El proceso · Franz Kafka
Part 16
Capítulo 16 de 22 · 14 min de lectura
—¡Le despide!—gritó el comerciante, saltó de la silla y corrió alrededor de la cocina con los brazos en alto.
Una y otra vez gritaba:
—¡Despide al abogado!
Leni quiso acercarse a K, pero el comerciante se interpuso en su camino, por lo que le dio un golpe con el puño. Aún con la mano cerrada, corrió detrás de K, pero éste le llevaba ventaja. Acababa de entrar en la habitación del abogado, cuando Leni logró alcanzarle. K cerró la puerta, pero Leni la mantuvo abierta con el pie, le cogió del brazo e intentó sacarle. K presionó tanto su muñeca que se vio obligada a soltarle lanzando un quejido. No se atrevió a entrar de inmediato en la habitación. K cerró la puerta con llave.
—Le espero desde hace tiempo—dijo el abogado desde la cama, dejó un escrito, que había estado leyendo a la luz de una vela, sobre la mesilla de noche y se puso las gafas, con las que miró a K con ojos penetrantes. En vez de disculparse, K dijo:
—Me iré en seguida.
El abogado ignoró las palabras de K, porque no suponían ninguna disculpa, y dijo:
—La próxima vez no le recibiré a una hora tan avanzada.
—No importa—dijo K.
El abogado le lanzó una mirada interrogativa.
—Siéntese—dijo.
—Como guste—dijo K, y trajo una silla hasta la mesilla de noche.
—Me parece que ha cerrado la puerta con llave—dijo el abogado.
—Sí—dijo K—, ha sido por Leni.
No tenía la menor intención de respetar a nadie. Pero el abogado preguntó:
—¿Ha vuelto a ser atrevida?
—¿Atrevida?—preguntó K.
—Sí—dijo el abogado, y al reír sufrió un ataque de tos, pero continuó riendo en cuanto se le pasó.
—Usted habrá notado ya su osadía—dijo, y dio unos ligeros golpecitos en la mano de K, que, confuso, la había apoyado en la mesilla de noche, retirándola ahora de inmediato.
—No le da importancia—dijo el abogado cuando K se quedó callado—, mucho mejor. Si no hubiera tenido que disculparme ante usted. Es una peculiaridad de Leni, que ya le he perdonado hace mucho tiempo y de la que no hablaría si usted no hubiera cerrado la puerta con llave. A usted sería a quien menos se le debería explicar esa peculiaridad, pero como me mira tan consternado, lo haré. Esa peculiaridad consiste en que Leni encuentra guapos a la mayoría de los acusados. Se encapricha de todos, los ama, al menos aparentemente todos le corresponden; para entretenerme, cuando le doy permiso, me cuenta algo. Para mí no es ninguna sorpresa, como para usted parece serlo. Cuando se tiene la perspectiva visual adecuada, se encuentra que, efectivamente, la mayoría de los acusados son guapos. Se trata, en cierta manera, de un fenómeno científico bastante extraño. A causa de la apertura del proceso no se produce, naturalmente, una alteración clara y apreciable del aspecto exterior de una persona. Pero tampoco es como en otros asuntos judiciales, aquí la mayoría mantiene su forma de vida habitual y, si tienen un buen abogado que cuide de ellos, el proceso apenas les afectará. Sin embargo, los que poseen una dilatada experiencia son capaces de reconocer a los acusados entre una multitud. ¿Por qué?, preguntará. Mi respuesta no le satisfará. Los acusados son los más guapos. No puede ser la culpa la que los embellece, pues—y aquí tengo que hablar como abogado—no todos son culpables; tampoco puede ser la pena futura la que les hace guapos, pues no todos serán castigados; por consiguiente, se tendría que deber al proceso, que, de algún modo, les marca. Aunque también hay que reconocer que entre todos ellos hay algunos que se distinguen por una belleza especial. Pero todos son guapos, incluso Block, ese gusano miserable.
Cuando el abogado terminó de hablar, K estaba tranquilo, incluso había asentido con la cabeza a sus últimas palabras, confirmando así su antigua opinión de que el abogado siempre intentaba confundirle con informaciones generales ajenas al caso y, así, evitaba dar respuesta a la cuestión de si había realizado algo en su favor. El abogado notó que K estaba dispuesto a ofrecerle más resistencia que de costumbre, pues se calló para dar a K la posibilidad de hablar. No obstante preguntó al ver que K mantenía su silencio:
—Pero usted ha venido a verme con una intención especial, ¿verdad?
