El paraíso perdido · John Milton

Part 34

Capítulo 34 de 44 · 14 min de lectura

»Tal es el milagroso poder que Dios concederá a su profeta; y Dios estará presente en su Ángel, que caminará delante de ellos en una nube y en una columna de fuego, de día en la nube, de noche en la columna, para guiarlos en su camino o ponerse a sus espaldas cuando los persiga el obstinado rey. Y los perseguirá en efecto, toda una noche; pero se interpondrá la oscuridad para defenderlos hasta que se aproxime el alba; y entonces Dios, dirigiendo sus miradas a través de la columna y de la nube, confundirá a las impías legiones y hará polvo las ruedas de sus carros, y por su mandato segunda vez tenderá Moisés su poderosa vara sobre la mar, y la mar obediente a ella, volverá sus olas sobre los ordenados escuadrones y dejará allí sepultados a sus guerreros. En salvo ya el pueblo escogido, camina desde la playa a Canaán, atravesando el áspero Desierto, pero no directamente, por temor de que alarmados los Canaanitas, no susciten una guerra que amedrente a gente inexperta en ella, y el miedo la obligue a retroceder a Egipto, prefiriendo la vida menguada de la esclavitud; porque para los nobles como para los que no lo son, la vida más dulce es la más extraña a las armas, cuando no se acude a ellas por un impulso de desesperación.

»La permanencia en el Desierto les será además provechosa, dado que podrán fundar un gobierno, y entre sus doce tribus elegir un gran senado que ejerza su autoridad conforme a ordenadas leyes. Descenderá Dios al monte Sinaí, cuya nebulosa cima le recibirá temblando, y desde allí entre truenos y relámpagos y estruendoso tañido de trompetas les dictará sus leyes, unas referentes a la justicia civil, otras a los ritos religiosos de los sacrificios, anunciándoles por medio de imágenes y sombras al que está destinado a hollar la cabeza de la Serpiente y el modo con que proveerá a la salvación del género humano. Pero la voz de Dios es temerosa al oído humano, y así le pedirán que les manifieste su voluntad por boca de Moisés, poniendo término a su temor; y Dios accederá a su ruego, una vez persuadidos de que no podrán acercarse a Él sin mediador, sublime oficio que desempeña Moisés ahora en figura, para introducir otro gran mediador cuyo tiempo predecirá; y todos los profetas cantarán sucesivamente el advenimiento del gran Mesías.

[Ilustración: Le pedirán que les manifieste su voluntad por boca de Moisés.]

»Establecidos estos ritos y estas leyes, de tal manera se mostrará Dios complaciente con los hombres dóciles a su voluntad, que se dignará de poner su tabernáculo en medio de ellos para que el Único Santo habite entre los mortales. Al tenor de lo que ha prescrito, se fabrica un santuario de cedro, cubierto de oro, y dentro de él un arca en que se conservan los testimonios y recuerdos de su alianza; encima se eleva el trono de la misericordia, resguardado por las alas de dos fulgentes querubines. Arden delante de este trono siete lámparas que, como en un zodíaco, representan las antorchas celestiales; y sobre la tienda permanecerá de día una nube, de noche un flamígero destello, excepto los días en que las tribus estén caminando; las cuales conducidas por el Ángel del Señor, llegarán por fin a la tierra prometida a Abraham y su descendencia.

»Sería muy prolijo referirte todo lo demás, el número de batallas empeñadas, de reyes destronados, de reinos que han de conquistarse; cómo el Sol quedará inmóvil todo un día en el cielo, retrasándose el acostumbrado curso de la noche, y esto a la voz de un hombre que gritará: “¡Oh Sol! Párate sobre el Gibeón, y tú, Luna, en el valle de Ajalón hasta que Israel haya vencido”; que así se llamará el tercer hijo de Abraham, hijo de Isaac, nombre que se trasmitirá a su posteridad vencedora de los pueblos de Canaán.»

