Una visión práctica del sistema religioso predominante entre los cristianos profesos de las clases medias y altas en este país, contrastado con el cristianismo real · William Wilberforce
Sección III.
Capítulo 5 de 16 · 7 min de lectura
Corrupción de la naturaleza humana.—Objeción.
Pero aún queda una dificultad más, más formidable que todas las anteriores. El orgullo del hombre se resiste a ser humillado. Forzado a abandonar la pretensión de inocencia y presionado tan de cerca que ya no puede escapar de la conclusión a la que queremos llevarlo, algún objetor más audaz se da la vuelta y se pone a la defensiva, intentando justificar lo que no puede negar: «Sea lo que sea, soy lo que mi Creador me hizo. Heredé una naturaleza, tú mismo lo admites, depravada e inclinada al mal: ¿cómo entonces puedo resistir las tentaciones al pecado que me rodean? Si este argumento no puede establecer mi inocencia, al menos debe excusar o atenuar mi culpa. Siendo tan frágil y débil como soy, un Ser de infinita justicia y bondad nunca me juzgará con una regla que, aunque pueda ser equitativa para criaturas de una naturaleza superior, es totalmente desproporcionada a la mía».
¡Que mis lectores no se alarmen! El autor no va a entrar en la discusión de la gran cuestión sobre el origen del mal moral, ni intentará en profundidad reconciliar su existencia y el consiguiente castigo con los atributos y perfecciones reconocidos de Dios. Estas son cuestiones cuya comprensión plena y clara está, si se puede juzgar por el escaso éxito con que los más agudos y profundos pensadores han intentado resolver las dificultades que contienen, por encima del intelecto humano. Sin embargo, dado que una objeción como la que se ha expuesto a veces se escucha en boca de cristianos profesos, no debe pasarse por alto sin algunas breves observaciones.
Si el lenguaje en cuestión nos fuera dirigido por un escéptico declarado, aunque no sería muy difícil exponerle la futilidad de sus razonamientos, casi desesperaríamos de convencerlo de la solidez de los nuestros. Tal vez sugeriríamos imposibilidades que podrían interponerse en el camino de un sistema como el que él querría establecer; podríamos, en efecto, señalar en qué (argumentando a partir de concesiones que él haría libremente) sus preconcepciones sobre la conducta del Ser Supremo ya han sido contradichas, particularmente por la existencia misma del mal natural o moral; y si se demuestra que están equivocadas en un caso, ¿por qué no podrían estarlo también en otro? Pero aunque con estos y otros argumentos similares tal vez logremos silenciar a nuestro objetor, no podríamos esperar mucho convencerlo de nuestras opiniones. Probablemente haríamos mejor si intentáramos apartarlo de esas regiones oscuras y resbaladizas (resbaladizas en verdad para todo pie humano), y contender con él donde podamos pisar con firmeza y libertad, en terreno seguro y a la luz del día. Entonces podríamos exponerle con justicia todos los diversos argumentos a favor de la verdad de nuestra santa religión; argumentos que han sido suficientes para satisfacer a los más sabios, los mejores y los más capaces de los hombres. Después, tal vez insistiríamos en la abundante confirmación que recibe el cristianismo al estar exactamente adaptado a la naturaleza y necesidades del hombre; y podríamos concluir planteándole si todo ese peso de evidencia debe ser superado por esta única dificultad, en un tema tan confesadamente elevado y misterioso, considerando además que debe admitir que solo vemos una parte (¡oh, cuán pequeña parte!) de la creación universal de Dios, y que nuestras facultades son totalmente incompetentes para juzgar los planes de su infinita sabiduría. Esto, si se permite al autor ofrecer su propio juicio, es (al menos en general) el mejor modo, en el caso de la objeción aquí planteada, de tratar con los incrédulos; y adoptar el plan contrario parece algo parecido a quien, teniendo que convencer a algún indio sin instrucción de la verdad del sistema copernicano, en vez de comenzar con proposiciones simples y llanas y llevarlo luego a lo más abstracto y remoto, le expusiera de entrada algunos problemas asombrosos, a los que el entendimiento solo puede dar su lento asentimiento cuando es forzado por la fuerza decisiva de la demostración. El novato, en vez de prestarse a tal método equivocado de instrucción, se apartaría disgustado y solo se endurecería contra su maestro. Pero debe recordarse que la presente obra está dirigida a quienes reconocen la autoridad de las Sagradas Escrituras. Y para convencer a todos ellos de que hay en alguna parte una falacia en el razonamiento de nuestro objetor, bastará con establecer que, aunque la palabra de Dios afirma claramente la justicia y bondad del Ser Supremo, y también la depravación natural del hombre, no menos claramente establece que esta depravación natural nunca será admitida como excusa para el pecado, sino que «los que hicieron lo malo, saldrán para resurrección de condenación»—«los malos serán trasladados al infierno, y todas las gentes que se olvidan de Dios». Y es digno de notarse que, como si fuera precisamente con el propósito de silenciar más eficazmente esas dudas incrédulas que siempre brotan en el corazón humano, nuestro bendito Salvador, aunque mensajero de paz y buena voluntad para con los hombres, ha repetido una y otra vez estas terribles advertencias.
