El prisionero de Zenda · Anthony Hope

Chapter 11

Capítulo 11 de 22 · 10 min de lectura

CAZA MAYOR

Asaltábame una tentación terrible. Quería que Miguel, obligado a ello por mí, diese muerte al Rey. Me creía en situación de afrontar la ira y el poder del Duque y de retener a la fuerza la corona, no por ambición, sino porque el Rey de Ruritania era el esposo destinado a la princesa Flavia. ¡Sarto, Tarlein! ¿Qué me importaban? ¿Qué significan los obstáculos, ni cómo examinarlos y medirlos a sangre fría cuando la pasión ciega domina al hombre por completo?

Hermosa mañana aquella en que me dirigí a pie al palacio de la Princesa, llevando en la mano un ramo de preciosas flores. La razón de estado excusaba mi amor; y si bien las atenciones que prodigaba a mi supuesta prima eran nuevos incentivos a la pasión que me impulsaba, me unían también más estrechamente al pueblo de la gran ciudad, que adoraba a la Princesa. Encontré a la condesa Elga cogiendo flores en el jardín y le rogué que ofreciese las mías a su señora. La amada de Tarlein parecía radiante de felicidad, olvidada por el momento del odio que el duque de Estrelsau profesaba al predilecto de su corazón, único obstáculo que hasta entonces había empañado la dicha de ambos amantes.

—Y ese obstáculo—me dijo con picaresca sonrisa,—lo ha suprimido Vuestra Majestad. Llevaré gustosa estas flores a la Princesa. ¿Quiere Vuestra Majestad que le diga lo primero que Su Alteza hará con ellas?

Nos hallábamos en una amplia terraza inmediata al palacio.

—¡Señora!—llamó alegremente la Condesa, y a su vez apareció Flavia en uno de los abiertos balcones del primer piso.

Me descubrí y saludé profundamente. La Princesa tenía puesta una blanca bata y llevaba suelta la hermosa cabellera. Contestó a mi saludo enviándome un beso y dijo:

—Sube con el Rey, Elga. Le ofreceré siquiera una taza de café.

La Condesa me miró de soslayo sonriéndose y me precedió hasta la habitación donde esperaba Flavia. Una vez solos nos saludamos de nuevo como verdaderos amantes y en seguida me presentó dos cartas. Era una de Miguel el Negro, invitándola cortésmente a pasar el día en el castillo de Zenda, como tenía por costumbre hacerlo una vez cada verano, cuando el parque y los jardines del castillo ostentaban toda su belleza. Arrojé al suelo la carta con desprecio, lo que hizo reír a Flavia, que me presentó la segunda misiva.

—Ignoro quién me la envía—dijo.—Léela.

Un momento me bastó para saber quién había trazado aquellas líneas. Era la misma letra de la esquela que me había dado cita en el cenador de Antonieta de Maubán, y decía:

«No tengo motivos para querer a Vuestra Alteza, pero Dios la libre de caer en poder del Duque. No acepte Vuestra Alteza invitación alguna suya. No vaya sola a ninguna parte; una fuerte guardia armada bastará apenas para protegerla. Enseñe esta carta al que reina hoy en Estrelsau.»

—¿Por qué no dice «al Rey?»—preguntó Flavia inclinándose hacia mí hasta que sus cabellos rozaron mi mejilla.—¿Será broma?

—Si tienes en algo tu vida, y aun más que tu vida, amor mío, haz al pie de la letra lo que esa carta te dice. Hoy mismo enviaré fuerza suficiente para proteger este palacio, del cual no saldrás sino custodiada por numerosa guardia.

—¿Es esa una orden que me da el Rey?—preguntó altiva.

—Lo es, Flavia. Orden que obedecerás... si me amas.

—¡Ah!—exclamó, con expresión tal que le di otro beso.

—¿Sabes quién ha escrito eso?—preguntó.

—Creo saberlo. El aviso proviene de persona que es buena amiga mía, y más diré, lo envía una mujer desgraciada. Precisa contestar que estás indispuesta, Flavia, y no puedes ir a Zenda. Presenta tus excusas en la forma más fría y ceremoniosa que sepas.

