El prisionero de Zenda · Anthony Hope
Chapter 9
Capítulo 9 de 22 · 10 min de lectura
UNA NUEVA CATAPULTA
No dudo que la enumeración de los diarios sucesos de mi vida en aquellos días, revestiría gran interés para los que nada saben de lo que ocurre dentro de regios palacios; como no dudo tampoco que la revelación de alguno de los secretos que allí descubrí, tendría gran valor para los estadistas de Europa. Pero lejos de mí una y otra cosa. Por un lado el temor a la monotonía del relato y por otro el riesgo de parecer indiscreto, me aconsejan concretarme al drama que iba desarrollándose calladamente bajo la tranquila apariencia de la política ruritana. Sí diré que mi impostura no fue descubierta. Cometí algunos errores, pasé mis malos ratos, necesité de todo el tacto y toda la afabilidad que me fue posible desplegar para desvanecer los malos efectos de ciertos olvidos y descuidos inexplicables, que a veces me llevaban hasta no recordar ni reconocer a personas que de antiguo me eran, o debían de serme, perfectamente conocidas. Pero salí en bien de todo, y lo atribuyo, como ya lo indiqué antes, a la audacia misma de mi temeraria empresa. Tengo para mí, que en iguales condiciones de parecido físico, me fue más fácil suplantar al Rey que pretender hacerme pasar por otra persona cualquiera.
Un día entró Sarto en la habitación donde me hallaba y arrojándome una carta, dijo:
—Ahí va eso para usted. Letra de mujer si no me engaño. Pero ante todo tengo que darle una noticia.
—¿Qué es ello?
—El Rey está en el castillo de Zenda.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Porque allí está la otra mitad de la cuadrilla de Miguel, de los Seis. Lo tengo bien averiguado: Laugrán, Crastein, el mozo Ruperto Henzar, tres bribones, a fe mía, como no hay otros en toda Ruritania.
—¿Y bien?
—Pues nada, sino que Tarlein quiere que marche usted en seguida contra el castillo, con infantería, caballería y artillería.
—¿Para qué? ¿Para desaguar el foso de la fortaleza hasta dejarlo en seco?
—Probablemente—refunfuñó Sarto.—Y con eso no hallaríamos ni aun el cadáver del Rey.
—¿Pero está usted seguro de que tienen al Rey en el castillo?
—Lo creo muy probable. No sólo están allí los tres belitres citados, sino que el puente levadizo permanece alzado día y noche y a nadie se permite entrar sin permiso especial del joven Henzar o del mismo Miguel. Acabaremos por tener que atar a Tarlein de pies y manos.
—Yo seré quien vaya a Zenda—dije.
—¿Está usted loco?
—Repito que iré, algún día.
—Puede ser, y lo más probable es que se quede usted allí.
—¡Oh, eso está por ver!—repuse con arrogancia.
—Vamos, parece que hoy está Vuestra Majestad de mal humor. ¿Cómo van los amores?
—¡Silencio!—exclamé.
Me contempló por un momento y encendió su pipa. Tenía razón al decir que estaba yo de un humor insufrible, y continué furioso:
—Me siguen por todas partes media docena de espías.
—Ya lo sé; yo se lo tengo mandado—contestó muy tranquilo.
—¿Y a qué viene eso?
—Pues a que Miguel no vería con malos ojos la desaparición de usted. Una vez quitado usted de en medio podría él realizar la jugada que antes le echamos a perder, o por lo menos lo intentaría.
—Yo me basto para defenderme.
—De Gautet, Bersonín y Dechard están en Estrelsau; cualquiera de ellos, joven, lo degollaría a usted con tanto primor y gusto como... como lo haría yo con Miguel el Negro, por ejemplo, pero mucho más traidoramente. ¿Qué dice esa carta?
