El paraíso perdido · John Milton

Part 35

Capítulo 35 de 44 · 14 min de lectura

»Pero bajemos ya de esta altura de contemplación, que ha llegado la hora precisa en que es fuerza partir de aquí, y esos vigilantes que ves, colocados por mí en aquel collado, aguardan para marcharse. Flamígera espada, signo de proscripción, vibra furiosamente delante de ellos: no podemos permanecer más tiempo. Ve: despierta a Eva: también la he tranquilizado a ella con agradables sueños, nuncios consoladores, y predispuesto su ánimo a una sumisa resignación. En ocasión oportuna, tú la harás partícipe de cuanto has oído, y principalmente de lo que le conviene a su fe saber, de la gran redención que su descendencia, la descendencia de la Mujer, traerá a todo el género humano, para que podáis vivir, ya que serán largos vuestros días, unidos en una sola fe, bien que tristes, y no sin causa, al recordar los males pasados, pero contentos, sin embargo, considerando vuestro dichoso fin.»

Dijo, y bajaron ambos de la colina; y apenas se vio al pie de ella, corrió Adán al lecho en que había dejado a Eva durmiendo, y la encontró despierta, y oyó que le recibía con estas palabras, nada melancólicas por cierto:

«Ya sé de dónde vienes y adónde has ido, porque Dios también nos asiste cuando estamos dormidos, y en los sueños se aprende algo, y los que me ha sugerido han sido muy agradables y predíchome grandes bienes, apenas abrumada de pesar y con el corazón tan angustiado, cerré los ojos. Sé tú ahora mi guía; no me detendré un momento: ir contigo, vale tanto como permanecer aquí; quedarme sin ti, sería alejarme contra mi voluntad, porque tú eres para mí cuanto existe bajo el cielo, y contigo estaré en todos los lugares, contigo, a quien mi crimen voluntario expulsa de esta mansión. Al salir de aquí llevo, sin embargo, el consuelo que más puede tranquilizarme: que aunque por mí se ha perdido todo, y aunque no merezco favor tan grande, de mí nacerá la prometida estirpe por quien todo ha de restaurarse.»

[Ilustración: Arrasáronseles en lágrimas los ojos.]

Así habló nuestra madre Eva; Adán la escuchaba complacido, pero nada le respondió, porque a su lado estaba el Arcángel. De la otra colina, donde estaban colocados, con paso majestuoso descendían los querubines; deslizábanse al andar como fúlgidos meteoros, cual la niebla de la tarde, que levantándose del río, pasa rozando la superficie de los pantanos, y avanza presurosa hurtando el suelo a las pisadas del labrador, que regresa a su alquería. Levantada delante de ellos, fulguraba la espada del Señor, despidiendo airados resplandores, como un cometa, y su ardiente fuego y los vapores que exhalaba iban acalorando el templado clima del Paraíso, cual el adusto aire de la Libia. El Ángel entonces, asiendo de las manos a nuestros padres, y apresurando sus lentos pasos, los condujo directamente a la puerta oriental, y desde ella con la misma prontitud hasta el pie de la roca, donde se extendía la llanura inferior, y desapareció.

Volvieron ellos la vista atrás, y descubrieron toda la parte oriental del Paraíso, venturosa morada suya en otro tiempo, que ondulaba al trémulo movimiento de la fulminante espada, y agrupadas a la puerta figuras de terrible aspecto y relumbrantes armas. Como era natural, arrasáronseles en lágrimas los ojos, que se enjugaron pronto. Delante tenían todo un mundo, donde podían elegir el lugar que más les pluguiera para su reposo, y por guía la Providencia; y estrechándose uno a otro la mano, prosiguieron por enmedio del Edén su solitario camino con lentos e inciertos pasos.

