Sistema de lógica, razonamiento y inducción · John Stuart Mill
Capítulo II.
Capítulo 54 de 72 · 10 min de lectura
Clasificación de las falacias.
§ 1. Al intentar establecer ciertas distinciones generales que permitan diferenciar entre sí los diversos tipos de evidencia falaz, nos proponemos un objetivo completamente distinto al de varios pensadores eminentes, quienes han presentado, bajo el nombre de Falacias Políticas u otras, una simple enumeración de cierto número de opiniones erróneas; proposiciones generales falsas que suelen encontrarse con frecuencia; lugares comunes de malos argumentos sobre algún tema particular. La lógica no se ocupa de las opiniones falsas que las personas puedan sostener, sino de la manera en que llegan a sostenerlas. La cuestión no es qué hechos se han supuesto erróneamente como prueba de otros hechos, sino qué propiedad en los hechos llevó a alguien a esa suposición equivocada.
Cuando se supone que un hecho es evidencia, aunque de manera incorrecta, o un indicio de otro hecho, debe existir una causa para el error; el supuesto hecho evidencial debe estar conectado de alguna manera particular con el hecho del cual se considera evidencia—debe guardar una relación específica con él, sin la cual no sería considerado bajo esa luz. La relación puede ser el resultado de la simple contemplación de ambos hechos uno junto al otro, o puede depender de algún proceso mental mediante el cual se haya establecido previamente una asociación entre ellos. Sin embargo, debe existir alguna peculiaridad en la relación; el hecho que, incluso por la más absurda aberración, pueda suponerse que prueba otro hecho, debe ocupar una posición especial respecto a él; y si pudiéramos determinar y definir esa posición especial, percibiríamos el origen del error.
No podemos considerar un hecho como evidencia de otro, a menos que creamos que ambos están siempre, o en la mayoría de los casos, unidos. Si creemos que A es evidencia de B, si al ver A nos inclinamos a inferir B a partir de él, la razón es porque creemos que dondequiera que está A, también está B, ya sea siempre o en la mayoría de los casos, como antecedente, consecuente o concomitante. Si al ver A nos inclinamos a no esperar B—si creemos que A es evidencia de la ausencia de B—es porque creemos que donde está A, B nunca o al menos rara vez se encuentra. En resumen, las conclusiones erróneas, al igual que las correctas, guardan una relación invariable con una fórmula general, ya sea expresada o tácitamente implícita. Cuando inferimos un hecho a partir de otro que en realidad no lo prueba, hemos admitido, o si fuéramos coherentes deberíamos admitir, alguna proposición general infundada respecto a la conjunción de ambos fenómenos.
Por cada propiedad, entonces, en los hechos, o en nuestro modo de considerar los hechos, que nos lleva a creer que están habitualmente unidos cuando no lo están, o que no lo están cuando en realidad sí lo están, existe un tipo correspondiente de falacia; y una enumeración de falacias consistiría en una especificación de esas propiedades en los hechos, y de esas peculiaridades en nuestro modo de considerarlos, que dan origen a esta opinión errónea.
§ 2. Para comenzar, entonces; la supuesta conexión, o repugnancia, entre los dos hechos, puede ser una conclusión a partir de evidencia (es decir, de alguna otra proposición o proposiciones), o puede ser admitida sin ningún fundamento de ese tipo; admitida, como se dice, por su propia evidencia; aceptada como evidente por sí misma, como una verdad axiomática. Esto da lugar a la primera gran distinción, la que existe entre Falacias de Inferencia y Falacias de Inspección Simple. En esta última división deben incluirse no solo todos los casos en que una proposición se cree y se sostiene como verdadera, literalmente sin ninguna evidencia extrínseca, ya sea de experiencia específica o de razonamiento general; sino aquellos casos más frecuentes en los que la simple inspección crea una presunción a favor de una proposición; no suficiente para creer en ella, pero sí suficiente para que se prescinda de los principios estrictos de una inducción regular, y se genere una predisposición a creer en ella con evidencia que se vería insuficiente si tal presunción no existiera. Esta clase, que abarca todo lo que puede denominarse Prejuicios Naturales, y que llamaré indistintamente Falacias de Inspección Simple o Falacias a priori, será colocada al principio de nuestra lista.