—Sí—dijo K y tapó un poco la vela con la mano para poder ver mejor al abogado—, quería decirle que renuncio a partir del día de hoy a sus servicios.
—¿Le he entendido bien?—preguntó el abogado, se incorporó en la cama y se apoyó con una mano en la almohada.
—Creo que sí—dijo K, que estaba sentado muy recto, como si estuviera al acecho.
—Bien, podemos discutir ese plan—dijo el abogado transcurrido un rato.
—Ya no es ningún plan—dijo K.
—Puede ser—dijo el abogado—, pero tampoco nos vamos a precipitar.
Utilizó la primera persona del plural, como si no tuviera la intención de desprenderse de K y como si quisiera seguir siendo, si no su defensor, sí, al menos, su consejero.
—No es precipitado—dijo K, y se levantó lentamente, poniéndose detrás de la silla—, lo he pensado mucho y, quizá, demasiado tiempo. La decisión es definitiva.
—Al menos permítame decir algunas palabras—dijo el abogado, que se quitó la manta y se sentó en el borde de la cama. Sus piernas desnudas, cubiertas de pelo blanco, temblaban de frío. Le pidió a K que le diera una manta que había sobre el canapé. K le llevó la manta y dijo:
—Se expone inútilmente a un enfriamiento.
—El motivo es lo suficientemente importante—dijo el abogado, mientras cubría la parte superior del cuerpo con la manta de la cama y luego las piernas con la manta que le había llevado K—. Su tío es mi amigo y también le he cogido cariño a usted. Lo reconozco abiertamente. No necesito avergonzarme de ello.
Esos discursos enternecedores del viejo eran inoportunos para las intenciones de K, pues le obligaban a dar una aclaración detallada, que él hubiera querido evitar. Además, le confundían, aunque nunca lograban que cambiase de decisión.
—Le agradezco mucho la amable opinión que tiene de mí—dijo—, también reconozco que ha llevado mi asunto tan bien como le ha sido posible y con la mayor ventaja para mí. No obstante, en los últimos tiempos se ha afianzado en mí la convicción de que no es suficiente. Por supuesto que jamás intentaré convencerle, a usted, a un hombre mucho más experimentado y mayor que yo. Si lo he intentando alguna vez, le ruego que me perdone. El asunto, como usted dice, es lo suficientemente importante y estoy convencido de que es necesario actuar con más energías en el proceso de las que se han empleado hasta ahora.
—Le comprendo—dijo el abogado—. Usted es impaciente.
—No soy impaciente—dijo K algo irritado, y ya no cuidó tanto sus palabras—. Usted pudo notar, cuando vine la primera vez acompañado de mi tío, que el proceso no me importaba mucho. Si no me lo recordaban con insistencia, lo olvidaba por completo. Pero mi tío se empeñó en que le encargase mi defensa, así lo hice, pero sólo para ser amable con él. Y a partir de ese momento creí que soportar el proceso sería aún más fácil para mí, pues al encargar al abogado la defensa, la carga del proceso recaería sobre él. Pero ocurrió todo lo contrario. Nunca antes de que usted asumiera mi defensa tuve tantas preocupaciones a causa del proceso. Cuando estaba solo no emprendía nada a favor de mi causa, pero apenas lo sentía; luego, sin embargo, dispuse de un defensor, todo estaba dispuesto para que algo ocurriera, yo esperaba cada vez más tenso sus diligencias, pero no se produjeron. Eso sí, de usted recibí informaciones acerca del tribunal que no hubiera podido recibir de otros. Pero eso no me puede bastar cuando el proceso, aunque sea en secreto, me afecta cada vez más.
K había apartado la silla y permanecía de pie con las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—Desde un punto de vista práctico—dijo el abogado en voz baja y con tranquilidad—, ya no se produce nada esencialmente nuevo. Usted está ahora ante mí del mismo modo en que estuvieron muchos otros acusados en la misma fase del proceso, y también dijeron lo mismo.
—Entonces todos esos acusados—dijo K—tenían la misma razón que yo tengo. Eso no refuta mis ideas.
