechos y grandes proezas, pero sin el mérito de la verdadera virtud. Los cuales, después de haber vertido torrentes de sangre, trocado en ruinas las naciones que han sometido y granjeádose por tanto en el mundo fama, insignes títulos y grandes riquezas, han cifrado su bienestar en los placeres, la molicie, la ociosidad, la crápula y la concupiscencia, hasta que sus torpezas y su soberbia, de la intimidad en que con él vivían y de su pacífica situación, han extraído sus hostiles hechos. De la propia suerte, los vencidos y los esclavizados por la guerra han perdido, al tiempo que su libertad, toda virtud y el temor de Dios; y aunque con fingida piedad le imploren en el trance de las batallas, no los ayudará el Señor contra los invasores. Tibios así en su celo, procurarán en lo sucesivo vivir tranquilos, licenciosa y mundanalmente, poseyendo lo que les dejen gozar sus dueños, porque la tierra producirá siempre más que lo que la templanza exija. Todo, pues, degenerará, llegará a pervertirse todo; yacerán en el olvido la justicia, la moderación, la verdad, la fe. Un solo hombre quedará exceptuado, único hijo de la luz en un siglo de tinieblas, bueno a pesar de los malos ejemplos, de las seducciones, de las costumbres y de un mundo perverso; que superior al temor de los vituperios, de los sarcasmos y de las violencias, los amonestará para que se aparten de sus inicuas vías; que abrirá ante sus pasos las sendas de la rectitud, mucho más seguras y pacíficas; que les anunciará la cólera que amenaza a su impenitencia, y se apartará de ellos porque la escarnecen; Dios le contemplará como el único justo entre los vivientes; y él, obediente a su mandato, construirá esa arca maravillosa que has visto, para librarse en ella él y su familia de un mundo condenado a universal naufragio.
»No bien, acompañado de los hombres y animales elegidos para transmitir la vida, entre y se guarezca en el arca, cuando instantáneamente se abrirán todas las cataratas del cielo, que noche y día derramarán torrentes de agua sobre la tierra; saldrán de madre las fuentes más profundas; reventará el océano, cubriendo todas sus playas, hasta que la inundación sobrepuje a los más encumbrados montes. Este del Paraíso, impelido por la fuerza de las olas y asaltado a la vez por los dos brazos de la corriente, perderá su asiento, y despojado de toda su pompa, arrastrados sus árboles por las aguas, se precipitará por el gran río hasta la boca del golfo, donde se detendrá convertido en isla salada y árida, refugio de focas, orcas y gaviotas de graznido desapacible. Todo lo cual te enseñará que Dios no vincula en lugar alguno la santidad, si no va con los hombres que lo frecuentan o en él habitan. Y ahora presta atención a lo que sigue.»
Miró, y vio el arca nadando sobre el agua, que a la sazón iba descendiendo, porque las nubes se alejaban empujadas por el viento sutil del norte, cuyo duro soplo rizaba la líquida superficie a medida que decrecía. Un sol radiante reflejaba en las cristalinas ondas, y como tras larga sed, se saciaba en ellas ansioso de su frescura; y en breve toda aquella inundación, formando un tranquilo lago, fue disminuyendo y estrechándose más y más, y se retiró por fin al profundo abismo, que había ya abierto sus diques, a tiempo que el cielo cerró sus cataratas.
Ya no sobrenada el arca, sino que parece afirmada en tierra, y fija en la cima de alguna alta montaña; y ya se descubrían como otras tantas rocas las cumbres de las colinas. Las rápidas corrientes sepultan rugiendo sus airadas olas en el mar que se retira. Sale un cuervo volando del arca; tras él, un mensajero más seguro, una paloma enviada primera y segunda vez en busca de un árbol verde o de terreno donde pudiera asentar sus ligeros pies. Vuelve al segundo viaje, trayendo en el pico una rama de olivo, señal de paz; y al punto aparece seca la tierra; y baja del arca el venerable anciano con toda su familia; y levantando sus manos y sus piadosos ojos al cielo en muestra de gratitud, ve sobre su cabeza una nube de rocío, y en medio de ella un arco formado con tres brillantes fajas de varios colores, que indicaba la paz de Dios y una era de nueva alianza: con lo que el corazón de Adán, antes tan triste, se regocijó sobremanera, y expresó su júbilo en estos términos:
«¡Oh tú, que puedes representar como presentes las cosas futuras, celestial maestro! Ya con este último espectáculo me reanimo, seguro como estoy de que vivirá el Hombre, y de que subsistirán con sus razas todas las criaturas. Al presente me lamento menos de la destrucción de todo un mundo de hijos criminales, cuanto me regocijo de haber hallado un solo hombre tan perfecto y tan justo, que Dios se haya dignado de hacerle principio de otro mundo, y de dar su cólera al olvido. Mas dime: ¿qué significan esas fajas de color que se enarcan en el cielo, como si el ceño de Dios se hubiese ya apaciguado? ¿Sirven, como una margen florida para detener la fluctuación de esa acuátil nube, por temor de que vuelva a disolverse y anegue otra vez la tierra?»