Al llegar aquí le interrumpió Adán diciendo: «¡Oh mensajero del cielo, luz de mis tinieblas! ¡Qué de cosas favorables me has revelado, sobre todo en lo que concierne a Abraham y su descendencia! Por primera vez siento ahora verdaderamente abiertos mis ojos, y menos angustiado mi corazón: hasta el presente todos mis pensamientos eran vacilaciones respecto a la suerte que me estaba reservada, y no solo a mí, sino a todo el género humano; pero ya veo el día en que serán bendecidas todas las naciones; merced que yo no merezco por haber buscado la ciencia prohibida por medios también ilícitos. No acabo de comprender, sin embargo, por qué se imponen tantas y tan diversas leyes a aquellos entre quienes se dignará Dios de residir en la tierra. Esta multitud de leyes supone igual multitud de culpas. ¿Cómo Dios puede habitar entre tales hombres?»

Respondiole Miguel: «No dudes que entre ellos reinará el pecado, que has engendrado tú. La ley se les impone únicamente para evidenciar su natural perversidad, que sin cesar está incitando al pecado a rebelarse contra aquella; y cuando vean que dicha ley puede poner de manifiesto el pecado, y no borrarlo, excepto por débiles apariencias de expiación, como la sangre de toro o de macho cabrío, deducirán que para satisfacer la deuda del Hombre es menester sangre más preciosa, la del justo por el injusto, a fin de que en esta justicia que ha de imputárseles por la fe, puedan hallar su justificación para con Dios y la paz de su conciencia, que no bastarían a procurar todas las ceremonias de la ley, cuya parte moral no puede cumplir el Hombre, y no cumpliéndola, no puede vivir. La ley pues parece imperfecta y únicamente dictada con el objeto de someter a los hombres en la plenitud de los tiempos a una alianza más íntima, y disciplinados ya, hacerlos pasar de las figuras aparentes a la realidad, de la carne al espíritu, de la imposición de una ley estrecha a que libremente acepten una amplia gracia, del temor servil al respeto filial, y de las obras de la ley a las obras de la fe. Así que no será Moisés, aunque tan amado del Señor, pero solo ministro de la ley, quien conduzca a su pueblo a Canaán, sino Josué, llamado Jesús por los gentiles y encargado con este nombre de ser quien debele a la Serpiente y conduzca con toda seguridad al Hombre, completamente perdido en los desiertos del mundo, al eterno descanso del Paraíso.

»Entre tanto, establecidos aquellos en el Canaán terrestre morarán y prosperarán allí por largo tiempo; mas cuando sus pecados lleguen a perturbar el sosiego público, provocarán a Dios a que les suscite nuevos enemigos, de los cuales se verán libres luego que den muestras de arrepentimiento; y esta libertad les procurarán primero los jueces, y después los reyes. El segundo de estos, célebre por su piedad y sus gloriosos hechos, obtendrá la irrevocable promesa de que su regio trono ha de subsistir perpetuamente; todas las profecías referirán también que del real tronco de David, nombre propio de este rey, procederá un Hijo, nacido de la Mujer, el mismo que se te ha predicho, predicho igualmente a Abraham, como aquel en quien tendrán su esperanza todas las naciones, predicho a los reyes y que será el postrero de estos, porque su reino no tendrá fin.

»Pero a Él ha de preceder una larga sucesión de reyes. El primero, hijo de David, famoso por sus riquezas y sabiduría, colocará en un suntuoso templo, rodeada de una nube, el arca del Señor, que hasta entonces habrá andado vagando con sus tiendas. De los demás que han de seguirle, unos se contarán en el número de los buenos, otros en el de los malos reyes. Los malos formarán más larga serie, y sus torpes idolatrías y todos sus otros crímenes, añadidos a la perversidad del pueblo, de tal manera irritarán a Dios, que se apartará de ellos, y abandonará su tierra, sus habitaciones, su templo, su santa arca y sus reliquias más sagradas a la befa y rapacidad de la ciudad cuyos muros has visto entregados a la confusión, de donde le vino el nombre de Babilonia. Allí los dejará en cautiverio por espacio de sesenta años, y por fin los sacará de él, recordando su misericordia y la alianza jurada a David, inalterable como los días del cielo. Vueltos de Babilonia por disposición de los reyes sus señores, que Dios les inspirará, reedificarán ante todo la casa del mismo Dios, y vivirán algún tiempo moderada y regularmente, hasta que creciendo en opulencia y número degeneren en facciosos. Las primeras discordias nacerán de los sacerdotes, hombres que consagrados a los altares, deberían no pensar más que en la paz; sus rencillas llegarán hasta profanar el mismo templo, acabando por arrebatar el cetro, sin hacer caso de ninguno de los hijos de David, y por último lo perderán, y pasará a manos de extranjeros, para que el verdadero ungido, el Mesías, nazca privado de sus derechos.