JUICIOS CRÍTICOS SOBRE EL PARAÍSO PERDIDO DE MILTON

DE RICHARDSON

Si algún libro ha habido jamás verdaderamente poético, es decir, lleno de poesía, es el PARAÍSO PERDIDO. ¡Qué afluencia de hechos deducidos de una fuente histórica tan escasa! ¡Qué de mundos inventados! ¡Qué naturaleza tan bella nos presenta ante los sentidos! En ningún otro poema se pintan las cosas divinas más sublime ni divinamente; en ninguno se da tan grandiosa idea de la naturaleza, tal como salió de las manos de Dios, con todo su encanto virginal, su gloria y su pureza; y en cuanto a la raza humana, ¿qué Homero hay que la presente más gigantesca, más robusta ni más valiente? ¿Qué pinturas o estatuas de los grandes maestros pueden sugerirnos un concepto tan exacto de su gentileza y superioridad? Todas estas grandezas brillan en aquel poema de la manera más perfecta e interesante. El ánimo del lector se siente predispuesto a gozar, y embargado por el placer, admira, y se embelesa, y cede a cuantas impresiones quiere el poeta producir en él. En este poema se halla la fuente de todo conocimiento, de toda religión y de toda virtud, dado que infunde en el alma una paz inefable, un dulce consuelo y una alegría íntima luego que se penetra uno del verdadero sentido del escritor, y presta dócil atención a sus armoniosos cantos.

Al leer la ILÍADA o la ENEIDA hallamos una colección de bellísimos cuadros, lo mismo que al leer el PARAÍSO PERDIDO; pero para ejecutar los primeros hay, hablando en el lenguaje profesional, muchos Rafaeles, Corregios, Guidos, etc., al paso que las pinturas de Milton son más grandes y sublimes, más divinas e interesantes que las de Homero y Virgilio y cualquier otro poeta, o para decirlo de una vez, muy superiores a las de todos los poetas antiguos y modernos.

DE NEWTON

No hay página del PARAÍSO PERDIDO en que el autor no dé muestras de ser un crítico eminente y un apasionado admirador de la Sagrada Escritura. De esta ha tomado infinitamente más que de Homero, de Virgilio y de todos los demás libros. En la Escritura tiene su fundamento no solo la acción principal, sino todos los episodios. La Escritura, no solo le ha suministrado los más nobles conceptos, sino engrandecido sus pensamientos y sublimado su imaginación; y al propio tiempo ha enriquecido sobremanera su lenguaje, dando a la dicción cierta majestad solemne, y sugiriéndole las más apropiadas y felices expresiones. Aprendan pues los lectores con este ejemplo a leer devotamente las Sagradas Escrituras. Si alguno hay que se atreva a ridiculizarlas o mirarlas con indiferencia, lo menos que puede decirse de él es que dista mucho de comprender el gusto y el genio de Milton; porque el que verdaderamente tenga uno y otro, estamos seguros de que estimará este poema como la más excelente de todas las composiciones modernas, y la Escritura como el mejor de todos los libros antiguos.

DE JOHNSON

Voy ahora a examinar el PARAÍSO PERDIDO, poema que con relación a su objeto bien puede ocupar el lugar más preferente, y con respecto a la ejecución, el segundo entre las producciones del ingenio humano.

Es opinión común a todos los críticos que el autor de un poema épico debe considerarse como el genio más privilegiado, porque requiere un conjunto de facultades de las cuales basta solamente alguna para otras composiciones. La poesía es el arte de unir lo agradable y lo verdadero, excitando a la imaginación como un poderoso auxiliar de la inteligencia. La poesía épica aspira a enseñar las verdades más importantes por medio de preceptos agradables, y para ello refiere los grandes hechos del modo que más interés produzcan. La historia debe suministrar al escritor los datos de la narración, datos que aprovecha y realza con arte superior, que vivifica con dramática energía y que reviste con útiles recuerdos y reflexiones; la moral le prescribe límites exactos, considerando bajo diferentes puntos de vista la virtud y el vicio; de la política y la práctica de la vida aprende a discernir los caracteres y a describir las pasiones, cada una de por sí o combinadas unas con otras; y la fisiología le ayuda a su vez con mil recursos e imágenes. Para levantar con todos estos materiales un edificio poético, se requiere una imaginación capaz de pintar a la naturaleza y de inventar lo que no existe; y nadie puede llamarse poeta si no posee todas las riquezas del lenguaje y distingue todos los primores de la frase o el colorido que resulta de ella, y sabe acordar los diferentes sonidos con las infinitas variedades de la modulación métrica.