Y le respondió el Arcángel: «Has acertado en tu conjetura, que Dios ha tenido la benevolencia de redimir sus iras, aunque tan arrepentido estaba últimamente de haber criado al Hombre capaz de depravación. Sintiose apesadumbrado cuando al inclinar al mundo su mirada, vio llena la tierra toda de violencias, y que la carne corrompía sus obras. Pero excluidos aquellos impíos, tal gracia ha merecido a sus ojos un hombre justo, que se ha apiadado, y no eliminará de la tierra a la raza humana. Consiente en no aniquilar ya el mundo con un nuevo diluvio, en no permitir que el mar traspase sus límites, ni la lluvia sumerja a hombres y animales. Siempre que tienda una nube sobre la tierra, desplegará su arco y seguirán su invariable curso el día y la noche, la estación de la siembra y de la cosecha, del calor y de los blancos hielos, hasta que el fuego purifique todas las cosas nuevas, y así el cielo como la tierra, donde ha de morar el justo.»
LIBRO DUODÉCIMO
ARGUMENTO
Prosiguió el Ángel Miguel refiriendo lo que acontecerá después del Diluvio. Al hacer mención de Abraham, recorre sucesivamente la escala de los siglos hasta venir a explicar quién será el fruto nacido de la Mujer que se había prometido a Adán y Eva, culpables ya; su encarnación, muerte, resurrección y ascensión; y el estado de la Iglesia hasta su segunda venida. Completamente satisfecho Adán y tranquilizado con aquellos anuncios y promesas, baja de la montaña con Miguel. Despierta a Eva, que había estado durmiendo todo aquel tiempo, y cuyos agradables sueños la habían predispuesto a la tranquilidad de ánimo y a la obediencia. Miguel, llevándolos de la mano, los conduce a ambos fuera del Paraíso, y fulmina su ardiente espada, mientras los querubines se colocan en sus respectivos puestos según les había ordenado.
Como el viajero que precisado a caminar de priesa interrumpe, sin embargo, su marcha al mediodía, suspendió aquí el Arcángel su narración, quedando entre el mundo destruido y el mundo restaurado, por si Adán quería además discurrir sobre lo que había oído; pero a poco, valiéndose de una sencilla transición, prosiguió de nuevo, diciendo:
«Has visto, pues, el principio y el fin de un mundo; has visto renacer al Hombre de un tronco; y aún tienes más que ver, pero conozco que tu vista mortal se debilita: estos objetos divinos no pueden menos de deslumbrar y fatigar los sentidos humanos. Lo que ha de acontecer después es mejor que te lo refiera; y así oye, y estame atento.
»Mientras esta segunda generación de hombres se reduzca a corto número, y mientras en sus ánimos subsista el recuerdo de la terrible sentencia que se dictó, vivirán temerosos de Dios, procederán justa y rectamente y se multiplicarán en breve. La tierra, cultivada por ellos, les dará colmadas cosechas de trigo, vino y aceite; sacrificarán a menudo lo más selecto de sus rebaños, el toro, el cabrito, el cordero, prodigando con afectuosa mano sus libaciones; e instituyendo fiestas sagradas, transcurrirán sus días en inocente júbilo, en paz segura, divididos en tribus y familias bajo el mando de paternal autoridad, hasta que se levante un hombre altivo y ambicioso, que enemigo de igualdad tan bella y de tan feliz estado, se arrogue un injusto dominio sobre sus hermanos, y ahuyente de la tierra toda concordia, toda ley natural. Empleará sus armas, y no contra las fieras, sino contra los hombres, en guerras y hostiles asechanzas, y cuantos se nieguen a obedecer su tirano imperio; y por esto se apellidará el gran cazador, a despecho del Señor; a despecho también del cielo, pretenderá derivar del mismo su transmitida soberanía, y su nombre equivaldrá al de rebelión, aunque acuse de rebeldes a los demás.
