Silas Marner · George Eliot

Chapter 10

Capítulo 10 de 21 · 25 min de lectura

El juez Malam era considerado, naturalmente, en Tarley y en Raveloe, como un personaje de vasta inteligencia, visto que era capaz de sacar sin pruebas conclusiones mucho más profundas que las que se podían esperar de sus vecinos que no eran magistrados.

No era posible que semejante hombre descuidara el indicio de la caja de yesca.

Así, pues, se dio comienzo a una pesquisa que tenía por objeto un buhonero: nombre desconocido, cabellos negros y crespos, color moreno de un extranjero, mercader de cuchillería y bisutería que llevaba en un cajoncito, y grandes aros en las orejas.

Pero, ya sea que las diligencias de las pesquisas se hicieron con demasiada lentitud, ya sea que aquella filiación conviniera a tan grande número de buhoneros que no fuera posible hacer una elección entre ellos, lo cierto es que transcurrieron las semanas y no se obtuvo más resultado concerniente al robo, que el cese gradual de la agitación que había causado en Raveloe.

La ausencia de Dunstan Cass fue apenas objeto de una observación: ya antes, a causa de un disgusto con su padre, se había marchado, quién sabe a dónde. Al cabo de seis semanas había vuelto a su antiguos cuarteles sin encontrar oposición, y tan fanfarrón como antes. Su propia familia, que esperaba aquel desenlace con la única diferencia que esta vez el squire estaba resuelto a prohibirle la vuelta a los mencionados cuarteles, no aludía nunca a su ausencia, y, cuando su tío Kimble y el señor Osgood la notaron, el hecho de que había matado a Relámpago y cometido ofensa contra su padre, bastó para impedir que causara sorpresa.

Relacionar el hecho de la desaparición de Dunsey con el robo ocurrido el mismo día era cosa que estaba muy lejos del curso ordinario de los pensamientos de todos, aún de los de Godfrey, que tenía mejores razones que nadie para saber de qué cosas era capaz su hermano. No recordaba que Dunsey y él hubieran hablado nunca del tejedor desde hacía doce años, época de su infancia, en que se divertían burlándose de él.

Además, su imaginación encontraba siempre una coartada para Dunstan; se lo imaginaba siempre en algún escondrijo en armonía con los gustos que le conocía, y hacia el cual debía haberse dirigido después de haber abandonado a Relámpago. Lo veía viviendo a expensas de las relaciones fortuitas y pensando en volver a la casa para divertirse en mortificar a su hermano mayor como antes.

Aun cuando una persona de Raveloe hubiera sido capaz de relacionar los dos hechos antedichos, dudo que una combinación tan injuriosa para la honorabilidad hereditaria que tenía un monumento mural en la iglesia y copas de plata tan venerables, no hubiera permanecido secreta a causa de su tendencia malsana. Pero los puddings de Navidad, la carne de cerdo cocida y especiada y la abundancia de licores espirituosos precipitan la originalidad del espíritu en el camino de la pesadilla y son grandes preservativos contra la peligrosa espontaneidad del espíritu.

Cuando se habló del robo en la taberna del Arco Iris y fuera de allí, en la buena sociedad la balanza siguió oscilando entre la explicación racional basada en la caja de yesca y en la teoría de un misterio impenetrable que ponía las pesquisas en ridículo. Los partidarios de la creencia en la caja de yesca y de un buhonero consideraban a sus adversarios como una colección de gentes crédulas de cerebro desequilibrado que teniendo la vista perturbada, se imaginaban que todos veían como ellos; y los que estaban por lo inexplicable, se limitaban a dar a entender que sus antagonistas eran unos volátiles dispuestos a cantar antes de encontrar grano; verdaderas espumaderas en cuanto a capacidad y cuya clarividencia consistía en suponer que no había nada tras de la puerta de una granja porque no podían ver a través de ellas. Por lo tanto, bien que esta controversia no sirviera para poner en claro el robo, descubrían ciertas opiniones verdaderas o importantes, pero que no tenían nada que ver con el asunto.

Entretanto, mientras que la pérdida que así había sufrido servía para activar la débil corriente de la conversación de Raveloe, al pobre Silas lo consumía la desesperación que le causaba aquella privación de que sus vecinos hablaban a sus anchas. Cualquiera que lo hubiese observado antes de la desaparición del oro, hubiera podido figurarse que un ser tan desgastado y marchito tendría apenas la fuerza de soportar alguna magulladura o que no sería capaz de sufrir algún debilitamiento sin sucumbir en seguida.