—¿Es decir que te consideras suficientemente fuerte para desafiar la cólera de Miguel?—me dijo con orgullosa sonrisa.

—Nada hay que yo no esté dispuesto a hacer por tu propia seguridad—fue mi contestación.

Poco después me separé de ella, no sin esfuerzo, y tomé el camino de la casa del general Estrakenz, sin consultar a Sarto. Había tratado algo al anciano General, creía conocerlo y lo estimaba. No así Sarto, pero yo había aprendido ya que éste sólo estaba satisfecho cuando él mismo lo hacía todo, y que a menudo lo impulsaba, más que el deber, un sentimiento de rivalidad. La situación era tan crítica que Sarto y Tarlein no me bastaban para dominarla, pues ambos tenían que acompañarme a Zenda y necesitaba una persona segura que velase por lo que yo amaba más en el mundo y me permitiese dedicarme con ánimo tranquilo a la empresa de libertar al Rey.

El General me recibió con afectuosa lealtad. Le hice confidencias parciales, le encomendé la guardia de la Princesa y mirándole fija y significativamente le ordené que no permitiese a ningún emisario del Duque acercarse a Flavia, como no fuese en su presencia y en la de una docena de nuestros amigos, por lo menos.

—Quizás no se engañe Vuestra Majestad—dijo, moviendo tristemente la encanecida cabeza.—A hombres que valían más que el Duque les he visto hacer peores cosas por amor.

Yo más que nadie podía apreciar el valor de aquellas palabras, y dije:

—Pero hay en todo esto algo más que amor, General. El amor puede satisfacer su corazón. Pero ¿no necesita y procura algo más para saciar la ambición que le devora?

—Ojalá le juzgue mal Vuestra Majestad.

—General, voy a ausentarme de Estrelsau por algunos días. Todas las noches le enviaré a usted un mensajero. Si durante tres días consecutivos no recibe usted noticias mías, publicará un decreto que dejaré en su poder, privando al Duque del Gobierno de Estrelsau y nombrándolo a usted en su lugar. En seguida declarará usted la capital en estado de sitio, y mandará a decir al Duque que exige ser recibido en audiencia por el Rey... ¿Me comprende usted bien?

—Perfectamente, señor.

—Si en el plazo de veinticuatro horas no consigue usted ver al Rey—continué posando mi mano sobre su rodilla,—eso significará que el Rey habrá muerto y que usted deberá proclamar al heredero de la corona. ¿Sabe usted quién es?

—La princesa Flavia.

—Júreme usted por Dios y por su honor que la defenderá y apoyará hasta morir por ella, que matará, si es necesario, al traidor, y que la pondrá en el trono que hoy ocupo.

—¡Lo juro, por Dios y por mi honor! Y ruego a Dios que proteja a Vuestra Majestad, porque creo que la misión que se propone está llena de peligros.

—Lo único que espero es que esa misión no cueste otras vidas más valiosas que la mía—dije levantándome y ofreciéndole mi mano.—General—continué,—quizás llegue un día en que oiga usted revelaciones inesperadas concernientes al hombre que en este momento le dirige la palabra. Cualesquiera que sean ¿qué opina usted de la conducta de ese hombre desde el día en que fue proclamado Rey en Estrelsau?

El anciano, estrechando mi mano, me habló de hombre a hombre.

—He conocido a muchos Elsberg—dijo.—Y ¡suceda lo que quiera, usted se ha portado como buen Rey y como un valiente; y también como el más galante caballero de todos ellos.

—Sea ese mi epitafio—dije,—el día en que otro ocupe el trono de Ruritania.

—¡Lejano esté ese día y no viva yo para verlo!—exclamó Estrakenz, contraídas las facciones.

Ambos nos hallábamos profundamente conmovidos. Me senté para escribir el decreto que debía de entregarle, y dije:

—Apenas puedo escribir; la herida del dedo me impide todavía moverlo.

