Silas Marner · George Eliot
Chapter 8
Capítulo 8 de 21 · 14 min de lectura
Cuando Godfrey Cass volvió de la fiesta de la señora Osgood, a media noche, no lo sorprendió mucho el saber que Dunsey no había vuelto a la casa. Quizá no habría vendido a Relámpago esperando otra ocasión; quizá, a causa de la niebla de la tarde, había preferido refugiarse en la posada del León Rojo de Batterley, para pasar allí la noche, si la cacería lo había retenido en las cercanías, porque no era muy probable que se sintiera muy contrariado por dejar a su hermano en la incertidumbre. El espíritu de Godfrey estaba muy absorbido por los atractivos y maneras de Nancy para con él, demasiado lleno de exasperación contra sí mismo y contra su suerte—exasperación que no dejaba nunca de producirse en él, a la vista de aquella joven—, para que pensara mucho en Relámpago y en la conducta probable de Dunstan.
A la mañana siguiente toda la aldea fue sorprendida por la historia del robo.
Godfrey, como todos los demás, pasó el tiempo en recoger y discutir las noticias y en ir a visitar las canteras. La lluvia había hecho desaparecer toda probabilidad de distinguir los pasos; pero un examen minucioso del sitio había hecho descubrir, en dirección opuesta a la aldea, una caja de yesca medio enterrada en el lodo y que contenía un eslabón y un pedernal.
No era la caja de yesca de Silas, porque la única que hubiera poseído nunca estaba aún, sobre un estante, en su casa. La opinión generalmente aceptada, fue que la caja encontrada en el foso tenía alguna relación con el robo. Una pequeña minoría sacudía la cabeza y daba a entender que aquél no era un robo respecto del cual pudieran arrojar mucha luz las cajas de yesca.
En cuanto al de maese Marner parecía singular, y se habían conocido casos en que un hombre, después de haberse causado a sí mismo algún daño, había después requerido al juez para buscar al autor. Pero cuando se asediaba a esas gentes preguntándoles los motivos de su opinión y el provecho que tales falsos pretextos podían proporcionarle a maese Marner, se contentaban con menear la cabeza como antes y hacían observar que no siempre se estaba en aptitud de saber qué es lo que algunas personas consideran un beneficio; además, todo el mundo tenía el derecho de tener su opinión motivada o no, y el tejedor, como nadie lo ignoraba, no tenía el cerebro muy sano.
El señor Macey, bien que tomara la defensa de Marner contra toda sospecha de superchería, ponía también en ridículo la idea de la caja de yesca. En verdad, la reputaba como una sugestión bastante impía, tendiente a insinuar que todo debía de ser obra de manos humanas y que no había ningún poder sobrenatural capaz de hacer desaparecer las guineas sin tocar los ladrillos. Sin embargo, se volvió contra el señor Tookey con bastante violencia cuando aquel suplente adicto, viendo que aquella interpretación de los hechos sentaba particularmente a un chantre de parroquia la llevó más lejos aún, preguntándose si era razonable hacer una encuesta sobre un robo cuyas circunstancias eran tan misteriosas.
—Como si no hubiera nada más—terminó diciendo el señor Tookey—que aquellas cosas que los jueces y los constables están en aptitud de descubrir.
—No vayáis ahora, Tookey, más allá de donde se debe—repuso el señor Macey, inclinando la cabeza hacia un costado, en señal de reprobación. Así es cómo procedéis siempre: si yo arrojo una piedra y doy en el blanco, pensáis que hay algo mejor que hacer y tratáis de tirar otra vez más allá de la mía. Lo que he dicho iba contra la caja de yesca; no he dicho nada contra los jueces y los constables; porque han sido nombrados por el rey Jorge y le sentaría mal a un funcionario parroquial estallar en invectivas contra el soberano.