En realidad, su vida había sido una vida ardiente, ocupada por un fin inmediato que lo separaba de la inmensidad desconocida y triste; su vida había sido tenaz y, bien que el objeto alrededor del cual las fibras de su vida se habían entrelazado, fuese una cosa aislada e inerte, ese objeto daba satisfacción a la necesidad de Marner de tener una afección cualquiera. Pero ahora la separación protectora estaba destruida, suprimido el sostén. Los pensamientos de Silas no podían seguir girando en el antiguo círculo. Se encontraba desorientado por un vacío parecido al que la hormiga laboriosa encuentra cuando se ha desmoronado la tierra en el sendero que conduce a su nido. El telar estaba allí, y el tejido y el dibujo creciente de la tela; pero el brillante tesoro del escondite ya no estaba bajo sus pies; la perspectiva de palparlo y de contarlo no existía ya; la noche no tenía ya sus visiones de delicias para calmar los deseos ardientes de aquella pobre alma. La idea del dinero que ganaría con el trabajo del momento no le proporcionaba ninguna satisfacción, porque aquella imagen mezquina no hacía más que recordarle de nuevo su infortunio; y esas esperanzas habían sido aplastadas con demasiada violencia por el brusco golpe para que su imaginación se detuviera en la idea de ver acumularse su nuevo tesoro con aquel pequeño comienzo.

Aquel vacío estaba colmado por su dolor. Mientras estaba ocupado en tejer, gemía con frecuencia, muy quedo, como un alma en pena: era seña de que su pensamiento había vuelto al abismo abrupto, a las horas inertes de la noche. Y durante esas horas, sentado junto a la soledad de su triste fuego, apoyaba los codos en las rodillas, se apretaba la cabeza entre las manos, y gemía aún más despacio, como si tratara de no ser oído.

Sin embargo, no estaba tan completamente abandonado en su desgracia. La aversión que había inspirado siempre a los vecinos se había disipado en parte, gracias al huevo aspecto en que su infortunio lo había presentado. En lugar de un hombre dotado con más habilidades de las que las gentes honestas pueden poseer, y, lo que es más grave, nada dispuesto a usarlas como buen vecino, ahora era evidente que Silas no tenía siquiera bastante habilidad para conservar lo que le pertenecía. Se hablaba generalmente de él como de una pobre criatura bien quebrantada, y ese alejamiento para con su prójimo, que se había atribuido en un principio a su mala voluntad y a la peor de las relaciones, era actualmente considerado como una simple locura.

Esa vuelta a mejores sentimientos se manifestaba de distintas maneras.

El aire estaba impregnado con el olor de la cocina de Navidad, y era la estación en que las sobras del cerdo y de la morcilla sugieren la caridad a las familias acomodadas. Las desgracias que le habían sucedido a Silas lo colocaban en primera fila en los espíritus de las dueñas de casas tales como la señora Osgood. También el señor Crackenthorp, al mismo tiempo que advertía a Silas que probablemente su dinero le había sido quitado porque pensaba demasiado en él y no iba nunca a la iglesia, reforzaba su doctrina regalándole unos pies de cerdo; medio excelente de disipar los prejuicios mal fundados que existen sobre la reputación del clero. Los vecinos que sólo podían dar consuelos, se mostraban inclinados no sólo a saludar a Silas y discutir con bastante detención su infortunio cuando lo encontraban en la aldea, sino que iban también a verlo en su choza y le hacían repetir todos los detalles del robo en el sitio en que había sido cometido. Después trataban de alentarlo, diciéndolo: «Qué tal, maese Marner, no sois más desgraciado que los otros pobres, al fin y al cabo; y si llegarais a quedar imposibilitado, la parroquia os daría socorro».

Supongo que una de las razones porque somos incapaces de consolar al prójimo con palabras, es que nuestras intenciones se corrompen a pesar nuestro antes de pasar por nuestros labios. Podemos mandar morcillas y patas de cerdo sin darles el sabor de nuestro egoísmo; pero el lenguaje es una corriente que casi siempre tiene el gusto del cauce impuro por que corre. Había una porción razonable de bondad en el corazón de las gentes de Raveloe, pero ejercían esa bondad con la franqueza torpe de la embriaguez, empleando las formas en que menos se revelan la amabilidad y el disimulo.