—Yo no pretendía refutar su opinión—dijo el abogado—, sólo quería añadir que había esperado de usted una mayor capacidad de juicio, sobre todo porque le he permitido hacerse una mejor idea de la judicatura y de mi actividad que a otros. Y, sin embargo, ahora puedo comprobar que, a pesar de mis esfuerzos, no me tiene mucha confianza. No me lo pone muy fácil.
¡Cómo se humillaba el abogado ante K! Sin consideración alguna al honor de su gremio, que en este punto es de lo más sensible. Y, ¿por qué lo hacía? Según las apariencias era un abogado muy ocupado y, además, un hombre rico, en su caso no se trataba ni de ganancias ni de la pérdida de un cliente. Por añadidura, estaba enfermo y tenía que pensar en reducir su trabajo. No obstante, se aferraba a K. ¿Por qué? ¿Acaso era por el tío, o consideraba el proceso de K tan extraordinario que podría distinguirse ya fuese ante K o—la posibilidad no se podía excluir—ante sus amigos del tribunal? De su actitud no se podía deducir nada, por muy desconsiderada que fuese su mirada escrutadora. Se podría decir que esperaba con un gesto intencionadamente neutral el efecto de sus palabras. En todo caso pareció interpretar el silencio de K de un modo demasiado favorable, ya que continuó:
—Habrá notado que tengo un bufete grande pero que no empleo a pasantes. Antes era distinto, hubo un tiempo en que trabajaban para mí jóvenes juristas, hoy trabajo solo. En parte se debe a que me he ido restringiendo a asuntos como el suyo, en parte debido al profundo conocimiento que he ido acumulando acerca de esta judicatura. Pensé que un trabajo así no se puede delegar en nadie, que al hacerlo traicionaría al cliente y la tarea que había asumido. La decisión de realizar todo el trabajo por mí mismo tuvo consecuencias naturales: tuve que renunciar a casi todos los casos y sólo aceptar los que tenían un interés especial para mí. A fin de cuentas hay suficientes criaturas, y muy cerca de aquí, que se arrojan sobre cada mendrugo que yo rechazo. Aun así me puse enfermo por el exceso de trabajo. No obstante, no me arrepiento de mi decisión. Es posible que hubiera debido rechazar más casos de los que rechacé, pero que lo he dado todo en los procesos que he asumido es algo que ha resultado necesario y ha sido premiado con éxitos. Una vez encontré muy bien expresada en un escrito la diferencia entre la representación de mi cliente en asuntos judiciales normales y la representación en este tipo de asuntos. Decía: «Uno de los abogados lleva a su cliente de una hebra de hilo hasta la sentencia, el otro sube a su cliente sobre sus hombros y lo lleva así, sin bajarlo, hasta la sentencia e, incluso, más allá de ella». Así es. Pero no era del todo cierto cuando dije que jamás he lamentado asumir este trabajo tan pesado. Cuando usted, en su caso, se equivoca de manera tan garrafal, sólo entonces es cuando lo lamento.
K no sólo no se dejó convencer, sino que se fue poniendo cada vez más impaciente. Creyó percibir en el tono del abogado lo que le esperaría si cedía: comenzarían de nuevo los consuelos; se repetirían las menciones acerca de la redacción avanzada del escrito judicial, acerca del estado de ánimo de los funcionarios, pero también sobre las dificultades que se oponían al trabajo. En suma, todo eso, ya conocido, se tendría que repetir hasta la saciedad para embaucar a K con esperanzas inciertas y atormentarle con amenazas larvadas. Tenía que impedirlo definitivamente, así que dijo:
—¿Qué emprendería si mantuviese mi representación?
El abogado aceptó esa pregunta humillante y contestó:
—Continuar con las diligencias ya iniciadas.
—Ya lo sabía—dijo K—. Cualquier palabra más resulta superflua.
—Haré todavía un intento—dijo el abogado, como si lo que irritaba a K le afectara en realidad a él—. Tengo la sospecha de que usted ha sido llevado a su falso enjuiciamiento de mi trabajo y a su comportamiento por el hecho de que, a pesar de ser un acusado, se le ha tratado demasiado bien o, mejor expresado, con aparente indulgencia. También esto último tiene su motivo. A menudo es mejor estar encadenado que libre. Pero quiero mostrarle cómo se trata a otros acusados, tal vez sea capaz de aprender una lección. Voy a llamar a Block, abra la puerta y siéntese aquí, junto a la mesilla de noche.