Mientras estas discusiones tenían lugar en el grupo que se encontraba frente a la taberna del Arco Iris, una deliberación más importante tenía lugar en el interior bajo la presidencia del señor Crackenthorp, el pastor, asistido por el squire Cass y otras personalidades de la parroquia. Se le acababa de ocurrir al señor Snell—que era, como lo hizo observar, un hombre habituado a coordinar los hechos—el relacionar con la caja de yesca, que en calidad de suplente del constable había tenido él mismo la honrosa distinción de encontrar, con ciertos recuerdos de un buhonero. Este había entrado en su taberna para beber algo haría cosa de un mes, y había declarado positivamente que llevaba una caja de yesca que le servía para encender su pipa. Había en aquello, sin duda, una pista para seguir. Y como la memoria, cuando está debidamente impregnada en los hechos comprobados, es algunas veces de una fecundidad sorprendente, el señor Snell recobró gradualmente la viva impresión del efecto que la fisonomía y la conversación del buhonero habían producido en él. La mirada de aquel hombre estaba llena de una cierta expresión que había chocado de un modo desagradable al sensible organismo del señor Snell. Seguramente que nada de particular había salido de su boca—no, nada, excepto la frase relativa a la caja de yesca—; pero lo que un hombre dice, no es lo que vale, lo importante es cómo lo dice. Además tenía un color moreno exótico que anunciaba su poca honradez.
—¿Llevaba aros en las orejas?—preguntó el señor Crackenthorp, que tenia algún conocimiento de las costumbres extranjeras.
—Bueno... esperad... veremos—respondió el señor Snell como un somnámbulo dócil que quisiera realmente no equivocarse, si fuera posible.
Después de haber distendido los ángulos de su boca y contraído los ojos—se hubiera dicho que trataba de ver los aros—, pareció renunciar al esfuerzo y dijo:
—Recuerdo que llevaba en su caja aros para vender; es, pues, natural suponer que también los usara. Pero como recorrió casi todas las casas de la aldea, quizá alguna persona se los haya visto en las orejas, bien que yo no pueda afirmar eso.
El señor Snell tenía razón al suponer que alguna otra persona se acordaría de los aros en las orejas; porque, prosiguiendo la pesquisa en la parroquia, se hizo saber, con una energía cada vez más viva, que el pastor deseaba ser informado si el buhonero usaba aros, y se estableció una corriente de opinión de que era muy importante que el hecho fuera dilucidado. Naturalmente que todos los que oyeron la pregunta y que no se habían formado ninguna imagen exacta del buhonero «sin aros», se lo representaron inmediatamente «con aros» en las orejas, más o menos grandes, según el caso. La imagen fue muy pronto tomada por un recuerdo vivo. En consecuencia, la esposa del vidriero, mujer de buenas intenciones y que no era aficionada a mentir y cuya casa era una de las más ordenadas de la aldea, se mostró dispuesta a declarar que, tan cierto como que había de comulgar para la próxima Navidad, que había visto unos grandes aros, de la forma del creciente de la luna nueva, en las dos orejas del buhonero. Al mismo tiempo Juana Oates, la hija del zapatero—niña dotada de una imaginación muy viva—, afirmaba no sólo que los había visto, sino que se había estremecido de horror, como se estremecía todavía al hablar de eso.
Por otra parte, a fin de arrojar más luz sobre esta pista de la caja de yesca, se recogió en las diferentes casas todos los artículos comprados al buhonero y se los llevó a la taberna del Arco Iris para ser expuestos allí públicamente. En fin, la convicción general en la aldea fue que, a fin de poner en claro la cuestión del robo, era preciso hacer muchas cosas en el Arco Iris. Además, ningún marido tenía necesidad de excusarse con su esposa para ir a aquella taberna, a tal punto se había convertido aquel sitio en la escena de rigurosos deberes públicos.
Qué decepción—y quizás también qué indignación—se manifestó al saber que Silas Marner, interrogado por el squire y el pastor, había respondido que no había conservado ningún recuerdo del buhonero, salvo que éste se había allegado a su choza, pero sin entrar en ella. Se había alejado inmediatamente, cuando Silas, entreabriendo la puerta, le dijo que no necesitaba nada. Tal había sido la declaración del tejedor.
Sin embargo, Silas se aferraba fuertemente a la idea de que el buhonero era el culpable probablemente por la única razón que ésta le presentaba la imagen clara de un sitio en que podía estar su oro, después de haber sido quitado del escondite: le parecía verlo ahora en la caja del buhonero.
