El prisionero de Zenda · Anthony Hope
Chapter 10
Capítulo 10 de 22 · 9 min de lectura
AMORES POR CUENTA AJENA
Era costumbre establecida que el jefe de la policía me enviase todas las tardes un informe sobre la situación en la capital y el estado de la opinión pública; documento que también contenía datos relativos a las personas que la policía tenía orden de vigilar. Desde mi llegada a Estrelsau, Sarto me leía el referido informe, comentando muchas noticias de interés que solía contener. El día siguiente a mi aventura en el cenador, trajeron el parte de policía en ocasión de hallarme jugando una partida de tresillo con Federico de Tarlein.
—Muy interesante viene el informe de esta tarde—dijo Sarto sentándose.
—¿Habla de cierta aventura nocturna?...
El coronel no pudo reprimir una sonrisa y dijo:
—Leo en primer lugar: «Su Alteza el duque de Estrelsau ha salido de la capital (repentinamente, al parecer) acompañado de algunos de sus servidores. Se cree que su destino es el castillo de Zenda, en dirección del cual salió, no por el tren, sino a caballo. Los señores de Gautet, Bersonín y Dechard le siguieron una hora más tarde, llevando el último un brazo en cabestrillo. Se ignora la causa de la herida, pero se sospecha que ha tenido un duelo, en el que figura como causa una mujer.»
—Informes auténticos—observé, alegrándome al saber que el bribón tenía buena memoria mía.
—«La señora de Maubán—siguió leyendo Sarto,—a quien se vigila por orden superior, tomó el tren de mediodía. Pidió billete para Dresde...»
—Antigua costumbre suya—comenté.
—«Pero el tren de Dresde pasa por Zenda.» ¡Si será listo el autor del parte éste! Y por último, oiga usted lo que dice aquí: «El estado de la opinión en la ciudad no es satisfactorio. Se critica mucho al Rey» (ya sabe usted que al jefe de policía le hemos mandado ser muy franco), «porque no activa los preparativos de su matrimonio. Por informes adquiridos entre las personas más allegadas a la princesa Flavia, se sabe que está muy ofendida por la indiferencia de Su Majestad. El pueblo habla ya de boda posible de Su Alteza con el duque de Estrelsau, proyecto que aumenta mucho la popularidad del Duque. He hecho anunciar que el Rey dará esta noche un baile en honor de la Princesa, y la noticia ha producido desde luego el mejor efecto.»
—Y a mí me coge de nuevo—observé.
—¡Oh, los preparativos están todos hechos!—exclamó Tarlein riéndose.—Yo me he encargado de eso.
Sarto se volvió hacia mí para decirme con imperioso acento:
—¡Y sepa usted que esta noche tiene que hacerle la corte a la Princesa!
—A lo cual estoy más que dispuesto, como pueda verme con ella a solas—contesté.—De seguro no cree usted que la tarea pueda parecerme ingrata ni difícil, ¿eh, Sarto?
Tarlein tuvo a bien ponerse a silbar, y luego dijo:
—Tarea es esa que hallará usted más fácil de lo que piensa. Mire usted, Raséndil, me duele decírselo, pero no lo puedo remediar. La condesa Elga me ha confesado que la Princesa está prendada del Rey, y que desde el día de la coronación su afecto por él ha ido en aumento. También es cierto que está muy ofendida por la aparente indiferencia del Rey.
—¡Buena la hemos hecho!—exclamé angustiado.
—¿Y eso qué?—dijo Sarto.—Supongo que más de una vez le habrá usted dicho requiebros a una muchacha bonita. Pues eso es todo lo que ella quiere.
Tarlein, que estaba enamorado, comprendió mejor la penosa situación en que yo me veía, y sin decir palabra puso la mano sobre mi hombro.
—Sin embargo—prosiguió impasible el viejo Sarto,—creo que esta noche debe usted declarársele.
—¡Santo cielo¡—exclamé.
—O poco menos. Y por mi parte mandaré a los periódicos una nota semioficial.
—¡No haré semejante cosa!—dije.—¡Ni usted tampoco! Desde ahora me niego rotundamente a engañar de tal modo a la Princesa.
Sarto clavó en mí sus ojillos penetrantes. Después apareció en sus labios sardónica sonrisa.
—Corriente, joven; como usted quiera. Vaya, limítese usted a tranquilizarla un poco, como pueda. Y ahora hablemos de Miguel.
—¡A quien Dios confunda!—dije.—Ya hablaremos de él otro día. Tarlein, vamos a dar una vuelta por los jardines.
Sarto cedió inmediatamente. Bajo sus bruscas maneras se ocultaba prodigioso tacto y también, como lo fui reconociendo más y más cada día, un profundo conocimiento del corazón humano. ¿Por qué se mostró tan poco exigente conmigo respecto de la Princesa? Porque sabía que la belleza de ésta y mi natural impulso me habían de llevar mucho más allá que todos sus argumentos, y que cuanto menos pensase yo en aquella trama, tanto más probable sería que la llevase adelante. No podía ocultársele la desventura que acarrearía a la Princesa, pero esta consideración nada significaba para él. ¿Puedo decir, con toda sinceridad, que hacía mal? Suponiendo que el Rey volviese al trono, le devolveríamos la Princesa. Pero ¿y si no lográsemos libertarlo? Punto era éste del cual jamás habíamos hablado. Pero yo tenía la idea de que, en tal caso, Sarto se proponía instalarme en el trono de Ruritania y sostenerme en él toda la vida. Al mismo Satanás hubiera él puesto en el trono antes que a Miguel el Negro.
