El proceso · Franz Kafka
Part 15
Capítulo 15 de 22 · 14 min de lectura
—En cuanto se haya tomado la sopa, te anuncio, así te tendré conmigo antes.
—Ve—dijo K—, ve.
—Sé más amable—dijo ella, y se volvió al llegar a la puerta.
K miró cómo se iba. Su decisión de despedir al abogado era definitiva. Era mejor no haber hablado antes con Leni. Ella apenas tenía una visión general del caso, le habría desaconsejado ese paso, probablemente hubiera convencido a K para no darlo, habría seguido dudando, permanecería inquieto y, finalmente, habría tenido que tomar la misma decisión, pues era inevitable. Pero cuanto antes la tomara, más daños se ahorraría. Tal vez el comerciante pudiera decir algo al respecto.
K se volvió; apenas lo notó el comerciante, quiso levantarse.
—Permanezca sentado—dijo K, y puso una silla a su lado—. ¿Es un viejo cliente del abogado?—preguntó K.
—Sí—dijo el comerciante—, desde hace muchos años.
—¿Cuántos años hace que le representa?—preguntó K.
—No sé qué quiere decir—dijo el comerciante—, en asuntos jurídicos y de negocios—tengo un negocio de granos—, me asesora desde que asumí el negocio, hace casi veinte años, pero en mi proceso, a lo que usted probablemente se refiere, desde su inicio hace más de cinco años. Sí, hace más de cinco años—añadió, y sacó una cartera—. Lo tengo apuntado aquí, si quiere le doy las fechas precisas. Es difícil mantenerlo todo en la memoria. Mi proceso es posible que dure más, comenzó poco después de la muerte de mi mujer, y de eso ya hace más de cinco años.
K se acercó aún más a él.
—Así que el abogado también se hace cargo de asuntos jurídicos ordinarios—dijo K.
Esa conexión entre ciencias jurídicas y tribunal le pareció muy tranquilizadora.
—Cierto—dijo el comerciante, y susurró a K—: Se dice incluso que es más habilidoso en las cuestiones jurídicas que en las otras.
Pero inmediatamente pareció lamentar lo dicho, puso una mano en el hombro de K y dijo:
—Le suplico que no me traicione.
K le dio unos golpecitos amistosos en el muslo y dijo:
—No se preocupe, no soy ningún traidor.
—Él es muy vengativo—dijo el comerciante.
—No hará nada contra un cliente tan fiel—dijo K.
—¡Oh, sí!—dijo el comerciante—, cuando se excita no conoce diferencias. Además, no le soy tan fiel.
—¿Por qué no?—preguntó K.
—¿Puedo confiarle algo?—preguntó el comerciante indeciso.
—Creo que puede—dijo K.
—Bien, le confiaré una parte, pero usted debe decirme a su vez un secreto, así estaremos en las mismas condiciones ante el abogado.
—Es usted muy precavido—dijo K—, le diré un secreto que le tranquilizará por completo. Así que, ¿en qué consiste su infidelidad con el abogado?
—Yo tengo...—dijo el comerciante indeciso, en un tono como si estuviera confesando algo deshonroso—, además de él tengo otros abogados.
—Eso no es tan malo—dijo K un poco decepcionado.
—Aquí sí—dijo el comerciante respirando con dificultad, aunque después de las palabras de K tuvo más confianza—. No está permitido. Y lo que no se tolera bajo ninguna circunstancia es tener otros abogados intrusos junto al abogado propiamente dicho. Y eso es precisamente lo que yo he hecho, además de él tengo cinco abogados.
—¡Cinco!—exclamó K, el número le dejó asombrado—. ¿Cinco abogados además de éste?
El comerciante asintió:
—Ahora mismo estoy en tratos con el sexto.
—Pero, ¿para qué necesita tantos abogados?—preguntó K.
—Los necesito a todos—dijo el comerciante.
—¿Me lo puede explicar?
—Encantado—dijo el comerciante—. Ante todo no quiero perder el proceso, eso es evidente. Así, no puedo omitir nada que me sea útil. Aun cuando en un caso concreto las esperanzas de utilidad sean muy pequeñas, no las puedo rechazar. Por consiguiente, he invertido todo lo que poseo en el proceso. Por ejemplo, he sacado todo el dinero de mi negocio; antes las oficinas de mi negocio ocupaban toda una planta, ahora basta una pequeña estancia en la parte trasera de la casa, en la que trabajo con un aprendiz. Este repliegue no se ha debido exclusivamente a la carencia de dinero, sino también a la drástica reducción de la jornada laboral. Quien quiere hacer algo por su proceso, puede ocuparse muy poco de todo lo demás.