Todas las gentes de la aldea hicieron notar con cierta irritación que todo el mundo, salvo una criatura ciega como Marner, hubiera visto al hombre merodeando por allí. En efecto, ¿cómo explicaría que hubiese dejado su caja de yesca en el foso, al lado de la choza, si no hubiese andado vagando por allí? Sin duda alguna, había hecho sus observaciones al ver a Marner en la puerta. Todo el mundo podía darse cuenta—con sólo verlo—que el tejedor era un avaro medio loco. Era sorprendente que el buhonero no lo hubiese asesinado. Muchas y muchas veces se había descubierto que la gente de esa especie, con aros en las orejas, eran asesinas. No hacía tanto tiempo que uno de esos individuos había sido juzgado, para que no hubiera gentes que lo recordaran.
Es cierto que habiendo entrado Godfrey Cass en la taberna del Arco Iris durante una de las frecuentes repeticiones que daba el señor Snell de su deposición, hizo poco caso del testimonio del tabernero. Declaró que él mismo le había confiado un cortaplumas al buhonero, y que éste le había parecido ser un tipo alegre, a quien le gustaba chancear. Según él, todo lo que decían de la mirada atravesada de aquel hombre no tenía sentido. Pero en la aldea aquellas palabras fueron consideradas como el habladero irreflexivo de un joven, pues no era sólo el señor Snell quien había encontrado que había algo de raro en la persona del buhonero. Por el contrario, había por lo menos media docena de testigos que estaban prontos para dirigirse al juez Malam para llevarle pruebas mucho más convincentes que ninguna de las que el tabernero podía dar. Era de desear que el señor Godfrey no fuera a Tarley a fin de echar agua fría sobre lo que el señor Snell había dicho delante del juez de esa aldea, e impedir de ese modo que el magistrado librara una orden de arresto. Se le sospechaba que tenía esta intención cuando se le vio partir por la tarde a caballo y en la dirección de Tarley.
Pero en aquel momento el interés que a Godfrey le inspiraba el robo se había desvanecido en presencia de su ansiedad creciente respecto de Dunstan y de Relámpago. No se iba a Tarley sino a Batterley, porque se sentía incapaz de permanecer más tiempo en esta incertidumbre a ese respecto. La posibilidad de que Dunstan le hubiese hecho la mala pasada de marcharse con Relámpago, para volver al cabo de un mes, después de haber perdido su precio en el juego o de haberlo disipado, de otra manera, era un temor que lo importunaba todavía más que la idea de un accidente desgraciado. Ahora que el baile de la señora Osgood había pasado; estaba furioso por haberle confiado su caballo a Dunstan. En lugar de tratar de calmar sus temores, los alentaba con esta idea supersticiosa e inherente a cada uno de nosotros de que cuando más se espera el mal resueltamente, menos probable es que suceda; así fue que cuando oyó que se acercaba un caballo al trote y vio que un sombrero sobrepasaba la cerca más allá del codo del sendero, le pareció que su conjuro había tenido éxito. Sin embargo, no bien estuvo el animal a la vista, su corazón se oprimió de nuevo, porque no era Relámpago. Y momentos después se dio cuenta de que el caballero no era Dunstan, sino Bryce, que detuvo su montura para conversar con él. La fisonomía de aquél no anunciaba nada de nuevo.
—¿Qué trae, señor Godfrey, qué suerte la de su hermano, maese Duncey, verdad?
—¿Qué queréis decir?—replicó vivamente Godfrey.
—¿Cómo? ¿No ha vuelto todavía a su casa?—dijo Bryce sorprendido.
—¿A casa? no. ¿Qué ha sucedido? Hablad pronto. ¿Qué hizo de mi caballo?
—¡Ah! bien pensaba yo que era siempre vuestro, bien que él dijera que se lo habíais cedido.
—¿Lo hizo rodar y lo mancó?—dijo Godfrey, rojo de cólera.