El baile fue suntuoso. Lo inauguré yo con la princesa Flavia y con ella bailé también después, seguidos ambos por las miradas y los comentarios de la brillante concurrencia. Llegó la hora de la cena y en medio de ella me puse en pie, enloquecido por las miradas de mi prima, y quitándome el collar de la Rosa de Oro se lo puse al cuello. Aquel acto fue acogido con unánimes aplausos, y vi que Sarto se sonreía satisfecho, pero no Tarlein, cuya sombría expresión revelaba su disgusto. Pasamos el resto de la cena en silencio; ni Flavia ni yo podíamos hablar. Por fin, a una señal de Tarlein, me levanté, ofrecí mi brazo a la Princesa y recorriendo el salón de uno a otro extremo, la conduje a una habitación contigua, más pequeña, donde nos sirvieron el café. Las damas y caballeros de nuestro séquito se retiraron y quedamos solos.
Los balcones de aquella pieza daban a los jardines del palacio. La noche era hermosísima. Flavia tomó asiento y yo permanecí en pie ante ella. Luchaba conmigo mismo y creo que hubiera triunfado si en aquel momento no me hubiese dirigido ella una mirada breve, repentina, que equivalía a una interrogación; mirada a la que siguió fugaz rubor.
¡Ah, si la hubieseis visto en aquel instante! Me olvidé del Rey prisionero en Zenda y del que reinaba en Estrelsau. Ella era una Princesa, yo un impostor. Pero ¿acaso pensé en ello un solo momento? Lo que hice fue doblar la rodilla ante la bella y tomar su mano entre las mías. Nada dije. ¿Para qué? Me bastaban los suaves rumores de aquella hermosa noche y el perfume de las flores que nos rodeaban, únicos testigos del beso que deposité en sus labios.
Flavia me rechazó dulcemente, exclamando:
—¡Ah! Pero ¿es verdad?...
—¿Si es verdad mi amor?—dije en voz baja, con apasionado acento.—¡Te amo más que a mi vida, más que a la verdad misma, más que a mi honor!
No pareció dar a mis palabras otro valor que el de una de tantas exageraciones del lenguaje de los enamorados.
—¡Oh, si no fueses Rey! ¡Entonces podría demostrarte cuánto te amo! ¿Por qué te quiero tanto ahora, Rodolfo?
—¿Ahora?
—Sí, últimamente. Antes... antes no era así.
El orgullo del triunfo embargó mi ánimo. ¡Era yo, Rodolfo Raséndil, quien la había conquistado!
—¿No me amabas antes?—pregunté rodeándole el talle con mi brazo.
Me miró sonriente y dijo:
—¿Será tu corona? Este nuevo sentimiento se me despertó en mí el día de la coronación.
—¿No antes?—le pregunté ansioso.
Dejóme oír su argentina risa y contestó:
—Hablas como si desearas oírme repetir que no te amaba cuando no eras Rey.
—Pero ¿es eso cierto?
—Sí—murmuró casi imperceptiblemente.—Pero tén cuidado, Rodolfo, sé prudente. Mira que ahora estará furioso.
—¿Quién? ¿Miguel? ¡Oh, si no fuera más que eso!
—¿Qué quieres decir, Rodolfo?
Aquella era la última oportunidad que podía ofrecérseme. Logré dominarme, no sin gran esfuerzo, y retirando mi brazo me aparté dos o tres pasos de ella.
—Si yo no fuera Rey—comencé,—si fuese un simple caballero...
Antes de que pudiera añadir una palabra puso ella su mano sobre la mía, diciendo:
—Aunque fueras un miserable presidiario nunca dejarías de ser mi Rey.
—¡Dios me perdone!—dije para mí. Y estrechando su mano volví a preguntarle:—¿pero si no fuese Rey?
—Basta—murmuró.—No merezco que dudes de mí de esa manera. ¡Ah, Rodolfo! ¿Acaso una mujer que va a casarse sin sentir amor podría mirarte como te miro yo?
Después inclinó el rostro, procurando ocultarlo. Más de un minuto permanecimos unidos, abrazados; pero aun entonces, a pesar de su hermosura y de las circunstancias en que nos hallábamos, apelé a mi honor y a mi conciencia.
—Flavia—dije con voz tan alterada que no parecía la mía,—has de saber que no soy...
Elevábanse sus ojos hacia mí cuando oímos, pesados pasos en el enarenado sendero del jardín y un hombre se detuvo ante el abierto balcón. Flavia lanzó un ligero grito y se apartó de mí rápidamente. La frase que mis labios habían comenzado quedó interrumpida. Sarto, pues era él, se inclinó profundamente, grave y sombrío.
