El proceso · Franz Kafka

Part 6

Capítulo 6 de 22 · 14 min de lectura

De repente paró de hablar, puso su mano sobre la de K, como si quisiera tranquilizarle y musitó:

—¡Silencio, Bertold nos está mirando!

K levantó lentamente la mirada. En la puerta de la sala de sesiones había un hombre joven: era pequeño, tenía las piernas algo arqueadas y llevaba una barba rojiza y rala. K lo observó con curiosidad, era el primer estudiante de esa extraña ciencia del Derecho desconocida con el que se encontraba, un hombre que, probablemente, llegaría a ser un funcionario superior. El estudiante, sin embargo, no se preocupaba en absoluto de K, se limitó a hacer una seña a la mujer llevándose un dedo a la barba y, a continuación, se fue hacia la ventana. La mujer se inclinó hacia K y susurró:

—No se enoje conmigo, se lo suplico, tampoco piense mal de mí, ahora tengo que irme con él, con ese hombre horrible, sólo tiene que mirar esas piernas torcidas. Pero volveré en seguida y, si quiere, entonces me iré con usted, a donde usted quiera. Puede hacer conmigo lo que desee, estaré feliz si puedo abandonar este sitio el mayor tiempo posible, aunque lo mejor sería para siempre.

Acarició la mano de K, se levantó y corrió hacia la ventana. Involuntariamente, K trató de coger su mano en el vacío. La mujer le había seducido y, después de reflexionar un rato, no encontró ningún motivo sólido para no ceder a la seducción. La efímera objeción de que la mujer lo podía estar capturando para el tribunal, la rechazó sin esfuerzo. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Acaso no permanecía él tan libre que podía destruir, al menos en lo que a él concernía, todo el tribunal? ¿No podía mostrar algo de confianza? Y su solicitud de ayuda parecía sincera y posiblemente valiosa. Además, no podía haber una venganza mejor contra el juez instructor y su séquito que quitarle esa mujer y hacerla suya. Podría ocurrir que un día el juez instructor, después de haber trabajado con esfuerzo en los informes mendaces sobre K, encontrase por la noche la cama vacía de la mujer. Y vacía porque ella pertenecía a K, porque esa mujer de la ventana, ese cuerpo voluptuoso, flexible y cálido, cubierto con un vestido oscuro de tela basta, sólo le pertenecía a él.

Después de haber ahuyentado de esa manera las dudas contra la mujer, la conversación en voz baja que sostenían en la ventana le pareció demasiado larga, así que golpeó con un nudillo la tarima y, luego, con el puño. El estudiante miró un instante hacia K sobre el hombro de la mujer, pero no se dejó interrumpir, incluso se apretó más contra ella y la rodeó con los brazos. Ella inclinó la cabeza, como si le escuchara atentamente, el estudiante la besó ruidosamente en el cuello, sin detener, aparentemente, la conversación. K vio confirmada la tiranía que el estudiante, según las palabras de la mujer, ejercía sobre ella, se levantó y anduvo de un lado a otro de la habitación. Pensó, sin dejar de lanzar miradas de soslayo al estudiante, cómo podría arrebatársela lo más rápido posible, y por eso no le vino nada mal cuando el estudiante, irritado por los paseos de K, que a ratos derivaban en un pataleo, se dirigió a él:

—Si está tan impaciente, puede irse. Se podría haber ido mucho antes, nadie le hubiera echado de menos. Sí, tal vez debiera haberse ido cuando yo entré y, además, a toda prisa.

En esa advertencia se ponía de manifiesto la cólera que dominaba al estudiante, pero sobre todo salía a la luz la arrogancia del futuro funcionario judicial que hablaba con un acusado por el que no sentía ninguna simpatía. K se detuvo muy cerca de él y dijo sonriendo:

—Estoy impaciente, eso es cierto, pero esa impaciencia desaparecerá en cuanto nos deje en paz. No obstante, si usted ha venido a estudiar—he oído que es estudiante—, estaré encantado de dejarle el espacio suficiente y me iré con la mujer. Por lo demás, tendrá que estudiar mucho para llegar a juez. No conozco muy bien este tipo de justicia, pero creo que con esos malos discursos que usted pronuncia con tanto descaro aún no alcanza el nivel exigido.