»Acompañado o seguido de una multitud tan ambiciosa como él y no menos propensa a la tiranía, marchando desde el Edén hacia el occidente, encontrarán una llanura, donde de las entrañas de la tierra, verdadera boca del infierno, brotará un betún negro e hirviente, y con él y con ladrillos labrados al intento, procurarán fabricar una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo, con lo que logren eternizar su nombre, no sea que diseminados alguna vez por extrañas tierras, su memoria se dé al olvido, aunque por lo demás no se cuiden de que sea buena o mala esta memoria. Pero Dios, que sin ser visto desciende muchas veces a visitar a los hombres, y entra en sus moradas para investigar sus obras, fijó en ellos sus miradas y bajó a aquella ciudad antes de que su torre ocultase las torres del cielo; y burlándose de ellos, puso en sus lenguas espíritus diversos que alterando por completo su nativo idioma, lo convirtieron en un ruido disonante de palabras desconocidas. Suscitose de pronto un confuso y estrepitoso clamoreo entre los constructores; llamábanse unos a otros, pero nadie se entendía, de suerte que redoblando sus gritos, enfurecidos y creyéndose mutuamente injuriados, trabaron entre sí descomunal pelea. ¡Oh! ¡qué de risas produjo en el cielo aquel espectáculo, con su extraño azoramiento y su horrenda vocería! Cayó así en ridículo y concluyó la soberbia fábrica, que por esta causa fue llamada Confusión.
Viendo lo cual Adán, exclamó con paternal enojo: «¡Hijo execrable, que así aspira a avasallar a sus hermanos, apoderándose de una autoridad usurpada, que no ha concedido Dios! Solo nos ha dado dominio absoluto sobre las bestias, los peces y las aves; este derecho tenemos, debido a su bondad; pero no ha hecho al hombre señor de los demás hombres, sino que reservándose este título para sí, dejó a la humanidad libre de toda servidumbre humana. Y ese usurpador no se contenta con someter a su orgullo al hombre, porque con su torre pretende asaltar y desafiar al cielo. ¡Miserable! ¿Qué alimentos pensará transportar allá arriba para atender a su subsistencia y a la de su temerario ejército, cuando el aire sutil que reina sobre las nubes seque sus groseras entrañas, y le prive de respiración, ya que no esté privado de sustento?»
A lo que contestó Miguel: «Con razón te indignas contra ese mal hijo que tal perturbación produce en la tranquila existencia humana, empeñándose en subyugar la libertad, hija de la razón; pero no olvides, sin embargo, que desde tu culpa original, la verdadera libertad se ha perdido, la libertad gemela de la recta razón, y por consiguiente partícipe con ella de su mismo ser. Una vez oscurecida u olvidada en el hombre la razón, nacen en él los deseos inmoderados, las pasiones violentas, que le privan del imperio que sobre él ejerce aquella, y de libre que era, le reducen a esclavitud. Por lo mismo, desde el momento en que consiente que un poder ominoso avasalle el albedrío de su razón, Dios le impone el justo castigo de someterle exteriormente a violentos opresores, que por lo común tiranizan con no menos injusticia su libertad externa; y es bien que exista la tiranía, aunque no por eso sea el tirano disculpable. A veces las naciones decaerán de la virtud, que es la razón, de tal manera, que no la iniquidad, sino la justicia, o la maldición que sobre ellas caiga, las privará de su libertad externa y aun de la que interiormente disfruten. Testigo el hijo irrespetuoso de aquel que fabricó el arca, que a consecuencia de la afrenta con que infamó a su padre, oyó fulminar contra su viciosa raza esta maldición terrible: Serás esclavo de los esclavos.
»Caerá, pues, este último mundo, como el primero, de un mal en otro peor, hasta que cansado Dios de tantas maldades, retire su presencia de entre los hombres y aparte de ellos sus santas miradas, resuelto a abandonarlos en sus caminos de perdición, y a elegir entre todas las naciones una sola que sea la que le invoque, una nación que proceda del único hombre fiel, el cual more de la parte acá del Éufrates, aunque haya sido criado en el seno de la idolatría.
