El proceso · Franz Kafka
Part 5
Capítulo 5 de 22 · 16 min de lectura
—Lo que me ha ocurrido—continuó K con voz algo más baja que antes, buscando los rostros de la primera fila, lo que dio a su discurso un aire de inquietud—, lo que me ha ocurrido es un asunto particular y, como tal, no muy importante, pues no lo considero grave, pero es significativo de un procedimiento que se incoa contra otros muchos. Aquí estoy en representación de ellos y no sólo de mí mismo.
Había elevado la voz involuntariamente. En algún lugar alguien aplaudió con las manos alzadas y gritó:
—¡Bravo! ¿Por qué no? ¡Otra vez bravo!
Los ancianos de las primeras filas se acariciaron las barbas, pero ninguno se volvió a causa de la exclamación. Tampoco K le atribuyó ninguna importancia, seguía animado. Ya no creía necesario que todos aplaudieran, le bastaba con que la mayoría comenzase a reflexionar sobre el asunto y que alguno, de vez en cuando, se dejara convencer.
—No quiero alcanzar ningún triunfo retórico—dijo K, sacando conclusiones de su reflexión—, tampoco podría. Es muy probable que el señor juez instructor hable mucho mejor que yo, es algo que forma parte de su profesión. Lo único que deseo es la discusión pública de una irregularidad pública. Escuchen: fui detenido hace diez días, me río de lo que motivó mi detención, pero eso no es algo para tratarlo aquí. Me asaltaron por la mañana temprano, cuando aún estaba en la cama. Es muy posible—no se puede excluir por lo que ha dicho el juez instructor—que tuvieran la orden de detener a un pintor, tan inocente como yo, pero me eligieron a mí. La habitación contigua estaba ocupada por dos rudos vigilantes. Si yo hubiera sido un ladrón peligroso, no se hubieran podido tomar mejores medidas. Esos vigilantes eran, por añadidura, una chusma indecente, su cháchara era insufrible, se querían dejar sobornar, se querían apropiar con trucos de mi ropa interior y de mis trajes, querían dinero para, según dijeron, traerme un desayuno, después de haberse comido con desvergüenza inusitada el mío ante mis propios ojos. Y eso no fue todo. Me llevaron a otra habitación, ante el supervisor. Era la habitación de una dama, a la que aprecio mucho, y tuve que ver cómo esa habitación, por mi causa aunque no por mi culpa, fue ensuciada en cierto modo por la presencia de los vigilantes y del supervisor. No fue fácil guardar la calma. No obstante, lo conseguí, y pregunté al supervisor con toda tranquilidad—si estuviera aquí presente lo tendría que confirmar—por qué estaba detenido. ¿Y qué respondió ese supervisor, al que aún puedo ver sentado en el sillón de la mencionada dama, como la personificación de la arrogancia más estúpida? Señores, en el fondo no respondió nada, tal vez ni siquiera sabía nada, me había detenido y con eso quedaba satisfecho. Pero había hecho algo más, había introducido a tres empleados inferiores de mi banco en la habitación de esa dama, que se entretuvieron en tocar y desordenar unas fotografías, propiedad de la dama en cuestión. La presencia de esos empleados tenía, sin embargo, otra finalidad, su misión, como la de mi casera y la de la criada, consistía en difundir la noticia de mi detención para dañar mi reputación y, sobre todo, para poner en peligro mi posición en el banco. Pero no han conseguido nada. Hasta mi casera, una persona muy simple—quisiera mencionar aquí su nombre como timbre de honor, la señora Grubach—, hasta la señora Grubach tuvo la suficiente capacidad de juicio para comprender que semejante detención no tenía más importancia que un plan ejecutado por algunos jóvenes mal vigilados en una callejuela. Lo repito, lo único que me ha proporcionado todo esto han sido contrariedades y un enojo pasajero, pero ¿no hubiera podido tener acaso peores consecuencias?