Era aquella la primera vez que me arriesgaba a escribir, a excepción de mi nombre y a pesar de los esfuerzos que había hecho para imitar la letra del Rey, distaba mucho de la perfección.

—La verdad es, señor—observó el General,—que este carácter de letra se diferencia bastante del que todos conocemos. Circunstancia deplorable en este caso, porque puede despertar sospechas y aun hacer creer que la orden no procede del Rey.

—General—exclamé sonriéndome,—¿de qué sirven los cañones de Estrelsau si con ellos no puede disiparse una mera sospecha?

Tomó el documento en sus manos, sonriéndose a su vez de la ocurrencia mía.

—El coronel Sarto y Federico de Tarlein me acompañarán—continué.

—¿Va Vuestra Majestad a ver al Duque?—preguntó en voz baja.

—Sí; al Duque y a otra persona a quien necesito ver y que se halla en Zenda.

—Quisiera poder ir con Vuestra Majestad—dijo retorciendo el blanco bigote.—Quisiera hacer algo por el Rey y su corona.

—Aquí le dejo a usted algo más precioso que la vida y la corona—le dije;—y lo hago porque en toda Ruritania no hay hombre que más merezca mi confianza.

—Le devolveré a Vuestra Majestad la Princesa sana y salva, y si esto no es posible la haré Reina.

Nos separamos, regresé a palacio y dije a Sarto y Tarlein lo que acababa de hacer. Sarto refunfuñó algo, pero lo esperaba, y en definitiva dio su aprobación a mi plan, animándose a medida que se acercaba la hora de realizarlo. También Tarlein se manifestó dispuesto a todo, aunque por estar enamorado arriesgaba más que Sarto. ¡Cuánto lo envidiaba yo! Para Tarlein el triunfo de mi empresa significaba también el de su amor, su unión con la joven a quien adoraba, en tanto que para mí, era aquel triunfo señal cierta de sufrimientos más crueles que cuantos pudiera proporcionarme el fracaso de mis planes. Así lo comprendió él también, porque tan luego nos vimos algo apartados de Sarto, tomó mi brazo y me dijo:

—Dura prueba es ésta para usted; mas no por ello disminuirá un ápice la confianza que me merecen su rectitud y su hidalguía.

Desvié el rostro para no dejarle ver todo lo que pasaba en mi ánimo; bastaba que presenciase lo que me proponía hacer. Ni aun Tarlein mismo había descubierto toda la verdad, porque no se había atrevido a elevar sus miradas hasta la princesa Flavia y leer en sus ojos, como lo había hecho yo.

Quedó por fin acordado nuestro plan en todos sus detalles, los mismos que se verán más adelante. Se anunció que a la mañana siguiente saldríamos a una cacería, lo dispuse todo para mi ausencia y sólo una cosa me quedaba ya por hacer, la más penosa y difícil. Al anochecer crucé en coche las calles más concurridas y me dirigí a la residencia de Flavia. Fui reconocido y aclamado cordialmente, y a pesar de mis temores y tristezas, me sonreí al notar la frialdad y altivez con que me recibió mi amada. Había oído ya que el Rey se proponía salir de Estrelsau para ir de caza.

—Siento que no podamos divertir a Vuestra Majestad lo suficiente para retenerle en la capital—dijo golpeando ligeramente el suelo con el pie.—Comprendo que yo hubiera podido ofrecer a Vuestra Majestad alguna mayor distracción, pero fui bastante inocente para creer...

—¿Qué?—pregunté inclinándome hacia ella.

—Que aunque sólo fuese por dos o tres días, después de... de lo ocurrido anoche, quizás Vuestra Majestad se sentiría suficientemente complacido para no necesitar otras distracciones. Espero que los jabalíes consigan interesarlo y distraerlo más que yo—agregó.

—Precisamente voy en busca de un jabalí—dije,—y de los más feroces y corpulentos—y luego, sin poderlo remediar, me puse a acariciar sus cabellos, pero ella apartó la cabeza.