Las Falacias de Inferencia, o conclusiones erróneas a partir de supuesta evidencia, deben subdividirse de acuerdo con la naturaleza de la evidencia aparente de la que se extraen las conclusiones; o (lo que es lo mismo) según el tipo particular de argumento válido que la falacia en cuestión simula. Pero primero debe hacerse una distinción que no corresponde a ninguna de las divisiones de los argumentos válidos, sino que surge de la naturaleza de los argumentos defectuosos. Podemos saber exactamente cuál es nuestra evidencia, y aun así sacar una conclusión falsa de ella; podemos concebir con precisión cuáles son nuestras premisas, qué hechos alegados o principios generales son la base de nuestra inferencia; y aun así, porque las premisas son falsas, o porque hemos inferido de ellas lo que no pueden sostener, nuestra conclusión puede ser errónea. Pero un caso, quizá aún más frecuente, es aquel en que el error surge de no concebir nuestras premisas con la debida claridad, es decir (como se mostró en el Libro anterior(229)), con la debida fijeza: formamos una concepción de nuestra evidencia cuando la reunimos o recibimos, y otra cuando la utilizamos; o, inadvertidamente y en general de manera inconsciente, sustituimos, a medida que avanzamos, diferentes premisas en lugar de aquellas con las que comenzamos, o una conclusión diferente de la que nos propusimos probar. Esto da origen a una clase de falacias que pueden denominarse con justicia (en una frase tomada de Bentham) Falacias de Confusión; que comprenden, entre otras, todas aquellas que tienen su origen en el lenguaje, ya sea por la vaguedad o ambigüedad de nuestros términos, o por asociaciones casuales con ellos.
Cuando la falacia no es de Confusión, es decir, cuando la proposición creída y la evidencia en la que se basa son comprendidas con firmeza y expresadas sin ambigüedad, quedan por hacer dos divisiones cruzadas. La Evidencia Aparente puede ser hechos particulares, o generalizaciones previas; es decir, el proceso puede simular ya sea una simple Inducción o una Deducción; y, además, la evidencia, ya consista en supuestos hechos o en proposiciones generales, puede ser falsa en sí misma, o, siendo verdadera, puede no justificar la conclusión que se intenta fundamentar en ella. Esto nos da, primero, Falacias de Inducción y Falacias de Deducción, y luego una subdivisión de cada una de ellas, según si la supuesta evidencia es falsa, o verdadera pero inconclusa.
Las Falacias de Inducción, cuando los hechos sobre los que se basa la inducción son erróneos, pueden denominarse Falacias de Observación. El término no es estrictamente preciso, o, mejor dicho, no es exactamente coextensivo con la clase de falacias que propongo designar con él. La inducción no siempre se basa en hechos observados directamente, sino a veces en hechos inferidos; y cuando estos últimos son erróneos, el error puede no ser, en el sentido literal del término, un caso de mala observación, sino de mala inferencia. Sin embargo, será conveniente hacer una sola clase de todas las inducciones cuyo error radica en no haber determinado suficientemente los hechos en los que se basa la teoría; ya sea que la causa del fallo sea una mala observación, o una simple falta de observación, y ya sea que la mala observación sea directa, o mediante signos intermedios que no prueban lo que se supone que prueban. Y ante la ausencia de un término comprensivo para denominar la determinación, por cualquier medio, de los hechos en los que se basa una inducción, me atreveré a conservar para esta clase de falacias, bajo la explicación ahora dada, el título de Falacias de Observación.
La otra clase de falacias inductivas, en las que los hechos son correctos, pero la conclusión no está justificada por ellos, se denominan propiamente Falacias de Generalización; y estas, a su vez, se dividen en varias clases subordinadas o grupos naturales, algunos de los cuales serán enumerados en su lugar correspondiente.
Cuando pasamos ahora a las falacias de deducción, es decir, aquellos modos de argumentación incorrecta en los que las premisas, o algunas de ellas, son proposiciones generales y el argumento es un razonamiento, podemos, por supuesto, subdividirlas también en dos especies similares a las dos anteriores: aquellas que parten de premisas falsas y aquellas cuyas premisas, aunque verdaderas, no sustentan la conclusión. Pero de estas especies, la primera debe necesariamente caer bajo alguno de los tipos ya enumerados. Pues el error debe estar ya sea en aquellas premisas que son proposiciones generales, o en aquellas que afirman hechos individuales. En el primer caso, se trata de una falacia inductiva, de una u otra clase; en el segundo, es una falacia de observación; a menos que, en cualquiera de los casos, la premisa errónea haya sido asumida por simple inspección, en cuyo caso la falacia es a priori. O, finalmente, las premisas, sean del tipo que sean, pueden no haber sido concebidas nunca de manera tan distinta como para producir una conciencia clara de los medios por los que se llegó a ellas; como en el caso de lo que se llama razonar en círculo; y entonces la falacia es una de confusión.
Quedan, por tanto, como la única clase de falacias que tienen propiamente su asiento en la deducción, aquellas en las que las premisas del razonamiento no respaldan su conclusión; los diversos casos, en resumen, de argumentación viciada, previstos por las reglas del silogismo. A estas las llamaremos falacias de razonamiento.