Cuando K dejó de hablar y miró hacia el silencioso juez de instrucción, creyó notar que éste le hacía un signo con la mirada a alguien de la multitud. K se rió y prosiguió:
—El juez instructor acaba de hacer a alguien de ustedes una señal secreta. Parece que entre ustedes hay personas que se dejan dirigir desde aquí arriba. No sé si esa señal debe despertar ovaciones o silbidos, pero, al descubrir a tiempo el truco, renuncio a averiguar el significado del signo. Me es completamente indiferente y autorizo públicamente al señor juez instructor para que imparta sus órdenes a sus empleados asalariados de ahí abajo de viva voz y no con signos secretos, que diga algo como: «ahora silben» o «ahora aplaudan».
A causa de su confusión o de su impaciencia, el juez instructor no cesaba de removerse en su silla. El hombre que estaba detrás, y con el que había conversado anteriormente, se inclinó de nuevo hacia él, ya fuese para insuflarle valor o para darle un consejo. Abajo, la gente conversaba en voz baja, pero animadamente. Los dos partidos, que en un principio parecían tener opiniones contrarias, se mezclaron. Algunas personas señalaban a K con el dedo, otras al juez instructor. La neblina que había en la estancia era muy molesta, incluso impedía que el público más alejado pudiera ver con claridad. Tenía que ser especialmente molesto para los de la galería, quienes, no sin antes lanzar miradas temerosas de soslayo hacia el juez instructor, se veían obligados a preguntar a los participantes en la asamblea para enterarse mejor. Las respuestas también se daban en voz baja, disimulando con la mano en la boca.
—Ya termino—dijo K, y como no había ninguna campanilla, dio un golpe con el puño en la mesa; debido al susto, las cabezas del juez instructor y del consejero se separaron por un instante—. Todo este asunto apenas me afecta, así que puedo juzgarlo con tranquilidad. Ustedes podrán sacar, suponiendo que tengan algún interés en este supuesto tribunal, alguna ventaja si me escuchan. Les suplico, por consiguiente, que aplacen sus comentarios para más tarde, pues apenas tengo tiempo y me iré pronto.
Nada más terminar de decir estas palabras, se hizo el silencio, tal era el dominio que K ejercía sobre la asamblea. Ya no se lanzaron gritos como al principio, ya no se aplaudió más, parecían convencidos o estaban en vías de serlo.
—No hay ninguna duda—dijo K en voz muy baja, pues sentía cierto placer al percibir la tensa escucha de toda la asamblea; de ese silencio surgía un zumbido más excitante que la ovación más halagadora—, no hay ninguna duda de que detrás de las manifestaciones de este tribunal, en mi caso, pues, detrás de la detención y del interrogatorio de hoy, se encuentra una gran organización. Una organización que, no sólo da empleo a vigilantes corruptos, a necios supervisores y a jueces de instrucción, quienes, en el mejor de los casos, sólo muestran una modesta capacidad, sino a una judicatura de rango supremo con su numeroso séquito de ordenanzas, escribientes, gendarmes y otros ayudantes, sí, es posible que incluso emplee a verdugos, no tengo miedo de pronunciar la palabra. Y, ¿cuál es el sentido de esta organización, señores? Se dedica a detener a personas inocentes y a incoar procedimientos absurdos sin alcanzar en la mayoría de los casos, como el mío, un resultado. ¿Cómo se puede evitar, dado lo absurdo de todo el procedimiento, la corrupción general del cuerpo de funcionarios? Es imposible, ni siquiera el juez del más elevado escalafón lo podría evitar con su propia persona. Por eso mismo, los vigilantes tratan de robar la ropa de los detenidos, por eso irrumpen los supervisores en las viviendas ajenas, por eso en vez de interrogar a los inocentes se prefiere deshonrarlos ante una asamblea. Los vigilantes me hablaron de almacenes o depósitos a los que se llevan las posesiones de los detenidos; quisiera visitar alguna vez esos almacenes, en los que se pudren los bienes adquiridos con esfuerzo de los detenidos, o al menos la parte que no haya sido robada por los empleados de esos almacenes.