—Entonces, ¿usted mismo trabaja en los juzgados?—preguntó K—. Precisamente sobre eso quisiera saber algo más.
—Precisamente sobre eso le puedo informar muy poco—dijo el comerciante—. Al principio lo intenté, pero lo tuve que dejar. Es demasiado agotador y no es una actividad que procure muchos éxitos. Trabajar y negociar allí al mismo tiempo me resultó imposible. Simplemente estar sentado y esperar supone un esfuerzo agotador. Ya conoce usted ese aire opresivo de las oficinas.
—¿Cómo sabe que he estado allí?—preguntó K.
—Yo estaba precisamente en la sala de espera cuando usted pasó.
—¡Qué casualidad!—exclamó K, tan absorbido por la conversación que había olvidado lo ridículo que le había parecido al principio el comerciante—. ¡Entonces me vio! Estaba en la sala de espera cuando pasé. Sí, yo pasé por allí una vez.
—No es tanta casualidad—dijo el comerciante—, estoy allí casi todos los días.
—Tendré que ir más—dijo K—, pero no seré recibido con tanto decoro como aquella vez. Todos se levantaron. Pensaron que yo era un juez.
—No—dijo el comerciante—, en realidad saludábamos al ujier. Nosotros ya sabíamos que usted era un acusado. Esas noticias se difunden con rapidez.
—Así que ya lo sabía—dijo K—, entonces mi comportamiento le debió de parecer, tal vez, arrogante. ¿No hablaron sobre ello?
—No—dijo el comerciante—. Todo lo contrario. No son más que tonterías.
—¿Que son tonterías?—preguntó K.
—¿Por qué pregunta eso?—dijo el comerciante enojado—. Parece no conocer a la gente de allí y tal vez lo interpretase mal. Debe tener en cuenta que en este tipo de procedimientos se habla de muchas cosas para las que ya no basta el sentido común, uno está demasiado cansado y confuso, así que se cae en las supersticiones. Hablo de los demás, pero yo no soy mejor. Una de esas supersticiones es, por ejemplo, que muchos pueden presagiar el resultado del proceso mirando el rostro del acusado, especialmente por la forma de los labios. Esas personas afirman que por sus labios deducen que usted será condenado en breve. Repito, es una superstición ridícula y en la mayoría de los casos refutada por los hechos, pero cuando se vive en esa compañía es difícil deshacerse de esas opiniones. Piense sólo la fuerza con que puede obrar esa superstición. Usted se dirigió a uno de los acusados ¿verdad? Él apenas le pudo responder. Hay muchas causas para quedar confuso en una situación así, pero una de ellas era sus labios. Luego contó que creía haber visto en sus labios el signo de su propia condena.
—¿En mis labios?—preguntó K, sacó un espejo y se contempló—. No noto nada especial en mis labios, ¿y usted?
—Yo tampoco—dijo el comerciante—. Nada en absoluto.
—Qué supersticiosa es la gente—exclamó K.
—¿Acaso no lo dije?—preguntó el comerciante.
—¿Hablan mucho entre ustedes? ¿Intercambian sus opiniones?—preguntó K—. Hasta ahora me he mantenido apartado.
—Por regla general no conversan entre ellos—dijo el comerciante—, no sería posible, son demasiados. Tampoco hay intereses comunes. Cuando alguna vez surge en un grupo la creencia en un interés común, resulta al poco tiempo un error. No se puede emprender nada en común contra el tribunal. Cada caso se investiga por separado, es el tribunal más concienzudo. Así pues, en común no se puede imponer nada. Solo, un individuo logra algo en secreto. Sólo cuando lo ha logrado, se enteran los demás. Nadie sabe cómo ha ocurrido. Así que no hay nada en común, uno se encuentra de vez en cuando con otro en la sala de espera, pero allí se habla poco. Las supersticiones vienen ya de muy antiguo y se difunden por sí mismas.
—Yo vi a los señores en la sala de espera—dijo K—, y su espera me pareció inútil.
—Esperar no es inútil—dijo el comerciante—, inútil es actuar por sí mismo. Ya le he dicho que yo, además de éste, tengo a cinco abogados. Se podría creer—yo mismo lo creí al principio—, que podría delegar en ellos todo el asunto. Eso sería falso. Les podría delegar lo mismo que si tuviera a un solo abogado. ¿No lo entiende?