—¿Estás irritada conmigo?—pregunté fingiendo sorpresa y deseoso de aumentar un tanto su enojo. Nunca la había visto irritada hasta entonces y la hallaba no menos graciosa bajo aquel nuevo aspecto.

—¿Tengo acaso el derecho de enojarme?—preguntó.—Cierto es que anoche tuviste a bien decir que cada hora pasada lejos de mí era una hora perdida. Pero tratándose de un jabalí enorme ya es cosa muy diferente.

—Tan enorme que quizás sea yo cazado por él.

Flavia nada dijo.

—¿No te conmueve mi propio peligro?

Como continuase muda, acerqué mi rostro al suyo, que procuraba ocultar a mis miradas y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Lloras porque corro peligro?

—Te portas ahora como solías ser antes, pero no como el Rey... como el Rey que yo había aprendido a amar.

Lancé un gemido y la estreché sobre mi corazón.

—¡Amor mío!—exclamé olvidado de todo para no pensar más que en ella;—¿has podido creer que yo iba a dejarte para ir de caza?

—Pero entonces, Rodolfo... ¿vas acaso?...

—Sí, en busca de esa fiera, de Miguel en su guarida.

Flavia estaba densamente pálida.

—Ya ves, pues, querida mía, que no soy el amante ingrato que suponías. Pero no permaneceré ausente mucho tiempo.

—¿Me escribirás, Rodolfo?

Aunque pareciese debilidad por mi parte, no podía decir cosa, alguna que despertase sus sospechas.

—Te enviaré mi corazón todos los días—respondí.

—¿Y no correrás peligro?

—Ninguno que pueda yo evitar.

—¿Cuándo volverás? ¡Oh, qué largos me parecerán ahora los días!

—¿Que cuándo volveré?—repetí.—No lo sé, no puedo saberlo.

—¿Pronto, Rodolfo, pronto?

—Sólo Dios lo sabe. Pero si no volviese, amada mía...

—¡Oh, cállate, Rodolfo! ¡Cállate!—y posó sus labios sobre los míos.

—Si yo no volviese—murmuré,—tendrías que ocupar mi puesto, porque entonces tú serías la única representante de nuestra casa. Tu deber entonces sería reinar, no llorarme.

Irguióse con toda la majestad de una Reina y exclamó:

—¡Sí, lo haría! ¡Ceñiría la corona y representaría mi papel! Pero ¡ah! mi corazón moriría contigo...

Se detuvo, y aproximándose otra vez a mí murmuró dulcemente:

—¡Vuelve pronto, Rodolfo!

Su voz, su acento, me dominaron.

—¡Juro—exclame,—verte una vez más, pero yo mismo, antes de morir!

—¿Tú mismo? ¿Qué quieres decir?—preguntó fijando en mi sus asombrados ojos.

No me atreví a pedirle perdón; le hubiera parecido un insulto. No podía decirle entonces quién era yo. Flavia lloraba y me limité a enjugar sus lágrimas.

—¿Es acaso posible—pregunté,—que hombre alguno no regrese al lado de la mujer más hermosa del mundo?—dije.—¡Un centenar de Migueles no podrían impedírmelo!

Se estrechó aún más contra mí, algo consolada.

—¿No permitirás que Miguel te mate?

—No, amor mío.

—¿Ni que te separe de mí?

—No, amor mío.

—¿Nadie podrá separarte de mí?

Y una vez más contesté:

—No, amor mío.

Y sin embargo, existía un hombre—no Miguel,—que debía de separarme de ella y por cuya vida iba yo a arriesgar la mía. El recuerdo de aquel hombre, la arrogante figura que yo había contemplado por primera vez en el bosque de Zenda, el cuerpo inerte abandonado en el sótano del pabellón de caza, se me aparecía entonces como una doble sombra, interponiéndose, separándome de Flavia, que yacía pálida y casi desvanecida en mis brazos, pero fijando en mí una mirada llena de amor, como no he visto otra en mi vida; una mirada cuyo recuerdo me persigue aún y me perseguirá eternamente, hasta que la tierra cubra mis huesos y (¿quién sabe?) quizás aun más allá de la tumba.