El señor Macey, por ejemplo, fue una noche expresamente para decirle a Silas que los acontecimientos recientes le habían dado la ventaja de que se lo considerara con más fervor un hombre cuya opinión no se había formado a la ligera. Con este fin, así que hubo unido sus pulgares, comenzó la conversación diciendo:

—¡Vamos! Maese Marner, vamos, no tenéis para qué permanecer ahí sentado y gimiendo. Es mejor para vos que hayáis perdido vuestro dinero que el que lo hubieseis conservado valiéndoos de viles medios. Yo pensé en un principio, cuando vinisteis acá, que no erais mejor de lo preciso. Erais mucho más joven de lo que sois ahora; pero siempre habéis sido una criatura pálida y azorada, pareciéndoos en cierto modo a un ternero de cabeza blanca, si me es lícito expresarme así. Sin embargo, uno puede equivocarse. No es solamente el demonio el que ha hecho todos los seres de aspecto raro. Quiero referirme a los sapos y otras alimañas parecidas, porque con frecuencia son inofensivas; y hasta son útiles para destruir los insectos. Algo parecido acontece con vos, al menos por lo que puedo apreciar, bien que lo que concierne a vuestro conocimiento de la plantas y las drogas apropiadas para restablecer la respiración, si las habéis traído de un país apartado, hubierais podido mostraros un poco más generoso. Y si esos conocimientos habían sido adquiridos donde no se debía hacerlo, nada os impedía que compensarais esto yendo a la iglesia regularmente. En efecto, los niños que la bruja de Tarley hechizaba, los vi bautizar más de una vez y recibir el agua bendita tan bien como los demás. Y así tiene que ser, considerando que si el demonio desea hacer un poco de bien para poder descansar, si me es lícito expresarme así, ¿quién tiene que poner reparos a esto? Tal es mi opinión. Hace cuarenta años que soy chantre de esta parroquia, y yo sé que cuando el pastor y yo denunciamos la cólera celeste el miércoles de ceniza, no se pronuncia ningún anatema contra aquellos que desean ser curados sin médico, diga lo que quiera el doctor Kimble. Por consiguiente, maese Marner, como os lo decía hace un momento, las cosas tienen tantas vueltas, que os ocurren, como acaba de sucederme, que sois arrastrado hasta el último capítulo del libro de oraciones antes de volver al asunto; mi opinión es que no debéis desalentaros. En cuanto a imaginarse que sois un personaje maligno y que hay más ciencia en vuestra cabeza de la que podríais revelar, no soy absolutamente de ese parecer, y eso es lo que les repito a los vecinos. Vosotros pretendéis—les digo—que maese Marner habría forjado un cuento; pues bien, eso es absurdo, en verdad. Se requeriría realmente un hombre inteligente para inventar una historia como ésa; y, además, la noche que vino a la taberna parecía más asustado que una liebre.

Durante este discurso sin dilación, Silas había permanecido inmóvil en su primera actitud, apoyando los codos en las rodillas y oprimiéndose la cabeza entre las manos. El señor Macey se detuvo, no dudando que había sido escuchado. Esperaba alguna apreciación como respuesta; pero Marner permaneció silencioso. Tenía la impresión de que el anciano quería serle agradable, y tenía a su respecto intenciones de buen vecino; desgraciadamente aquella bondad caía sobre Silas como los rayos del sol sobre el hombre miserable; sintiendo que estaba muy lejos de él, no tenía ánimo para gozarla.

—Vamos, maese Marner, ¿no tenéis qué responder, a esto?—dijo al fin el señor Macey con un tono lentamente impasible.

—¡Ah!—respondió Marner con lentitud, sacudiendo la cabeza entre las manos—, os doy las gracias, os doy las gracias con todo corazón.

—Sí, sí, ciertamente, estaba seguro de que me daríais las gracias—dijo el señor Macey—, y soy de opinión que... A propósito, ¿tenéis ropa que vestir los domingos?

—No—dijo Marner.

—Eso pensaba—dijo el señor Macey—. Ahora dejadme aconsejaros que os proporcione un traje. Tookey es un hombre diablo, pero se ha hecho cargo de mi sastrería, y lo he habilitado con algún dinero. Os hará un traje completo, barato y fiado. Entonces podréis venir a la iglesia y ser algo sociable con vuestros vecinos. ¡Cómo! ¿ No me habéis oído decir amén desde vuestra llegada a este pueblo? Os recomiendo que no perdáis tiempo, porque será algo deplorable cuando Tookey me reemplace por completo. Puede muy bien que pasado otro invierno no tenga más fuerzas para estar de pie junto al órgano.

Dicho esto, el señor Macey hizo una pausa, esperando quizás algún signo de emoción por parte de su interlocutor. Viendo que Marner no decía nada, prosiguió:

—Y en cuanto al dinero para el traje completo, debéis ganar con vuestro telar una libra esterlina por semana, maese Marner, y todavía sois joven, me parece, aunque parezcáis muy agobiado. Pero no debíais, tener veinticinco años cuando vinisteis a estableceros aquí, ¿verdad?

Silas se estremeció ligeramente cuando el señor Macey tomó aquel tono de interrogación, y respondió con suavidad:

—No lo sé, no lo podría decir con exactitud; ¡hace de eso tanto tiempo!