—Peor todavía—dijo Bryce—. Imaginaos que yo me había comprometido a comprarle el caballo por ciento veinte libras esterlinas, un precio loco, pero siempre me había gustado ese caballo. ¡Y no va y lo ensarta! ¡Precipitarse por encima de una cerca en que había postes de hierro, en la cima de su talud que tenía un foso delante! Hacía mucho tiempo que el caballo estaba muerto cuando se lo descubrió. Desde entonces Dunsey no ha vuelto a la casa, ¿verdad?
—¿A casa? no—replicó Godfrey—, y haría bien en no volver. ¡Qué imbécil soy, me lleve el diablo! Debiera de haber sabido que las cosas iban a concluir así.
—Pues bien, para deciros la verdad—continuó Bryce—, después de cerrado el trato se me ocurrió la idea de que vuestro hermano había podido montar el caballo para venderlo sin que vos lo supierais, porque no creí que fuera suyo. Yo sabía que maese Dunsey hacía de las suyas algunas veces. Pero, ¿adónde puede haber ido? No se lo ha vuelto a ver en Batterley. No se debe haber hecho daño, porque no tenía más remedio que marcharse a pie.
—¿Daño?—dijo Godfrey amargamente.—Jamás se hará daño; ha nacido para hacerlo a los demás.
—¿Y vos lo habíais autorizado realmente para vender el caballo?—preguntó Bryce.
—Sí, quería deshacerme de él; siempre tuvo la boca algo dura para mí—respondió Godfrey, cuyo orgullo se sobresaltaba al pensar que Bryce adivinaba que la necesidad lo había obligado a separarse de su montura—. Iba a ver qué ha sido de Relámpago; me imaginaba que había sucedido alguna desgracia. Ahora voy a retroceder—agregó, haciendo volver la cabeza al caballo, con el deseo de poder librarse de Bryce, porque comprendía que la gran crisis de su vida, crisis tanto tiempo tornada, estaba próxima—. Venís a Raveloe, ¿verdad?
—No, ahora no—dijo Bryce—. Dirigiéndome a Flitton hice esta vuelta con la idea de que no sería malo que entrara de paso en vuestra casa, para deciros todo lo que sabía respecto al caballo. Supongo que maese Dunsey no ha querido mostrarse antes de que la mala noticia se hubiera disipado un poco. Quizá haya ido a hacerle una visita a la posada de las Tres Coronas, cerca de Whithbridge; sé que le gusta esa casa.
—Es muy posible—dijo Godfrey distraídamente.
Después, sacudiendo su preocupación, agregó, esforzándose por mostrarse indiferente:
—Hemos de oír hablar de él muy luego, podéis estar seguro.
—Bueno, éste es mi camino—dijo Bryce, sin que lo sorprendiera ver que Godfrey estaba bastante abatido—. Bueno, me despido haciendo votos porque pueda traeros mejores noticias otra vez.
Godfrey puso su caballo al paso. Se imaginaba la escena en que tendría que confesárselo todo a su padre, escena que comprendía era ya inevitable. Tenía que hacer la revelación relativa al dinero al otro día por la mañana. Suponiendo que ocultara el resto, como Dunstan no tardaría en volver, si éste se veía obligado a soportar la violencia de la cólera del padre, lo contaría todo por despecho, aunque no sacara de eso ningún provecho.
Existía todavía otro medio para conseguir el silencio de Dunstan y aplazar el mal día: Godfrey podía decirle a su padre que él mismo había gastado el dinero que le había entregado Fowler. Como nunca había cometido semejante falta, el asunto se disiparía después de un poco de tormenta. Pero era incapaz de resolverse a eso. Comprendía que al darle el dinero a Dunstan había cometido un abuso de confianza apenas menos culpable que el de haber gastado él mismo el dinero en su provecho... Sin embargo, había entre esos dos actos una diferencia que le hacía ver al segundo como tan odioso, que la idea de acusarse de él era insoportable.
—No pretendo ser irreprochable—se decía—; pero, sin embargo, no soy un pillo; por lo menos estoy resuelto a contenerme. Prefiero soportar las consecuencias de mi propia conducta y no hacer creer que soy el autor de un acto que nunca habría cometido. Jamás se me hubiera ocurrido gastar ese dinero para divertirme... sólo cedí a una tortura.