§ 3. Sin embargo, no debemos esperar encontrar que los errores reales de los hombres caigan siempre, o siquiera comúnmente, de manera tan inequívoca bajo alguna de estas clases, como para no poder ser referidos a ninguna otra. Los argumentos erróneos no admiten una división tan nítida como los argumentos válidos. Un argumento expuesto completamente, con todos sus pasos claramente establecidos, en un lenguaje no susceptible de malentendidos, debe, si es erróneo, serlo de alguna de estas cinco maneras sin ambigüedad; o en realidad de las primeras cuatro, ya que la quinta, en tal supuesto, desaparecería. Pero no está en la naturaleza del mal razonamiento expresarse de manera tan inequívoca. Cuando un sofista, ya sea que se engañe a sí mismo o intente engañar a otros, puede ser obligado a presentar su sofisma en una forma tan clara, en una gran proporción de los casos no necesita mayor exposición.
En todos los argumentos, en todas partes salvo en las escuelas, algunos de los eslabones son omitidos; con mayor razón cuando quien argumenta o bien pretende engañar, o es un pensador torpe e inexperto, poco acostumbrado a someter sus procesos de razonamiento a prueba alguna; y es en esos pasos del razonamiento que se realizan de manera tácita y semiconsciente, o incluso completamente inconsciente, donde con mayor frecuencia se esconde el error. Para detectar la falacia, debe suplirse la proposición así asumida en silencio; pero lo más probable es que el razonador nunca se haya preguntado realmente qué estaba asumiendo; su refutador, a menos que se le permita extraerla mediante el método socrático de interrogación, debe juzgar por sí mismo cuál debería ser la premisa suprimida para sustentar la conclusión. Y de ahí que, en palabras del arzobispo Whately, “a menudo debe ser cuestión de duda, o más bien de elección arbitraria, no solo a qué género debe referirse cada tipo de falacia, sino incluso a cuál tipo referir una falacia individual; pues dado que, en cualquier curso de argumento, una premisa suele ser suprimida, ocurre frecuentemente en el caso de una falacia, que los oyentes quedan ante la alternativa de suplir o bien una premisa que no es verdadera, o bien una que no prueba la conclusión; por ejemplo, si un hombre se explaya sobre la aflicción del país y de ahí argumenta que el gobierno es tiránico, debemos suponer que asume o bien que ‘todo país afligido está bajo una tiranía’, lo cual es una falsedad manifiesta, o simplemente que ‘todo país bajo una tiranía está afligido’, lo cual, aunque cierto, no prueba nada, pues el término medio no está distribuido.” La primera se clasificaría, en nuestra distribución, entre las falacias de generalización, la segunda entre las de razonamiento. “¿Cuál debemos suponer que el orador quería que entendiéramos? Seguramente” (si se entendía a sí mismo) “justo la que cada uno de sus oyentes prefiriera: algunos podrían aceptar la premisa falsa; otros permitir el silogismo inválido.”
Casi todas las falacias, por tanto, podrían en rigor incluirse en nuestra quinta clase, falacias de confusión. Rara vez puede una falacia ser absolutamente referida a cualquiera de las otras clases; solo podemos decir que, si se completaran todos los eslabones que deberían poder suplirse en un argumento válido, quedaría así (formando una falacia de una clase), o así (una falacia de otra); o, en el mejor de los casos, podemos decir que la conclusión probablemente se originó en una falacia de tal o cual clase. Así, en la ilustración recién citada, el error cometido puede atribuirse con mayor probabilidad a una falacia de generalización; la de confundir una señal o evidencia incierta con una cierta; concluir de un efecto a alguna de sus posibles causas, cuando hay otras que también podrían haberlo producido.
Sin embargo, aunque las cinco clases se entrelazan entre sí, y un error particular a menudo parece asignarse arbitrariamente a una de ellas en vez de a cualquiera de las demás, resulta de considerable utilidad distinguirlas así. Nos resultará conveniente apartar, como falacias de confusión, aquellas cuya característica más evidente es la confusión; en las que no puede asignarse otra causa al error cometido que la negligencia o incapacidad para plantear adecuadamente la cuestión y captar la evidencia con claridad y precisión. En las cuatro clases restantes ubicaré no solo los casos en los que la evidencia se percibe claramente como es, y aun así se extrae una conclusión errónea, sino también aquellos en los que, aunque haya confusión, esta no es la única causa del error, sino que hay algún indicio de fundamento en la naturaleza misma de la evidencia. Y al distribuir estos casos de confusión parcial entre las cuatro clases, cuando haya alguna duda sobre el lugar preciso de la falacia, supondré que se encuentra en aquella parte del proceso en la que, por la naturaleza del caso y las tendencias de la mente humana, el error sería en las circunstancias particulares el más probable.
Tras estas observaciones, procederemos, sin mayor preámbulo, a considerar las cinco clases en su orden.