Bossu es de opinión que el primer propósito del poeta debe ser hallar una moral que ilustre y realice después por medio de su fábula. Este parece haber sido el único fin de Milton, pues así como en otros poemas la moral es una consecuencia o un mero incidente, solo en Milton es una cosa esencial e intrínseca. Su objeto fue el más útil y el más difícil de todos, justificar los designios de Dios respecto al hombre; mostrar lo razonable de la religión y la necesidad de obedecer los preceptos divinos.

Para cumplir con este objeto era menester una fábula, una narración dispuesta con tal arte, que excitase el más vivo interés y la más grata sorpresa en el ánimo de los demás, y en esta parte de su obra preciso es confesar que Milton ha llegado a donde cualquier otro poeta. En su historia de la caída del hombre ha comprendido los sucesos que precedieron a este acontecimiento y los que sobrevinieron posteriormente; y con tal oportunidad introdujo todo el sistema de la teología, que no hay parte alguna de su obra que no aparezca necesaria en tal concepto. Apenas hay pasaje ni digresión alguna que no contribuya al desarrollo y progreso de la acción principal.

El asunto de un poema épico naturalmente tiene que ser un hecho de grande importancia: pues bien; Milton no trata de la destrucción de una ciudad, del establecimiento de una colonia, ni de la fundación de un imperio; su asunto es la suerte del mundo, las revoluciones del cielo y de la tierra, la rebelión contra el Ser Supremo suscitada por las criaturas más sublimes entre todos los seres creados; la derrota de sus huestes y el castigo de su crimen; la creación de una nueva raza de criaturas racionales; su ventura e inocencia original; la pérdida de su inmortalidad y la restauración de su paz y de su esperanza.

En la realización de los grandes sucesos solo pueden intervenir personas de elevada dignidad. Ante la grandeza desplegada en el poema de Milton, cualquiera otra desaparece; sus más débiles agentes son los seres humanos más dignos y más nobles, los primitivos padres de la humanidad, con cuyas acciones coincide la acción hasta de los mismos elementos, de cuya rectitud o de cuya extraviada voluntad dependen el estado de la naturaleza terrestre y la condición de todos los futuros habitantes del globo.

De los demás agentes del poema, los principales son tales que sería irreverente nombrarlos en ocasión menos importante; poderes de ínfima condición a quienes solo el freno del Omnipotente puede impedir la facultad de crear y de envolver los vastos límites del espacio en ruina y en confusión. Explicar los motivos y acciones de seres tan superiores de manera que la razón humana pueda comprenderlo y la humana imaginación representárselo es la empresa que este eminente poeta se propuso y que llevó a cabo.

En el examen de un poema épico entra por mucho el estudio de los caracteres que en él se emplean, y los que en el Paraíso perdido admiten este examen son los ángeles y el hombre, los ángeles buenos, y más, el hombre en su estado de inocencia y en su pecado.

Respecto a los ángeles, la virtud de Rafael es afable y benigna, condescendiente y francamente comunicativa; la de Miguel es majestuosa y sublime, y como es de suponer, celosa en cuanto corresponde a la dignidad de su propia naturaleza. Abdiel y Gabriel aparecen solo casualmente y obran como lo requiere su respectiva situación; la fidelidad solitaria de Abdiel está pintada afectuosamente.

Los caracteres de los ángeles malos son muy diversos. A Satán, como observa Addison, se atribuyen sentimientos propios del ser más sublime y más perverso. Clarke ha censurado a Milton por las impías blasfemias que a veces pone en boca de Satán; «porque hay pensamientos, dice con mucha razón, que no puede justificar ninguna índole ni carácter, dado que no se atrevería a expresarlos ningún hombre virtuoso, aun cuando se le pasasen por la imaginación.» Hacer hablar a Satán como un rebelde sin usar de expresiones que pudieran ofender la delicadeza del lector, era una de las mayores dificultades con que tenía que luchar Milton, y no puedo menos de añadir que supo salir perfectamente airoso de ella. En las arengas de Satán hay pocas cosas que puedan ofender los oídos del hombre más timorato. El lenguaje de la rebelión no puede ser nunca el mismo que el de la obediencia. La malignidad de Satán se deja llevar siempre de su altanería y obstinación, pero sus expresiones, por lo común, son generales y ofensivas en cuanto nacen de un corazón perverso.