»Nace este rey, sin embargo, y una estrella hasta entonces oculta en los cielos, anuncia su venida y sirve de guía a los sabios de Oriente que le buscan para ofrecerle incienso, mirra y oro. Un ángel, nuncio de paz, enseña el lugar de su nacimiento a unos sencillos pastores que velaban durante la noche, los cuales acuden transportados de júbilo, y oyen los coros de innumerables ángeles que entonan cantos al recién nacido. Su madre es una Virgen; su padre el Altísimo Omnipotente. Subirá al trono hereditario, y se extenderá su reino a los confines más apartados de la tierra, como su gloria a todos los ámbitos de los cielos.»

Calló Miguel, al notar en el semblante de Adán una alegría tan viva, que asemejándose al dolor, le hacía verter abundoso llanto y no poder proferir una palabra; mas al fin pronunció las siguientes:

«¡Oh profeta de faustas nuevas! Has colmado mis mayores esperanzas. Claramente comprendo ahora lo que en mis más profundas meditaciones buscaba en vano: por qué el que con tanta ansia esperamos, debe llamarse fruto de la Mujer. ¡Salve, virgen Madre, que tan encumbrada estás en el amor del cielo! Sin embargo, de mi carne nacerás, y de tu vientre nacerá el Hijo de Dios Altísimo. Así se unirá Dios con el Hombre. Forzoso es que la Serpiente aguarde con mortal angustia el quebrantamiento de su cabeza. Mas dime: ¿dónde y cuándo será el combate? ¿qué golpe herirá la planta del vencedor?»

«No te figures, respondió Miguel, que el combate vaya a ser un duelo, ni que se produzcan realmente las heridas en la planta o en la cabeza: el Hijo no une la humanidad a la divinidad para postrar con más fuerza a tu enemigo; ni quedará así aniquilado Satán, cuando un escarmiento más terrible, su caída del cielo, no le imposibilitó para hacerte a ti una mortal herida. El Mesías, tu Salvador, no te curará destruyendo a Satán, sino destruyendo en ti y en tu raza las obras de este, lo cual no puede efectuarse sino perfeccionando lo que a ti te falta, la obediencia a la ley de Dios, impuesta bajo pena de muerte y padeciendo esta muerte que ha merecido tu desobediencia y la de aquellos que de ti desciendan. Solo así puede satisfacerse la Suprema Justicia. Él cumplirá exactamente la ley de Dios por obediencia y por amor, aunque solo el amor baste al cumplimiento de esta ley. Sufrirá tu castigo exponiéndose en la carne a una vida perseguida y a una abominable muerte. Prometerá la vida a los que crean en su redención y en que por medio de la fe se les imputará su obediencia y los méritos para salvarse, no por sus propias obras, aunque se ajusten a la ley. Vivirá en la tierra odiado, blasfemado, prendido por fuerza, juzgado y condenado a muerte, infamado, maldito, enclavado en la cruz por su propia nación, y muerto por haber dispensado la vida. Pero en su cruz quedarán clavados tus enemigos; con Él serán crucificados el castigo que se te ha impuesto, y los pecados de todo el género humano, y ningún daño experimentarán después los que confien plenamente en su satisfacción. Así morirá, pero resucitando en breve. La muerte no tendrá sobre Él poder muy duradero, pues antes de que vuelva a lucir la tercera aurora, le verán los astros de la mañana alzarse de su sepulcro, puro como la naciente luz; y entonces quedará satisfecho el rescate que redime al Hombre de la muerte, y su muerte salvará al Hombre, siempre que no menosprecie una vida así ofrecida, y que contraiga el mérito de la fe acompañada de buenas obras. Este divino acto anula tu sentencia, la muerte que hubieras debido sufrir, envuelto como estabas en el pecado y eliminado para siempre de la vida; este acto quebrantará la cabeza de Satán y rendirá su fuerza, una vez derrotados el pecado y la muerte, sus dos principales armas, cuyo aguijón se clavará más hondamente en su cabeza que la herida que haga la muerte temporal en la planta del vencedor o de sus rescatados; porque esta muerte es como un sueño de que dulcemente se despierta para pasar a la vida de la inmortalidad.