—No deberían haber dejado que se moviese con tanta libertad—dijo como si quisiera dar una explicación a la mujer sobre las palabras insultantes de K—. Ha sido un error. Se lo he dicho al juez instructor. Al menos se le debería haber confinado en su habitación durante el interrogatorio. El juez instructor es, a veces, incomprensible.

—Palabras inútiles—dijo K, y extendió su mano hacia la mujer—. Venga usted.

—¡Ah, ya!—dijo el estudiante—, no, no, usted no se la queda—y con una fuerza insospechada levantó a la mujer con un brazo y corrió inclinado, mirándola tiernamente, hacia la puerta.

No se podía ignorar que en esa acción había intervenido cierto miedo hacia K, no obstante osó irritar más a K al acariciar y estrechar con su mano libre el brazo de la mujer. K corrió unos metros a su lado, presto a echarse sobre él y, si fuera necesario, a estrangularlo, pero la mujer dijo:

—Déjelo, no logrará nada, el juez instructor hará que me recojan, no puedo ir con usted, este pequeño espantajo—y pasó la mano por el rostro del estudiante—, este pequeño espantajo no me deja.

—¡Y usted no quiere que la liberen!—gritó K, y puso la mano sobre el hombro del estudiante, que intentó morderla.

—No—gritó la mujer, y rechazó a K con ambas manos—, no, en qué piensa usted? Eso sería mi perdición. ¡Déjele! ¡Por favor, déjele! Lo único que hace es cumplir las órdenes del juez instructor, me lleva con él.

—Entonces que corra todo lo que quiera. A usted no la quiero volver a ver más—dijo K furioso ante la decepción y le dio al estudiante un golpe en la espalda; el estudiante tropezó, pero, contento por no haberse caído, corrió aún más ligero con su carga. K le siguió cada vez con mayor lentitud, era la primera derrota que sufría ante esa gente. Era evidente que no suponía ningún motivo para asustarse, sufrió la derrota simplemente porque él fue quien buscó la lucha. Si permaneciera en casa y llevara su vida habitual, sería mil veces superior a esa gente y podría apartar de su camino con una patada a cualquiera de ellos. Y se imaginó la escena tan ridícula que se produciría, si ese patético estudiante, ese niño engreído, ese barbudo de piernas torcidas, se arrodillara ante la cama de Elsa y le suplicara gracia con las manos entrelazadas. A K le gustó tanto esta idea que decidió, si se presentaba la oportunidad, llevar al estudiante a casa de Elsa.

K llegó hasta la puerta sólo por curiosidad, quería ver adónde se llevaba a la mujer; no creía que el estudiante se la llevara así, en vilo, por la calle. Comprobó que el camino era mucho más corto. Justo frente a la puerta de la vivienda había una estrecha escalera de madera que probablemente conducía al desván, pero como hacía un giro no se podía ver dónde terminaba. El estudiante se llevó a la mujer por esa escalera; ya estaba muy cansado y jadeaba, pues había quedado debilitado por la carrera. La mujer se despidió de K con la mano y alzó los hombros para mostrarle que el secuestro no era culpa suya, pero el gesto no resultaba muy convincente. K la miró inexpresivo, como a una extraña, no quería traicionar ni que estaba decepcionado ni que podía superar fácilmente la decepción.

Los dos habían desaparecido por la escalera; K, sin embargo, aún permaneció en la puerta. Se vio obligado a aceptar que la mujer no sólo le había traicionado, sino que le había mentido al contarle que el estudiante la llevaba con el juez instructor. Éste no podía esperar sentado en el desván. La escalera de madera tampoco aclaraba nada, al menos a primera vista. Entonces K advirtió una pequeña nota al lado de la escalera, fue hacia allí y leyó las siguientes palabras escritas con letra infantil y tosca: «Subida a las oficinas del juzgado». ¿Aquí, en el desván de una casa de alquiler se encontraban las oficinas del juzgado? No era un lugar que infundiera mucho respeto; por lo demás, era tranquilizante para un acusado imaginarse la falta de medios que estaban a disposición de un juzgado que albergaba sus oficinas donde los inquilinos, pertenecientes a las clases más pobres, arrojaban todos sus trastos inútiles. No obstante, tampoco se podía excluir que dispusiera del dinero suficiente, pero que el cuerpo de funcionarios se arrojase sobre él antes de que lo destinasen a los fines judiciales. Eso era, según las últimas experiencias de K, incluso muy probable; para el acusado, sin embargo, semejante robo a la justicia, si bien resultaba algo indigno, era más tranquilizador que la pobreza real del juzgado. También le parecía comprensible que se avergonzaran de citar al encausado en el desván para el primer interrogatorio y que se prefiriera molestarle en su propia vivienda. La posición en la que K se encontraba frente al juez, sentado en el desván, se podía caracterizar del siguiente modo: K disfrutaba en el banco de un gran despacho con su antedespacho y un enorme ventanal que daba a la animada plaza. No obstante, él carecía de ingresos extraordinarios procedentes de sobornos o malversaciones y no podía hacer que el ordenanza le trajera una mujer al despacho sobre el hombro. Pero a eso K podía renunciar, al menos en esta vida.