—No—dijo K, y puso su mano en la del comerciante para apaciguarle e impedir que siguiese hablando con tanta rapidez—, pero quisiera pedirle que hable un poco más despacio, son cosas muy interesantes para mí y no le puedo seguir muy bien.
—Está bien que me lo recuerde—dijo el comerciante—, usted es nuevo, un novato por así decirlo. Su proceso lleva en marcha medio año, ¿verdad? He oído de ello. ¡Un proceso tan joven! Yo, sin embargo, he reflexionado sobre todas estas cosas mil veces, para mí son lo más evidente del mundo.
—¿Está contento de que su proceso ya esté tan avanzado?—preguntó K, aunque no quería preguntar directamente cómo le iban los asuntos al comerciante. Pero tampoco recibió una respuesta clara.
—Sí, llevo arrastrando mi proceso desde hace cinco años—dijo el comerciante hundiendo la cabeza—, no es un logro pequeño—y se calló un rato.
K escuchó un momento para saber si Leni venía. Por una parte no quería que viniese, pues aún le quedaba mucho por preguntar y no quería encontrarse con ella en medio de una conversación tan confidencial; por otra parte, sin embargo, le enojaba que permaneciera tanto tiempo con el abogado a pesar de su presencia, mucho más del tiempo necesario para servir una sopa.
—Recuerdo muy bien—comenzó de nuevo el comerciante, y K prestó toda su atención—cuando mi proceso tenía la misma edad que el suyo ahora. En aquel tiempo sólo tenía a este abogado, pero no estaba muy satisfecho con él.
«Aquí me voy a enterar de todo»—pensó K, y asintió insistentemente con la cabeza, como para animar así al comerciante a que revelase todo lo que tuviera importancia.
—Mi proceso—continuó el comerciante—no progresaba, se llevaban a cabo pesquisas, yo estuve presente en todas, reunía material, presenté todos mis libros de contabilidad ante el tribunal, lo que, como me enteré después, no había sido necesario, visité una y otra vez al abogado, presentó varios escritos judiciales...
—¿Varios escritos judiciales?
—Sí, cierto—dijo el comerciante.
—Eso es importante para mí—dijo K—, en mi causa aún trabaja en el primer escrito. Todavía no ha hecho nada. Ahora veo que me descuida vergonzosamente.
—Que el escrito judicial no esté terminado se puede deber a múltiples causas justificadas—dijo el comerciante—. Por lo demás, en lo que respecta a mis escritos resultó que no habían tenido ningún valor. Yo mismo he leído uno de ellos gracias a un funcionario judicial. Era erudito pero sin contenido alguno. Ante todo mucho latín, que yo no entiendo, también interminables apelaciones generales al tribunal; adulaciones a determinados funcionarios, que, aunque no eran nombrados, cualquier especialista podía deducir fácilmente de quién se trataba; un elogio de sí mismo del abogado, humillándose como un perro ante el tribunal y, finalmente, algo de jurisprudencia. Las diligencias, por lo que pude comprobar, parecían haber sido hechas con todo cuidado. Tampoco quiero juzgar en base a ellas el trabajo del abogado; además, el escrito que leí no era más que uno entre muchos, aunque, en todo caso, y de eso quiero hablar ahora, no percibí el más pequeño progreso en mi causa.
—¿Qué progreso quería usted ver?—preguntó K.
—Sus preguntas son muy razonables—dijo el comerciante sonriendo—, raras veces se pueden ver progresos en este procedimiento. Pero eso no lo sabía al principio. Soy comerciante, y antaño lo era más que ahora; yo quería ver progresos tangibles, todo tenía que aproximarse al final o, al menos, tomar el camino adecuado. En vez de eso sólo había interrogatorios, casi siempre con el mismo contenido. Las respuestas ya las tenía preparadas, como una letanía. Varias veces a la semana venían ujieres a mi negocio, a mi casa o a donde pudieran encontrarme, eso era una molestia—hoy, con el teléfono, es mucho mejor—, además, se empezaron a difundir rumores sobre mi proceso entre amigos de negocios y, especialmente, entre mis parientes, sufría perjuicios por todas partes, pero no había el más mínimo signo de que se fuera a producir en un tiempo prudencial la primera vista. Así que fui a ver al abogado y me quejé. Él me dio largas explicaciones, pero rechazó con decisión hacer algo en mi favor, nadie tenía poder, según él, para influir en la fijación de la fecha de la vista. Insistir sobre ello en un escrito, como yo pedía, era algo inaudito y nos llevaría a los dos a la ruina. Yo pensé: «Lo que este abogado ni quiere ni puede, es posible que otro abogado lo quiera y pueda». Así que busqué otro abogado. Se lo voy a anticipar: nadie ha impuesto o solicitado la fijación de la vista principal, eso es imposible, con una excepción de la que le hablaré a continuación. Respecto a ese punto el abogado no me había engañado. Pero tampoco tuve que lamentar haberme dirigido a otro abogado. Ya habrá oído algo sobre los abogados intrusos a través del Dr. Huld, él se los habrá presentado como seres bastante despreciables y así son en la realidad. Pero cuando habla de ellos y se compara siempre omite un pequeño detalle. Denomina a los abogados de su círculo los «grandes abogados». Eso es falso, cada cual puede llamarse, naturalmente, si le place, «grande», pero en este caso sólo deciden los usos judiciales. Este abogado y sus colegas son, sin embargo, los pequeños abogados, los grandes, de los que sólo he oído hablar y a los que no he visto nunca, están en un rango comparablemente superior al que ocupan éstos respecto a los despreciables abogados intrusos.