La abrí y leí en alta voz:
«Si el Rey desea saber nuevas de gran interés para él, le bastará seguir las indicaciones contenidas en esta carta. Al fin de la Avenida Nueva hay una casa en el centro de extenso jardín. La casa tiene un pórtico con la estatua de una ninfa en el centro. El jardín está rodeado de una tapia y en ésta, por la parte de atrás de la casa, hay una puertecilla. Si el Rey entra por ella solo a la media noche de hoy, verá un cenador a veinte varas de la puerta. Suba los seis escalones que a él conducen, entre, y hallará en el cenador a una persona que le impondrá de lo que más vivamente atañe hoy a su vida y a su trono. Estas líneas están trazadas por un amigo fiel. Tiene que acudir solo. Si menosprecia este aviso pondrá en peligro su vida. No enseñe el Rey esta carta a nadie; va en ello la suerte de una mujer que le ama: Miguel el Negro no perdona.»
—No—comentó Sarto;—pero también sabe dictar una carta muy zalamera.
Tuve la misma idea y ya iba a rasgar el anónimo cuando noté unas líneas escritas al dorso:
«Si el Rey duda, consulte al coronel Sarto...»
—¿Eh?—hizo el veterano asombrado.—¿Me toma por tan sandio como a usted?
Indicándole que guardase silencio continué la lectura:
—«Pregúntele qué mujer está más dispuesta que ninguna otra a impedir el matrimonio del Duque con su prima y por consiguiente a impedir también que alcance la corona. Pregúntele si el nombre de esa mujer empieza con A.»
Me puse en pie de un salto y el coronel colocó su pipa sobre la mesa.
—¡Antonieta de Maubán como hay Dios!—exclamé.
—¿Y cómo lo sabe usted?—preguntó Sarto.
Le dije cuanto sabía de aquella dama, y Sarto hizo un ademán de aprobación.
—Lo cierto es—dijo pensativo,—que ha tenido un disgusto serio con el Duque.
—Si quisiera podría sernos útil—observé.
—Pero sigo creyendo que esa carta la ha escrito Miguel.
—Pienso lo mismo, pero quiero saberlo con certeza. Acudiré a la cita, Sarto.
—No; yo iré.
—Hasta la puertecilla del muro, pero no más adelante.
—Iré al cenador.
—¡Que me ahorquen si lo permito!—exclamé levantándome y apoyando la espalda en la repisa de la chimenea.—Sarto—añadí,—tengo confianza en esa mujer e iré.
—Pues yo no tengo fe en ninguna mujer, y no irá usted.
—O acudo a la cita o me vuelvo a Inglaterra—le dije.
Sarto empezaba a aprender hasta dónde podía dictarme a mí y dónde y cuándo tenía que ceder y someterse.
—Estamos tomando las cosas con sobrada calma—continué.—Cada día que dejamos pasar sin rescatar al Rey es un nuevo peligro. La prolongación de esta farsa mía constituye, también, un peligro más. Sarto, ha llegado el momento de jugar el todo por el todo.
—Así sea—suspiró.
A las once y media de aquella noche montamos Sarto y yo nuestros caballos. A Tarlein le volvimos a dejar de guardia, sin revelarle nuestros propósitos. La noche era obscurísima. Yo no llevaba espada, pero sí el revólver, un largo puñal y una linterna sorda. Llegamos a la puertecilla, desmontamos, y Sarto me tendió la mano.
—Esperaré aquí—dijo.—Si oigo un disparo, me...
—Permanezca usted aquí, como la única esperanza de salvación que le queda al Rey. Si yo caigo, importa que no perezca también usted.
—Es verdad, joven. ¡Buena suerte!
Empujé la puerta, que cedió, y me hallé en un jardín abundante en plantas y arbustos. El sendero desviaba algo hacia la derecha y por él tomé, cautelosamente. Tenía oculta la luz de la linterna y mi diestra empuñaba el revólver. No percibía el menor sonido. Pronto distinguí los vagos contornos del cenador, cuyos peldaños subí. La puerta de madera y muy endeble, se abrió en seguida y una mujer que allí esperaba se apoderó vivamente de mi mano.
—Cierre usted la puerta—murmuró.
Obedecí y dirigí hacia ella la luz de la linterna. Llevaba vestido de corte, con ricas joyas, y su hermosura aparecía deslumbradora bajo la viva luz que la inundaba. El cenador no tenía más mueblaje que un par de sillas y una mesita de hierro como las que se ven en algunos cafés.
—No hable usted—me dijo.—No tenemos tiempo para ello. Limítese usted a escucharme, señor Raséndil. Escribí la carta por orden del Duque.
—Lo sospechaba—dije.