Después de recibir semejante respuesta, no es de extrañar que el señor Macey hiciera notar más tarde, en la velada del Arco Iris, que Marner tenía la cabeza perdida, y que no sabía probablemente cuándo era domingo, lo que demostraba que era más pagano que muchos perros.

Además del señor Macey, otra persona que consolaba a Silas fue a verlo con el corazón lleno de los mismos pensamientos. Era la señora Winthrop, la mujer del carretero.

Los habitantes de Raveloe no iban a los oficios con regularidad escrupulosa. Quizá hubiera sido difícil encontrar a alguien en la parroquia que no pensara que los fieles que frecuentaban la iglesia todos los domingos del calendario, manifestaban un deseo ávido de estar bien con el Cielo, y de obtener indebidamente una ventaja sobre sus vecinos, un deseo de ser mejores que el común de los mortales, implicando éste una cierta censura para las gentes que, habiendo tenido como ellos padrinos y madrinas, poseían derecho igual al servicio fúnebre. Al mismo tiempo era cosa entendida que todos, excepto los sirvientes y los jóvenes, debían recibir el sacramento de la eucaristía en una de las grandes fiestas. El propio squire Cass comulgaba en Navidad; mientras que los que eran considerados buenos cristianos, iban a la iglesia más a menudo, pero con moderación, sin embargo.

La señora Winthrop se contaba entre estas últimas. Era de todo punto una mujer concienzuda y escrupulosa. Ponía tal ardor en cumplir sus deberes, que la vida parecía no presentárselos con tanta frecuencia, cuando no se levantaba a las cuatro y media de la mañana. Eso disminuía, es cierto, las tareas de las horas que seguían, y este inconveniente representaba para ella un problema que constantemente trataba de resolver.

Sin embargo, no tenía el carácter atrabiliario que se supone va necesariamente asociado con tales costumbres. Era una mujer muy suave y bondadosa que buscaba por temperamento todos los elementos más tristes y más serios de la vida para nutrir su espíritu, era la persona en quien se pensaba en Raveloe cada vez que había un enfermo o un muerto en una familia, cuando había que aplicar sanguijuelas y que no se podía conseguir una enfermera.

Mujer servicial, de buen semblante, cutis fresco, tenía los labios siempre ligeramente apretados como si creyera estar en el cuarto de un enfermo en presencia del médico o del pastor. Pero no lloriqueaba nunca; nadie la había visto nunca derramar lágrimas. No se observaba en ella más que una gravedad y una disposición a menear la cabeza y a suspirar de un modo casi imperceptible, como una plañidera que no es parienta del difunto. Parecía sorprendente que Ben Winthrop, que gustaba del jarro de cerveza y de decir chistes, viviera tan de acuerdo con Dolly; pero es que ella aceptaba las ocurrencias y la jovialidad de su marido con tanta paciencia como las demás cosas. Se decía que los hombres son siempre así, hágase lo que se haga, y ante sus ojos las personas del sexo fuerte eran criaturas que al cielo le había placido hacerlas naturalmente fastidiosas, como los gansos y los pavos.

Aquella mujer buena y caritativa no podía dejar de sentirse fuertemente atraída por Silas Marner, ahora que lo veía bajo un aspecto de una persona que sufre. Un domingo por la tarde tomó a su pequeño Aarón consigo y se dirigió a casa de Silas. Llevaba en la mano algunos bizcochos, hechos de pasta liviana y que eran muy estimados en Raveloe. Aarón, un niño de siete años, cuyas mejillas semejaban manzanas y cuyo cuello limpio y almidonado parecía ser el plato que contenía aquellas frutas, tuvo que recurrir a toda audacia de su curiosidad para vencer el temor de que el tejedor de ojos saltones no le fuera a dar algún daño físico. Su aprensión creció mucho cuando, al llegar a las canteras, él y su madre oyeron el ruido misterioso del telar.

—¡Ah! ¡Era como yo lo pensaba!—dijo tristemente la señora de Winthrop.

Tuvieron que golpear con fuerza antes de que Silas los oyera; sin embargo, cuando se asomó a la puerta no demostró ninguna impaciencia como hubiera hecho antes al recibir una visita que no era ni esperada ni solicitada. Antes su corazón era como un cofrecillo cerrado con llave y que contenía un tesoro; pero ahora el cofrecillo estaba vacío, y la cerradura rota. Abandonado en las tinieblas y buscando en ellas sus caminos a tientas, falto por completo de su apoyo, Silas tenía inevitablemente el sentimiento—sentimiento triste, en verdad, y que casi rayaba en la desesperación—de que si algún socorro le llegaba no podía ser sino de afuera. Así es que sentía una ligera emoción de esperanza a la vista de sus semejantes. Tenía una vaga idea de que debía contar con la benevolencia de ellos.