—¿Los grandes abogados?—preguntó K—. ¿Quiénes son? ¿Cómo se puede establecer contacto con ellos?
—Así que usted aún no ha oído hablar de ellos—dijo el comerciante—. Apenas hay un acusado que después de haber conocido su existencia no sueñe largo tiempo con ellos. Pero no se deje seducir por la idea. Yo no sé quiénes son los grandes abogados y no tengo ningún acceso a ellos. No conozco ningún caso en el que se pueda decir con seguridad que han intervenido. Defienden a algunos, pero no se puede lograr su defensa por propia voluntad, sólo defienden a los que quieren defender. Sin embargo, los asuntos que aceptan ya tienen que haber pasado de las instancias inferiores. Por lo demás, es mejor no pensar en ellos, pues de otro modo todas las entrevistas con los otros abogados, todos sus consejos y ayudas, aparecerán como algo completamente inútil, yo mismo lo he experimentado, a uno le entran ganas de arrojarlo todo por la borda, irse a casa, meterse en la cama y no querer saber nada más del asunto. Pero eso sería, una vez más, una gran necedad, tampoco en la cama se podría gozar por mucho tiempo de tranquilidad.
—¿Usted no pensó entonces en los grandes abogados?—preguntó K.
—No por mucho tiempo—dijo el comerciante, y sonrió otra vez—, por supuesto no se les puede olvidar por completo, la noche es especialmente favorable para que surjan esos pensamientos. Pero en aquellos tiempos sólo pretendía éxitos inmediatos, así que fui a ver a los abogados intrusos.
—Qué bien estáis sentados los dos juntos—exclamó Leni, que había regresado con el plato de sopa.
Realmente estaban sentados muy cerca el uno del otro, al hacer el mínimo movimiento podrían golpearse mutuamente con la cabeza. El comerciante, que además de su pequeña estatura se mantenía encorvado obligó a que K se inclinara para poder oír lo que decía.
—Un momento todavía—gritó K, rechazando a Leni y agitando impaciente la mano que aún tenía sobre la del comerciante.
—Quería que le contase mi proceso—dijo el comerciante a Leni.
—Sigue, sigue contando—dijo ella. Hablaba al comerciante con cariño, pero también algo despectivamente. A K no le gustó. Como acababa de reconocer, ese hombre poseía un valor, al menos tenía experiencias que sabía comunicar. Era posible que Leni le juzgara injustamente. Miró a Leni enojado cuando ella le quitó la vela al comerciante, que había sostenido en alto todo ese tiempo, le limpió la mano con el delantal y se arrodilló a su lado para raspar algo de cera que le había caído en el pantalón.
—Quería hablarme de los abogados intrusos—dijo K y, sin más comentarios, dio una palmada en la mano de Leni.
—¿Qué quieres?—preguntó Leni, le devolvió la palmada y continuó su trabajo.
—Sí, de los abogados intrusos—dijo el comerciante y se pasó la mano sobre la frente, como si reflexionara.
K quiso ayudarle y dijo:
—Usted quería tener éxitos inmediatos y por eso buscó abogados intrusos.
—Ah, sí, cierto—dijo el comerciante, pero no continuó hablando.
«Es posible que no quiera hablar delante de Leni»—pensó K. Dominó su impaciencia por oír el resto y no le presionó más.
—¿Me has anunciado?—preguntó a Leni.
—Naturalmente—dijo ella—, te está esperando. Deja a Block, con él puedes hablar más tarde, se quedará aquí.
K aún dudaba.