K fue interrumpido por un griterío al final de la sala; se puso la mano sobre los ojos para poder ver mejor, pues la turbia luz diurna intensificaba el blanco de la neblina que impedía la visión. Se trataba de la lavandera, a la que K había considerado desde su entrada como un factor perturbador. Si era culpable o no, era algo que no se podía advertir. K sólo podía ver que un hombre se la había llevado a una esquina cercana a la puerta y allí se apretaba contra ella. Pero no era la lavandera la que gritaba, sino el hombre, que abría la boca y miraba hacia el techo. Alrededor de ambos se había formado un pequeño círculo, los de la galería parecían entusiasmados, pues se había interrumpido la seriedad que K había impuesto en la asamblea. K quiso en un primer momento correr hacia allí, también pensó que todos estarían interesados en restablecer el orden y, al menos, expulsar a la pareja de la sala, pero las personas de las primeras filas permanecieron inmóviles en sus sitios, ninguna hizo el menor ademán ni tampoco dejaron pasar a K. Todo lo contrario, se lo impidieron violentamente. Los ancianos rechazaban a K con los brazos, y una mano—K no tuvo tiempo para volverse—le sujetó por el cuello. K dejó de pensar en la pareja; le parecía como si su libertad se viera constreñida, como si lo de detenerle fuera en serio. Su reacción fue saltar sin miramientos de la tarima. Ahora estaba frente a la multitud. ¿Acaso no había juzgado correctamente a aquella gente? ¿Había confiado demasiado en el efecto de su discurso? ¿Habían disimulado mientras él hablaba y ahora que había llegado a las conclusiones ya estaban hartos de tanto disimulo? ¡Qué rostros los que le rodeaban! Pequeños ojos negros se movían inquietos, las mejillas colgaban como las de los borrachos, las largas barbas eran ralas y estaban tiesas, si se las cogía era como si se cogiesen garras y no barbas. Bajo las barbas, sin embargo—y éste fue el verdadero hallazgo de K—, en los cuellos de las chaquetas, brillaban distintivos de distinto tamaño y color. Todos tenían esos distintivos. Todos pertenecían a la misma organización, tanto el supuesto partido de la izquierda como el de la derecha, y cuando se volvió súbitamente, descubrió los mismos distintivos en el cuello del juez instructor, que, con las manos sobre el vientre, lo contemplaba todo con tranquilidad.
—¡Ah!—gritó K, y elevó los brazos hacia arriba, como si su repentino descubrimiento necesitase espacio—. Todos vosotros sois funcionarios, como ya veo, vosotros sois la banda corrupta contra la que he hablado, hoy os habéis apretado aquí como oyentes y fisgones, habéis formado partidos ilusorios y uno ha aplaudido para ponerme a prueba. Queríais poner en práctica vuestras mañas para embaucar a inocentes. Bien, no habéis venido en balde. Al menos os habréis divertido con alguien que esperaba una defensa de su inocencia por vuestra parte. ¡Déjame o te doy!—gritó K a un anciano tembloroso que se había acercado demasiado a él—. Realmente espero que hayáis aprendido algo. Y con esto os deseo mucha suerte en vuestra empresa.
Tomó con rapidez el sombrero, que estaba en el borde de la mesa, y se abrió paso entre el silencio general, un silencio fruto de la más completa sorpresa, hacia la salida. No obstante, el juez instructor parecía haber sido mucho más rápido que K, pues ya le esperaba ante la puerta.
—Un instante—dijo.
K se detuvo, pero no miró al juez instructor, sino a la puerta, cuyo picaporte ya había cogido.
—Sólo quería llamarle la atención, pues no parece consciente de algo importante—dijo el juez instructor—, de que hoy se ha privado a sí mismo de la ventaja que supone el interrogatorio para todo detenido.
K rió ante la puerta.
—¡Pordioseros!—gritó—. Os regalo todos los interrogatorios.
Abrió la puerta y se apresuró a bajar las escaleras. Detrás de él se elevó un gran rumor en la asamblea, otra vez animada, que probablemente comenzó a discutir lo acaecido como lo harían unos estudiantes.
NOTAS:
Tachado en el manuscrito: «socialista».
Tachado en el manuscrito con varias correcciones: «...cuya blusa abierta le colgaba de la cintura y contra la que se apretaba un hombre en camisa».