Abrió la puerta enteramente para dejar pasar a Dolly; sin embargo, no le devolvió su saludo más que haciendo adelantar la silla algunas pulgadas para indicarle que podía sentarse. Así que Dolly se sentó, quitó la servilleta que cubría los bizcochos y dijo con la mayor gravedad:

—Maese Marner, ayer hice cocer en el horno estos bizcochos, y están mejores que de costumbre. Venía a pediros que aceptéis algunos si lo tenéis a bien. A mí no me agradan estas cosas, porque lo que prefiero de un extremo del año al otro es un pedazo de pan; pero los hombres tienen un estómago tan caprichoso que necesitan cambiar; sí, necesitan, lo sé; que Dios los ayude.

Dolly suspiró suavemente ofreciéndole los bizcochos a Silas. Este le dio las gracias con bondad y miró el presente muy cerca, distraídamente, porque estaba acostumbrado a examinar así todo lo que tomaba en las manos. Entretanto, los ojos redondos, brillantes y sorprendidos del pequeño Aarón estaban fijos en él; el niño se había parapetado tras de la silla de su madre y desde allí lanzaba sus miradas furtivas.

—Tienen encima impresas unas letras—dijo Dolly—. Yo no sé leerlas y nadie, ni aun el señor Macey sabe exactamente lo que quieren decir; pero tienen un buen significado, puesto que son las mismas que se ven en el tapiz del púlpito, en la iglesia. ¿Qué letras son, Aarón, hijo mío?

Aarón se escondió completamente detrás de su trinchera.

—¡Oh, vamos, no seas malo!—le dijo su madre con suavidad—. Bueno, sean cuáles fueran esas letras, tienen un buen significado. Ben dice que es una marca que se ha usado siempre en su familia desde cuando era niño. Su madre tenía la costumbre de ponerla en los bizcochos, y yo también siempre la he puesto; porque si hay algún bien en ello nos hace falta en el mundo.

—Es I.H.S. (In hoc salus)—dijo Silas.

Ante aquella prueba de saber, Aarón lanzó una nueva mirada furtiva por detrás de la silla.

—Sí, la verdad es que las habéis podido leer fácilmente—dijo Dolly—. Ben me la ha leído muchas veces, pero se me van de la cabeza. Es tanto más sensible cuanto que son buenas letras; de otro modo no estarían en la iglesia. Por eso las pongo en todos los panes y en todos los bizcochos, bien que a veces se borran porque la masa crece, porque, como decía, si podemos conseguir algún bien lo necesitamos en este mundo, os lo aseguro. Espero que os lo proporcionarán, maese Marner. Es con esa intención que os he traído los bizcochos, y ya veis que las letras han salido mejor que de costumbre.

Silas era tan incapaz de interpretar las letras como Dolly; sin embargo, no era posible, al oír las dulces palabras de la señora Winthrop, equivocarse sobre el deseo que tenía de hacer un bien. Respondió, pues, con más sentimiento que antes:

—Gracias, gracias de todo corazón.

Sin embargo, puso a un lado los bizcochos y se sentó distraídamente triste e inconsciente del bien que pudieran hacerle los bizcochos, las letras y hasta la bondad de Dolly.

—¡Ah! Si hay un bien en algo, lo necesitamos—repitió Dolly, que no abandonaba fácilmente una frase útil.

Y continuó hablando mientras miraba a Silas con compasión:

—¿Pero no oísteis las campanas de la iglesia esta mañana, maese Marner? ¿Conque ignorabais que hoy es domingo? Viviendo aquí tan solitario os olvidáis del día que es, me parece; además, con el ruido del telar, no oís las campanas, que, por otra parte, ahora sofoca el aire frío y húmedo que reina.

—Sí, sí, las he oído—respondió Silas, para quien el sonido de las campanas era un simple incidente que no tenía ninguna relación con la santidad del día. No había campanas en el Patio de la Linterna.

—¡Dios mío!—dijo Dolly, deteniéndose antes de seguir hablando—. Es lástima que trabajéis el domingo y que no cuidéis vuestro traje, aunque no vayáis a la iglesia. Si tuvieseis un asado al fuego se comprendería que no pudierais salir, viviendo solo. Pero el horno está ahí cerca. No tendríais más que resolveros a gastar de cuando en cuando una moneda de cuatro peniques para que os asaran la carne, no todas las semanas, por supuesto; a mí mismo no me agradaría eso. Podríais vos mismo llevar vuestra pequeña cena a cocer, porque es razonable tener algún trozo de algo caliente el domingo. Deberíais de tratar que la comida de ese día no fuera igual a la del sábado. Pero ahora se acerca la Navidad, el santo día de Navidad, y si llevarais a asar vuestra cena y si fuéseis a la iglesia para verla adornada con muérdago y follaje, oír el oficio y comulgar en seguida, os sentiríais mucho mejor. Sabríais a qué ateneros y podríais poner vuestra confianza en Aquel que sabe más que nosotros, puesto que habríais cumplido con lo que es el deber de todos.