K aún permanecía frente a la nota, cuando un hombre bajó por la escalera, miró a través de la puerta en el salón de la vivienda, desde donde también se podía ver la sala de sesiones, y finalmente preguntó a K si no había visto hacía poco a una mujer.

—Usted es el ujier del tribunal, ¿verdad?—preguntó K.

—Sí—dijo el hombre—, ah, ya, usted es el acusado K, ahora le reconozco, sea bienvenido—y extendió la mano a K, que no lo había esperado.

—Hoy no hay prevista ninguna sesión—dijo el ujier al ver que K permanecía en silencio.

—Ya sé—dijo K, y contempló la chaqueta del ujier, cuyos únicos distintivos oficiales eran, junto a un botón normal, dos botones dorados que parecían haber sido arrancados de un viejo abrigo de oficial—. Hace un rato he hablado con su esposa, pero ya no está aquí. El estudiante se la ha llevado al juez instructor.

—¿Se da cuenta?—dijo el ujier—, una y otra vez se la llevan de mi lado. Hoy es domingo y no estoy obligado a trabajar, pero sólo para alejarme de aquí me mandan realizar los recados más inútiles. Por añadidura, no me mandan muy lejos, de tal modo que siempre conservo la esperanza de que, si me doy prisa, tal vez pueda regresar a tiempo. Así que corro, tanto como puedo, grito sin aliento mi mensaje a través del resquicio de la puerta en el organismo al que me han mandado, tan rápido que apenas me entienden, y regreso también corriendo, pero el estudiante se ha dado más prisa que yo, además él tiene que recorrer un camino más corto, sólo tiene que bajar las escaleras. Si no fuese tan dependiente hace tiempo que habría estampado al estudiante contra la pared. Aquí, junto a la nota. Sueño con hacerlo algún día. Le veo ahí, aplastado en el suelo, los brazos extendidos, las piernas retorcidas y todo alrededor lleno de sangre. Pero hasta ahora sólo ha sido un sueño.

—¿No hay otra posibilidad?—dijo K sonriendo.

—No la conozco—dijo el ujier—. Y ahora es aún peor, antes se la llevaba a su casa, pero ahora, como yo ya presagiaba, se la lleva al juez instructor.

—¿No tiene su mujer ninguna culpa?—preguntó K. Se vio obligado a realizar esa pregunta, tanto le espoleaban los celos.

—Pues claro—dijo el ujier—, ella es incluso la que tiene más culpa. Ella se lo ha buscado. En lo que a él respecta, corre detrás de todas las mujeres. Sólo en esta casa ya le han echado de cinco viviendas en las que se había deslizado. Por lo demás, mi mujer es la más bella de toda la casa, y yo no puedo defenderme.

—Si todo es como usted lo cuenta, entonces no hay otra posibilidad—dijo K.

—¿Por qué no?—preguntó el ujier—. Cada vez que el estudiante, que, por cierto, es un cobarde, tocase a mi mujer habría que pegarle tal paliza que no se atreviera a hacerlo más. Pero no puedo, y otros tampoco me hacen el favor, pues todos temen su poder. Sólo un hombre como usted podría hacerlo.

—¿Por qué yo?—preguntó K asombrado.

—A usted le han acusado, ¿no?

—Sí—dijo K—, pero entonces debería temer con más razón que una acción así pudiera influir en el desarrollo del proceso o, al menos, en la pre-instrucción.