Tachado en el manuscrito: «K quiso ir hacia allí en seguida para restablecer el orden y poner fin a aquel comportamiento desvergonzado. El juez instructor se mostraba incapaz de hacerlo, ni siquiera miraba hacia allí, se limitaba a esperar para ver la reacción de K. Pero éste no pudo bajar de la tarima, había demasiada gente que se lo impedía».
=EN LA SALA DE SESIONES EL ESTUDIANTE LAS OFICINAS DEL JUZGADO=
Durante la semana siguiente K esperó día tras día una notificación: no podía creer que hubieran tomado literalmente su renuncia a ser interrogado y, al llegar el sábado por la noche y no recibir nada, supuso que había sido citado tácitamente en la misma casa y a la misma hora. Así pues, el domingo se puso en camino, pero esta vez fue directamente, sin perderse por las escaleras y pasillos; algunas personas que se acordaban de él le saludaron, pero ya no tuvo que preguntarle a nadie y encontró pronto la puerta correcta. Le abrieron inmediatamente después de llamar y, sin ni siquiera mirar a la mujer de la otra vez, que permaneció al lado de la puerta, quiso entrar en seguida a la habitación contigua.
—Hoy no hay sesión—dijo la mujer.
—¿Por qué no?—preguntó K sin creérselo. Pero la mujer le convenció al abrir la puerta de la sala. Realmente estaba vacía y en ese estado se mostraba aún más deplorable que el último domingo. Sobre la mesa, que seguía situada sobre la tarima, había algunos libros.
—¿Puedo mirar los libros?—preguntó K, no por mera curiosidad, sino sólo para aprovechar su estancia allí.
—No—dijo la mujer, y cerró la puerta—. No está permitido. Los libros pertenecen al juez instructor.
—¡Ah, ya!—dijo K, y asintió—, los libros son códigos y es propio de este tipo de justicia que uno sea condenado no sólo inocente, sino también ignorante.
Así será—dijo la mujer, que no le había comprendido bien.
—Bueno, entonces me iré—dijo K.
—¿Debo comunicarle algo al juez instructor?—preguntó la mujer.
—¿Le conoce?—preguntó K.
—Naturalmente—dijo la mujer—. Mi marido es ujier del tribunal.
K advirtió que la habitación, en la que la primera vez sólo vio un barreño, ahora estaba amueblada como el salón de una vivienda normal. La mujer notó su asombro y dijo:
—Sí, aquí disponemos de vivienda gratuita, pero tenemos que limpiar la sala de sesiones. La posición de mi marido tiene algunas desventajas.
—No me sorprende tanto la habitación—dijo K, que miró a la mujer con cara de pocos amigos—, como el hecho de que usted esté casada.
—¿Hace referencia al incidente en la última sesión, cuando le molesté durante su discurso?—preguntó la mujer.
—Naturalmente—dijo K—. Hoy ya pertenece al pasado y casi lo he olvidado, pero entonces me puso furioso. Y ahora me dice que es una mujer casada.
—Mi interrupción no le perjudicó mucho. Después se le juzgó de una manera muy desfavorable.
—Puede ser—dijo K, desviando la conversación—, pero eso no la disculpa.
—Los que me conocen sí me disculpan—dijo la mujer—, el que me abrazó me persigue ya desde hace tiempo. Puede que no sea muy atractiva, pero para él sí lo soy. Aquí no tengo protección alguna y mi marido ya se ha hecho a la idea; si quiere mantener su puesto, tiene que tolerar ese comportamiento, pues ese hombre es estudiante y es posible que se vuelva muy poderoso. Siempre está detrás de mí, precisamente poco antes de que usted llegara, salía él.
—Armoniza con todo lo demás—dijo K—, no me sorprende en absoluto.
—¿Usted quiere mejorar algo aquí?—dijo la mujer lentamente y con un tono inquisitivo, como si lo que acababa de decir fuese peligroso tanto para ella como para K—. Lo he deducido de su discurso, que a mí personalmente me gustó mucho. Por desgracia, me perdí el comienzo y al final estaba en el suelo con el estudiante. Esto es tan repugnante—dijo después de una pausa y tomó la mano de K—. ¿Cree usted que podrá lograr alguna mejora?
K sonrió y acarició ligeramente su mano.