Esta larga exhortación de todos, que le había costado un extraordinario esfuerzo de palabras, fue pronunciada con el tono dulce y persuasivo con que se trata de conseguir que un enfermo tome su medicina o una taza de caldo que le inspirara repugnancia. Hasta entonces Silas no había sufrido presión tan directamente a propósito de su ausencia de la iglesia. El hecho había sido considerado simplemente como un rasgo del carácter general de su naturaleza extraña, y Marner era demasiado franco y sencillo para eludir el llamamiento de Dolly.

—No, no—dijo—. Yo no sé nada de la iglesia. Nunca he ido a la iglesia.

—¡Nunca!—repuso Dolly, con el tono quedo de la sorpresa.

Entonces, recordando que Silas procedía de un país desconocido, agregó:

—¿Será porque no había iglesia en el país en que nacisteis?

—¡Oh, sí!—dijo Silas con aire meditativo, sentado, según su costumbre, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos—. Había iglesia, había costumbres. Era una gran ciudad, pero yo no las conozco; siempre iba a la capilla.

Dolly, muy perpleja al oír aquella expresión nueva, no se atrevió a llevar más lejos sus preguntas por temor de que la palabra capilla significara algún antro de maldad. Después de un instante de reflexión, dijo:

—Pues bien, maese Marner, nunca es demasiado tarde para cambiar de conducta. Si nunca habéis frecuentado la iglesia, no os imagináis el inmenso bien que os haría el ir a ella. Yo me siento más a mi gusto y más feliz que nunca cuando voy a oír las oraciones y los cánticos en homenaje y gloria de Dios, que el señor Macey entona, y las buenas palabras que pronuncia el señor Crackenthorp, principalmente los días de comunión. Si me ocurre alguna contrariedad siento que la puedo soportar, porque he ido a buscar ayuda donde debía. Yo me he abandonado a Aquel a quien debemos todos abandonarnos en fin, y si hemos hecho nuestro deber, no hay que creer que Aquel que está allá arriba vale menos que nosotros y no hará el suyo.

La exposición que hizo la pobre Dolly de la sencilla teología de Raveloe hirió los oídos de Silas sin que entendiera palabra; en efecto, ninguna de aquellas frases podía evocar un recuerdo de la religión que había practicado, y su espíritu quedaba del todo desconcertado. Marner permaneció silencioso. No se sentía dispuesto a dar su asentimiento a la parte del discurso que comprendía por completo: la recomendación de ir a la iglesia. En verdad, Silas estaba tan poco acostumbrado a hablar, excepto para hacer preguntas y dar las respuestas breves indispensables para la negociación de sus pequeños negocios, que las palabras no se le ocurrían con facilidad si no eran solicitadas por un objeto determinado.

Pero ahora el pequeño Aarón, que se había acostumbrado a la presencia del terrible tejedor, se había colocado junto a su madre, y Silas, pareciendo verlo por primera vez, trató de rehuír las muestras de bondad de Dolly ofreciéndole al niño una parte de los bizcochos. Aarón retrocedió un poco y se frotó la cabeza contra el hombro de su madre. Sin embargo, pensó que el bizcocho valía la pena que se extendiera la mano para obtenerlo.

—¡Ah! ¡Aarón!—dijo Dolly tomándolo sobre las rodillas—; no necesitáis comer bizcochos por ahora. Tiene un apetito maravilloso—agregó con un ligero suspiro—, maravilloso, Dios lo sabe. Es el menor y lo mimamos de un modo deplorable; porque ya sea yo, ya sea su padre, es preciso absolutamente que uno de los dos lo tenga bajo sus ojos, absolutamente.

Acarició la cabeza de Aarón, pensando que la vista de aquel amor de niño debía de hacerle bien a maese Marner; pero éste, sentado al otro lado del hogar, no veía el rostro rosado, de rasgos bien acusados, más que como la bola obscura de dos pequeños puntos negros en la superficie.

—Y tiene una voz como la de un pájaro—prosiguió Dolly—; sabe cantar un canto de Navidad que su padre le ha enseñado. Para mí es un signo de que será bueno el que haya podido aprender tan ligero un aire religioso. Vamos, Aarón, paraos y cantadle vuestra canción a maese Marner, vamos.

Aarón, por toda respuesta, se frotó la frente contra el hombro de su madre.