Los demás caudillos de la rebelión celeste están diestramente dados a conocer en los libros 1.º y 2.º, y el feroz carácter de Moloc es siempre consecuente, lo mismo batallando que aconsejando.

Adán y Eva están durante su inocencia dotados de sentimientos que solo las almas puras pueden comprender y expresar; su amor es pura benevolencia y mutua veneración; se procuran el alimento sin ansia alguna y se muestran diligentes sin fatigarse. En sus oraciones al Criador apenas hay más que la efusión del asombro y de la gratitud. Disfrutan y no se les ocurre averiguar más; son inocentes y no abrigan temor alguno.

Pero con el pecado empiezan la desconfianza y las desavenencias, las acusaciones recíprocas y el empeño de disculparse; se miran ya uno a otro con prevención y temen que el Criador vengue la injuria que le han hecho; pero por fin vuelven en sí para implorar su perdón, va labrando en ellos el arrepentimiento y acaban postrándose en ademán de súplica. Adán, sin embargo, aparece siempre superior antes y después de la caída.

Acerca de lo verosímil y maravilloso, dos condiciones del poema épico vulgar que sugieren a los críticos profundas consideraciones, el PARAÍSO PERDIDO no da lugar a muchas. Contiene la historia de un milagro, el de la creación y la redención; ensalza el poder y la misericordia del Ser Supremo, y así lo verosímil resulta maravilloso y lo maravilloso verosímil. Lo esencial en una narración es que sea verdadera, y como en la verdad no hay elección posible, supuesto que es necesaria, está sobre todos los cánones y reglas. En las partes accesorias y eventuales, puede, como en todo lo humano, hacerse algunas excepciones. Mas lo verdaderamente importante se apoya en inmóviles fundamentos.

Ha observado muy oportunamente Addison, que este poema por la naturaleza de su asunto lleva a todos los demás la ventaja de interesar universal y perpetuamente: todo el género humano de todos tiempos ha de tener la misma conexión con Adán y Eva, y cada hombre ha de participar del bien y el mal que se hace extensivo a todos.

En lo tocante a la máquina con que se da a entender la oportuna intervención de un poder sobrenatural, otro asunto inagotable de observaciones críticas, nada hay que hablar aquí porque cuanto sucede es bajo la inmediata y visible dirección del cielo; pero de todas suertes, de tal manera está observada esta regla, que no hay acción ni parte de ella que llegue a realizarse por otros medios.

En punto a episodios hallo únicamente dos, la relación de Rafael sobre la guerra del cielo y el discurso profético de Miguel sobre las vicisitudes que ha de experimentar el mundo. Ambos están estrechamente unidos con la acción principal; el uno era necesario para la instrucción de Adán, y el otro para su consuelo.

Tampoco puede hacerse objeción alguna tocante a complemento o integridad del plan, pues cumple distinta y claramente con lo que Aristóteles exige, el principio, el medio y el fin. Quizá no hay poema de la extensión de este de que pueda suprimirse menos sin que resulte una verdadera mutilación. No hay en él juegos, funerales, ni la prolija descripción de ningún escudo; de las breves digresiones que se hallan al principio de los libros tercero, séptimo y noveno pudiera indudablemente prescindirse; pero ¿quién se atrevería a suprimir tan bellas superfluidades? ¿quién no desearía que el autor de la ILÍADA hubiese deleitado a los siglos venideros con un tanto de conocimiento de sí mismo? Tal vez no habrá pasaje alguno leído tan frecuentemente y con tanta atención como estos trozos que pudieran llamarse extrínsecos; y si el fin de la poesía es deleitar, lo que tanto embelesa a todos no puede tenerse por antipoético.