—Sí, es verdad—dijo el ujier, como si la opinión de K fuese tan cierta como la suya—, pero aquí, por regla general, no se conducen procesos sin ninguna perspectiva de éxito.

—No soy de su opinión—dijo K—, pero eso no me impedirá que ajuste las cuentas de vez en cuando al estudiante.

—Le quedaría muy agradecido—dijo el ujier con cierta formalidad, pero no parecía creer mucho en la realización de su mayor deseo.

—Tal vez—prosiguió K—haya otros funcionarios que merezcan lo mismo.

—Sí, sí—dijo el ujier como si fuera algo evidente. Entonces miró a K con confianza, como hasta ese momento, a pesar de la amabilidad, aún no había hecho, y añadió—: Uno se rebela siempre.

Pero la conversación parecía serle ahora un poco desagradable, pues la interrumpió al decir:

—Ahora tengo que presentarme en las oficinas. ¿Quiere venir conmigo?

—No tengo nada que hacer allí—dijo K.

—Podría ver las oficinas del juzgado. Nadie se fijará en usted.

—¿Hay algo que merezca la pena?—preguntó K algo indeciso, aunque tenía ganas de ir.

—Bueno—dijo el ujier—, pensé que podría interesarle.

—Bien—dijo K—, iré—y subió las escaleras más deprisa que el ujier.

Estuvo a punto de caerse nada más entrar, pues había un escalón detrás de la puerta.

—No tienen mucha consideración con el público—dijo él.

—No tienen consideración alguna—dijo el ujier—, si no mire aquí la sala de espera.

Era un largo corredor en el que había puertas toscamente labradas que conducían a los distintos departamentos del desván. Aunque no había ninguna entrada directa de luz, no estaba completamente oscuro, pues algunos departamentos no estaban separados del corredor por una pared, sino por unas rejas de madera que llegaban hasta el techo, a través de las cuales penetraba algo de luz y se podía ver cómo algunos funcionarios escribían o simplemente permanecían en las rejas observando a la gente que esperaba en el corredor. Había poca gente esperando, probablemente porque era domingo. Daban una pobre impresión. Todos vestían con cierto descuido, aunque la mayoría, ya fuese por la expresión de sus rostros, por su actitud, por la barba cuidada o por otros detalles, parecían pertenecer a las clases altas. Como no había perchas, habían colocado los sombreros debajo del banco, probablemente siguiendo uno el ejemplo de otro. Cuando los que estaban sentados más cerca de la puerta vieron a K y al ujier, se levantaron para saludar. Como el resto vio que se levantaban, se creyeron obligados a hacer lo mismo, así que se fueron levantando conforme pasaban los dos. Nunca permanecieron completamente rectos, las espaldas estaban encorvadas, las rodillas ligeramente flexionadas, parecían mendigos. K esperó al ujier, que venía algo retrasado, y le dijo:

—Qué humillados parecen.

—Sí—dijo el ujier—, son acusados, todos los que usted ve aquí son acusados.

—¿Sí?—dijo K—. Entonces son mis colegas.

Se dirigió al más próximo, un hombre alto y delgado, con el pelo canoso.

—¿Qué está esperando aquí?—preguntó K con cortesía.

La inesperada pregunta le dejó confuso, y su actitud se volvió más penosa por el hecho de parecer un hombre de mundo, que en otro lugar, sin duda, hubiera sabido dominarse y al que le costaba renunciar a la superioridad que había adquirido sobre los demás. Allí, sin embargo, no sabía responder a una pregunta tan simple, y se limitaba a mirar a los demás como si estuvieran obligados a ayudarle o como si nadie pudiese reclamar una respuesta sin dicha ayuda. Entonces intervino el ujier para tranquilizar y animar al hombre:

—Este señor sólo le pregunta a qué está esperando. Responda.

La voz familiar del ujier tuvo mejor efecto.

—Espero...—comenzó, pero no pudo seguir. Era probable que hubiese elegido ese inicio para responder con toda exactitud a la pregunta, pero ahora no sabía continuar.

Algunos de los que esperaban se habían aproximado y rodeaban al grupo. El ujier se dirigió a ellos:

—Vamos, vamos, dejen el corredor libre.

Retrocedieron un poco, pero no hasta sus sitios. Mientras tanto, el hombre al que le habían preguntado se había serenado y respondió incluso con una sonrisa:

—Hace un mes que presenté unas solicitudes de prueba para mi causa y espero a que se concluya su tramitación.