»Después de su resurrección solo se detendrá en la tierra el tiempo preciso para aparecerse alguna vez a sus discípulos, hombres que durante su vida le siguieron siempre; y a ellos les encargará que anuncien a las naciones lo que de Él y de la salvación humana han aprendido, bautizando en agua corriente a los que crean, señal que purgándolos de la mancha del pecado para la pureza de su vida, los preparará también en espíritu, si fuere menester, para una muerte semejante a la del Redentor. Enseñarán por consiguiente a todas las naciones, porque desde aquel día predicarán la salvación no solo a los hijos nacidos del seno de Abraham, sino a los que profesen la fe de Abraham, cualquiera que sea el lugar del mundo donde se hallen; y así en su raza serán bendecidas todas las naciones.

»En seguida ascenderá el Salvador al cielo de los cielos, llevando en pos la victoria, triunfante de sus enemigos y de los tuyos; en su ascensión sorprenderá a la Serpiente, como príncipe que es del aire, y arrastrándola encadenada por todo su imperio, la dejará por último confundida. Entrará luego en su gloria, y recobrará su trono a la derecha de Dios, magníficamente exaltado sobre todas las dignidades del cielo; desde donde, cuando ese mundo esté preparado para su disolución, volverá en toda su gloria y majestad a juzgar a los vivos y a los muertos; juzgará a los muertos apartados de la fe, y recompensará a los fieles, recibiéndolos en su bienaventuranza, así en el cielo como en la tierra, porque toda la tierra será entonces Paraíso, lugar más bienhadado que este Edén, y días aquellos venturosísimos.»

Así habló el arcángel Miguel; suspendió su discurso, como si sobreviniera el gran período del mundo; y nuestro primer padre, lleno de júbilo y admiración, exclamó: «¡Oh bondad infinita, bondad inmensa, que hasta del mal haces nacer todo este bien, trocando en bienes los males, maravilla más grande que la de la creación, al salir la luz de las tinieblas! Cercado me veo ahora de incertidumbres: no sé si arrepentirme del pecado en que he incurrido y a que he dado ocasión, o si más bien regocijarme, porque de él ha resultado mayor bien, gloria más grande a Dios, a los hombres más benévola protección del cielo, y que a la cólera haya sustituido la gracia. Pero dime: si nuestro Libertador torna a los cielos, ¿qué será de ese escaso número de fieles, abandonados en medio de ese rebaño impío, de tantos enemigos de la verdad? ¿Quién guiará a su pueblo, quién le defenderá? ¿No serán sus discípulos víctimas de más sañudo rigor que el que con Él han empleado?»

«Seguro puedes estar, replicó el Ángel, de que así ha de suceder; pero desde el cielo enviará a los suyos un consolador, el prometido de su Padre, su espíritu, que residirá en ellos y grabará en sus corazones la ley de la fe por medio del amor para guiarlos con toda verdad; y les infundirá amor espiritual con que puedan resistir las tentaciones de Satán y despuntar sus envenenados dardos. Nada de lo que pueda intentar el hombre contra ellos los intimidará, ni aún la misma muerte, pues recibirán en sus interiores consuelos la compensación de todas sus crueldades. Su inquebrantable firmeza desarmará a menudo a sus más tenaces perseguidores, porque el Espíritu comunicado primero a los apóstoles que han de predicar a las naciones el Evangelio, y después a cuantos reciban la gracia del bautismo, infundirá en aquellos el portentoso don de hablar todas las lenguas y de renovar todos los milagros que antes de ellos hizo su Maestro; y así en cada nación persuadirán a una inmensa muchedumbre a oír embelesada las nuevas venidas del cielo; y finalmente cumplido su ministerio y terminada gloriosamente su carrera, morirán dejando escritas su historia y su doctrina.