—En realidad—dijo—, no pretendo realizar ninguna mejora, como usted se ha expresado, y si usted se lo dijera al juez instructor, se reiría de usted o la castigaría. Jamás me hubiera injerido voluntariamente en este asunto y las necesidades de mejora de esta justicia no me habrían quitado el sueño. Pero me he visto obligado a intervenir al ser detenido—pues ahora estoy realmente detenido—, y sólo en mi defensa. Pero si al mismo tiempo puedo serle útil de alguna manera, estaré encantado, y no sólo por altruismo, sino porque usted también me puede ayudar a mí.
—¿Cómo podría?—preguntó la mujer.
—Por ejemplo, mostrándome los libros que hay sobre la mesa.
—Pues claro—exclamó la mujer, y lo acompañó hasta donde se encontraban.
Se trataba de libros viejos y usados; la cubierta de uno de ellos estaba rota por la mitad, sólo se mantenía gracias a unas tiras de papel celo.
—Qué sucio está todo esto—dijo K moviendo la cabeza, y la mujer limpió el polvo con su delantal antes de que K cogiera los libros.
K abrió el primero y apareció una imagen indecorosa: un hombre y una mujer sentados desnudos en un canapé; la intención obscena del dibujante era clara, no obstante, su falta de habilidad había sido tan notoria que sólo se veía a un hombre y a una mujer, cuyos cuerpos destacaban demasiado, sentados con excesiva rigidez y, debido a una perspectiva errónea, apenas distinguibles en su actitud. K no siguió hojeando, sino que abrió la tapa del segundo volumen: era una novela con el título: Las vejaciones que Grete tuvo que sufrir de su marido Hans.
—Éstos son los códigos que aquí se estudian—dijo K—. Los hombres que leen estos libros son los que me van a juzgar.
—Le ayudaré—dijo la mujer—. ¿Quiere?
—¿Puede realmente hacerlo sin ponerse en peligro? Usted ha dicho que su esposo depende mucho de sus superiores.
—A pesar de todo quiero ayudarle—dijo ella—. Venga, hablaremos del asunto. Sobre el peligro que podría correr, no diga una palabra más. Sólo temo al peligro donde quiero temerlo. Venga conmigo—y señaló la tarima, haciendo un gesto para que se sentara allí con ella.
—Tiene unos ojos negros muy bonitos—dijo ella después de sentarse y contemplar el rostro de K—. Me han dicho que yo también tengo ojos bonitos, pero los suyos lo son mucho más. Me llamaron la atención la primera vez que le vi. Fueron el motivo por el que entré en la asamblea, lo que no hago nunca, ya que, en cierta medida, me está prohibido.
«Así que es eso—pensó K—, se está ofreciendo, está corrupta como todo a mi alrededor; está harta de los funcionarios judiciales, lo que es comprensible, y saluda a cualquier extraño con un cumplido sobre sus ojos».
K se levantó en silencio, como si hubiera pensado en voz alta y le hubiese aclarado así a la mujer su comportamiento.
—No creo que pueda ayudarme—dijo él—. Para poder hacerlo realmente, debería tener relaciones con funcionarios superiores. Pero usted sólo conoce con seguridad a los empleados inferiores que pululan aquí entre la multitud. A éstos los conoce muy bien, y podrían hacer algo por usted, eso no lo dudo, pero lo máximo que podrían conseguir carecería de importancia para el definitivo desenlace del proceso y usted habría perdido el favor de varios amigos. No quiero que ocurra eso. Mantenga la relación con esa gente; me parece, además, que le resulta algo indispensable. No lo digo sin lamentarlo, pues, para corresponder a su cumplido, le diré que usted también me gusta, especialmente cuando me mira con esa tristeza, para la que, por lo demás, no tiene ningún motivo. Usted pertenece a la sociedad que yo combato, pero se siente bien en ella, incluso ama al estudiante o, si no lo ama, al menos lo prefiere a su esposo. Eso se podría deducir fácilmente de sus palabras.
—¡No!—exclamó ella, permaneciendo sentada y cogiendo la mano de K, quien no pudo retirarla a tiempo—. No puede irse ahora, no puede irse con una opinión tan falsa sobre mí. ¿Sería capaz de irse ahora? ¿Soy tan poco valiosa para usted que no me quiere hacer el favor de permanecer aquí un rato?