—Dentro de veinte minutos estarán aquí tres hombres que se proponen asesinarlo a usted.
—Tres... ¿Los tres aquellos?
—Sí, tiene usted que partir antes de que lleguen. De lo contrario perecerá usted esta noche...
—O perecerán ellos.
—¡Escúcheme usted! Una vez asesinado llevarán su cuerpo a uno de los barrios bajos de la ciudad, donde lo descubrirán. Miguel hará prender en seguida a todos los amigos de usted, Sarto y Tarlein los primeros; proclamará el estado de sitio en la capital y enviará un mensajero a Zenda. Los otros tres asesinarán al Rey en el castillo y el Duque se proclamará a sí mismo o a la Princesa; a sí mismo si llegado el momento se considera suficientemente fuerte para hacerlo. De todos modos, se casará con ella y será Rey de hecho y pronto también de nombre. ¿Comprende usted?
—No es malo el plan. Pero usted, señora, ¿cómo es que?...
—Diga usted, si quiere, que estoy celosa. Pero, ¡Dios eterno! ¿puedo, acaso, verlo casado con ella? Y ahora, retírese usted. Pero recuerde, y esto es lo que principalmente quería decirle, que nunca, ni de día ni de noche, estará usted seguro aquí. Tres personas, tres guardianes le siguen a usted constantemente ¿no es así? Pues a ellos los siguen y espían otros tres. Esas hechuras de Miguel no se hallan nunca a más de quinientos pasos de usted. Si llega un momento en que lo hallen solo está usted perdido. La puerta del jardín está ya cerrada y guardada por ellos. A este lado del cenador, junto a la tapia, hallará una escalera, puesta allí para salvarlo...
—¿Y usted?
—Yo representaré mi papel. Si el Duque descubre lo que estoy haciendo, no volverá usted a verme nunca. De lo contrario, quizás yo... Pero no importa. Parta usted.
—¿Y qué le dirá usted?
—Que usted no acudió a la cita. Que sospechó el lazo.
Tomé su mano y deposité en ella un beso.
—Señora—dije,—ha hecho usted un magno servicio al Rey esta noche. ¿En qué parte del castillo lo tienen?
—Al otro lado del puente levadizo—dijo bajando la voz,—hay una maciza puerta, y tras ella queda... ¿Oye usted? ¿Qué ruido es ese?
Se oían pasos fuera del cenador.
—¡Están ahí! ¡Han anticipado su venida! ¡Dios mío, Dios mío!—exclamó, pálida como un cadáver.
—No podían llegar más a tiempo—dije.
—Oculte usted la luz de la linterna. La puerta tiene una rendija, ahí. ¿Los ve usted?
Apliqué el ojo a la puerta y divisé vagamente tres hombres al pie de la escalinata. Monté el revólver y Antonieta posó su mano sobre la mía.
—Podrá usted matar uno de ellos—murmuró.—¿Y después?
—¡Señor Raséndil!—oímos decir, en inglés y con perfecto acento.
No contesté.
—Deseamos hablarle. ¿Promete usted no hacer fuego hasta habernos oído?
—¿Tengo el gusto de hablar con el señor Dechard?—pregunté.
—No importa el nombre.
—Pues entonces prescindan ustedes del mío.
—Corriente. Tengo que hacerle a usted una proposición.
Yo seguía mirando por la hendidura y vi que mis enemigos habían subido dos escalones y que tres revólvers apuntaban a la puerta.
—¿Nos deja usted entrar? Damos nuestra palabra de honor de observar la tregua convenida.
—No confíe usted en ellos—murmuró Antonieta.
—Podemos hablar perfectamente sin abrir la puerta—dije.
—Pero también puede usted abrirla cuando le parezca y disparar—repuso Dechard,—y aunque lo mataríamos, siempre moriría también uno de nosotros. ¿Da usted su palabra de no hacer fuego mientras hablemos?
—Desconfíe usted—repitió Antonieta.
Me ocurrió una idea, que juzgué practicable.
—Prometo no disparar antes que ustedes—dije.—Pero no los dejaré entrar. Quédense donde están y hablen.
—Aceptado—dijo Dechard.