—¡Oh! eso está mal—dijo Dolly con suavidad—. Hay que levantarse cuando mamá lo manda, y dadme un bizcocho para que os lo tenga, hasta que hayáis concluido.

No le repugnaba a Aarón lucir sus talentos, aun delante de un ogro, siempre que se sintiera en seguridad. Por lo tanto, después de algunos ademanes de falsa vergüenza, consistentes principalmente en restregarse los ojos con las manos y en mirar a Marner por entre los dedos para ver si éste deseaba ardientemente oírlo cantar, se dejó al fin poner erguida la cabeza. Entonces se paró detrás de la mesa, de la que sólo sobresalía a partir del cuello. Parecía así una cabeza de querubín libre de la traba del cuerpo. Por fin, con la voz clara de un pájaro comenzó la siguiente melodía, cuyo ritmo era martillado y laborioso:

Que Dios os de paz, alegres gentileshombres, Que nada os espante, Porque Jesucristo, vuestro Salvador, Vino al mundo para Navidad.

Dolly escuchaba con aire piadoso, dirigiéndole miradas a Marner con cierta confianza de que aquellos acentos contribuirían a atraerlo a la iglesia.

—Esto es lo que se llama música de Navidad—dijo cuando Aarón hubo acabado y volvió a entrar en posesión de su bizcocho—. No hay música que esté a la altura de la música de Navidad... Y ya podéis imaginaros lo que debe ser eso en la iglesia, maese Marner, con el acompañamiento del órgano y el coro. No se puede dejar de creer que ya se está en un mundo mejor. No quisiera hablar mal de éste, visto que Aquel que nos ha puesto en él sabe algo más que nosotros; pero cuando se piensa en la embriaguez y en las riñas, así como en las enfermedades y en las angustias de los moribundos—cosas que he visto tantas y tantas veces—, complace oír hablar de una mansión más feliz. El niño canta bien, ¿no es verdad, maese Marner?

—Sí, muy bien—respondió Silas distraídamente.

El canto, con su ritmo martillado, había resonado en sus oídos como una música extraña, completamente distinta de la del himno, y no podía de ningún modo producir el efecto que Dolly esperaba. Pero Silas quería demostrarle que estaba agradecido y lo único que se le ocurrió fue ofrecerle otro bizcocho a Aarón.

—¡Oh, no! muchas gracias, maese Marner—dijo Dolly, conteniendo las manos prontas a Aarón—. Ahora es preciso que nos volvamos a casa. Por consiguiente le digo hasta la vista, maese Marner. Si alguna vez os sentís con algún mal interior, que no os permita trabajar, yo vendré a hacer un poco de limpieza y os buscaré un poco de alimento, con toda buena voluntad. Pero os pido y os ruego que dejéis de tejer el domingo; eso es malo para el alma y para el cuerpo. El dinero que se consigue así es un mal lecho de reposo en los últimos momentos, si no se disipa como la escarcha quién sabe dónde. Disculpad que me haya tomado esta libertad con vos, maese Marner, porque os quiero bien en verdad. Aarón, haced vuestra reverencia.

Silas le dijo hasta la vista a Dolly, y le dio las gracias cordialmente abriendo la puerta. Sin embargo, a pesar suyo se sintió aliviado cuando ella se hubo marchado, satisfecho de poder volver a tejer y gemir a su gusto. Aquella manera simple de comprender la vida y el bienestar por medio del cual Dolly había tratado de alentar a Silas, no era para él más que un ruido lejano de objetos desconocidos que su imaginación era incapaz de representarle. Las fuentes del amor al prójimo y de la fe en el amor divino no se habían abierto todavía, y su alma era como un pequeño arroyo desecado. No había más que una débil diferencia, y es que el débil surco trazado en la arena estaba bloqueado, y el agua corría al azar hacia tenebrosos obstáculos.

Y así es que, a pesar de las palabras honradas y persuasivas del señor Macey y de Dolly Winthrop, Silas pasó el día de Navidad en la sociedad comiendo su cena con el corazón entristecido, bien que le hubiera sido ofrecida por una buena vecina. Por la mañana miró la helada negra que parecía oprimir cruelmente cada rama de hierba, mientras que el viento hacía rizar la charca roja, helada a medias. Pero al llegar la noche la nieve se puso a caer y le veló hasta aquella lúgubre perspectiva, encerrándolo estrechamente con su pena concentrada. Y durante toda la velada permaneció sentado en su choza despojada de su tesoro, no preocupándose de cerrar los postigos ni la puerta, oprimiéndose la cabeza entre las manos y gimiendo, hasta que lo tomó el frío y le advirtió que su fuego no era más que una ceniza gris.