»Pero, según lo habían predicho, en lugar de ellos, sucederán los lobos a los pastores; lobos crueles, que emplearán los sagrados misterios del cielo en saciar su vil ansia de ambición y lucro, y que corromperán con supersticiones y falsas tradiciones la verdad, que solo se conserva en las puras palabras de la Escritura, y solo es comprensible para el espíritu. Entonces procurarán valerse de nombres, dignidades y títulos, y unir el poder secular a estos, aunque fingiendo que únicamente aspiran al espiritual, con lo que se apropiarán el espíritu de Dios, prometido y otorgado por igual a todos los creyentes. A favor de tal ficción impondrán leyes espirituales por medio del poder humano a cada conciencia; leyes que nadie hallará escritas en los libros santos, ni entre las que el Espíritu grabó tan profundamente en los corazones. ¿Qué pretenden, pues, más que violentar el espíritu de la Gracia, y esclavizar a su compañera la libertad? ¿Qué otra cosa que destruir los templos vivos edificados por la fe, por su propia fe, y no por ninguna extraña? Porque ¿quién puede ser infalible en la tierra, obrando contra la fe y contra la conciencia? Muchos se gloriarán de serlo, y de esta variedad nacerá una rigurosa persecución contra los perseverantes adoradores en espíritu y en verdad. El resto, que será el mayor número, creerán cumplir con la religión apelando a demostraciones exteriores y a especiosas formalidades. Hostigada por los dardos de la calumnia, huirá la verdad, y se hallará rara vez la práctica de la fe. De esta suerte el mundo llegará a ser funesto para los buenos, halagüeño para los malos, y se sentirá abrumado bajo su propia pesadumbre, hasta que luzca el día de descanso para el justo, de venganza para el malvado, que será el del advenimiento del Defensor que recientemente se te ha prometido, fruto de una Mujer, vagamente anunciado, y a quien no puedes ya menos de conocer como tu Salvador y tu Soberano. Cercado de brillantes nubes, se revelará, por fin, en el cielo, partícipe de la gloria de su Padre, y vendrá a aniquilar a Satán con todo su perverso mundo; y de esta masa candente, purificada por el fuego, sacará nuevos cielos, una nueva tierra, y creará siglos interminables, fundados en la justicia, en la paz y en el amor, que darán frutos de colmado bien y perpetua felicidad.»

Terminó con estas palabras, y Adán también, añadiendo: «¡Cuán pronto celestial profeta, has recorrido este mundo transitorio y la serie de los tiempos hasta que lleguen a fijarse estables! Más allá todo es un abismo, todo una eternidad, cuyo fin no puede alcanzar la vista. Saldré de aquí perfectamente instruido y en paz con mis pensamientos; llevo cuanto puede contener este pequeño vaso, y mi locura fue aspirar a llenarlo más. Sé para en adelante que lo mejor es obedecer solamente a Dios; amarle y temerle a un tiempo; proceder cual si estuviese siempre delante de Él; no desconfiar jamás de su Providencia; entregarse del todo a Él, que misericordioso en todas sus obras, hace que el bien triunfe del mal, y convierte las cosas más pequeñas, en las más grandes, y anonada con el impulso que se cree más ineficaz los mayores poderes de la tierra, y toda la ciencia mundana con la más humilde sencillez. Sé que el que padece por la verdad adquiere valor bastante para lograr el supremo triunfo, y que para el fiel, la muerte no es más que la puerta de la vida. Esto he aprendido con el ejemplo de Aquel a quien reconozco ya como mi Redentor siempre mi bendito.»

Y el Ángel por última vez repuso: «Pues sabiendo esto has llegado a la cumbre de la sabiduría, y no esperes alcanzarla mayor, aunque conocieses todas las estrellas por su nombre, y todos los poderes etéreos, y los secretos del abismo, y las obras todas de la Naturaleza, y las de Dios en el cielo, en el aire, en la tierra y en los mares; aunque disfrutases de todas las riquezas de este mundo y lo redujeses todo a tu solo imperio. Añade a tu saber acciones que sean dignas de él; añade la fe, la virtud, la paciencia y la templanza; añade el amor, que algún día será llamado caridad, y que es el alma de todo lo demás; y entonces sentirás menos abandonar este Paraíso, porque dentro de ti hallarás otro mucho más venturoso y bello.