—Parece tomarse muchas molestias—dijo K.

—Sí—dijo el hombre—, se trata de mi causa.

—No todos piensan como usted—dijo K—. Yo, por ejemplo, también soy un acusado, pero, por más que desee una absolución, no he presentado una solicitud de prueba ni he emprendido nada similar. ¿Cree usted que eso es necesario?

—No lo sé con seguridad—dijo el hombre completamente indeciso. Probablemente creía que K le estaba gastando una broma, por eso le hubiera gustado repetir, por miedo a cometer un nuevo error, su primera respuesta, pero ante la mirada impaciente de K se limitó a decir:

—En lo que a mí concierne, he presentado solicitudes de prueba.

—Usted no se cree que yo sea un acusado—dijo K.

—Oh, por favor, claro que sí—dijo el hombre, y se echó a un lado, pero en la respuesta no había convicción, sino miedo.

—¿Entonces no me cree?—preguntó K, y le cogió del brazo, impulsado inconscientemente por la actitud humillada del hombre, como si quisiera obligarle a que le creyese. Aunque no quería causarle daño alguno, en cuanto le tocó ligeramente, el hombre gritó como si K en vez de con dos dedos le hubiese agarrado con unas tenazas ardiendo. Ese grito ridículo terminó por hartar a K. Si no se creía que era un acusado, mucho mejor. Quizá le tomaba por un juez. Y para despedirse lo cogió con más fuerza, lo empujó hacia el banco y siguió adelante.

—La mayoría de los acusados son muy sensibles—dijo el ujier.

Detrás de ellos, todos los que habían estado esperando se arremolinaron alrededor del hombre, que ya había dejado de gritar, y parecían preguntarle detalladamente sobre el incidente. Al encuentro de K vino ahora un vigilante; al que identificó por el sable, cuya vaina, al menos por el color, parecía hecha de aluminio. K se quedó asombrado y quiso tocarla con la mano. El vigilante, que había venido por el ruido, preguntó acerca de lo ocurrido. El ujier trató de tranquilizarlo con algunas palabras, pero el vigilante declaró que prefería comprobarlo personalmente, así que saludó y siguió adelante con pasos rápidos pero cortos, posiblemente por culpa de la gota.

K ya no se preocupó de él, ni de la gente, sobre todo porque una vez que había llegado a la mitad del corredor, vio la posibilidad de doblar a la derecha, a través de un umbral sin puerta. Habló con el ujier para comprobar si ése era el camino correcto y éste asintió, por lo que torció. Le resultaba molesto tener que ir dos pasos por delante del ujier, podía despertar la impresión de que era conducido como un detenido. Por esta razón, esperaba con frecuencia al ujier, pero éste siempre se quedaba atrás. Finalmente, K, para terminar con esa sensación desagradable, le dijo:

—Bien, ya he visto cómo es esto; ahora quisiera irme.

—Pero aún no lo ha visto todo—dijo el ujier con naturalidad.

—Tampoco lo quiero ver todo—dijo K, que realmente se sentía cansado—. Quiero irme, ¿cómo se llega a la salida?

—¿No se habrá perdido?—dijo el ujier asombrado—. Vaya hasta la esquina, luego tuerza a la derecha, atraviese el corredor y encontrará la puerta.

—Venga conmigo—dijo K—. Muéstreme el camino, si no me perderé, aquí hay tantos pasillos...

—Sólo hay un camino—dijo el ujier ahora lleno de reproches—. No puedo regresar con usted; tengo que llevar un recado y ya he perdido mucho tiempo por su culpa.

—¡Acompáñeme!—repitió K, esta vez con un tono más cortante, como si hubiera descubierto al ujier en una mentira.

—No grite así—susurró el ujier—, todo esto está lleno de despachos. Si no quiere regresar solo, acompáñeme un trecho o espéreme aquí hasta que haya cumplido mi encargo, entonces le acompañaré encantado.

—No, no—dijo K—, no esperaré aquí, y usted vendrá ahora conmigo.

K no había mirado en torno suyo para comprobar dónde se hallaba, sólo ahora, cuando una de las muchas puertas que le rodeaban se abrió, miró a su alrededor. Una muchacha, que había salido al oír el tono elevado de K, le preguntó: