Silas Marner · George Eliot

Chapter 9

Capítulo 9 de 21 · 11 min de lectura

Godfrey se levantó y se desayunó más temprano que de costumbre, pero se quedó en el pequeño salón artesonado hasta que sus hermanos menores acabaran de desayunarse y salieran. Esperaba a su padre, quien siempre hacía un paseo con el mayordomo antes de almorzar. Nadie comía a la misma hora por la mañana en la Casa Roja. Era siempre el último, a fin de dar a un apetito bastante débil mayores probabilidades, antes de ponerlo a prueba. Hacía casi dos horas que la mesa estaba guarnecida con platos suculentos esperando su llegada.

El squire Cass era un sexagenario alto y corpulento. Sus cejas crespas y la mirada bastante dura de sus ojos parecían no estar en armonía con su boca caída y su energía. Su persona tenía las trazas de una negligencia habitual y su traje estaba mal cuidado. Sin embargo, había en el aire del viejo squire algo que lo distinguía de los agricultores de la parroquia. Estos eran quizá, bajo todo respecto, tan refinados como él, pero se habían arrastrado penosamente por el camino de la vida con la conciencia de estar en la vecindad de hombres que les eran superiores. Les faltaba, por lo tanto, esa posesión de sí mismos, esa autoridad de la palabra y ese empaque que distinguen al hombre que considera a las personas que les son inferiores como tan apartadas de sí, que no tienen que hacer con ellas menos que con el Gran Turco.

El squire había estado acostumbrado toda su vida, a recibir el homenaje de todas las gentes de la parroquia y a pensar que su familia, sus copas de plata y todo lo que le pertenecía era lo más antiguo y lo mejor; y como no frecuentaba nunca a la burguesía de esfera más elevada que la suya, su opinión no admitía cotejo.

Al entrar en la pieza, echó una mirada sobre su hijo y le dijo:

—¡Cómo es eso, señor! ¿Tampoco vos habéis almorzado?

No cambiaron ninguno de esos saludos amables de la mañana, no porque hubiera entre ellos alguna enemistad, sino porque la flor suave de la cortesía no prosperaba en residencias como la Casa Roja.

—Sí, mi padre, he almorzado; pero os esperaba para hablaros.

—¡Ah! bueno—repuso el squire, dejándose caer pesadamente en su sillón y hablando con una voz pesada y catarrienta, lo que era considerado en Raveloe como una especie de privilegio de su rango, mientras cortaba un trozo del buey y se lo daba al perro corredor que había entrado con él—. Llamad para que me traigan mi cerveza, ¿queréis? Los negocios de vosotros los jóvenes son generalmente vuestros placeres personales; pero, si vosotros tenéis prisa por realizarlos, a los demás no les pasa otro tanto.

La vida del squire era tan ociosa como la de sus hijos; sin embargo, era una ficción mantenida por él y su contemporáneos en Raveloe que la juventud era exclusivamente el período de la locura y que su vieja cordura era un espacio continuo de sufrimiento que el sarcasmo dulcificaba. Antes de volver a hablar, Godfrey esperó que la cerveza fuera servida y la puerta vuelta a cerrar. Durante este tiempo, rápido el perro corredor consumió tajadas del buey en cantidad suficiente como para formar la comida de un pobre en día de fiesta.

—Ha ocurrido un maldito accidente con Relámpago—comenzó diciendo—; sucedió anteayer.

—¡Cómo! ¿Se ha mancado?—dijo el squire, después de beber un trago de cerveza—. Pensaba que sabíais montar mejor, señor. Jamás he estropeado un caballo en mi vida. Si lo hubiese hecho, en balde hubiera pedido otro, porque mi padre no estaba tan dispuesto para desatar los cordones de su bolsa como otros padres que yo conozco. Pero es preciso que éstos cambien de tono, es imprescindible. A causa de las hipotecas y de los pagos retrasados, estoy tan falto de dinero como un mendigo. Y ese tonto de Kimble dice que los diarios hablan de pago. Si eso sucediera, el país no podría sostenerse: los precios se vienen abajo como las pesas de un asador, y jamás conseguiré que se me paguen los atrasos, ni aunque haga vender todo lo que esos individuos poseen. Y ese maldito Fowler... no quiero tolerar más tiempo su morosidad; le he dicho a Winthrop que vaya hoy mismo a verlo a Cosc. Ese bribón mentiroso me prometió entregarme sin falta el mes pasado cien libras esterlinas. Se aprovecha de que ocupa una granja apartada y piensa que lo voy a perder de vista.