Durante todo el resto del día, Godfrey, salvo algunas fluctuaciones accidentales, permaneció firmemente resuelto a confesárselo todo al padre y aplazó la historia de la pérdida de Relámpago hasta el día siguiente, a fin de que sirviera de introducción a un asunto más importante. El viejo squire estaba acostumbrado a ver qué Dunstan se ausentara con frecuencia de la casa; así es que no pensó que valiera la pena de hacer una observación respecto de la desaparición de su hijo y de la del caballo.
Godfrey se repitió muchas veces que si dejaba escapar aquella ocasión favorable para confesarlo todo, jamás se le presentaría otra; y hasta la revelación podría producirse de una manera más odiosa que por la perversidad de Dunstan, si la otra se presentaba ella misma, como ya lo había amenazado con hacerlo Godfrey.
Entonces, para prepararse para la escena que iba a tener lugar, trató de imaginarla; resolvió mentalmente cómo pasaría la confesión de la debilidad en que había incurrido dándole el dinero a Dunstan al hecho que éste lo tenía tan agarrado, que había tenido que renunciar a hacérselo largar, como además tendría que proceder con su padre para que éste se preparara para algo muy grave antes de revelarle el hecho mismo.
El viejo squire era un hombre implacable; tomaba resoluciones durante una cólera violenta y no había medio de hacérselas abandonar, ni aun cuando esa cólera se hubiera disipado. Así son las lavas ardientes de los volcanes que se endurecen y forman una roca cuando se enfrían. Como muchos hombres inflexibles y violentos dejaba que el mal creciera al favor de su propia negligencia, hasta que se accediera con una fuerza que lo exasperaba. Entonces se volvía de un rigor feroz, y su dureza se tornaba inexorable. Ese era su sistema con los arrendatarios; los dejaba atrasarse en sus pagos, descuidar las cercas, reducir su material y su ganado, vender la paja y hacer todo lo que no debían; después, cuando estaba escaso de dinero a causa de su indulgencia, tomaba contra ellos las medidas más severas y se volvía sordo ante sus súplicas. Godfrey sabía todo eso y lo comprendía tanto más cuanto que había tenido el fastidio de ser testigo de los accesos de cólera brusca e implacable de su padre, accesos ante los cuales su irresolución habitual lo privaba de toda simpatía. Pero no criticaba la indulgencia culpable que los precedía; esa indulgencia le parecía bastante natural. Sin embargo, como Godfrey lo pensaba, apenas había una probabilidad de que el orgullo de su padre consideraba aquel casamiento desde un punto de vista que lo inclinara a mantenerlo secreto, antes que echar a su hijo y hacer hablar de la familia en el país, a diez leguas a la redonda.
Tal fue el aspecto bajo el cual Godfrey consiguió encarar las cosas hasta media noche. En seguida se durmió, pensando que ya había deliberado bastante consigo mismo. Pero, cuando despertó en la obscuridad de la mañana apacible, encontró que le era imposible recordar sus ideas de la noche precedente. Se hubiera dicho que estaban en exceso fatigadas y no podían volver a ser reanimadas para un nuevo trabajo. En lugar de argumentos en favor de una confesión, era incapaz ahora de representarse otra cosa que las deplorables consecuencias que aquella acarrearía. Entonces volvió el antiguo temor del deshonor—el antiguo horror de pensar en levantar una valla infranqueable entre él y Nancy—, su antigua inclinación a contar con las probabilidades capaces de serle favorables y evitarle una denuncia.
Porque, al fin y al cabo, ¿impediría con sus actos personales las esperanzas que da el ayer? Se había puesto a considerar la víspera su situación desde un falso punto de vista. Estaba furioso contra Dunstan, y no había pensado más que en una ruptura completa de su convenio mutuo.
Lo más cuerdo que podía hacer era tratar de atenuar la cólera de su padre contra Dunsey, y conservar lo más posible las cosas en su antiguo estado. Si Dunstan no volvía hasta dentro de algunos días—y Godfrey suponía que aquel pícaro tenía bastante dinero en el bolsillo como para poder prolongar su ausencia bastante tiempo—, todo podría disiparse.