—No me interprete mal—dijo K, y se volvió a sentar—, si es tan importante para usted que me quede, lo haré encantado, tengo tiempo, pues vine con la esperanza de que hoy se celebrase una reunión. Con lo que le he dicho anteriormente, sólo quería pedirle que no emprendiese nada en mi proceso. Pero eso no la debe enojar, sobre todo si piensa que a mí no me importa nada el desenlace del proceso y que, en caso de que me condenaran, sólo podría reírme. Eso suponiendo que realmente se llegue al final del proceso, lo que dudo mucho. Más bien creo que el procedimiento, ya sea por pura desidia u olvido, o tal vez por miedo de los funcionarios, ya se ha interrumpido o se interrumpirá en poco tiempo. No obstante, también es posible que hagan continuar un proceso aparente con la esperanza de lograr un buen soborno, pero será en vano, como muy bien puedo afirmar hoy, ya que no sobornaré a nadie. Siempre sería una amabilidad de su parte comunicarle al juez instructor, o a cualquier otro que le guste propagar buenas noticias, que nunca lograrán, ni siquiera empleando trucos, en lo que son muy duchos, que los soborne. No tendrán la menor perspectiva de éxito, se lo puede decir abiertamente. Por lo demás, es muy posible que ya lo hayan advertido, pero en el caso contrario, tampoco me importa mucho que se enteren ahora. Así los señores podrían ahorrarse el trabajo, y yo algunas incomodidades, las cuales, sin embargo, soportaré encantado, si al mismo tiempo suponen una molestia para los demás. ¿Conoce usted al juez instructor?—dijo la mujer—, en él pensé al principio, cuando ofrecí mi ayuda. No sabía que era un funcionario inferior, pero como usted lo dice, será cierto. Sin embargo, pienso que el informe que él proporciona a los escalafones superiores posee alguna influencia. Y él escribe tantos informes. Usted dice que los funcionarios son vagos, no todos, especialmente este juez instructor no lo es, él escribe mucho. El domingo pasado, por ejemplo, la sesión duró hasta la noche. Todos se fueron, pero el juez instructor permaneció en la sala; tuve que llevarle una lámpara, una pequeña lámpara de cocina, pues no tenía otra, no obstante, se conformó y comenzó a escribir en seguida. Mientras, mi esposo, que precisamente había tenido libre ese domingo, ya había llegado, así que volvimos a traer los muebles, arreglamos nuestra habitación, vinieron algunos vecinos, conversamos a la luz de una vela, en suma, nos olvidamos del juez instructor y nos fuimos a dormir. De repente me desperté, debía de ser muy tarde, al lado de la cama estaba el juez instructor, tapando la lámpara para que no deslumbrase a mi esposo. Era una precaución innecesaria, mi esposo duerme tan profundamente que no le despierta ninguna luz. Casi grité del susto, pero el juez instructor fue muy amable, me hizo una señal para que me calmase y me susurró que había estado escribiendo hasta ese momento, que me traía la lámpara y que jamás olvidaría cómo me había encontrado dormida. Con esto sólo quiero decirle que el juez instructor escribe muchos informes, especialmente sobre usted, pues su declaración fue, con toda seguridad, el asunto principal de la sesión dominical. Esos informes tan largos no pueden carecer completamente de valor. Además, por el incidente que le he contado, puede deducir que el juez instructor se interesa por mí y que, precisamente ahora, cuando se ha fijado en mí, podría tener mucha influencia sobre él. Además, tengo aún más pruebas de que se interesa por mí. Ayer, a través del estudiante, que es su colaborador y con el que tiene mucha confianza, me regaló unas medias de seda, al parecer como motivación para que limpie y arregle la sala de sesiones, pero eso es un pretexto, pues ese trabajo es mi deber y por eso le pagan a mi esposo. Son medias muy bonitas, mire—ella extendió las piernas, se levantó la falda hasta las rodillas y también miró las medias—. Son muy bonitas, pero demasiado finas, no son apropiadas para mí.