El squire acabó de despachar su discurso tosiendo e interrumpiéndose; pero, sin embargo, sin hacer pausas bastante largas que pudiesen servirle de pretexto a Godfrey para volver a hablar. Este vio que su padre tenía la intención de eludir todo pedido pecuniario motivado por la desgracia ocurrida a Relámpago. Además adivinó que el tono de insistencia empleado por el squire al hablar del poco dinero de que disponía y de los deudores morosos debía de producir en su espíritu la disposición menos favorable para escuchar las confesiones de su hijo. Sin embargo, era preciso que prosiguiera ahora que había comenzado.

—Es algo más grave; el caballo se ensartó en un poste y se mató—dijo en seguida que su padre se detuvo y comenzó a comer—. Pero no tenía la intención de pediros que me comprarais otro; sólo pensaba en que no me sería posible reembolsaros con el precio de Relámpago como me proponía. Dunsey lo llevó a una cacería para venderlo, y después de haber cerrado el trato con Bryce por ciento veinte libras esterlinas, siguió la traílla y dio algunos saltos insensatos, uno de los cuales despachó al caballo. Sin esa circunstancia, os hubiera entregado cien libras esterlinas esta mañana.

El squire había dejado el cuchillo y el tenedor y miraba a su hijo fijamente y con estupefacción. Su espíritu no era bastante sutil como para adivinar qué causa había podido causar aquella extraña inversión de las relaciones entre el padre y el hijo que importaba aquella intención de Godfrey de darle cien libras esterlinas.

—La verdad es, mi padre... lo siento mucho... que hice muy mal. Fowler pagó como dijo las cien libras esterlinas. Me las entregó cuando fui allá, el mes pasado. Pero Dunsey me atormentó tanto para que le diera ese dinero que se lo facilité porque esperaba entregároslo en seguida...

El squire, que se había puesto rojo de cólera antes de que su hijo hubiese acabado de hablar, consiguió más que expresar con dificultades:

—¿Vos le dejasteis el dinero a Dunsey, señor? ¿Y desde cuándo sois tan íntimo con vuestro hermano que os veáis obligado a asociaros con él para disponer de mi dinero? Estáis en camino de volveros un pícaro. Os digo que no toleraré esto. Echaré a la calle toda vuestra secuela y me volveré a casar. Quisiera, señor, que os acordarais de que mi propiedad no es un bien inalienable. Desde la época de mis bisabuelos, los Cass pueden disponer de sus tierras como mejor les parece. No olvidéis eso, señor. ¿Le entregasteis el dinero a Dunsey? ¿Y por qué se lo entregasteis? Tiene que haber en esto una mentira.

—No hay ninguna mentira, mi padre—prosiguió Godfrey—. Yo no hubiera gastado el dinero para mí; pero Dunsey me presionó tanto que hice la tontería de entregárselo. Pero yo tenía la intención de entregároslo, que él me lo devolviese o no. Eso es todo. Nunca pensé en apropiarme ese dinero. Jamás me habéis sorprendido haciéndole una mala partida a mi padre.

—¿Dónde está Dunsey, entonces? Por qué os estáis aquí hablando. Id a buscar a Dunsey, os digo, y que explique por qué necesitó ese dinero y qué hizo de él. Se arrepentirá. Lo arrojaré a la calle. He dicho que quería hacerlo y lo haré. No me volverá a faltar. Id a buscarle.

—Dunsey no ha vuelto, mi padre.

—¿El qué? ¿Se ha roto el pescuezo entonces?—dijo el squire mostrándose algo descontento con la idea de que, si así era, no podría poner en práctica sus amenazas.

—No, no se ha hecho daño, creo, porque el caballo fue encontrado muerto, y Dunsey debió poder marcharse a pie. Supongo que pronto lo volveremos a ver. No sé dónde está.

—¿Y por qué tuvisteis que darle mi dinero? Respondedme a esto—continuó el padre, atacando de nuevo a Godfrey, puesto que no tenía a Dunsey a su alcance.

—La verdad, mi padre, es que no sé—respondió Godfrey con vacilación.

Era aquél un débil subterfugio, pero a Godfrey no le gustaba mentir, y como sabía que ninguna duplicidad puede prosperar mucho tiempo sin la ayuda de palabras falsas, no tenía a su disposición ningún efugio imaginado de antemano.

—¿Que no lo sabéis? Yo voy a deciros por qué ha sido, señor. Habéis hecho de la vuestra, y para eso comprasteis su silencio—dijo el squire con una penetración brusca.

Godfrey se estremeció. Sintió que su corazón palpitaba con violencia al ver que su padre casi había adivinado. Esta alarma repentina le impulsó a hacer un paso más, una impulsión muy ligera basta para eso cuando se está en un plano inclinado.

—Pues bien, sí, mi padre—prosiguió; y trataba de hablar en tono fácil y despreocupado—; había un pequeño asunto entre Dunsey y yo; no tiene ninguna importancia más que para él y para mí. No vale la pena de mezclarse en las locuras de los jóvenes... eso no os hubiera perjudicado en nada, mi padre, y yo no hubiese tenido la mala suerte de perder a Relámpago. Hoy os hubiera entregado el dinero.

—¡Locuras! ¡Bah! Sería tiempo que acabaran las vuestras. Quisiera convenceros, señor, de que es preciso realmente ponerles término—dijo el squire frunciendo las cejas y lanzándole a su hijo una mirada irritada—. Vuestras proezas no son tales que me permiten conseguir dinero. Mirad, mi abuelo tenía sus caballerizas llenas de caballos; su mesa era también una buena mesa—y en tiempos peores que el nuestro—, a lo que yo sé al menos. Yo podría hacer otro tanto si no tuviera cuatro ganapanes que se me prenden como sanguijuelas. Yo he sido un padre demasiado bueno para con todos vosotros, eso es lo que hay. Pero en adelante voy a tener las riendas cortas.

Godfrey permaneció silencioso. No es probable que fuera muy penetrante en sus juicios; sin embargo, siempre había comprendido que la indulgencia de su padre no era bondad, y había suspirado vagamente por alguna disciplina que dominara su debilidad vagabunda y secundar sus mejores intenciones. El squire comió el pan y la carne rápidamente, bebió un buen sorbo de cerveza, y luego, volviendo la espalda a la mesa, prosiguió:

—Será tanto peor para vos, sabedlo; más os valiera que tratarais de ayudarme y conservar lo que tenemos.

—Pues bien, mi padre, a menudo me he ofrecido para tomar la gestión de los negocios, pero vos sabéis que siempre interpretasteis mal esto, y que parecisteis creer que deseaba suplantaros.

—No me acuerdo de vuestros ofrecimientos ni de haberlos interpretado mal—dijo el squire, cuyos recuerdos consistían en ciertas impresiones vivas que los detalles no habían modificado—; lo que yo sé es que en cierta época pareció que pensabais en casaros, y yo no traté de cerraros el camino como algunos padres lo habrían hecho. No me agradaría más veros casar con la hija de Lammeter que con cualquier otra. Supongo que si os hubiera dicho no, hubierais persistido en vuestra intención; a falta de contradicción habéis cambiado de parecer. Sois como una veleta; heredasteis de vuestra pobre madre. Jamás tuvo carácter. Es verdad que eso no le hace falta a una mujer si su marido es un hombre como debe ser, pero esa cualidad le sería muy necesaria a la vuestra, porque apenas tenéis la voluntad necesaria para hacer caminar a las dos piernas en la misma dirección. Esa joven no ha dicho definitivamente que no os aceptaba, ¿verdad?

—No—dijo Godfrey, sintiendo que un vivo sonrojo le subía a la cara y sintiéndose molesto—; pero no creo que guste de mí.

—¡Qué no creéis! ¿Por qué no habéis tenido el valor de preguntárselo? ¿Siempre deseáis vos casaros con ella? Esta es la cuestión.

—No deseo casarme con otra—respondió Godfrey, de un modo evasivo.

—Pues bien, entonces, dejadme hacer el pedido en vuestro lugar, si no tenéis valor para hacerlo vos mismo, y asunto concluido. No es probable que Lammeter vea con malos ojos que su hija se case en mi familia, me parece. En cuanto a la linda muchacha, no ha querido aceptar a su primo y no veo que otro pretendiente hubiera podido soplaros la dama.

—Preferiría dejar las cosas tranquilas, si así os place, mi padre—prosiguió Godfrey asustado—. Creo que está un poco enojada conmigo en este momento y desearía hablarle yo mismo. De estas cosas es necesario ocuparse personalmente.

—Pues entonces hablad y ocuparos, y tratad de cambiar de conducta. Eso es lo que necesita hacer un hombre cuando piensa en casarse.

—No veo cómo me sería posible hacerlo ahora, mi padre. No querréis establecerme en una de vuestras granjas, supongo, y no creo que ella consintiera en venir a vivir en esta casa junto con todos mis hermanos. Aquí se lleva una vida muy distinta de aquella a que está acostumbrada.

—¿Que no consentiría en venir a vivir en esta casa? No me digáis eso. Preguntádselo y veremos—repuso el squire con una risa breve e irónica.

—Preferiría dejar las cosas quietas por el momento, mi padre—dijo Godfrey—. Espero que no trataréis de precipitar las cosas diciendo cosa alguna.

—Haré lo que me plazca—replicó el squire—, y os haré ver que yo soy quien manda; de otro modo podéis marcharos de esta casa e ir a buscar morada en otra parte. Id a ver a Winthrop y decidle que no vaya a lo de Cass y que me espere... ordenad que me ensillen mi caballo. ¡Ah! esperad; tratad de vender la vieja jaca de Dunsey y de entregarme ese dinero; ¿habéis oído? Ya no mantendrá más caballos a mi costa. Y si sabéis dónde se ha metido—vos lo sabéis sin duda—, podéis decirle que no se dé el trabajo de volver a la casa. Que se haga mozo de cuadra y gane con qué vivir. Ya no me pesará más encima.

—No sé, padre, dónde está, y si lo supiera no me correspondería a mí decirle que no vuelva más—dijo Godfrey dirigiéndose hacia la puerta.

—Que el diablo os confunda, señor; no os quedéis ahí perdiendo tiempo e id a decir que me ensillen mi caballo—prosiguió el squire, tomando una pipa.

Godfrey salió, dándose apenas cuenta si estaba más tranquilo por haber terminado la entrevista sin haber modificado su posición, o más inquieto al pensar que se había enredado aún más en los subterfugios y los artificios. Lo que había pasado con motivo del pedido de la mano de Nancy le había causado al joven una mera alarma: el temor de que el squire fuera a deslizarle al señor Lammeter, de sobremesa, algunas palabras que fueran capaces de ponerlo a él, Godfrey, en la necesidad absoluta de renunciar a Nancy en el momento mismo que parecía estar a su alcance. Recurrió entonces a su refugio ordinario, a la esperanza de algún golpe imprevisto de la fortuna, de alguna coyuntura favorable que le ahorraría consecuencias penosas y hasta perjudicaría su falta de sinceridad, convirtiéndola en prudencia.

En lo que concierne a contar con algún tiro de dados de la fortuna, apenas puede decirse que Godfrey fuera de la vieja escuela. La casualidad favorable es el Dios de todos los hombres que siguen sus propias impulsiones, en lugar de obedecer una ley en la cual no creen. Si un hombre distinguido de nuestra época consigue una posición que tiene vergüenza de hacer conocer, su espíritu buscará todas las salidas imaginables capaz de librarlo de los resultados que esa posición deja prever. Si gasta más de lo que tiene, si evita el trabajo honesto y resuelto que proporciona su salario, en seguida se pone a soñar en la posibilidad de encontrar un bienhechor, un tonto a quien sabrá halagar, a fin de poder usar su influencia en su favor, en imaginarse un estado de espíritu posible en alguna persona probable que todavía no ha dado señales de aparecer. Si descuida las obligaciones de su empleo, echa inevitablemente su ancla al azar, con la esperanza de que aquello que no ha hecho no tendrá la importancia supuesta. Si traiciona la confianza de un amigo, adora esa misma complejidad sutil que llama al azar, que le da esperanza de que ese amigo no lo sabrá jamás. Si abandona un honrado oficio para buscar las distinciones de una profesión a la que nunca ha sido llamado por la naturaleza, su religión es infaliblemente el culto de una casualidad favorable, en la que cree como en un poderoso, creador del éxito. El mal principio rechazado por esta religión es el orden natural de la sucesión de las cosas, de acuerdo con el cual las semillas producen una cosecha de su especie.