Nadie en este mundo, excepto él, sabía que Silas era el mismo hombre que habiendo amado antes a su prójimo con tierno afecto había tenido confianza en una bondad invisible. Aun para sus ojos, aquella experiencia de la vida pasada se había vuelto algo obscura.

Entretanto, en la aldea de Raveloe las campanas repicaban alegremente y la iglesia estaba más llena que durante el resto del año por fieles cuyos rostros bermejos aparecían en medio de las profusas ramas de un verde obscuro—fieles preparados para un oficio más largo que el de costumbre, gracias a un almuerzo perfumado de tostadas y cerveza. Aquellas verdes ramas, el humo y la plegaria que no se oían más que en Navidad, y hasta el Credo de San Anastasio—que sólo se distinguía de los otros en que era más largo y tenía virtud excepcional, puesto que no se le leía más que en ciertas ocasiones—producían un vago sentimiento de que algo grande y misterioso se había realizado para ellos allá en el cielo, y aquí abajo en la tierra, algo que se apropiaba con su presencia. Después los fieles de rostros bermejos se volvieron a su casa a través del frío negro y picante, sintiéndose libres, durante el resto del día, de comer, de beber y de regocijarse, usando sin temor de aquella libertad cristiana.

En la reunión de familia en casa del squire Cass celebrada ese día, nadie habló de Dunstan—nadie sentía la ausencia, y temía que fuera a ser larga. El doctor y su mujer, el tío y la tía Kimble, estaban presentes.

La conversación anual de la fiesta de Navidad tuvo lugar sin ninguna omisión. Alcanzó su punto culminante cuando el señor Kimble contó lo que había visto y oído en la época en que estudiaba medicina en los hospitales de Londres, treinta años atrás, no omitiendo las anécdotas notables concernientes a su profesión, que había recogido entonces. En seguida vinieron las partidas de los naipes con la mala suerte tradicional de la tía Kimble para hacer parejas; después la irascibilidad del tío Kimble a propósito del «trick» en el «whist». Cuando no estaba de su parte, no se lo explicaba sin hacer una inspección general de todas las bazas para asegurarse de que habían sido hechas de acuerdo con los verdaderos principios. El todo estaba acompañado por el fuerte olor de los grogs humeantes.

Pero la reunión del día de Navidad era puramente una reunión familiar que no representaba la fiesta brillante por excelencia de la estación de la Casa Roja. Esta era el gran baile de la víspera del día del Año Nuevo que hacía la gloria de la hospitalidad del squire, como había hecho la de la hospitalidad de los antepasados del squire desde tiempo inmemorial. Esa era la ocasión en que todos los miembros de la sociedad de Raveloe y de Tarley—ya fueran antiguas relaciones separadas por largos caminos llenos de zanjas, ya fueran relaciones enfriadas por disidencias relativas a la posesión de terneras escapadas, o ya las relaciones establecidas por una condescendencia intermitente—, contaban encontrarse y conducirse según las conveniencias recíprocas. Esa era la ocasión en que las bellas damas que iban a caballo mandaban de antemano cajas que contenían algo más que sus trajes del baile. La fiesta, en efecto, no debía durar sólo una noche, como las mezquinas diversiones de la ciudad, en que todas las provisiones de boca son puestas de una sola vez en la mesa, y en que la lencería es insuficiente. La Casa Roja estaba aprovisionada como para resistir un sitio. En cuanto a los colchones de pluma disponibles, prontos para ser tendidos en el suelo, eran tan numerosos como podía esperárselo en una familia que había matado gansos durante muchas generaciones.

Godfrey Cass suspiraba por esa víspera del día de Año Nuevo con la impaciencia loca e irreflexiva que lo volvía medio sordo a las importunidades de su compañera, la ansiedad.

—¡Oh! no volverá quizá a casa antes de la víspera de Año Nuevo—respondía Godfrey—. Entonces estaré sentado al lado de Nancy, bailaré con ella y he de obtener, quiéralo ella o no, alguna dulce mirada.

—Pero hay alguien que necesita dinero—decía la ansiedad con voz más fuerte—; ¿cómo vas a conseguirlo sin vender el alfiler de diamantes de tu madre? ¿Y si no puedes obtenerlo?

—Puede que ocurra algún acontecimiento que facilite las cosas. De todos modos, hay para mí un placer que está próximo: Nancy viene al baile.

—Es cierto, pero suponte que tu padre lleve las cosas a tal punto que te veas obligado a comprometerte con ella y tener que dar las razones.

—Corta tu lengua y no me mortifiques. Puedo ver los ojos de Nancy tales como me mirarán y ya siento su mano en la mía.

Sin embargo, la ansiedad siguió hablando, bien que fuera en medio de la ruidosa reunión de Navidad; se negó a callar por completo, ni aun con mucha bebida.