Las cuestiones de si la acción del poema es estrictamente una, de si el mismo poema merece propiamente llamarse heroico, y de quién por último es el héroe, solo pueden ocurrirse a lectores que deducen el fundamento de su criterio más bien de los libros que de la razón. Verdad es que Milton califica solamente de Poema el PARAÍSO PERDIDO, pero también le llama en otra parte Canto heroico. Indigna la petulancia e inconveniencia de Dryden que niega el heroísmo de Adán porque al fin resulta vencido; pero no hay razón alguna para suponer que el héroe no pueda ser desgraciado, y eso aún con la práctica establecida, desde que muy bien pueden no andar juntos el triunfo y el merecimiento. Catón es el héroe de Lucano; pero la autoridad de Lucano no bastaría a Quintiliano a darle la razón; y sin embargo, aún dada la necesidad del triunfo, puede decirse que el seductor de Adán al cabo se vio humillado, y Adán reintegrado en la gracia de su Hacedor, y por tanto, seguro de recobrar su dignidad humana.

Después del plan y artificio del poema, deben considerarse como partes que lo componen los afectos y la dicción.

Los afectos, como expresión de las acciones o pintura de los caracteres, en su mayor parte guardan siempre la precisión más rigurosa.

Rara vez se tropieza con trozos brillantes que contengan lecciones morales o reglas de prudencia, pues es tan original la forma de este poema, que así como nada humano admite hasta que ocurre la catástrofe, tampoco puede tratarse en él del procedimiento humano. Su fin es elevar el pensamiento sobre los cuidados o entretenimientos terrestres. El elogio de la fortaleza con que Abdiel mantuvo su valerosa y singular virtud contra el menosprecio que de él hacía su enemiga muchedumbre, a todos los tiempos puede acomodarse; y la severidad con que Rafael reprende a Adán cuando quiere enterarse de los movimientos de los planetas y la respuesta que da el mismo Adán, seguramente pueden oponerse a cuantas reglas prácticas han dado hasta ahora todos los poetas.

Los pensamientos que van sucesivamente eslabonándose son tales, que únicamente pueden ocurrirse a una imaginación en el más alto grado de entusiasmo y energía, excitada además por un estudio incesante y un inmenso espíritu de investigación. El ardoroso vigor de Milton puede decirse que sublima su gran saber y que impregna su obra en el espíritu de la ciencia que se sobrepone a todo lo que es terreno y vulgar.

Consideraba la creación en cuanto ella abarca, y así sus descripciones son siempre magníficas y propias de un hombre sabio. Había acostumbrado su imaginación a salvar cuantos obstáculos se le opusiesen, y sus conceptos por lo tanto son siempre grandiosos. Lo sublime es la cualidad característica de su poema. Desciende a veces a la elegancia; su elemento, sin embargo, es la grandeza. Puede a veces revestirse de alguna forma graciosa, pero su natural actitud es la elevación gigantesca. Agrada cuando es menester agradar, aunque su recurso favorito es producir admiración.

Parece saber acomodarse bien a la índole de su genio y conocer las cualidades de que la naturaleza le había pródigamente dotado más que a otro cualquiera; la facultad de abarcar la inmensidad, de realzar la esplendidez, de acrecentar lo terrible, de oscurecer más lo sombrío y aumentar lo que de suyo es pavoroso; y así eligió un asunto sobre el que no era posible extenderse mucho y en que podía darse vuelo a la imaginación sin incurrir en la extravagancia.

Ni los fenómenos de la naturaleza, ni los acaecimientos de la vida satisfacían bastantemente el anhelo con que buscaba cuanto era grande. El pintar las cosas como son en sí requiere una atención minuciosa y es propio de la memoria más bien que de la fantasía. Milton se complacía en explayarse por las vastas regiones de lo posible, porque la realidad era campo sobrado estrecho para su inteligencia. Empleó sus facultades en nuevos descubrimientos dentro de mundos en que solo puede campear la imaginación, embelesándose en hallar nuevos modos de existencia, en atribuir sentimientos y acciones a los seres superiores, en referir las discusiones que se tenían en la asamblea del infierno o en acompañar a los coros celestiales.

Pero no podía permanecer siempre en extraños mundos: tenía a lo mejor que descender a la tierra y hablar de cosas visibles y conocidas; y cuando no podía remontarse a lo maravilloso en alas de su talento, se complacía en dar muestras de su asombrosa fecundidad.