—Encantado—dijo K, e hizo lo que el abogado le había pedido. Siempre estaba dispuesto a aprender algo. Pero para asegurarse, preguntó:
—Pero, ¿se ha enterado de que le he retirado definitivamente mi confianza?
—Sí—dijo el abogado—, pero hoy mismo puede rectificar.
Se acostó, se tapó con la manta hasta la barbilla y se volvió hacia la pared. Entonces llamó. Al poco rato apareció Leni, intentó apreciar con miradas fugaces qué había ocurrido. Que K permaneciera tranquilo al lado de la mesilla de noche del abogado, era un signo positivo. Hizo una ligera seña con la cabeza a K, que la contempló rígido, y sonrió.
—Trae a Block—dijo el abogado.
En vez de salir de la habitación para traerlo, se acercó a la puerta y gritó:
—¡Block! ¡El abogado te llama!—luego se puso detrás de K, ya que el abogado continuaba mirando hacia la pared y no se preocupaba de nada. A partir de ese momento estuvo molestando a K, pues se inclinó sobre el respaldo de su silla y acarició, con sumo cuidado y suavidad, su pelo y mejillas. Finalmente, K intentó impedírselo al coger una de sus manos, que ella, después de resistirse algo, dejó en su poder.
Block llegó en seguida, pero se quedó esperando en la puerta: parecía reflexionar si debía entrar o no. Elevó las cejas e inclinó la cabeza como si estuviera esperando a que se repitiese la orden del abogado. K habría podido animarle a entrar, pero había decidido romper definitivamente no sólo con el abogado, sino con todo lo que había en aquella casa, así que permaneció imperturbable. Leni tampoco habló. Block notó que nadie, en principio, le echaba, por lo que entró de puntillas, con los músculos del rostro tensos y las manos a la espalda, en una posición artificial. Dejó la puerta abierta para posibilitar una retirada. No miró a K, sino que su vista siempre se dirigió a la manta bajo la que se encontraba el abogado, al que ni siquiera podía ver por la postura adoptada. Pero entonces se oyó su voz:
—¿Block aquí?—preguntó el abogado.
Esa pregunta, que le cogió por sorpresa cuando ya había avanzado un buen trecho, le causó el mismo efecto que un golpe en el pecho y otro en la espalda, se tambaleó, permaneció profundamente inclinado y dijo:
—A su servicio.
—¿Qué quieres?—preguntó el abogado—. Vienes en un momento inoportuno.
—¿No me ha llamado?—preguntó Block, más a sí mismo que al abogado, y puso las manos hacia adelante, como para protegerse, disponiéndose a salir corriendo.
—Te he llamado—dijo el abogado—, pero vienes en un momento inoportuno—y tras una pausa añadió—: Siempre vienes en un momento inoportuno.
Desde que el abogado comenzó a hablar, Block ya no miraba hacia la cama, más bien se quedó como petrificado en una esquina y se dedicaba exclusivamente a escuchar, como si la visión del que hablaba le deslumbrase tanto que no pudiese soportarlo. Pero escuchar al abogado era difícil, pues seguía de cara a la pared y hablaba despacio y rápido.
—¿Quiere que me vaya?—preguntó Block.
—Bueno, ya que estás aquí—dijo el abogado—, ¡quédate!
Se podía creer que el abogado no había satisfecho el deseo de Block, sino que le había amenazado con azotarle, pues Block comenzó a temblar.
—Ayer estuve con el tercer juez, mi amigo, y la conversación terminó centrándose en ti. ¿Quieres saber lo que me dijo?
—¡Oh!, por favor—dijo Block.
Como el abogado no continuó hablando, Block repitió otra vez su súplica y se inclinó como si se propusiera arrodillarse. Entonces K se dirigió a él:
—¿Qué haces?—exclamó.
Leni intentó que no interviniera, por eso K cogió también su otra mano. No las apretaba precisamente con amor. Ella se quejaba e intentaba liberar las manos. Pero por culpa de la exclamación de K, el abogado castigó a Block:
—¿Quién es tu abogado?—preguntó el Dr. Huld.
—Usted—dijo Block.
—¿Quién más?—preguntó el abogado.
—Nadie más—dijo Block.
—Entonces no obedezcas a nadie más.