Ni tampoco (debe añadirse) son menos claras y completas las Sagradas Escrituras al prevenirnos contra la suposición de que nuestros pecados, o las terribles consecuencias de ellos, puedan ser imputadas a Dios.—«Nadie diga cuando es tentado: Soy tentado por Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie»; «El Señor no quiere que ninguno perezca». Y de nuevo, donde se rechaza la idea como injuriosa a su carácter: «¿Acaso me complazco yo en que el impío muera? dice el Señor Dios; ¿y no en que se aparte de sus caminos y viva?» «Porque no quiero la muerte del que muere, dice el Señor Dios». En verdad, casi cada página de la palabra de Dios contiene alguna advertencia o invitación a los pecadores; y todas ellas, para una mente reflexiva, son sin duda pruebas de nuestra posición actual.
Ha sido aún más necesario no dejar sin mencionar la objeción que acabamos de refutar, porque, aunque no se admita en una medida tan absoluta como para eliminar por completo la responsabilidad moral del hombre, y aunque no se exprese en el lenguaje audaz en que se ha planteado antes, con frecuencia puede observarse que existe en un grado menor; y muchas veces, aunque no se formule claramente, acecha en secreto, difundiendo una nube general de duda o incredulidad, rebajando nuestro estándar de lo correcto, o susurrando un consuelo engañoso y produciendo una tranquilidad ruinosa. Sin anticipar lo que corresponderá tratar más adelante, cuando consideremos la naturaleza y rigor del cristianismo práctico, señalemos aquí, sin embargo, que aunque las Sagradas Escrituras exponen con tanta claridad la corrupción y debilidad natural del hombre, nunca, ni en el grado más mínimo, apoyan, sino que por el contrario se oponen directamente, a la suposición a la que con frecuencia estamos demasiado dispuestos a prestar oído: que esta corrupción y debilidad serán admitidas como atenuantes de las exigencias de la justicia divina y, en cierto modo, paliarán nuestras transgresiones de las leyes de Dios. No sería difícil demostrar que tal idea está en conflicto con todo el plan de redención por medio de la expiación de Cristo. Pero quizá baste, cuando tales sugerencias como las que estamos condenando se presenten en la imaginación de un cristiano, recomendarle que las silencie con la mejor respuesta práctica: que si nuestra condición natural es depravada y débil, nuestras tentaciones numerosas y nuestro Juez Todopoderoso infinitamente santo, sin embargo, las ofertas de perdón, gracia y fortaleza para los pecadores arrepentidos son universales e ilimitadas. No debe sorprendernos, sin embargo, si en todo esto parecen estar implicadas dificultades que no podemos comprender plenamente. ¡Cuántas de estas se presentan por doquier! Apenas hay un objeto a nuestro alrededor que no ofrezca materia interminable de duda y discusión. El más humilde reptil que se arrastra por la tierra, e incluso cada hierba y flor que contemplamos, desafía la debilidad de nuestras limitadas investigaciones. Toda la naturaleza nos llama a ser humildes. ¿Puede entonces sorprendernos que nos sintamos perdidos en esta cuestión, que no trata sobre las propiedades de la materia o de los números, sino sobre los designios y caminos de aquel cuya "inteligencia es infinita", "cuyos juicios son declarados inescrutables y sus caminos indescifrables"? Sin embargo, en esta nuestra ignorancia, podemos reposar tranquilamente en su propia declaración: "Aunque nubes y oscuridad lo rodean, la justicia y el juicio son el fundamento de su trono." Recordemos también que, si bien en el cristianismo hay cosas difíciles, aquello que más nos importa conocer es claro y evidente. A esto es verdadera sabiduría aferrarnos, asintiendo a lo que se revela cuando está por encima de nuestras facultades—no decimos que sea contradictorio a ellas—por la confianza en lo que es claramente discernido y satisfactoriamente establecido. En verdad, quizá todos somos demasiado propensos a sumergirnos en profundidades que están más allá de nuestro alcance; y fue para advertirnos contra este mismo error que el escritor inspirado, después de amenazar al pueblo que Dios había escogido como objeto de su favor especial con los más terribles castigos si abandonaban la ley del Señor, e introducir a las naciones circundantes preguntando el significado de tan severo castigo, concluye todo con esta aleccionadora advertencia: "Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios; pero las reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley."
Para cualquiera que esté seriamente impresionado por la conciencia del estado crítico en el que nos encontramos aquí—un breve y incierto lapso para reconciliarnos con Dios, y luego el juicio final y una eternidad de felicidad o miseria indescriptibles—resulta realmente un espectáculo sobrecogedor y conmovedor ver a los hombres ocupándose en estas vanas especulaciones de una curiosidad arrogante, y jugando con sus intereses más queridos y eternos. Comparar esta exquisita necedad con la conducta de algún rebelde condenado que, al ser llevado ante la presencia de su Soberano, en vez de aprovechar la ocasión para implorar misericordia, incluso descuida y desdeña el perdón que se le ofrece, y se ocupa insolentemente en indagar los designios de su Soberano y criticar sus consejos, es apenas una débil ilustración. Nuestro caso, en otro aspecto, se parece demasiado al del rebelde condenado. Pero existe una gran diferencia: que en el mejor de los casos, el éxito de aquel es incierto; el nuestro, si no es por nuestra propia culpa, es seguro; y mientras que, por un lado, nuestra culpa es infinitamente mayor que la de cualquier rebelde contra un monarca terrenal, por otro, sabemos que nuestro Soberano es "Paciente y fácil de ser aplacado;" más dispuesto a conceder el perdón que nosotros a pedirlo. Bien podemos entonces adoptar el lenguaje del poeta:
¿Qué mejor podemos hacer, sino postrarnos ante él con reverencia y allí confesar humildemente nuestras faltas y pedir perdón; regando la tierra con lágrimas y el aire con suspiros frecuentes, enviados desde corazones contritos, en señal de dolor sincero y humilde humillación?