—¿Quiere quedarse aquí?—preguntó al comerciante. Quería oír su propia respuesta. No le gustaba que Leni hablase del comerciante como si estuviera ausente. Ese día estaba lleno de oscuros reproches contra Leni. Pero otra vez fue Leni la que respondió:
—Duerme aquí con frecuencia.
—¿Duerme aquí?—preguntó al comerciante. K había creído que esperaría allí hasta que él cumpliese rápidamente con el trámite de hablar con el abogado, luego podrían continuar juntos y hablarlo todo sin molestias.
—Sí—dijo Leni—, no todos son como tú, Josef, que te presentas a ver al abogado cuando quieres. Ni siquiera pareces asombrarte de que el abogado te reciba a las once de la noche y a pesar de su enfermedad. Aceptas todo lo que hacen tus amigos por ti como algo evidente. Bien, tus amigos o, al menos, yo, lo hacemos encantados. No quiero ningún otro agradecimiento, y tampoco lo necesito, salvo el de que me quieras.
«¿Que te quiera?»—pensó K en el primer momento, luego le pasó por la cabeza: «Bien, sí, la quiero». Sin embargo, al responder ignoró sus últimas palabras:
—Me recibe porque soy su cliente. Si fuese necesaria la ayuda de extraños, debería estar mendigando a casa paso.
—¿Qué mal está hoy, verdad?—preguntó Leni al comerciante.
«Ahora soy yo el ausente»—pensó K, y casi se enoja con el comerciante al asumir éste la descortesía de Leni y decir:
—El abogado también le recibe por otros motivos. Su caso es más interesante que el mío. Además, su proceso está en la primera fase, es decir, no ha avanzado mucho, por eso al abogado le gusta ocuparse de él, más tarde será diferente.
—Sí, sí—dijo Leni, y contempló al comerciante sonriendo—. ¡Cómo bromea! No le creas nada—dijo Leni volviéndose a K—. Es tan cariñoso como hablador. A lo mejor es por eso que el abogado no le puede soportar. Sólo le recibe cuando está de buen humor. Me he esforzado mucho por cambiarlo, pero es imposible. Hay veces en que anuncio a Block y le recibe tres días después. Si cuando lo llama no está preparado para entrar, entonces está todo perdido y hay que anunciarle de nuevo. Por eso le he permitido dormir aquí, ya ha ocurrido que le ha llamado en plena noche. Ahora Block también está preparado de noche. Pero puede ocurrir que el abogado, si resulta que Block está aquí, cambie de opinión y cancele la visita.
K miró con gesto interrogativo al comerciante. Éste asintió y dijo abiertamente, como antes había hablado con K, quizá algo confuso por la vergüenza:
—Sí, uno termina volviéndose dependiente de su abogado.
—Sólo se queja para guardar las apariencias—dijo Leni—, le encanta dormir aquí, como ha reconocido ante mí muchas veces.
Ella se acercó a una pequeña puerta y la abrió de golpe.
—¿Quieres ver dónde duerme?—preguntó.
K fue hacia allí y vio desde el umbral un recinto bajo y sin ventanas, ocupado por completo por una cama estrecha. Sólo se podía subir a ella escalando por la pata de la cama. En la cabecera había un hundimiento en la pared, allí se podían ver, ordenados escrupulosamente, una vela, un tintero, una pluma y unos papeles, probablemente escritos del proceso.
—¿Duerme en la habitación de la criada?—preguntó K volviéndose hacia el comerciante.
—Leni la ha arreglado para mí—respondió el comerciante—. Dormir en ella es muy ventajoso.
K lo contempló un rato. La primera impresión que había recibido del comerciante era, probablemente, la correcta. Tenía experiencia, pues su proceso duraba ya mucho tiempo, pero la había pagado muy cara. De repente, K no soportó por más tiempo la visión del comerciante.
—¡Llévatelo a la cama!—le gritó a Leni, que pareció no entenderle. Él, sin embargo, quería ir a ver al abogado y, con su renuncia, liberarse no sólo de él, sino también de Leni y del comerciante. Pero antes de que llegase a la puerta, el comerciante se dirigió a él en voz baja:
—Señor gerente.
K se volvió enojado.
—Ha olvidado su promesa—dijo el comerciante, que se estiró en su sitio y miró a K suplicante—. Me tiene que decir un secreto.
—Es verdad—dijo K, y acarició ligeramente a Leni con una mirada. Ella prestó atención a lo que iba a decir—. Escuche, aunque ya no es ningún secreto. Voy a ver al abogado para despedirle.