Block reconoció la situación, dirigió a K miradas malignas y sacudió la cabeza. Si se hubieran podido traducir esos gestos en palabras, habrían sido graves insultos. ¡Con ese hombre había querido hablar amigablemente K sobre su causa!
—Ya no te molestaré más—dijo K reclinado en la silla—. Arrodíllate o ponte a cuatro patas si quieres, haz lo que te dé la gana, a mí no me importa.
Pero Block tenía sentido del honor, al menos frente a K. Se lanzó hacia él con los puños en alto y gritó, tanto como era capaz de hacerlo en la cercanía del abogado:
—No me hable así, eso no está permitido. ¿Por qué me insulta? Y, además, aquí, en presencia del señor abogado, donde ambos, usted y yo, sólo somos tolerados por caridad. Usted no es mejor que yo, pues usted también es un acusado y tiene un proceso. Si a pesar de ello sigue siendo un señor, yo también, y aún más digno que usted. Y quiero que se dirija a mí como corresponde. Si se cree que es un privilegiado al estar sentado ahí y poder escuchar tranquilamente, mientras yo, como usted dice, me pongo a cuatro patas, le recuerdo la vieja máxima judicial: «Para el sospechoso es mejor moverse que sentarse, pues el que cansa puede hacerlo, sin saberlo, sobre una balanza y ser pesado según sus pecados».
K no dijo nada, se limitó a mirar asombrado, con ojos inmóviles, a ese hombre perturbado. ¡Qué cambios había experimentado en las últimas horas! ¿Sería acaso el proceso el que le confundía de esa manera, y el que no le dejaba reconocer dónde estaba el amigo y dónde el enemigo? ¿No se daba cuenta de que el abogado le humillaba intencionadamente y que no pretendía otra cosa que ufanarse de su poder ante K y así, tal vez, someterlo? Si Block no era capaz de darse cuenta, o si tanto temía al abogado que ese conocimiento no le ayudaba en nada, ¿cómo era posible que repentinamente se tornase tan astuto u osado como para intentar engañar al abogado y ocultarle que tenía a su servicio a otros abogados? ¿Y cómo osaba atacar a K, que en cualquier momento podía revelar su secreto? Pero se atrevió a más, se acercó a la mesa del abogado y comenzó a quejarse de K:
—Señor abogado—dijo—, ¿ha oído cómo me ha tratado ese hombre? Se pueden contar las horas de su proceso y quiere darme lecciones, a mí, que ya llevo cinco años de proceso. Incluso me insulta. No sabe nada y me insulta, a mí, que he estudiado, tanto como mis fuerzas lo han permitido, lo que es decencia, deber y lo que son usos judiciales.
—No te preocupes—dijo el abogado—y haz lo que te parezca correcto.
—Cierto—dijo Block, como si él mismo se animase y, después de a corta mirada de soslayo, se arrodilló junto a la cama—. Ya me arrodillo, mi abogado—dijo.
Pero el abogado calló. Block acarició cuidadosamente la manta con una mano. Leni, liberándose de las manos de K, rompió el silencio que ahora reinaba:
—Me haces daño. Déjame. Me voy con Block.
Se fue hacia él y se sentó al borde de la cama. Block se alegró. Inmediatamente le suplicó por medio de signos enérgicos que le ayudase ante el abogado. Parecía necesitar urgentemente la información del abogado, aunque tal vez sólo para dejarse explotar por el resto de los abogados. Leni sabía muy bien cómo ganarse a Huld, señaló la mano del anciano y frunció los labios como para dar un beso. Sin pensarlo, Block le dio un beso en la mano y repitió el beso a petición de Leni. Pero el abogado seguía callado. Leni, entonces, se acercó a él, su esbelta figura se hizo visible al estirarse sobre la cama, y acarició su rostro inclinada sobre su largo pelo blanco. Eso le obligó a contestar.
—Estoy dudando en decírselo—dijo el abogado y se pudo ver cómo sacudió ligeramente la cabeza, tal vez para sentir mejor las caricias de Leni. Block escuchaba con la cabeza humillada, como si al escuchar estuviese incumpliendo un mandamiento.
—¿Por qué dudas?—preguntó Leni.
K tenía la impresión de que escuchaba una conversación estudiada, que ya se había repetido con frecuencia y se seguiría repitiendo en el futuro. Block era el único para el que no perdería su novedad.