Los tres acabaron de subir la escalinata y se detuvieron al otro lado de la puerta. No pude oír lo que se decían, pero vi que Dechard hablaba al oído del más alto de sus compañeros. De Gautet, según creo.
—Secreto tenemos—pensé.
Y añadí en voz alta:
—Veamos, señores, cuáles son esas proposiciones.
—Un salvo-conducto hasta la frontera y doscientos cincuenta mil pesos.
—No, no—murmuró Antonieta casi imperceptiblemente.—Todo es una traición.
—Generosa oferta—dije sin perderles de vista un momento.
Los tres se hallaban juntos y pegados a la puerta. Conocía bien a aquellos bandidos y no necesitaba las advertencias de Antonieta. Lo que proyectaban era precipitarse sobre mí repentinamente durante mi conversación con ellos.
—Déjenme ustedes meditar su promesa unos instantes—añadí, pareciéndome oír burlona risa al otro lado de la puerta.
—Póngase usted ahí, contra la pared, fuera del alcance de los revólvers—murmuré dirigiéndome a Antonieta.
—¿Qué va usted a hacer?—preguntó alarmada.
—Ya lo verá usted.
Así la mesita de hierro por las patas y la levanté poniéndola ante mí a manera de escudo que me protegía por completo cabeza y pecho. Aunque pesada, no lo era mucho para un hombre de mis fuerzas. Antes había colgado del cinto la linterna y puesto el revólver en un bolsillo, bien al alcance de la mano. De repente vi que la puerta se abría algunas líneas, como movida por el viento, o impulsada quizás por una mano para probar si cedía. Retrocedí, apartándome de la puerta cuanto pude y guareciéndome tras la mesa de hierro en la posición que dejo descrita.
—Acepto su oferta, señores—grité,—confiando en su palabra de caballeros. Si se toman el trabajo de abrir la puerta...
—¡Ábrala usted!—exclamó Dechard.
—¡Se abre hacia fuera!
—¡Qué diantres, Bersonín—gritó impaciente Dechard.—¿Tienes miedo a un hombre solo?
Me sonreí al oírle y en el mismo instante se abrió la puerta violentamente. La luz de una linterna me mostró a los tres rufianes agrupados en el umbral y apuntando con sus revólvers. Lancé un grito y me precipité sobre ellos a la carrera. Sonó una triple detonación y tres proyectiles se estrellaron contra mi improvisado escudo. La mesa cogió de lleno al grupo y hombres y mesa rodamos juntos escalera abajo, entre gritos y juramentos. Antonieta de Maubán lanzó un agudo chillido, al que yo, levantándome de un salto, contesté con una carcajada.
De Gautet y Bersonín yacían en tierra como aturdidos. A Dechard le cayó la mesa encima, pero al incorporarme yo, la echó a un lado y volvió a hacerme fuego. Levanté mi revólver y disparé casi sin apuntar. Oí una blasfemia y apreté a correr como un gamo, sin dejar de reírme. Alguien corría también detrás de mí, y tendiendo el brazo en su dirección solté otro balazo al azar. Los pasos cesaron.
—¡Con tal que halle la escalera!—pensé, porque la tapia era alta y estaba erizada de púas.
Sí, allí estaba y subí por ella en un abrir y cerrar de ojos. Me incliné sobre el muro y vi los caballos. Cerca de ellos oí un tiro. Era Sarto, que habiendo oído los disparos en el jardín se desesperaba por abrir la puertecilla y al fin la emprendía a tiros con la cerradura. Había olvidado por completo que le estaba prohibido tomar parte en la lucha. Al ver aquello volví a reírme, salté al suelo y poniéndole la mano en el hombro le dije:
—A casa y a la cama, viejo mío. Tengo que contarle a usted la historia más graciosa que ha oído en su vida.
Se volvió, absorto, y exclamó, estrechando mi mano:
—¡Salvado! ¡Salvado!
Pero en seguida refunfuñó como acostumbraba.
—¿De qué demonios se ríe usted?
—De cuatro convidados, al figurármelos en torno de cierta mesa...
Y volví a soltar la carcajada, pensando en la ridícula derrota del formidable y malparado trío.
Y como habrá observado el lector, cumplí mi palabra y no disparé hasta que mis enemigos rompieron el fuego.