—Perdonad, señor—dijo,—pero Su Eminencia el cardenal espera hace un cuarto de hora, deseoso de ofrecer sus respetos a Vuestra Majestad antes de partir.
—No es mi voluntad hacer esperar a Su Eminencia—repuse.
Pero Flavia, que no se avergonzaba de su amor, radiantes los ojos y ruborizado el rostro, tendió su mano a Sarto. Nada dijo, pero a nadie que haya visto a una mujer en la exaltación producida por el amor, podía ocultársele lo que aquel ademán significaba. Con triste sonrisa se inclinó el veterano y besó la mano que ella le tendía, diciendo con cariñosa y conmovida voz:
—Alegre o triste, feliz o desgraciada, ¡Dios proteja siempre a Vuestra Alteza!
Hizo una pausa y añadió, mirándome y cuadrándose como un soldado:
—Pero ante todo y sobre todo está el Rey. ¡Dios lo proteja!
Y Flavia, besando mi mano, murmuró:
—¡Así sea! ¡Oh, Dios mío, te ruego que así sea!
Volvimos a la sala de baile. Obligado a recibir los saludos de despedida, me vi separado de ella. Cuantos me habían saludado se dirigían en seguida a la Princesa. Sarto iba de grupo en grupo, dejando tras sí miradas de inteligencia, sonrisas y cuchicheos. No dudé que, en cumplimiento de su irrevocable resolución, iba dando a todos la noticia que acababa de adivinar más bien que oír. Preservar la corona para el verdadero Rey y derrotar a Miguel el Negro; ese era todo su afán. Flavia, yo y aun el mismo Rey, no éramos más que otras tantas cartas puestas en juego y nos estaba prohibido tener pasiones. No se limitó a propagar la nueva dentro de los muros del palacio, y así fue que al descender yo la escalera principal dando la mano a Flavia y conducirla a su carruaje, nos esperaba en la calle densa multitud, que prorrumpió en aclamaciones entusiastas. ¿Qué podía hacer yo? De haber hablado entonces se hubieran negado a creer que no era el Rey; a lo sumo hubieran creído que el Rey se había vuelto loco. Los manejos de Sarto y mi propia pasión me habían impulsado; la retirada no era ya posible y la pasión seguía llevándome hacia delante. Aquella noche aparecí ante todo Estrelsau como el verdadero Rey y el prometido de la princesa Flavia.
Por fin, a las tres de la mañana, cuando empezaba a romper el alba, me vi en mis habitaciones sin más compañía que la de Sarto. Contemplaba distraídamente el fuego; mi compañero fumaba su pipa y Tarlein se había retirado a descansar, negándose a dirigirme la palabra. Cerca de mí, sobre la mesa, se veía una rosa de las que Flavia había llevado al pecho aquella noche. Ella misma me la había entregado, después de besarla.
Sarto hizo ademán de tomarla, pero detuve su mano con rápido ademán, diciéndole:
—Es mía, no de usted... ni del Rey.
—Esta noche hemos ganado una victoria a favor del Rey—dijo.
—¿Y quién puede impedirme ganar otra a favor mío?—pregunté iracundo, volviéndome hacia él.
—Sé muy bien lo que está usted pensando—contestó.—Pero su honor se lo prohibe.
—¿Y es usted quien viene a hablarme de honor?
—Vamos, la cosa no es para tanto. Una broma inocente que en nada puede perjudicar a la muchacha...
—No prosiga usted, coronel, a no ser que me tenga usted por un villano desalmado. Si no quiere que su Rey se pudra en su prisión de Zenda mientras Miguel y yo nos disputamos aquí lo que vale más que la corona... ¿Me comprende usted bien?
—Sí, adelante.
—Tenemos que libertar al Rey, o intentarlo cuando menos, y pronto. Si esta comedia, por usted preparada, continúa una semana más, va usted a hallarse con otro problema entre manos, y de los más difíciles. ¿Cree usted poder resolverlo?
—Sí lo creo. Pero si llegara usted a hacer lo que amenaza, tendría que habérselas conmigo y que matarme.
—Con usted y con veinte más. ¿Qué significaría eso para mí? Sin contar con que en un instante puedo levantar a todo Estrelsau contra usted y ahogarlo con sus propias mentiras.
—No lo niego.
—Como podría casarme con la Princesa y mandar y Miguel y su hermano a...
—También es cierto—asintió el viejo soldado.
—¡Pues entonces, en nombre del Cielo—grité extendiendo hacia él los puños,—corramos a Zenda, aplastemos a Miguel y traigamos al Rey a su capital y a su trono!
Sarto se puso en pie y me miró fijamente.
—¿Y la Princesa?—preguntó.
Incliné la cabeza y tomando la rosa la oprimí hasta destrozarla entre mis manos y mis labios. Sentí la diestra de Sarto sobre mi hombro y oí que decía, con turbada voz:
—¡Por Dios vivo! Es usted más Elsberg que todos ellos. Pero yo he comido el pan del Rey y mi deber es servirle. ¡Iremos a Zenda!
Le miré y tomé su mano. Ambos teníamos lágrimas en los ojos.