»¿Podrás creer que esos hombres sean estúpidos hasta el punto de abandonar al Dios vivo, aun en vida del patriarca preservado del diluvio, y de adorar las obras salidas de sus propias manos, los leños y las piedras, como si fueran dioses? Pues a pesar de esto, el Altísimo Señor se dignará, por medio de una visión, alejar a ese hombre de la casa de su padre, de entre los suyos y del culto de sus falsos dioses, enviándole a una tierra que le mostrará; y hará que sea principio de una nación poderosa, a la cual colmará de bendiciones, de suerte que todas las demás naciones de su raza lleguen a ser igualmente benditas. Y ese hombre obedece al punto; no conoce la tierra adonde va, pero abriga una fe ciega. Yo estoy viéndole, aunque tú no puedas verle; veo la fe con que deja sus dioses, sus amigos, su suelo natal, la ciudad Ur de Caldea, pasando el vado para ir a Harán, y llevando en pos un séquito embarazoso de ganados y de sirvientes. No camina pobre, mas confía todas sus riquezas a Dios, que le llama a una tierra desconocida; y llega a Canaán, donde descubre sus tiendas colocadas alrededor de Siquén y en la llanura próxima a Moreh; y allí se le promete para su descendencia la donación de toda aquella tierra, desde Hamath, por la parte del norte, hasta el Desierto, a la del mediodía (distingo los lugares por sus nombres, aunque estos nombres no existan ya), y desde el monte Hermón hasta el anchuroso mar occidental. A este lado Hermón; en el otro el mar. Mira en perspectiva estos puntos según los voy mencionando: en la costa el monte Carmelo; aquí la corriente del Jordán con los manantiales que la alimentan, verdadero límite hacia el oriente; pero sus hijos se establecerán en Senir, en aquella larga cadena de colinas. Considera bien esto, que todas las naciones de la tierra serán benditas en la descendencia de ese hombre, y que en su descendencia está incluido tu gran Libertador, el destinado a hollar la cabeza de la Serpiente; lo cual en breve te será más claramente revelado.
»Este bendito patriarca, que a su tiempo tendrá el nombre de fiel Abraham, dejará un hijo, y este hijo un nieto, igual a él en fe, en sabiduría y en fama, el cual acompañado de sus doce hijos partirá de Canaán para una tierra más adelante llamada Egipto, fertilizada y dividida por el río Nilo. Mira por dónde corre este, y cómo desagua en el mar por medio de siete bocas. Invitado por el más joven de sus hijos, viene a residir en esta tierra en tiempo de carestía. Ilústrase este hijo por sus hechos, que le elevan a ser el segundo en el imperio de los Faraones, y muere allí dejando una posteridad que muy pronto llega a ser una nación; la cual, creciendo de día en día, se hace sospechosa a uno de los reyes sucesivos, y este procura atajar el incremento de aquella gente extraña tan numerosa, convirtiéndola de huéspedes en esclavos, y en vez de hospitalidad dando muerte a todos los hijos varones; pero por último nacen dos hermanos, llamados Moisés y Aarón, enviados por Dios para redimir a su pueblo de la esclavitud, que regresan llenos de gloria y de despojos a la tierra de promisión.
»Ya antes de esto el pérfido tirano, que renegaba de su Dios y menospreciaba su mensaje, ha de verse amenazado de señales y anuncios terribles: los ríos se teñirán de sangre, aunque no lleven ninguna; invadirán su palacio las ranas, los piojos y las moscas, y lo inundarán todo, y plagarán toda aquella tierra; sus ganados morirán de morriña y peste; su cuerpo y los cuerpos de todos sus súbditos se cubrirán de úlceras y tumores. Mezclado el trueno con el granizo y el granizo con el rayo, despedazarán el cielo de Egipto, devorando la tierra por donde pasen; y lo que no devoren de yerbas, frutos o granos, quedará envuelto en una negra nube de langostas, que formando un inmenso enjambre, consumirán hasta el más pequeño resto de verdura. Veránse sumidos en tinieblas todos sus reinos, tinieblas palpables que suprimirán tres días; y finalmente, en una misma noche y de un solo golpe morirán todos los recién nacidos de Egipto. Traspasado de diez heridas el dragón del río, consentirá entonces en la partida de sus huéspedes, y con frecuencia humillará su empedernido corazón; mas como el hielo que se endurece de nuevo después de la blandura, sintiéndose poseído de mayor ira, perseguirá a los que ya había dejado libres, y el mar le tragará con su hueste, dejando pasar a los viajeros a pie enjuto, entre dos muros cristalinos; y la vara de Moisés tendrá separadas las olas hasta que el pueblo del Señor llegue a su segura playa.



